Mediocridad con galletas marías

El teatro y el cine, mis valedores. Tanto los amo que ante su escasa calidad en esta ciudad no asisto a la función de teatro ni a la sala de cine. Y como tanto desmerece una cinta rentada para la  video y el cine casero, no voy a agredir a director, actores y cuerpo técnico, que así se esforzaron.  Recuerdo el cine de mi primera juventud (vivo la quinta, pero a todo vivir): cientos de bodrios producidos al año. Centro y Sudamérica se hablaban de tú con Cantinflas, Tintan, Pardavé, la Aguelita de México…

Ahora mismo rememoro aquella sala de barrio crujiente de muéganos y palomitas de maíz. En gran acercamiento la “grupa bisiesta” de Maritoña Pons, sudorosos aguayones de meneos oscilantes y trepidatorios, 8 grados en la de Richter,  al ritmo de la guaracha  en frenesí de timbales y tumbadoras. “Ya empezó la guaracha del salón”. Qué tiempos…

Pero no todo es eterno, jura el cantar, y menos en la sala del cine. Un mal día (un mal sexenio) las balagardas del Guero Castro  asaltaron los América y Churubusco, y entonces: fin de toda una época de cine, que atrás quedaba la ceja arriscada de Lola del Río jugando las contras con la de Pedro Armendáriz. Pero, mis valedores…

Acabo de reincidir. Qué no haremos o dejaremos de hacer por los coqueteos insinuantes de la consentida:

– Bergmaniana, un triángulo pasional.  Mi marido anda de viaje. ¿Vamos?

Enfrentados a unos ojos estrelleros cómo no claudicar. Y allá vamos, y llegamos a la sala de cine. No ya uno de aquellos mausoleos monumentales de raída alfombra roja y tufo a todo lo humano, sino una coquetona salita picada de gringo. Entramos. Yo, aquella corazonada…

Y el encontronazo con la aplastante  zafiedad, una incultura crujiente de golosina chatarra que  Texas nos avienta en plena boca y el ruidajo del ponchis-ponchis importado junto con lo de chupar, lamer, beber, remoler. «Animo, compañero».

Calló el ponchis-ponchis. En la pantalla una hora de comerciales y entonces: ella, él y el otro, a sufrir, y yo con ellos. Drama, tragedia, desgarraduras. Triángulo pasional. Yo, por penetrar en el mundo mágico del arte, trataba de salir del mundo ramplón de unas quijadas con estrépito y ritmo de trapiches. Imposible; los ávidos trapiches remolían pistaches y eructaban aguas negras. Mis valedores: ¿cómo se puede alimentar con el arte el espíritu mientras la tripa con palomitas? Y un cambio más:  ya no el ruidajo de los comentarios con acento de arrabal del cine de barrio, sino el ruidajo con sonsonete de pirruris, ¡y de repente el celular! A gritos. Un enjambre de celulares, y palomitas, papitas, gansitos, chocolatines de importación. Mi ajena mujer me oprimía la diestra y, tal si tratase de amenguarle temblorina y sudoración, se la colocaba aquí, allá, acullá, sudorosa también. «Animo».

Llegó el clímax de la tragedia pasional: amante y casada infiel sostienen aquella noche su postrer entrevista en un cafecito de Estocolmo.  Al salir, él va a quitarse la vida. Ella, en tanto…

Rincón en penumbra, tazas de café, galletas en la mesita, y florero, y unos rostros de ansiedad que proyectan el drama del rompimiento. Yo, atragantado de emoción. Y fue entonces. Del lado izquierdo la señora obesa, al marido:

– ¡Mira, viejo, galletas marías!

Magia, tensión, emoción, angustia; todo se me chorreó, todo se lo llevaron las galletas marías. “¡Nena, escapémonos!”

Nos escapamos. Juré que cine nunca más. Y así hasta hoy. Nunca más convivir con la mediocridad. He dicho, y firmo para constancia. (Vale.)

La linterna mágica

El cine nacional, mis valedores. Es propósito declarado de cada nuevo sexenio mejorar la calidad cinematográfica. Como si todo fuese intenciones, gobierno, dinero y leyes; como si no se tratara, antes que de arieles y diosas de plata, de talento y algo más. Como pruebas, las cintas del neorrealismo que produjo una Italia en ruinas tras de perder una guerra mundial,  obras maestras a las que  todo faltó, menos talento. Roma, ciudad abierta, Milagro en Milán, Ladrones de bicicletas…

La industria, en nuestro país, como que alzaba esperanzas: ya se produjo El apando, ya se logró Canoa, como antes El esqueleto de la señora Morales, y aquellas inolvidables Esquina bajan y Hay lugar para dos, de Alejandro Galindo, ese viejo formidable que en Ni hablar del peluquín se engulle el relato de Averchenko sin darle el crédito.

Pues sí, pero más allá de las esperanzas que alentaban Tlayucan,  Tiburoneros y algunas más, con la invasión de las Sashas y  Gueros Castro de ayer y hoy el cine mexicano se abarraganó en tráfico de chicharrón con pelos, con pelos y señales de ficheras, taloneras y demás flor y nata de la mancebía, la vagina, el clítoris y el albur, machihembrados. La industria del nalgatorio como productora de dinero, en auge; como calidad, en picada, en plena degradación. Y a esto quería yo llegar:

¿Se percatan ustedes de que el cine cimarrón, el de trayectoria centenaria y momentos de sombra –tantos- como de luz –tan pocos-, ha venido empotrando la cámara en emplazamientos distintos? A ver.

Desde Santa hasta Allá en el rancho grande y anexas, el cine tricolor emplazó su cámara en el patio interior de la hacienda, enfocada en la ventana (madreselva, bugamvilias) de la casta Lupita, que a la luz de la luna recibía, mordizqueando el rebozo, los requiebros y las romanzas de su charro cantor:

Mujer, abre tu ventana – para que escuches mi voz…

Y la gayola, que se venía (de aplausos). Qué tiempos aquellos…

Tras de la borrachera de cintas campiranas, en donde se cuentan aparte los logros mejores de Fernando de Fuentes y El Indio Fernández (Pueblerina y Enamorada, esta con un final que, plagio de Morocco, lo supera con creces), que preludiaba la denominada “época de oro” (que llegó, cabello envaselinado, echando humo por boca y nariz), vino el desgaste de un género que terminó en charritos de banqueta y picapleitos de piquera soldados al gollete del pomo, que a la menor provocación se soltaban berreando eso híbrido que apodan bolero ranchero, Dios haya perdonado al Javier cuya existencia física no iba a pasar de sombras nada más. Debajo del bigotito, el cigarrito. Solís.

La cámara varió de emplazamiento y penetró al hogar de la clase alta mexicana (alta es un decir), y se apoderó de la sala y del gran salón, entre el piano de cola y la cola de una Andrea Palma que tiznaba la pantalla con el humo del cigarrito, sólo que con una larga boquilla encajada a la bocaza estallante de carmín. En el aparato de radio con facha y tamaño de catafalco, la sacarinosa voz: “Amor, por ti bebí mi propio…” En fin.

Aquí el conflicto ya no surgía entre las calenturas del hacendado y los celos del caporal, Emma Roldán como tercerona, sino entre el flemático Linares Rivas y un atildado Arturo García que en esas andanzas ya era De Córdoba. Sus diálogos: almidonados, hijos legítimos y naturales de los Bracho, Max Aub, Magdaleno, Revueltas. En gran acercamiento, el De Córdoba  arrojaba en bocanadas sus pulidas parrafadas en pleno rostro de  Irasema Dilián. (Sigo mañana.)

Amo tanto cine y teatro…

Tanto los amo que por eso mismo no voy al teatro ni voy al cine.  Al teatro, porque al actor que más grita le dan su premio. ¿Al cine? El motivo lo aclararé después. El cine nacional.

Ahora mismo leo en el matutino que «a los mexicanos les gusta ir al cine, al grado de que durante 2012 el País se convirtió en el cuarto mercado del mundo en venta de boletos». Y que «con el 40 por ciento de sus cines digitalizados, México es puntero en Latinoamérica«. Que la industria está en auge en nuestro país, y que en el 2012 realizó l12 filmes (contra los mil 178 de la India),  y que la industria es reconocida aquí y el exterior. De forma encomiosa se publican nombres para mí desconocidos, como un Gael, un Del Toro y un Diego Luna, con los títulos de sus cintas. Cuánto quisiera disfrutar de las buenas películas, pero mi falta de ánimo me lo impide. Yo no tengo el valor de enfrentar el estrépito que, los ojos clavados en la pantalla, producen muelas y premolares remoliendo bolsones de comida chatarra. Y luego esos comentarios a toda voz…

Huí de la sala de cine para nunca más. ¿Lo ocurrido aquella negra noche de mi mal? Fue hace años; tras una ausencia de lustros retorné al cine. La sota moza que me concede la gracia de su intimidad me pidió que viéramos una cinta que parecía dedicada al par: el triángulo amoroso y el drama pasional “Quien tú ya sabes salió de viaje, ¿Vamos?”

Fuimos. Con la esperanza de que el cinéfilo de mi país se hubiese civilizado me arriesgué a regresar; pero Dios, qué regreso: yo, el ánimo encogido a la pesadilla de las mega-marchitas, salí de casa con tres horas de anticipación, y sí, tránsito embotellado, desvío de vehículos, cierre de avenidas, el caos. Abandoné el volks. y  (los compas taxistas conocen de atajos y contraflujos) tomé el ecológico. Ya cuando los marchantes coparon el taxi, porque no me coparan a mí (la “o” convertida en “a”),  pagué la dejada y a trotar, o del triángulo pasional alcanzo nomás el triángulo. Al trote corto llegué a la taquilla, me reuní con la dama, y al salón, y qué  cambio respecto al viejo concepto de cine que me había forzado a huir…

Ahora ya no los dos pisos del galerón monumental sino la salita íntima, lujosa, confortable. Aquí ya no desleídas cortinas de rojo terciopelo que se remecen a los embates de La Boa, sino  un cortinaje flamante que se convulsiona al estrépito del ponchis-ponchis gringo. No, y los asistentes: ya no la plebe que devastó la dulcería: paletas, pepitas, muéganos, palomitas de maíz. Ahora palomitas de maíz, refrescos de cola, chocolatines de importación. Se me encogieron. ¡Por no convivir con la plaga de los traga-palomitas, había desertado del cine! Intenté recular. Mi nena me oprimió el brazo: valor.

Al  ponchis-ponchis siguió una hora de anuncios comerciales,  vertiginosas imágenes a 10 mil decibeles,  y por fin el drama de pura estirpe bergmaniana: ella, él y el otro, a sufrir, y yo con ellos. Drama, tragedia, desgarraduras: triángulo pasional. Yo, por penetrar en el mundo mágico del arte, trataba de salir del mundo ramplón de los traga-palomitas. Imposible; los ávidos trapiches a lo estridente remolían pistaches y eructaban aguas negras, y yo pregunto, mis valedores: ¿se puede alimentar con el arte el espíritu y al propio tiempo la tripa con palomitas? Y un cambio más: ahora ya no el ruidajo de los comentarios con acento arrabalero, sino el ruidajo con sonsonete de pirruris. Y de repente, friégale: plaga que no imaginaba, el celular.            (Este horror sigue después.)

Huevos, perros, guardería

Las criaturas calcinadas en la guardería ABC, mis valedores. Aquello, demencial, ocurrió a principios de junio del 2009, cuando tras una secuencia criminal de circunstancias imprudentes (¿o alguna acción criminal?) cuarenta y nueve niños perecieron calcinados en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, por entonces mal gobernada por un Eduardo Bours político del PAN e industrial productor de huevo que por esa circunstancia parece haberse salvado: por sus puros productos. Detrás de él, huevos e impunidad, asomaba la oreja un Felipe Calderón que alcahueteó la justicia  por cuestión de que una de las dueñas de la guardería siniestrada se nombra Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo, que viene siendo pariente de una Margarita Zavala hoy todavía esposa del ebrio de poder y otros ingredientes. Caprichos de una «justicia» alcahueta y excesos del huevo en México, nuestro país. Mis valedores:

Adviertan ustedes que en  esos  Bours, Marcia y Calderón se ajusta a cabalidad  el clamor furibundo  de un bíblico Isaías que al arrojar su anatema a los malditos parecía tener en mente a los protegidos de una burriciega «justicia» que administrase el magistrado Góngora Pimentel. Clama Isaías:

“Todas las bestias del campo, todas las fieras del bosque, venid a devorar.  Esos perros comilones son insaciables.

Todos ellos son perros mudos, no pueden ladrar; soñolientos, echados, aman el dormir. Sus atalayas son ciegos, todos ellos ignorantes; Todos ellos siguen sus propios caminos,  Embriaguémonos (Calderón),  y será el día de mañana como este, o mucho más excelente.

Sois como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. ¿No sois vosotros generación mentirosa? Perece el justo, y no hay quien piense en ello; no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Mas vosotros llegaos acá, hijos de la hechicera, generación del adúltero y la fornicaria. Porque vuestras manos están  contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad. Vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua.

No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad; confían en vanidad y hablan vanidades; conciben maldades, y dan a luz iniquidad. Incuban huevos de áspides y tejen telas de arañas; el que comiere de sus huevos (Bours)  morirá, y si los apretasen, saldrán víboras.

Sus telas no servirán para vestir, ni de sus obras serán cubiertos. Sus obras son obras de iniquidad, y obra de rapiña está en sus manos (Marcia).  Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus  pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos. Torcidas son sus veredas.

Por esto se alejó de nosotros la justicia, y no nos alcanzó la rectitud; esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad. Palpamos la pared como ciegos; a tientas, como sin ojos; tropezamos a mediodía como de noche; estamos en lugares oscuros como muertos. Gruñimos como osos todos nosotros, y gemimos lastimeramente como palomos; esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros. Y el derecho se retiró, y la justicia se puso lejos; porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir.  Y la verdad fue detenida, y el que se apartó del mal fue puesto en prisión,  porque pereció el derecho”. México.

Criaturas sacrificadas a la avaricia de las Marcias Matilde y compinches. A su memoria. (Trágico.)

Cieno y lodo. Criaturas calcinadas

Y con ellas calcinada también la justicia que en este país han impartido los Góngora de ayer y hoy. Es México. Por estos días,  a cuatro años y días de ocurrido (¿perpetrado?) el incendio de la guardería ABC, de Hermosillo, Sonora, se me vienen a la mente ciertos apellidos ahijados de una «justicia» alcahueta: Bours, Calderón, Zavala, Gómez del Campo…

Para comenzar a operar, la guardería ABC presentó el acta constitutiva de su sociedad, en la cual aparecen como dueñas…

Porque sólo quien ha sentido la pérdida de un hijo pudiese imaginar lo que han padecido esos desdichados a los que de repente  dejaron huérfanos de sus niños y los contemplaron en llagas vivas y en estado agónico. En cada padre y en cada madre de esas criaturas se refina y recrudece el dolor, porque la de las víctimas no fue muerte natural, sino provocada por esa corrupción productiva e impune que saturó el gobierno de ese beato del Verbo Encarnado que vivió y ha vivido ebrio de poder y de otros ingredientes.

En el acta aparecen como dueñas Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonerra y María Fernanda Camou Guillot.

Sí, la primera de ellas (algunos “medios” diluyen el dato) sangre de la sangre de Margarita Zavala, todavía hace meses residente de Los Pinos. Y por si tal horror no fuese suficiente, los deudos han sentido también el chicotazo de una requemante injusticia, del cinismo oficial, de la insensibilidad de los señores justicias que al horror de la hornaza nombran “incidente”; que desde junio de hace cuatro años de ocurrido (¿perpetrado?) el incendio, no empiezan a fincar responsabilidades y aplicar la ley contra esos bellacos que de la guardería ABC chupaban  medio millón de pesos al mes; que ya desde ahora lo aclaran: de los implicados en el holocausto nadie habrá de pisar la cárcel. (Desde el penal de alta seguridad de El Altiplano los contemplaban  Ignacio del Valle y compañeros defensores de su tierra aplastados por  una sentencia de más de un siglo aunque no secuestraron, asesinaron o mamaron nuestros dineros retacando de víctimas una bodega que engulló a las criaturas en llamas vivas. Es la «justicia» mexicana. Atroz.)

Yo, a la vista de cuarenta y nueve cadáveres calcinados y algunos niños agónicos y traumatizados de por vida, cuando no de por muerte, presentía el dolor, la rabia impotente y la exasperación de la madre, del padre, de los familiares de sus criaturas víctimas, sin que nunca los Bours y Calderón  salieran a dar la cara, porque los asesinos intelectuales, que tan sólo eso tienen de intelectual, son de su parentela. Y como esos injustos son beatos, los peores a la hora de la corrupción, por ver si quisieran entenderme, que mucho lo dudo, les hablé en su momento y hoy lo repito  con palabras bíblicas, las del profeta, que mundos de siglos atrás,  al lanzar su anatema,  parecía mirar hacia el rumbo de Bours, de Marcia Matilde, de su pariente Zavala, de Calderón. El profeta bíblico:

“Todas las bestias del campo, todas las fieras del bosque, venid a devorar. Esos perros comilones son insaciables».

(Marcia Matilde, Zavala, Bours, Calderón.)

«Cada uno busca su propio provecho. Venid, dicen, tomemos vino, embriaguémonos. (Calderón.)

Porque vuestras manos están contaminadas de sangre«.

Marcia Matilde es su nombre, y es pariente de Margarita Zavala, hoy todavía esposa del hombre que ha vivido ebrio de poder y otros ingredientes.

La maldición del profeta contra los réprobos  continúa mañana; continúa cada día, siempre. (Ah, México.)

Es mi barrio

Mediodía. Hice garras el matutino y lo tiré a la basura. Desde la ventana del cuarto piso contemplo allá abajo la extensión panorámica de mi barrio. Dejo ir la mirada tras esa fuga de calles, y plazas, y parques públicos, casas, patios, azoteas, todo ese humano paisaje afanándose en el áspero oficio del diario vivir. Mi barrio.

Me gusta mi barrio, con sus típicos perfiles: allá, en la contra-esquina, la tintorería de don Tintoreto,  lavado en seco y a todo vapor, donde resucitan mis camisas con un oportuno recambio de cuello y puños, que hagan de cuenta recién bautizadas. (De repente, en el pulso tranquilo de la barriada, el santo y seña de este país: una descarga, una ráfaga de AK-47, un acelerón de motores y luego, clamor de parturientas,  el aullido de las sirenas de patrullas y ambulancias. Cuántos difuntos serían esta vez. México.

Taquicardia. La intento amansar observando al zapatero remendón que  pone a mi barrio punteras y medias suelas, con sus tacones de mucho lucir. Al cobijo del eucalipto la mano abierta de esa vejancona derrengada de tiña,  abandono, vejez. Tan tosca ella, tan retraída. Mi única, corazón de mieles, logró que la anciana aceptase esa silla baja que le mandó forjar con el carpintero de aquí a la vuelta. “Y con su descuento, señito, a los buenos marchantes”; él, que ya nos repara una mesa, ya encera un librero, ya arregla la pata del catre en que duerme a estertores su tricolor borrachera mi primo el Jerásimo, licenciado del recién resucitado Revolucionario Ins. (Por cierto: ¿en qué piquera de qué barriada seguirá celebrando mi consanguíneo?)

Estoy mirando mi barrio. No me resulta simpático El Cejas, con su negocio de pornografía que disfraza con la venta de monas,  pastas, Extasis. Me ve venir y me corta el camino; su burla sardónica: “Andele, bigotón, conque votando por Peña”.  Yo cambio de acera.

¡Malvados advenedizos! Cuando los de la vulcanizadora no están recubriendo repelos de llantas se la viven chutando, driblando y tirando a gol, que ya anotaron en los cristales de todas las ventanas (con los delanteros del Tricolor no habría peligro.) Y ya me dan por atrás (chanfleado el esférico), y ya avientan sollamados envites a La Lichona,  que va pasando. Cábulas.

Ese que se oye a dos cuadras es el silbato del afinador; ese otro, el altoparlante del merolico. El ropavejero antes de Calderón: “¡Ropa usada que vendan!” Hoy: “¡Ropa usada que compren!” El barrio «estrena» chonchines de segundos cachetes. Texanos. México.

Mi barrio, que fue de clases medias altas, luego medias-medias y que hoy anda con las medias al filo de los tobillos, barrio que conocí garapiñado de boutiques y comederos de lujo; que cae en picada de más a menos, cuando antes iba de menos a más; que en la escala social y económica desciende escalones mientras le resucitan, variopintos, los personajes que son santo y seña del arrabal: el sastre que adapta a mi medida la ropa usada, la costurera del zurcido invisible, y el limpiabotas, el limpiaparabrisas, el tragafuegos, el músico ambulante, el vendedor, el payasito de las cuatro esquinas. Mi barrio.

¿El matutino, por qué lo eché a la basura? Frente a la atroz realidad de mi barrio el gobierno lo acaba de asegurar: “La economía mexicana crecerá al 4 por ciento». Y que  muy socio de China, y que…

El peso, en tanto, en caída libre. Qué país este México. (En fin.)

¿No hay valor civil?

Usted está donde debe estar, maestra Gordillo. Donde debería haber estado desde hace tiempo. Hasta donde sus acciones, estricta relación de causa y efecto, la llevaron a ubicarse, sin más. Terrible debe ser para usted experimentar en conciencia propia ese sentimiento que mienta el clásico:

«Nada hay más doloroso que en la desgracia recordar los tiempos dichosos».

Y qué tiempos, señora: riqueza, poder, abundancia.  Abundancia de riqueza y de poder. A contracorriente del arropo y el confort que le proporcionaban mansiones aquí y allá, el día de hoy una celda carcelaria, con cuanta pena y cuanto sufrimiento alberga la tal. Pero por sobre la pérdida de todo lo placentero que una escarcela repleta puede aportar, perdió usted la libertad. Nada menos. No me refiero a la fama pública, que opiniones ajenas nunca le llegaron a importar en relación a la forma poco escrupulosa con la que usted se apropió de dineros ajenos. Muchos años han transcurrido desde la hora y punto en que usted debería estar en prisión. Resabios de una justicia alcahueta. Su encarcelamiento, más que oler a justicia, hiede a maniobra politiquera, pero en fin. Señora Gordillo:

Ahora que la han reducido a morir en vida o a vivir su muerte entre cuatro paredes tiene usted toneladas de tiempo para aplicarse al ejercicio de pensar, de meditar, de sopesar sus acciones y las ajenas. Derribada en los resbaladizos terrenos de la «justicia», yo me atrevo a sugerirle, si aún no se le ha ocurrido, el tema siguiente de reflexión:

Mereciendo usted, como merece, que esa «justicia» atacada de mal aliento la mantenga privada de su libertad, ¿ningún otro personaje de la burocracia política merece «en justicia», correr la misma suerte que usted? Porque ocurriría entonces, si alguno más lo ameritase y no se encuentra recluido en una celda semejante a la de usted, que el país padecería una «justicia selectiva»,  que de justicia tiene el alias, cuando más Así considerada la situación, maestra Gordillo:

¿Algún otro personaje del ambiente político, a juicio de usted, merece la cárcel? ¿Conoce a alguno, tal vez? ¿A varios? ¿Cuál o cuáles de quienes hoy mismo  andan sueltos deberían correr la misma suerte de usted? De saber el nombre de alguno o de algunos, ¿es la disciplina partidista la que la fuerza a mantenerse en silencio? ¿No los acusa por miedo a presuntas represalias? ¿Los ha acusado, pero sus nombres se mantienen ocultos?

Acúselos, maestra. Atrévase, que ya nada tiene que perder, y  a una deshonrada como usted la honraría un tanto. Exhiba a esos corruptos, ¿o prefiere que acá afuera nosotros,  las masas sociales, sigamos en la ignorancia de que más allá de su persona puede haber algún otro político ladrón, depredador, saqueador de los dineros que aportamos todos y que deberían destinarse al beneficio de todos?

Valor civil, maestra Gordillo. De haberlos, denuncie a sus congéneres en materia de robo de los dineros públicos. Se lo demandan no sólo las masas sociales, sino también personajes de la altura moral, tome nota, de Adrianita,  Raúl y Carlos Salinas, de las honorables familias de Arturo Montiel, de Vicente Fox y familia postiza, de los hijos de toda su reverenda Marta  y de la señora Sahagún (¡Vamos, México!) Si no denuncia a los sinverguenzas de los que usted tal vez tenga conocimiento de qué forma pudiesen adivinarlo funcionarios tan honorables como Andrés Granier, César Nava, Ricardo Aldana y la honorabilísima familia de don Carlos Romero Deschamps…

Valor civil, maestra Gordillo. (Animo.)

¿Día de qué?

¿Libertad de qué? ¿De prensa y expresión? ¿En México? ¿No huelen las tales a formol y cadaverina? Lo afirma el matutino:

La monotonía de la adulación y el invariable optimismo de los diarios serviles, acabaron por hacer que sus opiniones sean rechazadas, sus palabras desconocidas, sus mismas informaciones tenidas por falsas o adulteradas. Está unánimemente condenado por su opinión, que al condenarlo condena naturalmente al gobierno que la inspira. En vez de amigos, el periódico de esta categoría sólo concita malas voluntades al Poder Público. Sólo en defensa de las leyes y al amparo de ellas un periódico se hará respetable y hará, por lo tanto, sus opiniones dignas de respeto…

Hermosos conceptos, y tan actuales, estos  que publicó Excélsior. Pues sí, pero lástima: los publicó no el Excélsior de hoy, sino el de 1917,  y  más lástima aún: que aquel Excélsior haya venido a caer en este de hoy día,  96 años más tarde, donde hace meses apenas el articulista ponderaba “la sonrisa de Calderón”. Sobre la industria de los medios el periodista:

Todos ellos están atravesados por la corrupción. Es un problema que va de los chayos entregados a los reporteros hasta las componendas entre los empresarios de la prensa y el poder político.

Porque los medios son industria y comercio, una industria y un comercio tan costosos que su creación exige recursos económicos fuera del alcance  del periodista. No hay uno, ni un grupo de periodistas, que sean los dueños de una industria, impresa o electrónica; de existir, su sobrevivencia dependería, a su vez, del Sistema. El periodista no es más que un asalariado al servicio del dueño del diario o  la estación de radio o de televisión, una industria con intereses comerciales.

En tanto instrumentos, los medios no juegan más papel que el que le asignen sus dueños. Así, podrán ser instrumentos de cultura o medios de incultura; medios de dominio o medios de liberación; elementos para unir a un pueblo o para desorganizarlo; para elevarlo o para hundirlo. Es la propiedad sobre el medio de comunicación la que determina al servicio de quienes se coloca, a favor de qué causa, de qué valores, de qué clase social.

No existe la información por la información. Se informa para orientar en determinado sentido a las diversas clases y capas de la sociedad, y con el propósito de que esa orientación llegue a expresarse en acciones determinadas. Es decir: se informa para dirigir. En ese sentido, el mimetismo de periodismo y política llega a ser total. El grueso de las ganancias de la prensa escrita,  radio y TV no proviene de la venta de noticias, sino de las ventas de espacio para la publicidad a las otras empresas, principalmente al gobierno. Ellos le darán o negarán subvención mediante publicidad y otras concesiones, en la medida que prensa escrita, radio y TV defiendan los intereses de los anunciantes.

Al seleccionar las noticias que apoyan su propia política y omitir otras, los medios producen en la mente de las masas una impresión totalmente alejada de la verdad, lo cual ejecutan dentro de la exactitud más minuciosa al reproducir los hechos. El dueño del medio, por interés económico y para privilegiar el de los patrocinadores mientras se somete al usuario, su enemigo histórico, al de marras lo atiborra de crimen, sexo, deportes, telenovelas, escándalos y todo lo que alimenta a las masas de ombligo a abajo.

¿Libertad de prensa, libertad de expresión? ¿En México? ¿En el  México del PRI, de Televisa, de TVAzteca?  (¿Sí?)

La corte de los milagros

El 10 de junio, mis valedores. Peritos de la obra negra y el trabajo sucio, los consabidos intelectuales orgánicos se avocaron al intento inútil de lavar una sangre aún fresca después del halconazo de Echeverría. El contexto histórico:

“Al llegar a la México-Tacuba se escuchó un disparo de lanzagranadas y aparecieron unos mil halcones que portaban macanas, varillas forradas y garrotes de bambú. Sus cargas eran respaldadas por descargas de gases lacrimógenos. Venían armados con metralletas, fusiles automáticos M-1, M-2 y M-16. Comenzaron a caer compañeros. Muertos unos, otros heridos.

Los estudiantes destruyen una panel de la policía; otros toman un camión con el que tratan de embestir a los halcones. Son ametrallados. Los halcones asaltan a balazos el Rubén Leñero y se llevan a varios heridos. Los halcones se entregaban a la persecución, a la masacre, a la caza de seres humanos con la complacencia de los granaderos».

Halcones, estudiantes, Echeverría. Desde el día siguiente de perpetrada la masacre del 10 de junio de 1971 expresaron opiniones unánimes diversos obispos y periodistas, políticos, intelectuales y el propio Echeverría, hoy encuevado en la impunidad lo que de él no se haya podrido. Así, frente a unos encrespados periodistas que le reclamaban la masacre, se expresó el carnicero:

– ¡Si ustedes están indignados yo lo estoy más!  ¡Yo deploro y condeno los acontecimientos en los que varios jóvenes perdieron la vida! ¡Me dispongo a pedir la inmediata renuncia de..!

Carlos Fuentes: «Con la renuncia de Martínez Domínguez el Presidente demostró quién es el Presidente: ¡Echeverría, señores!» (Alabaría más tarde la decisión de  Zedillo de invadir  la UNAM con el ejército, y Carlos Ramírez lo aclararía después:  “Lo peor fue que Fuentes se hizo eco del discurso difundido por  el candidato presidencial del PRI de que el CGH estaba penetrado por Sendero Luminoso, del Perú, aunque luego se supo que había sido una perversidad sembrada por el propio  Labastida”.)

El halconazo y voceros del PRI: «Algunos grupos, sin tesis ni bandera, pretenden trastornar el orden público. ¡No lo permitiremos!»

 José Garibi, cardenal arzobispo de Guadalajara:  «Exhorto a los jóvenes a que reclamen lo que sea justo, pero siempre por los caminos legales. Es de lamentarse que los jóvenes de quienes México espera mucho, tomen caminos equivocados. Que estos muchachos, llenos de entusiasmo, de optimismo por la vida, tomen un ideal digno».

(En torno a Echeverría, autor de la maniobra de excarcelar dirigentes del 68 para cooptarlos y que desde dentro desmantelasen el Comunista Mexicano, la opinión de Heberto Castillo:     «¡Compañeros: yo estoy  a favor de las medidas tomadas por Echeverría! ¡Esto revela que podemos avanzar y actuar luchando por la vía legal. ¡Las brechas para el diálogo democrático están abiertas, debemos transitarlas! ¡No empujemos al Presidente al lado de los sectores más reaccionarios! ¿Lucha de clases? Nunca. Yo estoy contra odios inútiles.)

Y Carlos Fuentes, intelectual: «Después del Tlatelolco del 68, en los sucesos del 10 de junio del 71 Echeverría no tenía sino dos opciones: una era reprimir, otra, democratizar. Evidentemente no ha tomado el camino de la represión, sino el de la democratización, un camino en bien del país. Afortunadamente, creo que los hechos de hoy nos dan una enorme esperanza de que el camino de la democratización ha triunfado. ¡Echeverría, señores! ¡Echeverría o el fascismo!»

Mis valedores: todo esto es México. (Nuestro país.)

Hora cero

Rivera de San Cosme, 10 de junio de 1971. Que la memoria histórica no se nos muera. El testimonio de un halcón:

“¡Y llegó la hora cero! A los  7 minutos para las 5 de la tarde arrancó la descubierta de la manifestación. Se escuchó su grito de guerra: ¡México, libertad! ¡México, libertad!

La contraparte: “Soy estudiante del Poli. Voy a relatar la experiencia que viví aquel Jueves de Corpus:

A las 15:45 el camión en que viajábamos un compañero y yo entró a la calle de Cedro. Había mucha vigilancia policíaca. Para examinar la ruta de la manifestación nos bajamos del autobús. Caminamos por Alzate rumbo a la Av. Instituto Técnico, y al cruzar Nogal observamos que estaba invadida por camiones de bomberos, carros de agentes y policías de tránsito. Caminamos rumbo a la México-Tacuba, en la que divisamos transportes de granaderos y 5 tanques, y en las contraesquinas del cine Cosmos grupos numerosos de jóvenes armados con palos y en actitud provocadora. Vimos a unos militares que daban las órdenes y controlaban a todos los elementos policíacos y a los grupos de choque”.

La crónica del halcón: “Salíamos de nuestra trinchera. Porque ya  listos para la acción y como última medida preventiva, yo había recorrido lo que sería el campo de batalla, y me había cerciorado de que no había gente sospechosa en los largos pasillos donde metí  los halcones armados con metralletas y pistolas: esas vecindades cercanas son de lo más estratégicas por angostas y semioscuras. Me agradaron unas rejitas que están frente a la casa 268 de Alzate, desde las cuales se puede disparar como si fueran trincheras. La orden que nos dio El Fish”:

– ¡Pártanles toda la madre! Ah, pero a los periodistas patadas, golpes y romperles las cámaras. A ellos ni un balazo, ni una cuchillada.

El estudiante: “Se escuchó un disparo de lanzagranadas y aparecieron, de atrás de los granaderos, unos mil halcones divididos en 6 grupos, que portaban garrotes de bambú de dos metros, macanas y varillas forradas. Sus cargas eran respaldadas por descargas de gases lacrimógenos”.

“Me sudaban las manos (un halcón). Tenía seca la boca. Venían como 10 mil estudiantes y gente del pueblo. Nada mansos se notaban. Algunos traían metralletas, palos, cuchillos, unos bultos. ¿Granadas? Di el grito: ¡Halcones, halcones!»

El estudiante: “Oímos los gritos del grupo armado con palos. Iba por el cine Cosmos. Se oyeron disparos, que de pronto parecían provenir de todas partes».

El halcón: “Los estudiantes destruyen una panel de la policía; otros toman un camión con el que tratan de embestirnos. Los repelemos. Nos lanzamos al ataque con todo. De atrás escuché el tableteo que hizo caer a medio metro de mí a un halcón herido con cuatro balas en la espalda. Ahogándose en su sangre, que vomitaba con fuerza (estaba herido en los dos pulmones), me rogó:

– ¡Ayúdame… no me dejes… ayúdame, hermanito!

El estudiante: “Los halcones ahora volvían al ataque armados con metralletas, fusiles automáticos M-1, M-2 y M-16. Comenzaron a caer muchos compañeros. Muertos unos, otros heridos. Con la anuencia de los granaderos, los halcones al saqueo y la destrucción. Después de saquear algunas casas y hasta secuestrar a sus moradores, incluso con todo y niños, comenzaron a aparecer más halcones en las azoteas, disparando”.

Remate de la jornada: “Los halcones asaltan a balazos el Rubén Leñero y se llevan a varios heridos».

¿Echeverría  y su cáfila de intelectuales orgánicos? Los tales, mañana. (Vale.)

Retrato hablado

Los mexicanos y la soberanía popular, mis valedores, esa que nos garantiza el 39 Constitucional. ¿En donde queda tal «soberanía» tan bien trovada por el Sistema de Poder? ¿No ocurre que nos la ha escamoteado con el artificio  de una democracia representativa por la que el mexicano carece de figuras constitucionales que le garanticen la participación en decisiones de gobierno que le conciernen, así fuesen tan limitadas como el plebiscito, el referendo y el mandato revocatorio?

Democracia representativa. ¿Y quiénes nos representan a más de cien millones de mexicanos? Nos representan individuos de la catadura de los chuchos colaboracionistas de Nueva Izquierda y una Luz María Beristáin de la misma divisa, de cuya existencia me entero por un par de videos que llegan a mi computadora y donde la «representante popular» convierte razón y lógica en un inmundo lodo biológico.

El primero de los videos alude a cierto alboroto que la representante popular armó en algún  aeropuerto  frente al mostrador de una empresa aérea. La dama llegó tarde a tomar el avión. ¿Cuántos minutos? Eso es lo de menos. Llegó tarde, y ya.  En la aerolínea existen reglamentos que impiden abordar el transporte a quien se atrasa en la hora señalada.  Sin más.

Pues sí, pero ahí la prepotencia y el agredir la lógica, y el cantinfleo de la «representante etc.» ante una empleada que no se dejó amedrentar.  Llegó tarde, qué más. ¿Cuántos minutos? Eso es lo de menos. ¿Estaba en una sesión del Congreso local donde salvaba el país? Eso es, también, lo de menos. Llegó tarde a tomar el avión. Sus alegatos de que existen muchas quejas contra la aerolínea no anulan el hecho de que la «representante etc.» llegó tarde a abordar el avión.  Ah, pero la mentalidad del mediocre al que la altura de un simple ladrillo marea. ¡Soy senadora! ¡Legisladora de la más alta tribuna del país! ¡Soluciono los problemas de todos ustedes!

Nada anula la circunstancia de que llegó tarde a tomar el avión.

Y la elocuencia de los  antecedentes personales. Tiempo atrás  la «representante»  había mostrado unos instintos a la medida del pleito de lavadero. Al aplicar la técnica del mediocre intentó con el grito y los aspavientos anular  la lógica, y entonces se dio a gritonear frente a un agente de tránsito que detuvo a alguna conductora que infringió el reglamento. ¿Que qué? Ahí se alza, prepotente, la Beristáin, y con todo cinismo, arrogancia y desverguenza que parecen ser su segunda naturaleza se pone a ventosear su estridencia contra el de tránsito, contra los transeúntes, contra el sentido común. «Con usted no es el problema; no iba usted manejando». Y la lógica de la futura «representante popular:»

– ¡Pero yo iba dentro del coche! ¡Nos encañonaron con metralleta! ¡Nos salvamos de puro milagro!

– Señora, permítame dialogar con quien cometió la infracción.

Y el cantinfleó de la «democracia representativa» al intentar la maniobra del desplazamiento: levantar del banquillo a la infractora y ahí  sentar al de transito:

– ¡Lo que ocurre es que ya comienzan las represalias contra el PRD! ¡Como somos candidatas del PRD! (¿Que qué?)

– Señora, permita que levante la infracción.

– ¡Claro, como se trata de una mujer! ¡Misógino! ¡Ni mexicano merece ser! ¡Pero aquí hay muchos testigos de este ataque contra el PRD y contra mujeres indefensas! ¡Que alguno, con su camarita, registre esta violación a nuestros derechos humanos y garantías individuales!

Ah, la democracia representativa. Ah, la representante popular. Ah, México. (Qué país.)

Halconazo

(Aquí, para la memoria histórica, mi retablillo anual.)

Dos de octubre, 10 de junio, sangre que se derrama. Echeverría. Más allá de unos mexicanos permisivos, de la masacre existe un culpable, y ése  vive todavía, aunque vive es un decir; vegeta ahí nomás, encuevado al arrimo de San Jerónimo y de la selectiva aplicación de las leyes en este país. Es México. Mis valedores:

Por revivir en algunos de ustedes la memoria histórica  aquí les doy, como cada año  por estas fechas desde  1971,  pormenores del halconazo que iba a enrojecer de sangre derramada la ciudad capital. ¿Lo recordará todavía eso que aún no se pudre del asesino intelectual?  Según lo consigna alguno de los halcones en su libro de pastas rojas:

Tensos y preparados, la adrenalina en ebullición, El Fish y compinches velaban armas. Su carrera de violencias, que años antes arrancó en el DDF para desalojar el ambulantaje del Centro Histórico, culminaba con la misión del 10 de junio de 1971: atacar estudiantes en la vía pública. Si al costo de heridos, qué importa. De muertos y desaparecidos, mejor. Urgía un escarmiento. Paisanos, tengan presente, no se les vaya a olvidar. Los halcones.

Miro el libro, contemplo sus fotos, media plana cada rufián. De dieciocho a veintitantos años de edad. Tiernos, sí, pero ya endurecidos, todos exhiben su catadura insolente de retadoras pupilas que miran de frente como para la ficha signalética. Días antes de aquel Jueves de Corpus sangriento El Fish, su jefe inmediato, llamó al del testimonio libresco:

“Habla a los halcones. Vamos a trabajar de nuevo”. “¿Con el gobierno?” “¡No! –me dijo casi gritando-. Vamos a servir de brigadas de choque para los más ricos de México. Están aterrorizados con el avance del comunismo en la UNAM, en el Poli, en las Normales y en toda la población. Ellos nos van a pagar. Los ricos no tienen alma apostólica. No perdonan. Fueron injuriados en público y, con la caída de Elizondo, lesionados en sus intereses. Están sedientos de venganza.

Los estudiantes iban a injuriar a Echeverría, a cometer atropellos y a provocar la represión del ejército y de la policía, desacreditados por la masacre de Tlatelolco. Ellos no reaccionarían, pero nosotros sí. Los haríamos pedazos”.

El día anterior los jefes ultimaron detalles. Para tener derecho a la azotea y atisbar los movimientos del enemigo habían alquilado un cuarto enfrente de la Normal. Habían rentado cuartos vacíos, realizado inspecciones estratégicas y obrado según las órdenes recibidas. Tres años antes se había perpetrado la matanza de Tlatelolco. Ahora se preparaba la movilización de estudiantes en apoyo a la Universidad de Nuevo León y en repudio al gobernador. Exigencias al presidente Echeverría, las consabidas: ¡Democratización de la enseñanza! – ¡No a una reforma educativa antidemocrática! – ¡Democracia sindical! – ¡Libertad a todos los presos políticos del país y cese de Elizondo!

La Alianza Popular Estudiantil había distribuido folletos en donde se especificaba, y esto da idea del clima ominoso y la gravedad que presentían los “marchantes”: Ir a la manifestación con gente conocida. Si se incorpora a la mitad busque un grupo conocido. No lleve libreta de direcciones. Avisar a alguien para que notifique en caso de desaparición. Organízate internamente con las gente que conoces. No dejarse provocar.

¿Sospecharían algunos que vivían la víspera de su muerte violenta? ¿Sospecharían otros más que serían desangrados, desgarrados, desaparecidos hasta el día de hoy? (Sigo mañana.)

Humanísimo

Los afectos del hombre, mis valedores. Ayer se los dije: yo, que detesto el culto a la personalidad y esa admiración bobalicona que los pobres de espíritu profesan al futbolista, al cantante o a la estrellita del gran canal (TV.), tengo y mantengo una admiración sin titubeos y un afecto entrañable por mi don Gabriel Vargas, varón de virtudes y creador, entre otras sagas y otros personajes, de ese mural vivo y palpitante del barrio bravo que es La familia Burrón.

La literatura mexicana, con todo y provenir de un tronco tan vigoroso como la picaresca española, nunca se ha significado por haber creado personajes a la altura de El lazarillo de Tormes, El diablo cojuelo, La celestina y la soberbia galería de pícaros abarraganados con alcahuetas y mendicantes, curas rijosos y putanconas trotaconventos. Nuestra literatura nunca ha delineado al verdadero pícaro nacional. Un Periquillo sarniento, cuando más, fatigante por sermoneador de espesa moralina, un Canillitas  y ese Pito Pérez plañidero, lastimero, auto-conmiserativo, que desprecia a la humanidad cuando nada de provecho le aportó en vida. Andan por ahí, vivos y actuantes, un Margarito Ledesma y mi primo el Jerásimo, licenciado del Revolucionario Ins. Y ya.

Porque en este país de pícaros la picardía se vive y  por vivirse parece no tener tiempo de novelar sus vivencias. Pues sí, pero el  pícaro del Siglo de Oro español ha venido a reencarnar en la picardía sabrosa creada por Don Gabriel Vargas, aderezada con todos los jugos, los zumos y la idiosincrasia del ser nacional. Entre nosotros el pícaro se ha venido a perpetuar en un Jilemón Metralla sinvergüenzón y en una doña Borola que vive,  que sobrevive al día y a puro valor, y arropada en las divisas del paisanaje hoy día:

A mí no me den, pónganme donde hay.

Pues sí, pero por encima de todo, doña Borola es un puro amor a los suyos, los entes  de su  familia, y el valimiento para el vecindario, que es decir con el marginado de siempre. Una buena persona, esta doña Borola Burrón. Sin duda. (recuerdo aquí al desdichado de la vida arrastrada que es Ruperto Tacuche, delincuente arrepentido al que  policías corruptos, pleonasmo vil, impiden volver a la senda que nombra del bien.)

En fin, que como toda obra de arte, La Familia Burrón es el espejo, (caso extremo y por ello ejemplar) donde se mire toda una comunidad, con virtudes y defectillos, en el entramado de nuestra realidad nacional. A mí, imaginero y fabulador,  a golpes de peripecias de lo campirano (Juanón Teporochas, el guen Caperuzo) y lo citadino (Jilemón Metralla, La Familia Burrón), la obra de don Gabriel me abrió la facultad de sentir,  imaginar,  evocar. A mí, payo de Zacatecas avecindado en Guadalajara durante mi primera y segunda juventudes –hoy vivo la quinta, pero a todo vivir-, la visión agraria de don Gabriel me descubrió la saga de la provincia, de los terrones de mi Jalpa Mineral y zacatecana. La visión de la vecindad borolesca me llevó a imaginar la vida y milagros de una ciudad que era en mis sueños fascinación y ánimo de aprehenderla en sus tipos populares. Cierto día, su lógica secuencia -consecuencia-, saqué a la luz la revista que fue prolongación de mi periodismo escrito y radiofónico: El Valedor, que arrimada a la advocación de La Familia Burrón tuvo a bien asesinar un tal líder de una tal asociación de voceadores, un tal Gómez Corchado.

Don Gabriel Vargas. Me honré (me honro) con su amistad, la de un varón humano, humanísimo, sin más. Qué más. Qué mejor. (A su memoria.)

A su memoria

A tres años de su deceso,  mi Don Gabriel, presente.

Dije un día de estos, y hoy lo repito, que alguno, en la plática:

– Yo tuve la suerte de conocer a Pedro Infante en persona.

Otro más, débil de espíritu: «Yo conservo una camiseta de Pelé, autografiada”.

Y el viejo nostálgico: “A mí me tocó la suerte de saludar de mano a mi general Cárdenas. Nunca hubiera querido lavarme esta mano, miren”.

Y semejante orgullo y tan grande satisfacción. Pero alguno, de súbito, saca una foto, la observa, se torna nostálgico, y aquel suspirillo:

– El señorón que me está consolando en las ruinas de lo que fue mi vivienda de Tlatelolco es Plácido Domingo. Yo apenas podía soportar la ausencia de la mujer, del chamaco, de la criatura de meses, pero en eso que aparece este hombre, y gracias a él… qué tiempos.

Muy cierto, mis valedores. Para tantos de ustedes,  proclives al culto a la personalidad,  el haber conocido al ídolo popular constituye una experiencia fuera de lo común. Yo, que aborrezco toda bobalicona  admiración, tuve la suerte de conocer a un varón que lo fue (lo es) por sus obras, a uno de los talentos mayores que ha producido el México de nuestro tiempo, varón de virtudes y hombre de bien. Conocí a ese personaje  de excepción, y ahora que les diga su nombre espero que estén de acuerdo conmigo.

A mi amigo lo admiré (lo admiro); lo conocí en persona y conozco sus obras; lo traté y me honré (me honro) con su amistad. Mi don Gabriel Vargas, por supuesto,  personaje que más allá de falsos prestigios que se arrogan el título, constituyó (constituye) el verdadero cronista de nuestra noble y leal, el visionario y amoroso observador de los marginados de siempre, y que con ellos llegó a crear el mural más extenso y verídico de tipos populares, mexicanos hasta la esencia del tuétano, y por eso mismo universales. Yo fui (soy)  amigo de mi don Gabriel Vargas, como de su doña Guadalupe de todo mi corazón. Vale.

Agraviado, un habitante de la vecindad, a doña Borola: “Qué forma tan méndiga de quitarle a uno el dinero, guereja patas de hilo».

Este mi don Gabriel fue (es) creador y re-creador de los tipos populares que hicieron, que hacen  época en nuestra cultura popular, y que ahí quedan. Don Jilemón Metralla, de los primeros, y más tarde don Regino Burrón, y con él doña Borola y Macuca, el Guerejo, el Tractor, doña Cristeta la millonaria y el Susano Cantarranas habitante del muladar, y Avelino Pilongano, el poeta balín, y su madre (la de él), doña Gamucita. Ya en los terrenos del agro, Juanón y el Guen Caperuzo, en fin. Tantos como ese Ruperto Tacuche, raterillo  reformado al que una nata de policías sinvergüenzas, rudo pleonasmo, por aquello de la extorsión,  lo induce a tornar al delito. ¿Se acuerdan ustedes? ¿Conservan su colección de historietas?

Aquí me arrimo a la advocación de los entrañables valedores del barrio bajo, personajes –corazón bandolero- de la vida airada y del áspero oficio del diario vivir una vida espinosa que integran La Familia Burrón, entes humanos (humanísimos), cachos de pueblo delineados de forma soberbia,  retratos fieles pero recreados a nivel de metáfora de ese buscavidas que habitó, que habita en la vecindad ribereña de la Plaza del Estudiante, corazón del barrio bajo que me dio cobijo cuando todo encandilado  llegué hasta esta noble y vial. Mi don Gabriel Vargas…

La literatura mexicana, desde Fernández de Lizardi hasta hoy, nunca ha cultivado cabalmente el perfil del pícaro. Siendo nuestra literatura rama del tronco español… (Mañana.)

Una red de agujeros

Fue a la salida del metro Revolución De repente ahí, en la orilla del arroyo vehicular, el desdichado aquel derribado entre esputos y basurillas.

De reojo lo observé: sucio, astroso, venido a menos, en total desvalimiento. Hacerme el desentendido y seguir mi camino, mi primer impulso; pero no, que pudo más la humana compasión y la certidumbre de que ambos, él y yo, somos víctimas del mismo depredador. Le tendí la mano.  ¿Pues qué, el redrojillo este no era, él también, como todo el pobrerío y toda la indigencia de este país, una víctima inerme de esos  tecnócratas reaccionarios que medran en la almendra de la injusticia y la insensibilidad? ¿No es, él también, víctima directa de un Sistema de poder que conjunta medro e ineptitud que, como los crudelísimos malparidos de cualquier signo y símbolo politiquero, pura pobreza y miseria pura nos han legado a modo de heredad, que bien pudiésemos decir con los dolientes mexhicas que cayeron, manchón de plumas y cuajarones de sangre, ante la pólvora del conquistador y la maza de sus aliados aborígenes:

“Y era mi herencia una red de agujeros…»

Fue entonces, mis valedores. Venciendo la repugnancia me hice el ánimo y me incliné frente el desdichado, le tendí mi diestra y lo alcé del arroyo vehicular. De ahí lo traje a mi propia casa y frente a mí permanece mientras tecleo esto que ustedes están leyendo. Lo observo de reojo y en su abandono total me parece percibirle una sonrisilla de agradecimiento, y aquí un mensaje al altísimo autor de la fabulilla (la parábola) del Buen samaritano. Señor:

Tú bien sabes que éste al que rescaté de la media calle nada vale, como tampoco la acción de ponerlo a salvo  de micros, metrobuses y tolerados. Pero, Señor,  si algo de mérito le ve tu misericordia a mi acción, ¿a mí y al que rescaté nos darás a valer algún día? ¿Nos darás sapiencia, voluntad y valor para nosotros darnos a valer, que es a quienes corresponde?

A mí me auxiliaste cuando desempleado en la radio (a medias, que me agenciaste un espacio para el ejercicio de mi periodismo, pero sin sueldo. Tres años.). ¿Y a éste cuando, Señor? El es también una víctima inocente de los descastados proyankis que cargan encima la maldita aspiración de portorriqueños de segunda, gringos de cuarta.

¿Que exagero? Señor:  ¿qué resta del México de tu madre guadalupana después de que semejantes mediocres que se han apoderado de mi país, y sañudamente lo enajenan al gringo? ¿No lo han degenerado, no lo han desnaturalizado hasta convertirlo en una segunda versión de Falfurrias,  Texas? Y si no, ¿cómo viven, en qué piensan y en qué lenguaje se expresan, si no es en el del dólar? ¿Estás enterado, Señor, de lo que en cuanto a justicia sucede en México?

La justicia. Miré al ñengo, encanijado, atacado de avitaminosis, y pensé en el culpable de tal postración. Entonces me alcé, y la rabia entre lengua y encías, grité: “¡Toda la culpa es de 117 millones de pasivos y dependientes porque permitimos que todavía a estas horas el PRI  vuelva a Los Pinos.

¿Que exagero? Señor:  ¿qué sobrevive del México de la de Guadalupe después de que los mediocres que se apoderan de mi país? ¿Castigo a los tales? ¡Desde Salinas, Fox, todos los hijos de su reverenda Marta, Montiel y su Peña pariente y administrador, hasta Calderón?

¡Calderón! Y excesos de una imaginación atorrenciada. Al grito de ¡Calderón! Me pareció que el devaluado al que rescaté empalidecía y le acometía un leve temblor. Pobre de ti y de mi,  pesito mexicano que recogí a la salida del metro. (México.)

La Roma imperial

Tanto quería Calígula a un caballo llamado Incitatus, que la víspera de las carreras del circo mandaba soldados a imponer silencio en todo el vecindario, para que nadie turbase el descanso de aquel animal. Mandó construirle una caballeriza de mármol, un pesebre de marfil, mantas de púrpura y collares de perlas; diole casa completa, con esclavos, muebles; en fin, todo lo necesario para que aquellos a quienes en su nombre invitaba a comer con él, recibiesen magnífico trato. Hasta dicen que le destinaba el consulado.

Suetonio, mis valedores. Resentido y parcial en la exposición de su historia, pero aun así esclarecedor nos resulta su testimonio sobre la Roma imperial.  ¿Lo habrá leído alguno de ustedes? ¿Conoce alguno Los Doce Césares? De entre los doce, ¿recordará la estampa abominable de aquel Cayo Calígula emperador (201-244), el de los tantísimos crímenes? Conocerá, entonces, la existencia de aquel que pasó a la historia como uno de los cónsules consentidos del degradado y degradante emperador. Sí, por supuesto: Incitatus. Releo el episodio y experimento verguenza por el pueblo romano, tan agachón, masoquista y fanático, que aun fue capaz de aclamar al dicho Incitatus, y honrarlo, aturdirlo a vítores y fanfarrias y exaltarlo como benemérito prócer de la comunidad. La Roma imperial…

¿Por qué mi extrañeza, si los romanos así acostumbraban aquerenciarse con sus tiranos, fueran ilustres como Marco Aurelio o de la calaña del propio Calígula?  ¿Que por qué escandalizarme por la adoración que el pueblo romano le profesó al tal  Incitatus, cónsul de Roma?  Casi por nada: Incitatus era un caballo. Un cuaco. Un penco, y  si Calígula lo hizo cónsul no fue a modo de recompensa por las carreras que hubiese ganado ni porque fuera garañón de tamaños. No, Calígula confirió al bruto la dignidad de cónsul porque aborrecía al noble y digno pueblo romano, y porque ese noble pueblo era bueno, pero bueno  de agachón, y ya lo canta el proverbio: el bueno pica a pelo de pubis, consulten su diccionario. La imposición de Incitatus en el consulado se entiende por la vía del desprecio, la befa, el escarnio:

“Quisiera que el pueblo tuviese una sola cabeza, y de un tajo cortársela».

Aunque, pensándolo bien, no debería extrañarme: qué desafueros no podrían perpetrarse en un Imperio en plena decadencia como el de Roma, con un populacho degenerado hasta el grado de terminar de agachón y falto de todo decoro, de toda altivez como pueblo que alguna vez estuvo a la altura de la epopeya. ¿Los magistrados y colegas del penco, pencos más que él? Ellos, condición lacayuna, a aplaudir el nombramiento del bruto como a su hora los muy brutos y convenencieros habían aplaudido masacres, devaluaciones de la moneda y excesivos impuestos al noble pueblo romano, cuyas muestras de adhesión a su nuevo cónsul fueron delirantes, multitudinarias. Por cuanto a Calígula:

Un fiero ataque de rebeldía inútil y de rabia impotente me forzó a hablar con ustedes de Incitatus, el cónsul, y del noble pueblo romano, tan alcahuete como agachón y perito en reniegos inútiles. Al abrir el matutino, aquel chicotazo: ¡los desfalcos de Granier! ¡Los de Humberto Moreira! ¡Las corruptelas de César Nava, los saqueos de Romero Deschamps y familia, de los Salinas y Fox, de los Montiel y Bribiesca,  los Sahagunes y demás sinverguenzas del ejercicio politiquero! Y yo digo, mis valedores:

PEMEX, Coahuila y demás. ¿A Tabasco no le hubiese convenido Incitatus en lugar del priísta  Granier? ¿Y al país? Es México. (Nuestro país.)

El orgullo del mediocre

Porque no lo queremos aprender. Ante la estridente enajenación colectiva que una noche dominguera padeció el Angel (¿ángel?) de la Independencia (¿Independencia?), aquí reitero tesis diversas de analistas del futbol.

Esa fascinación que ejerce sobre las masas populares cumple una función de compensación simbólica. Los capitalismos lo utilizan como medio de adiestramiento gregario y control psicológico de las masas a través de sus reflejos condicionados.

“No tenía idea de la explosión de locura que se produce si se encierra en la misma probeta una crisis económica, un desencanto por las instituciones del país, una bolsa de café y una virgen de madera dorada, y esa mezcla se deja desintegrar bajo el sol mojado de los tristes trópicos. Jamás un país me había dado la impresión de estar enajenado en bloque, pasmado entre un pasado ausente y un porvenir ilegible. Si en ese cuerpo enorme y febril se inocula pasión futbolística, la razón se tambalea. En ese organismo en estado de baja resistencia el cáncer del futbol ataca uno tras otro todos los órganos, a lo feroz”.

Como espectáculo para las masas el futbol sólo aparece cuando una población ha sido ejercitada, regimentada y deprimida a tal punto que necesita, al menos, una participación por delegación en las proezas donde se requiere fuerza, habilidad y destreza, a fin de que no decaiga por completo su desfalleciente sentido de la vida.

«Ganamos, anotamos un gol», y no se han movido del graderío. Es el orgullo apasionado del mediocre. El deporte por delegación es un fenómeno  de la sociedad industrial de masas, el santo y seña de la sociedad de clases. Las del dinero practican el deporte: golf, tenis, hockey, equitación, polo, esgrima; sólo las clases bajas están reducidas al espectáculo pasivo del futbol. La inmensa mayoría rara vez toca un balón. El aficionado es espectador pasivo que participa por delegación de los triunfos de su equipo favorito, a cuyos partidos asiste a distancia, desde una tribuna, enajenándose en el jugador profesional, al que eleva a la categoría de ídolo.

El futbol es un medio de despolitización de  masas, un señuelo para alejarlas de la cultura política. El menosprecio por el fanático se evidencia hasta en las condiciones inhumanas que se le hacen sufrir en los estadios, que son lo más parecido a un campo de concentración, donde ni siquiera falta el alambrado de púas.

La comunicación que se provoca en el futbol es del tipo de las multitudes que se forman en ocasión de un linchamiento. Por ello suele terminar en  violencia.

De súbito, desde las galerías rompen a rodar las pasiones crispadas y los insultos, los frustrados deseos semanales. La turba de aficionados sugiere de pronto la imagen de un viejo decrépito que se exaspera en sus vanos esfuerzos por poseer a una adolescente.

La verdadera pasión es fría. El entusiasmo, en cambio, es por excelencia el arma de los impotentes.

Los merolicronistas de medios impresos y electrónicos “tienden a acentuar el carácter estético del futbol. Hablan de estilos y técnicas, pero que no nos engañen: intentan crear una seudo-cultura basada en valores irrisorios para uso de las masas a las que no se les permite tener acceso a la cultura. Hacen un serio estudio de algo de lo que nada hay que comentar aparte de algunas elementales reglas de juego».

Pero el futbol es rey, dios, dictador, negocio, enfermedad,  enajenación, política,  manipulación. Todo, menos un deporte.

¡Y el América es campeón! Ah, masas. Ah, pobres de espíritu. (Agh.)

¡Somos (?) campeones!

Llegó el alimento, mis valedores. Ha llegado el maná para esa  Perra Brava que se agostaba por falta de su sustento espiritual. Porque hasta ahora bastimento y opiáceos que la mantenían con vida (vida es un decir) eran los jeringazos de escándalo (Lady Profeco, Granier, Góngora, Romero Deschamps y nieto del Murillo titular de la PGR)  y la lavativa de hemoglobina (la nota roja, “reina absoluta del réitin”) que le embombilla la pantalla de plasma. Pero ahora llegó la comida (el bodrio)  para los pobres de espíritu. A la regazón de cadáveres se añadió  el clásico pasecito a la red que les  ha aprontado el duopolio de la TV. Banquetazo de pan y futbol,  muy  poco de lo primero, pero del otro hasta reventar, por más que de calidad ínfima. Ah, Perra Brava

Decir Perra Brava es remitirnos a la manipulación de esas masas enajenadas que el domingo pasado,  más allá de la carestía de la canasta básica, pagaron el costo de su boleto, atascaron el Goloso de Santa Ursula y practicaron ese lóbrego onanismo mental que consiste en vivir peripecias ajenas y tomar como propias las “hazañas” de unos alquilones del balompié que por practicarlo cobran altísimos sueldos. El fanático, en tanto…

Mírenlo ahí,  aplastado a dos nalgas en el graderío, calientes cabeza y garganta y las tripas empantanadas de agave y lúpulo, fanatismo en que caen también los compadres frente al televisor. Miren la cáfila de  enajenados jugando a ser  héroe por delegación: lonjas y  vientre fofo  a la mitad de su edad, esos no juegan, no saben jugar, no tienen condición física para correr unos cuantos kilómetros, pero qué  forma exaltada de vibrar y sentir como propias las acciones de los alquilones. “¡Ganamos! ¡Goleamos”. “Perdimos por ese árbitro vendido».

¿Ganamos? ¿Perdimos? ¿Nosotros, ustedes? Ridículo. Y si no, juzguen ustedes el mensaje que llegó a mi correo. Ya a punto de borrarlo le eché una ojeada, y válgame con los alardes del fanático. Aquí, respetando mayúsculas y sintaxis, va la parte sustancial del mensaje del ingenuo que asumió como propias las “hazañas” ajenas:

“¡Ya lo pueden gritar Este título es nuestro y no lo íbamos a regalar. La afición respondió como lo que es. ¡Somos campeones! Millones festejan, millones lloran, millones se abrazan…

somos: CAMPEONES.

El primer tiempo fue duro, difícil, peleado, intenso y sin goles…

Y sucedió, ¡la gente lo empató! Sí, lo empató con ese apoyo impresionante que le enchinó la piel a todos los presentes. La gente empató el marcador con goles de (aquí un par de nombres) en cuestión de pocos minutos…

En el aire se podía respirar el gol, ese gol que habíamos esperado nada más que 13 años y que estaba aguardando porque alguien se pusiera el traje de héroe para anidarlo en las redes y hacer que medio país gritara ¡CAMPEON!

Todo una fiesta, todo un carnaval que a muchos nos durará toda la vida. El himno del equipo se tocó una y otra vez, cada una de ellas coreada y cantada por todos los presentes, al igual que el Dale campeón, dale campeón, seguido del ´Palo palo palo, palo bonito palo ehh, ehh ehh ehh somos campeones otra vez…

La fiesta no terminó y no terminará durante mucho tiempo. El América ES CAMPEON, Y AHORA SÍ, ¡¡¡Haber (sic) quién nos aguanta!!!

VENGAN CAMPEONES, FESTEJEN QUE ESTE TITULO YA ES

NUESTRO!!! EL NUESTRO, EL MÁS GRANDE!!! 13 TITULOS Y HABER QUIEN NOS ALCANZA!!! GRACIAS A TODOS LOS QUE NOS DIERON ESE TITULO!! ¡¡¡YA SON HÉROES..!!!»

Ah, los mediocres. Ah, los pobres de espíritu. Ah, los… (Seguiré con el tema.)

Los «pendejos» de Paulina

La parentela de los políticos, mis valedores, esos parientes  que cargan sobre los lomos un apellido ilustre que los  abruma, que los aplasta y que tantas veces termina por arruinarles la vida. Todo ello porque el famoso y su prole llegan al éxito, al poder y a la riqueza, sin el soporte de los valores morales. Tienen, pero no son. Llegan a tener sin antes experimentar el proceso de ser. Lujos, derroches, compras en escaparates del extranjero y viajes en helicópteros oficiales para que Paulina sea transportada los escasos kilómetros que separan Toluca de Metepec, donde toma sus clases de yoga, gimnasio, modelaje o algo por el estilo. Esos todo lo  tienen, pero nada son.  He ahí el problema, que dijo aquél. A propósito:

Cuando presidente, José López Portillo  sería objeto de culto por parte de periodistas como un tal Montenegro, que así lo ensalzó en el matutino: “Usted, señor licenciado don José López Portillo, significa la tradición de lucha actuante. Usted, señor Presidente, va a conducir la nave de México a puerto seguro, metáfora que recuerda seguramente la reencarnación de Quetzalcóatl…”

En junio de 1998 habló Carmen Romano, por aquel entonces  esposa de Quetzalcóatl: “El gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari está resultando de veras estupendo. Mucho se asemejan este sexenio y el anterior. Sí existen muchos puntos de comparación entre ambos, pero lo más importante es que éste sí cuenta con la confianza del pueblo de México. Yo, por mi parte, como esposa del  presidente López Portillo ya hice  todas las actividades culturales y sociales que tenía que hacer”.

Condenó una omisión: que no se haya dado seguimiento a sus programas especiales para la niñez. “Eso le tocaba ya desde hace seis años a Paloma Cordero, pero por lo visto la esposa de Miguel de la Madrid nomás no hizo nada. Y si los programas no se continúan, si no se les da seguimiento, pues se vienen abajo, ¿no”.

Y que vestida con elegancia…

Carmen Romano, la «primera dama» de López Portillo. Notable por sus derroches, un gusto de más o menos y una moral personal que se prestó a habladurías, se rumora que murió de una cierta enfermedad mortal de necesidad, una que se transmite por contagio sexual. Interrogada en torno a sus derroches y ostentaciones de nueva rica, la señora respondió que como esposa del presidente «no tuve limitaciones económicas, pero eso depende también de las personas, ¿no?»

– ¿Y los viajes que efectuó con la Filarmónica  por todo el mundo?

– Esas eran invitaciones.

Más tarde López Portillo, garañón, tomó por esposa a la actriz Sasha Montenegro. Al paso del tiempo, ya casi al final de su vida, quien ostentara la banda presidencial de México, se dolía:

Sasha me maltrata, me cachetea, de pendejo no me baja…

Por cuanto a Paulina Peña y  la «bola de pendejos», como llamó a quienes criticaron a su padre por ignorante en materia de lecturas:

un saludo a toda la bola de pendejos, que forman parte de la prole y solo critican a quien envidian!… Twitteer for Black Berry@ – 05/12/11 Retwiteado por Pau Pena  

Y que “La hija de Enrique Peña Nieto, Paulina, retuitó  improperios contra los críticos de su papá (…) Las críticas fueron porque Peña confundió al autor de La silla del águila, Carlos Fuentes, con Enrique Krauze”. Y que después de una hora, “la cuenta de Paulina y su novio fueron canceladas”.

Tal fue el incidente de un Peña culturalmente vacío y una Paulina  caprichosa y malcriada que escupe desprecio a “la prole”.

¿Y? ¿Consecuencias? (México.)

Paulina Peña, mañana

Los parientes incómodos, mis valedores. Alfredito para Díaz Ordaz, para Salinas Enrique y Raúl, para López Portillo José Ramón, el «orgullo de mi nepotismo», y para Zedillo sus varios hermanos. ¿Vicente Fox? Desde sus hijastros hasta la ex-esposa Lilián de Concha, y un tal Hildebrando para Calderón. Vendría más tarde una cierta Paulina Peña, que a los críticos de su padre, hoy presidente de México, motejó de «pendejos».

Y ahora pronto  una Andrea, que en la PROFECO hizo caer a su padre, y la hija y el hijo de Romero Deschamps, firmes todavía hoy, como su padre, dentro de su riqueza ilícita. Tal es el calibre de la justicia que se aplica en este país. Siniestro. A propósito de los parientes incómodos:

Lo afirmó hace algún tiempo Guadalupe Díaz Borja, hija de alguno de los que anduvieron con las manos chorreantes de sangre:

– Yo puedo caminar por la calle con la cara alta. Puedo presentarme en los sitios públicos sin que me den la espalda los que fueron mis amigos. Yo y todos los Díaz Borja estamos libres de muchas cosas. ¿Y qué ocurre con los otros?

La nota fechada en Chihuahua. Chih. “La Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos pide formalmente al cabildo de esta ciudad cambiar el nombre del bulevar Gustavo Díaz Ordaz porque durante su gobierno se perpetró la matanza del Dos de Octubre. La petición es para honrar la memoria de los cientos de jóvenes, niños y ciudadanos que murieron el Dos de Octubre”.

Años más tarde, el presidente López Portillo  sería objeto de culto por parte de periodistas como un tal Montenegro, que así lo ensalzó en el matutino: “Usted, señor licenciado don José López Portillo, significa la tradición de lucha actuante. Usted, señor Presidente, va a conducir la nave de México a puerto seguro, metáfora que recuerda seguramente la reencarnación de Quetzalcóatl«.

La esposa de Quetzalcóatl, Carmen Romano, habló en junio de 1998: “El gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari está resultando de veras estupendo. Mucho se asemejan este sexenio y el anterior. Sí existen muchos puntos de comparación entre ambos, pero lo más importante es que éste sí cuenta con la confianza del pueblo de México. Yo, por mi parte, como esposa del  presidente López Portillo ya hice  todas las actividades culturales y sociales que tenía que hacer”. Condenó una omisión: que no se haya dado seguimiento a sus programas especiales para la niñez. “Eso le tocaba ya desde hace seis años a Paloma Cordero, pero por lo visto la esposa de Miguel de la Madrid nomás no hizo nada. Y si los programas no se continúan, si no se les da seguimiento, pues se vienen abajo, ¿no”.

Vestida con elegancia, la ex-primera dama de la nación reveló que estaba escribiendo dos libros: “Uno, de mis experiencias como esposa de un presidente, y otro, que yo llamo Mis primeras veces, que será no sólo para México, sino para el mundo entero».

(Mis primeras veces). Acompañada por guardianes en el recinto del poliforum cultural Siqueiros, ataviada con un llamativo juego de aretes, gargantilla y anillo de filigrana en oro con diamantes y granates, la ex-esposa del ex-presidente señaló: “Yo soy quien soy, lo que soy y lo que hice; no me interesa que me reconozcan. Los ataques no me lastiman”.     Respecto a las numerosas acusaciones de que era objeto acerca del dispendio con que se manejó cuando fue “primera dama”, respondió:   – ¿Cuál dispendio? No hubo dispendio alguno, quienes así lo dicen es por desconocimiento, pero reconozco…

Eso que reconocía la «primera dama», mañana. (Vale.)