¡Tú, Peña, estás loco!

Y delante de los asistentes soltó la risa. El insulto de  Trump nos salpicó a todos.

          Por eso mismo  tomar esto en cuenta, mis  valedores. Un sastre de nombre Próculo vivía en aquel pueblo  y era un alma de Dios, corazón de malvavisco y tiernita condición. Con el tiempo derivó en solterón porque aquel carácter de queso tierno, tal temple de jericalla, no le alcanzó para agencias de una Issa amantísima, esa mielecita en penca que habita junto a los que hemos vivido con esa buena fortuna; la amadora amante que nos es todo y tantito más: tuétano, almendra y oxígeno del diario vivir, y esto me lo van a entender quienes saben de varonía y corazón de pan fresco.

A falta de hembra para asuntos de amor este bueno de  don Próculo había cifrado sus ilusiones en un caballo, sueño que soñaba dormido y despierto, imaginándose jinete sobre un penco bailador  y paseándose del puente a la alameda y del parían a la plaza de armas en cosas de lucimiento. Cachondeando su sueño don Próculo fue ahorrando centavo a centavo que le sobraba de alforzas, pespuntes y dobladillos, hasta que llegó a juntar los oros bastantes para hacer viva su gran ilusión:  aquel retinto de fina estampa.

¡Helos, helos, por do vienen, caballo alazán tostado, con un lucero en la frente y el sastre encima! Y a darle gusto a la vida, jinete y manojo de temperamento.

Darle gusto es un decir. Mal sentía al sastre sobre los lomos, el penco sobrón se alzaba, entero él, y  hacía  lo que sus criadillas le iban dictando, y al cuerno rienda y espuelas. ¿Que el sastre decía media calle y el penco media banqueta? Por la banqueta nos íbamos, a querer o no. ¿Que don Proculito decía calle real, y el cuaco callejón de las güilas? Por frente a la putas pasábamos, y a enrojecer a las risotadas, que para eso había mucho caballo para tan menguado Próculo.

Y fue así, mis valedores. Aquel domingo, a la hora de misa mayor, cierto charrito cerrero quedóse viendo al caballo. Cetrino el hombre, seco de carnes, estevadas las zancas, percudida la gamuza de chamarra y pantalón, cuarta de cuero crudo, varón  de los buenos cristianos que nacen, crecen y estoy por decir que se reproducen a lomos de penco. Y algo estaba por suceder…

Ahí miró al animal, ahí lo fue semblanteando, lo observó un rato, y entonces al sastrecillo, que sesteaba al pie: “Oiga, don, si me hiciera la valedura de emprestármelo un su ratito pa sentirle la condición”.

Y sí: de un brinco el charrito estaba horquetado en el penco y lo animaba con suave chasquido de labios: “Tch, tch, caballo”, y fue entonces.; aquel alazán sobrón, sintiendo jinete encima, decidió que el atrio del templo  era bueno para corcovos a esa hora dominguera en que mozas y demás gente de bien salían de sus devociones. Entonces (fijaros bien), ante lo desbozalado del bruto el charrito mete un apretón de zancas, un recio tirón de rienda, un enterrón de espuelas por las verijas y aquel  reatazo en el anca: “¡Penco cabrón!” Y que asegunda el cuartazo. “¡Jijodiún!”

Dicen los viejos de la comarca, y al decirlo sonríen con los puros ojos, que al poderío de la rienda y pegando ardido sentón, el penco desobediente, un calambre al ardor del cuartazo, giró la testa y con espantados tomates miró al charrito. Entonces (tomarlo en cuenta),  quebradita la voz, replicó a su mandón:

– ¡Ay, perdóneme, señor, creí que era don Proculito!

 Y ese mandón, mis valedores, ¿quién podrá ser? (¿Quién?)

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