¿Guantánamo? ¿Abu Graib?

Que las desgracias no vienen solas, jura ese lugar común que con mi persona pareció confirmarse la mañana de ayer. En el vehículo transitaba por alguna de las avenidas de esta ciudad en dirección al domicilio de una cierta amiga viuda a la que le iba a hacer un favor, y pisaba el acelerador mientras me derretía con la sonata de Bach en la radio cuando,  en una de esas,  dí vuelta a la izquierda y de súbito: horror, como si la vuelta hubiese sido a la  “nueva izquierda” de todos los chuchos de la ciudad, y los resultados: en la remecida de fierros, hojalata y cristales, todo el frente del auto quedó con rasgos faciales de Chucho Zambrano con injerto de Andrés Granier. Esperpéntico.

Estacioné el chocado, me bajé y examiné la trompa del contrincante. Un cochecito compacto, ¿se imaginan ustedes? Si arrugado y chueco quedó mi chocante y en situación de viejo que implora el asilo de ancianos, el compacto quedó para la silla de ruedas. Y qué hacer.

¿Qué hacer? ¿Para qué pagamos puntualmente los servicios de la aseguradora? Yo, con la preocupación de llegar con la amiga: “A esperar, dije al del compacto. Ya conoce usted esta situación. De aquí a la llegada de los ajustadores, y luego  los trámites, la pesadilla, el horror. Un día perdido”.

Y a aguardar, yo con la preocupación del favor que iba a hacerle a la amiga. Y aquel fruncimiento de nervios a la perspectiva de no ir a completar la docena y media de documentos que me iba a requerir el ajustador. Comencé a mojar el sweater. (De las axilas, nomás. Y aquella corazonada.) Me dispuse a aguardar.

¿A aguardar? Diez minutos no habían pasado cuando el par de ajustadores, el del compacto y el mío, ya se aplicaban a valuar los daños, y  ya le examinaban a este la trompa, y al otro le toqueteaban la cola, y los olisqueaban, y que escriba aquí nombre y alias,  y que firme aquí, allá y acullá, y que la huella de su gordo  al pie de página, y que ya puede retirarse. “Vete, y no choques más”.

– ¿Ya? ¿Estoy libre? ¿En absoluta libertad?  ¿Sin ficharme?  ¿Sin fianza? ¿Así nomás?

Y en taxi allá voy, rumbo al domicilio de la amiga a la que yo, insensato de miércoles (era jueves) iba a hacer el favor de acompañar a la institución donde tiene su cuenta bancaria, de la que pretendía retirar la mitad del capital  para el pago de la despensa semanal. ¿Cómo fui a aceptar meterme  al cubil financiero?

– No tenga miedo (la amiga).  El banco, obvio,  no es mexicano. Los trámites deben ser rápidos.  Mire el folleto.

Miré, leí: “En (aquí las siglas) no tienes que esperar”. Así, con  tuteo confianzudo. Yo, a la perspectiva del agradecimiento de la amiga reciente (viuda ella, para más señas), me había dejado enganchar. Y aquella corazonada…

Mis valedores: ¿Guantánamo, Abu Graib? ¡El Archipiélago Gulag, donde se nos sometió a aquella refinada tortura psicológica!  Horas y horas de espanto y horror. ¿Cómo fue que   pudimos salir con vida, o casi?

La entrada al banco no fue problemática. Registrarnos, exhibir desde el acta de nacimiento hasta el comprobante de no antecedentes penales ni pertenencia a los Zetas, La Familia o los Caballeros templarios. Y que va a tener que dejar su billetera, su credencial de elector y los resultados de su último análisis de colcoscopía y triglicéridos. ¿Va a ceder sus órganos?

Me permitieron abandonar el cubículo de revisión; pálido, desvencijado después del examen prostático, con la amiga me dirigí hacia el área de los cubículos. “Aquí no tienes que esperar”.  Esperé. (Sigo mañana.)

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