No me voy a morir

Muy cierto, mis valedores: yo  no me voy a morir. Tal frase síntesis, troquelada en mi conciencia, marca los rumbos de mi conducta  desde que la aprendí de Unamuno. La muerte se anida en mi reloj biológico y un día cualquiera, a mansalva tal vez,  me va a propinar el hachazo definitivo. De esa manera habrá de cumplir con su deber. Pero lo que es yo, lo reitero, no me voy a morir. Yo no me voy a jubilar del oficio agridulce del diario vivir. Yo vivo y seguiré viviendo a todo existir hasta el último día. Como si fuera el primero de mi existencia. Como si fuera el último. Vivir.

En llegando a este punto vale la distinción: a escala de mediocridad e idealismo existen jóvenes viejos como también viejos jóvenes. Yo no me voy a morir. Conmigo no vale el ejercicio de los viejos en que simbólicamente se adopta la posición fetal y, de espaldas a la vida, se aplica a recordar, lamentando a lo estéril y  memorioso lo que no ha de volver. Y aquellos suspiros. Yo no. Yo vivo el cogollo del minuto, que dijo el poeta. Pues sí, pero entonces…

¿Por qué una noche de miércoles, el de la semana anterior, se me vino encima el manso ejercicio del recordar? Sucedió que  en la duermevela, yo a oscuras en el camastro, la mente se me fugó por regiones que carretadas de ayeres dejé muy atrás, y a lo subrepticio me llevó de la mano a recordar  antañones amores, esos entrañables fantasmas que en su momento nos fueron inolvidables (contrasentido),  y que hemos olvidado para nunca más. Soñemos, alma, soñemos…

Los amores que se fueron para nunca más. Tú, la de las garzas pupilas, ¿dónde estarás? Tú, ¿cuál es tu nombre, que grabé en aquel arboluco del parquecillo provinciano? Usted, que conmigo juró los «siempre, siempre» los “nunca, nunca” y los “por siempre jamás”, ¿qué rumbos anda pisando? Sombras nada más, y un retrato desleído, un mechón de cabellos, una rosa marchita entre dos poemas de amor. Alguna de aquellas mis inolvidables ya olvidadas habrá dicho de mí: “Aquel esperpentillo que con su labia embustera logró ilusionarme, ¿vivirá o ya habrá reventado?» Y el vocablo vituperoso, tal vez,  Ah, la tristura de cierto anochecer memorioso…

Esa noche de miércoles mi mente corrió desalada y recorrió paisajes, tiempos, espacios. Caí entonces a recordar el vetusto  salón de cine de mis citas tempranas con la fantasía, y añoré  la antañona película,  y entre indefinidas tristuras se me vino encima mi propia niñez sentada a dos nalgas en la gradería de gayola del cine Morelos, en Aguascalientes,  bebiéndome la ruda  estampa del héroe hazañoso.

Raúl de Anda, mis valedores, ¿lo recuerda alguno? En oyendo ese nombre, aquellos de ustedes que rebasaron todo el Mar de las Tormentas y doblan ya  el Cabo de Buena Esperanza dirán conmigo: ¡El Charro Negro! Qué tiempos. No lloro, nomás…

El Charro Negro, apolillado héroe popular; todo de oscuro hasta los pies vestido y las fragorosas 38 especial en ambas manos, a galope tendido del alazán cruza de lado a lado la pantalla del cine para rayar el penco en los meros hocicos del hacendado sobrón, el jefe político avorazado y los cuicos que en el clímax de la película queman las chozas de los lugareños mientras el hijo del patrón, su endemoniado corazón convertido en policía del difunto político García Luna, intenta violar la pureza de la aldeanita inocente. Ah, pero en tal punto, rayando el penco, ahí se nos aparece, vozarrón gargajoso y en cada mano la 38:

–          ¡Alto ái! ¡Quietos todos! ¡Arriba las manos!

(A lo que intento llegar, mañana.)

¿Porquería de país?

México y la Justicia, mis valedores.  «Soy mexicano, pero es una porquería de país», clama un Ezequiel Elizalde, víctima sobreviviente de la banda de secuestradores denominada «El Zodíaco». Y más adelante: «Somos una porquería como país». La víctima de un secuestro se exaspera porque al dejar en libertad a uno de los presuntos agresores, en este caso una mujer, los magistrados de la  Suprema Corte de Justicia de la Nación infieren una segunda violación a la mencionada víctima de los secuestradores.

Cuando el susodicho Elizalde asegura que «somos una porquería de país» a mi juicio acierta con el diagnóstico, que es el mismo de tantísimos mexicanos, diestros como somos en el catálogo de agravios. Pues sí, pero este país es lo que somos todos los mexicanos. Sin más. Porque, mis valedores, México es un Estado. Un Estado son sus instituciones. Sus instituciones están manejadas por individuos. Los tales están ahí por mí tanto como por Ezequiel Elizalde acontece en ella. Por comisión u omisión yo, ciudadano, como también Elizalde, soy el responsable de quienes así manejan las instituciones del Estado, que es mi país. México es una  porquería porque yo mismo lo soy, y junto con un millón 150 de connacionales lo he hecho a mi imagen y semejanza. México, mi país. Horroroso.

En ese entendido hoy, ante el incidente de la liberación de uno de los presuntos secuestradores de Ezequiel Elizalde y otros desdichados más, como nunca antes me averguenzo de mí, porque he permitido que la institución toral del Estado, que es la encargada de impartir Justicia, esté manejada por seres carentes de ética y de moralidad personal, de entereza e independencia a la hora de dictaminar sus sentencias. Porque eso que para la Justicia ocurrió cierto día de miércoles exhibe a una cáfila  entes desvergonzados que más allá del Derecho Positivo y diversas y amañadas interpretaciones y  tecnicismos diversos, han cometido violación tumultuaria en agravio de las víctimas de la banda El Zodíaco. Qué país.

Porque para esos de toga y birrete resulta que hoy amaneció blanco lo que era negro apenas ayer, y que es hoy inocente quien apenas ayer cargaba una sentencia de 60 años. Emasculados espirituales son esos que  ayer, con el espurio de mecha corta,  obedecieron las consignas del tal, y hoy, dando una maroma de 180 grados, obedecen la indicación con fines de relaciones internacionales que les marca el nuevo mandón de Los Pinos. ¿Con Calderón se culimpinaron y ahora, con Peña se yerguen, o es al revés?

Y que por causas idénticas  y en igualdad de circunstancias uno de los inculpados alcanza su libertad mientras el otro, tortura mediante, continúa en la cárcel, me averguenza también. Me abochorna mi propia persona, a la que toga y birrete así faltan al respeto al presentarme semejante capacidad de elasticidad de criterio a la hora de juzgar (¿en tiempo y forma?) a los inculpados; que me presentan la que fue su claudicación anterior, o la actual, sin pena, decoro, rubor, verguenza profesional y cabal varonía, quinteto -oncena- de emasculados.

«Que ahora le den puerta abierta a Caletri, a Daniel Arizmendi«, se exaspera Elizalde y sí,  ya puestos en situación de prolongar la ignominia, menos afrentar sería para nosotros y también para la Justicia que a Israel Vallarta y toda la banda de El Zodíaco esos mismos togados les concedieran su libertad por el mismo motivo  que a uno de los tales cómplices, en este caso una mujer. ¿O qué, distingos en la Justicia?

(Esto sigue después.)

Calderón, magistrados y Cía.

¡Mírenlos todos, que allà traen a los malhechores.  A rastras y encadenados los conducen al patíbulo entre la grita, la befa, el insulto y los amagos de linchamiento que mal contiene la fuerza pública. Reos de muerte son todos esos, y ante una  muchedumbre frenètica son exhibidos en la plataforma que se alza en la plaza pública. Entre el clamoreo de la multitud seràn atados a los postes del patìbulo con haces de leña  a sus pies. Leña verde. Véanlos todos. ¿Los reconocen? Sí, que de otra manera no los señalarían con el índice, con el puño, con esos vocablos rasposos que exigen la muerte de los facinerosos.

Obsérvenlos. El  espanto chispándoles de sus cuencas los ojos, son los rapaces arrancados a la impunidad y juzgados en tribuna popular por el primer gobierno que todos nos hemos dado, muy lejos de los hampones malparidos por una claque politiquera corrompida hasta la enjundia del ánima. Los criminales han sido juzgados (delito de lesa humanidad)  y sentenciados, sentencia popular. ¡A quemarlos vivos! Helos ahí, a la espera de la sentencia. Media mañana estallante de sol.

La muchedumbre contempla el abyecto muestrario de criminales. Apergollado al poste central, el que a falsas promesas se encaramó al poder con el auxilio de gringos y  togas, sotanas y el gran capital, ahora a punto de parar la factura. ¡A quemarlo vivo! ¡Sus cenizas al albañal! ¡Que con èl se achicharren sus còmplices!

Con leña verde, clama la multitud. A arrasar con los tales, a borrar sus rastros, a derramar sal sobre su memoria y luego a recomponer la heredad.  ¡A la quema! ¡Leña verde!

Ahí, apergollado en el poste central. Cómo iba a faltar ese mismo que proclamó el estado de Derecho mientras a lo descarado solapaba a los corruptos y a lo descarado y a la vista de todos protegía las espaldas de los cínicos que hoy van a morir. ¿Asì que èse, haiga sido como haiga sido, laceró y sigue lastimando a todo el país? ¡A quemarlo, y con ése arrasar con los de los grandes dineros que nos enjaretaron al impostor. ¡A quemar a la hez de la politiquería del paìs!

Porque para las víctimas ha sonado la hora de la justicia. Por eso es que las masas sociales, agraviadas por esos durante dècadas de penosa sobrevivencia, con sus manos han tendido un cordón de pólvora desde los montones de leña hasta acá, hasta la plataforma donde el juez (un juez, no esos emasculados de la Suprema Corta que hoy seràn achicharrados); donde hachòn en mano el juez aguarda las campanadas de las doce en punto del medio día. La muchedumbre, un soterrado rumor. Y de súbito…

¡La escuchan ustedes? Ahí resonó la primera campanada, y sobre la plaza cae, solemne,  la segunda, y la undécima, y ya va a sonar la hora de la verdad. Al reventar el último bronce el juez juntó hachón y mecha de pólvora, y la flama corrió por el cordón tirado a ras de tierra, de baldosa, en dirección de los postes donde se agitan y contorsionan los condenados a las vivas llamas. La muchedumbre, el corazón en el gañote y la excitación en unas pupilas lumbrosas de sol. ¡Se hace justicia!

Pues sí, pero, ¿y eso? Silencio, estupor. ¿Qué ha sido, quién es la temeraria insensata? Y fue entonces: en el silencio se escucha  la vocezuca de la anciana, cascada voz:

– Sin pólvora. Calderòn, magistrados y còmplices no la merecen. A fuego manso. Y no tan de prisa. ¡Volvamos a comenzar!

La idea para la escenilla, onanismo mental,  me la dio una que tuvo de protagonistas a Hitler y cómplices, imaginaria como esta misma, làstima. (¿O no?)

Martí, retablillo anual

El día anterior a su muerte en combate el genio americano redactó la síntesis de una existencia de pensamiento y acción:

Ya estoy todos los días en situación de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo-; para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan sobre nuestras tierras de América. (Otro día, con su sangre, iba a cimentar sus palabras.)

 José Martí, cumbre señera del espíritu humano y uno de los  héroes primigenios del  anti-imperialismo en nuestra América mestiza, nació en La Habana un 28 de enero de 1853. Así se pondera una obra consagrada a libertar a Cuba del dominio extranjero, y esto hasta los límites del sacrificio final:

“Si en América se esculpiera dignamente la estatua de Martí habría que hacerlo con la representación de una de nuestras montañas. Es un personaje de libertad; es uno de los grandes hablistas de la lengua castellana, poeta y literato, hombre de pluma y de pensamiento. Martí trabajó para la patria, trabajó para América. Martí es una idea. Su palabra, anda; su espíritu, vela. Se sienten sus pisadas calientes de santo por la expiada, ungida senda del honor y la gloria de América”.

¿Cómo pudo comprender que se abrían nuevos peligros para la América mestiza y que se hacía necesario declarar su segunda independencia? El mismo parece responderlo en una frase célebre por lo que la repetimos: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David”. Las entrañas del rapaz:

“Basta una ojeada al mapa de Norteamérica para comprender que México forma un todo con los EU. ¡Hermosa provincia tropical para poseerla nosotros!

La voz del adelantado, que no quisimos escuchar:

“¡Cuidado! Estados Unidos tiene sobre nuestros países miras muy distintas a las nuestras; miras de factoría y pontón estratégico. Cuidado con el trato con EU. Jamás hubo en América asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos –potentes, prepotentes, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios en nuestra América mestiza- hacen a las naciones americanas de menor poder”. Y que tal convite: “podrá festejarlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles. Pero el que vigila y prevé, ése ha de inquirir qué elementos componen el carácter del que convida y el del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si hay riesgo de que los elementos  temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado.

Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive cerca de un pueblo que por tradición nos desdeña y nos codicia (…)  es deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de mover a respeto a los que no podemos evitar. Ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra. Ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora prontos y viriles.

Hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena, a ver si es blanda o si resiste. Y hay que poner la carne dura, de modo que eche fuera los dedos atrevidos. ¡En su lengua hay que hablarles, puesto que ellos no entienden la nuestra. ¡Cuidado!”

José Martí. (A su memoria.)

Del mexicano

Muchos mexicanos, ya marchita su esperanza, nada esperan de su vida, su familia, los partidos, la autoridad, de Dios. (Obispo F. Arizmendi.)

El individuo, mis valedores, esa criatura que puebla el haz de la tierra y cuyo destino, en cuanto humana ralea, es la sobrevivencia. Ente humano de cumbres y abismos, de cimas y simas, sus hechos proyectan luz y tinieblas en humanísimo claroscuro: alguno conquista las crestas del heroísmo, del saber o del humanismo, en tanto que una infinita mayoría se arracima en contingentes de masas que sobreviven en la cotidiana rutina del áspero oficio del diario vivir a ras de los suelos. Los desconocidos de siempre, esos seres anónimos…

El mexicano, pongamos por caso. Si intenta la perfección casi siempre carece de la educación adecuada porque lo mantienen en la ignorancia y en situación vulnerable esos enemigos de clase que le impiden el vuelo natural hacia la entelequia, que decía el clásico.

La televisión es el único consuelo de los jodidos («Tigre» Azcárraga.)

Y claro, entre los factores que le mutilan las alas están los «medios», voceros de un Sistema de poder del que forman parte integral. Porque el pobre de espíritu, inquilino de la violencia, la pobreza y la inseguridad,  busca evadirse de una realidad que lo supera, rebasa, lacera y agobia, y en el intento de hurtarle el cuerpo a lo que no puede evitar se refugia en el alcohol u otras drogas casi igual de nefastas:  mariguana, cocaína, metanfetaminas o el  televisor, esa puerta falsa, puerta excusada, que el mexicano mantiene abierta de par en par en el lugar preferente de la sala y en donde recibe su cotidiana descarga de  radioactividad.

Y qué hacer, si esas masas necesitan y reclaman una rajuela de esperanza que les avive su desfalleciente sentido de la existencia, y esa esperanza la van a encontrar, junto a la de plasma en el pensamiento mágico, que es decir en la superstición o en la práctica de un credo religioso sustentado en la autoridad, el misterio y el milagro.

La católica es la religión mayoritaria, y en ella se refugian esas masas en busca de la esperanza de una vida mejor que se le promete, sí, pero en la otra vida, y ello si logran pasar el juicio de su Dios. Es ahí donde la jerarquía católica manipula su tremendo ascendiente en los feligreses para aplicar en ellos una moral restrictiva, represiva, que les lleva a caer en el engaño de tomar como preceptos religiosos tabús como el preservativo y la educación sexual, la píldora del día siguiente y el  matrimonio entre personas del mismo sexo, la muerte asistida y otros tantos derechos humanos que la sotana disfraza de pecados, como la interrupción voluntaria del embarazo antes de las 12 semanas. Anatema, excomunión, cárcel. Trágico.

Pero el mexicano, según lo afirmó en su momento el obispo católico Genaro Alamila, es un analfabeta religioso. «Es muy doloroso reconocerlo, pero la Iglesia Católica debe reconocer que se ha olvidado de orientar a los feligreses sobre el verdadero sentido del cristianismo. En vez de impartir adecuadamente la doctrina, sólo ha privilegiado el culto. La Iglesia no ha ejercido la capacidad de enseñar adecuadamente la doctrina católica porque ha preferido dedicarse sólo al culto, provocando con ello que México sea una nación de analfabetismo religioso. De nada sirve que haya muchas misas, rosarios, imágenes de santos y procesiones, si el pueblo no conoce el significado de la cristiandad y no respeta los 10 mandamientos».

El mexicano: cómo es, cómo se cree ser. (Después.)

Les pediría perdón

Si algo pudiese pedir a los pobres, clamó López Portillo aquel primero de diciembre de 1976 desde la más eminente tribuna del país; si algo pudiese pedirles… ¡les pediría perdón! Ah, demagogos. Ahora se inicia en municipios de Chiapas una apodada Cruzada General contra el Hambre y la Pobreza, por título no vamos a parar. Ah, populistas. Ah, pronasoleros. Ah, México.

Y la esperanza de las masas rediviva, una vez más. Qué especie de  maldición pueda ser la esperanza, ese único bien para los mortales que sobrevivió encerrado en la mítica caja de Pandora. Dice el cantar popular que mientras haya vida hay esperanza, y yo digo: mientras haya esperanza hay vida.

Pues sí, pero esto no debiera aplicarse a esos millones de mexicanos para los que el desencanto y la esperanza son, dialécticamente, un par de sentimientos que los mantienen doblegados, resignados, esperanzados cada seis años. Lóbrego.

Odiseo, en su navegación, recaló en la tierra de los lotófagos, seres que se alimentan con cierta mítica flor de loto que los mantiene en la felicidad porque les aniquila toda memoria. Lotófagos resultan ser esos enajenados que al tañido de la flauta de Hamelin  pierden la noción de su mundo y se dejan conducir por los pantanosos terrenos de una fementida esperanza que en el 2018, a más tardar, volverá a tornarse ceniza para al conjuro del nuevo chamán resucite en el terreno de lo real maravilloso. De qué barro estemos forjados los mexicanos, eso los prestidigitadores sexenales lo saben muy bien y muy bien ensayado lo tienen, histriónicos rimbombantes. Y a alimentarlos con la flor de loto. México.

El loto esta vez está empaquetado en trece propuestas sobre las que el fervor popular vació su reserva de aplausos. Y cómo no iban a provocar el delirio esas tales propuestas,  si con sólo declamarlas el taumaturgo hizo brotar en el erial rosas, y sobre un lacerado país dibujó la tierra prometida donde fluyan arroyos de leche y miel. Y ahí el éxtasis que el nuevo tlatoani generó en la conciencia nacional. Aquí las decisiones de marras:

1.- Programa para prevenir el delito.- 2.- Publicar ley de víctimas.- 3.- Homonologar códigos penales.- 4.- Cruzada contra el hambre.- 5.- Seguro de vida a jefas de familia.- 6.- Pensión a adultos mayores de 65 años.- 7.- Reformar ley de educación.- 8.- Infraestructura carretera y puertos.- 9.- Regreso de trenes de pasajeros.- 10.- Licitar dos cadenas de TV abierta.- 11.- Ordenar deuda de gobiernos locales.- 12.- Plan económico con déficit cero. .-13- Decreto con plan de austeridad. ¿Qué más quieren, quieren más? Mis valedores:

Ha regresado la demagogia tricolor. Por frases altisonantes no vamos a parar. Flamígeras, retumbantes, tanto más sonoras cuanto más vacías. Que si cruzada contra hambre y pobreza, que si reformas a pasto, que si campaña anticorrupción… (¿A qué esa risita, señor Arturo Montiel?)

En tanto, condenados al polvo, el olvido y las telarañas, al desván de la Historia han caído el carnicero y la escamocha envinada de su discurso oficial pedestre, rupestre, plagado de lugares comunes y frases zafias: «le cayó el veinte, ponerse las pilas, no bajar la guardia, hombro con hombro para salir adelante».

¿Recuerdan ustedes las esperanzas que alborotaron Fox y el carnicero refugiado en Harvard?  ¿Y? Esperanzas y promesas, ¿dónde quedaron? Pero ahora regresa un viejo PRI disfrazado de joven, un PRI rapaz con aureola de taumaturgo que se dispone a obrar el milagro de la multiplicación de los panes. (Este país.)

Es México

Y ocurrió, mis valedores, que el PRI se alzó de su ataúd y con ayuda de algunos de ustedes se encaramó en el Poder.  Inicié ayer aquí mismo la reseña de su X Asamblea Ordinaria, que con porras y cencerros de la Brigada Carvajal se realizó en octubre de 1979. Sigue la crónica.

A todo micrófono y frente a una claque enfebrecida, un Gustavo Carvajal que se estrenaba como presidente del Tricolor:

– ¡El PRI es un partido antiimperialista. Rechazamos todo intento de sumisión política, económica y cultural; reprobamos toda manipulación, intromisión o sojuzgamiento hegemónicos de signo imperial; luchamos contra el intervencionismo, la amenaza del uso de la fuerza y la imposición armada! ¡Un PRI apoyado en los obreros, los campesinos, la clase media progresista, la juventud y por último, la mujer! ¡Un PRI que preserva  la dignidad del hombre, la integridad de la familia y la soberanía de la nación!

¡Lo que el PRI quiere ser de aquí al año 2000 es ser un verdadero partido político! ¡El PRI quiere tener militantes reales, ser la avanzada de la sociedad mexicana, recoger y apoyar las causas y las demandas efectivas de sus sectores, las mayorías del país! ¡El PRI quiere ser la vanguardia y el impulsor del Estado, no su agencia electoral ni su gestoría politiquera! ¡Quiere ser un partido revolucionario y de vanguardia, profundamente nacionalista, democrático, antiimperialista! ¡Un Partido moderno, a la altura de nuestros días, que entienda e impulse las tareas fundamentales, la militancia eficaz, consciente, y la lucha revolucionaria tenaz, al lado de los grupos mayoritarios de la nación! ¡Un PRI que desecha a los miembros vergonzantes, a los simuladores y a los claudicantes; políticos de máscara que se hacen presentes sólo en momentos electorales y de campaña con el atuendo de priístas, y que apenas ocupan una responsabilidad administrativa o de elección, cancelan su priísmo!

La Brigada Carvajal: ¡Y que viva día con día – con sus hermosos colores – esta digna trilogía – con su historia y sus colores!

En La República, 1989: «En el PRI  democracia y justicia social se corresponden. Porque los tiempos exigen identificación con los desheredados y los humildes. El PRI es el abanderado de las causas sociales, o careceríamos de la razón histórica para seguir existiendo. El PRI quiere seguir siendo el partido de la legalidad. El PRI sí tiene una clara definición internacional por la soberanía, la democracia y la equidad. ¡Somos el hoy, la raíz,  el horizonte!”

En febrero de 1990, apropósito,  la revista española Cambio 16:

“Al comienzo del septenato felipista, tras la victoria electoral de PSOE en octubre de 1982, un alto dirigente del partido, Guillermo Galeote, realizó un comentario ante este columnista, tan preocupante como revelador: Vamos a montar el PRI en España. Vamos a estar veinte años en el poder. La afirmación fue, ciertamente, para poner los pelos de punta, porque como los lectores saben muy bien, el modelo de democracia a la mexicana no es otra cosa que una dictadura que mantiene en el poder, desde hace más de medio siglo, a la densa burocracia del Revolucionario Institucional, basada en el férreo control de la sociedad, las más descaradas trampas electorales, la corrupción desbocada y una cierta retórica institucional de izquierdas –que se intensifica en los gestos de su política exterior- como mero barniz justificador de una supuestas señas de identidad progresistas».

Mis valedores: este es el PRI que muchos de ustedes ayudaron a encaramar a Los Pinos. (Uf.)

¿Horizonte y raíz?

El PRI-Gobierno, mis valedores. El Revolucionario Institucional. Ilusos quienes ya dábamos por muerto a la dictadura perfecta, que en el 2000 ya apestaba a cadáver putrefacto. Pues sí, pero qué desgracias no pueda acarrear la desmemoria de las masas sociales:  Lázaro purulentoso, diez y seis millones de papeletas lo exhumaron y hoy día, vejete con vestimenta juvenil, se dispone a enquistarse en el poder el tanto de otros  setenta y un años, si no es que tantito más. Es México. Son sus desmemoriadas masas sociales. Trágico.

Lo auguraba, triunfalista, Beatriz Paredes, hoy flamante embajadora de nuestro país en Brasil:

Hemos aprendido de nuestros errores, somos un Partido fortalecido y cohesionado. Nosotros recuperaremos la mayoría absoluta en el Congreso, aparte de mantener las gubernaturas priístas. Yo auguro un triunfo avasallador del PRI en los próximos comicios.

Y la priísta no le erró. Vuelven los tiempos, qué tiempos aquellos, del que fue el partido de la dictadura perfecta. Hoy que el recién resucitado se dispone a celebrar una más de sus asambleas, ¿recuerdan ustedes la escandalera que provocó en octubre de 1979 su X Asamblea Ordinaria? A todo micrófono frente a una claque enfebrecida  Gustavo Carvajal, presidente del Tricolor:

– ¡Correligionarios! ¡El nuestro es un Partido revolucionario y de vanguardia. Nuestro partido es profundamente nacionalista, democrático y antiimperialista! ¡Es un Partido que como consecuencia de la Reforma Política ha sido elevado al rango constitucional de institución de interés público! ¡El nuestro es un Partido revolucionario, porque habiendo surgido del movimiento social de 1910 sostiene la voluntad de cambio y transformación de la sociedad, que alienta en el pueblo de México y en sus instituciones! ¡Es un Partido de vanguardia, porque saliendo al encuentro de las aspiraciones y exigencias del pueblo, abandera y guía sus luchas reivindicadoras!

Ululaba la Brigada Carvajal:

¡Hoy surge para la Historia – de nuestro PRI nacional – luz de esperanza y de gloria – en el hombre probo y leal!

Desde el presidium, Carvajal: ¡Nuestro Partido es un Partido nacionalista porque somos nosotros, sus integrantes, los que resolvimos crear con nuestras propias ideas, recursos y experiencias, el instrumento de lucha para alcanzar y acrecentar la emancipación política y académica del país, entendiendo el poder como herramienta para servir  los intereses exclusivos de la Nación! ¡Un Partido democrático, porque entendemos y practicamos la democracia como un sistema de vida igualitario económica, social  y culturalmente, y porque siendo sus integrantes políticamente iguales y con derechos y responsabilidades semejantes, estamos convencidos de alcanzar el consenso y tomar decisiones por mayoría de votos y mayoría de razón, uniendo así valores de cuantía y calidad que a todos nos obligan!

Los alaridos de la Brigada Carvajal:

 ¡Es imperativo actual – para México integrado – Que Gustavo Carvajal – llegue a ser hoy confirmado! ¡En esta evaluación tan importante -hoy se afirma la lealtad -que el trabajo de dicha palpitante – siga avante con Gustavo Carvajal!

– ¡Es un Partido antiimperialista, porque habiendo el pueblo pagado tan alto costo por su independencia y su derecho a tener patria, rechazamos todo intento de sumisión política, económica y cultural!

La locura en  la claque: ¡Que siempre sea aceptada – como doctrina ideal – la ideología equilibrada – de nuestro PRI nacional!

Y pensar que esto sigue mañana… (Uf.)

¿Cruzada anti…qué?

La corrupción en México, santo y seña de un país achacoso y plagado de laceraciones por cuestión de esa lacra que es la segunda naturaleza del mexicano, la astrosa vestimenta con la que se presenta ante la comunidad internacional. Y a propósito, mis valedores: ¿que en las noventa y cinco propuestas del Pacto por México se proyecta un plan anticorrupción, con su parafernalia de presupuesto y su burocracia correspondiente, y todo a pagarlo todos nosotros?

Pero Peña Nieto se dispone  a combatir la corrupción. Perfecto. Para cumplir con su buena intención no tiene que caminar muy lejos. Ahí nomás, casi pudiésemos decir que de dintel adentro, tiene el acabado modelo de corrupción lucrativa e impune. ¿Que no? ¿Y luego la honorable familia de su pariente «político» Arturo Montiel, al que el propio Peña Nieto sirvió de manera fiel cuando el frustrado aspirante a la presidencia del país fue gobernador del Estado de México?

Corrupción lucrativa e impune. Una y otra vez, año con año, México resulta reprobado en las mediciones de Transparencia Internacional, donde hemos venido perdiendo docenas de puntos por culpa de ese potaje envenenado que cocinamos entre todos, por más que las masas sociales sólo miramos la mugre en el ojo ajeno, sin querer reconocer que semejante suciedad la generamos todos, mientras que a todas horas exigimos justicia y a los raterillos linchamos y matamos a golpes o quemándolos vivos. Y a eso le apodamos «Justicia».

Justicia, corrupción. Corrupción y justicia son términos antitéticos. Agua y aceite, que dice el lugar común. Donde existe la justicia no hay corrupción, y ahí donde hay corrupción no existe la justicia. Sin más. Elemento esencial en la vida armónica de cada comunidad, la aplicación de la justicia recae directamente en el Estado o, en las palabras del jurista, y qué claridad de conceptos, qué contundencia, justeza y exactitud:

La realización de la justicia es atribución primaria del Estado. La honesta, objetiva y fecunda actuación de este valor es la mejor garantía que puede otorgarse a los derechos fundamentales de la persona humana y de las comunidades naturales. Es, además, condición necesaria de la armonía social y del bien común.

Justicia, injusticia, corrupción. El analista asegura que la acción de la justicia en las masas, por escasa o inexistente,  resulta muy difícil de rastrear, pero que para nosotros, en cambio, existe un elemento clarísimo, familiar para todos, que todos conocemos: la injusticia. Todos, o casi todos, podemos hablar de la injusticia porque de ella siempre hay un testigo, que es precisamente la víctima. De la justicia, supremo valor, aquí el señalamiento del jurista:

«Es importante la aplicación justa de la ley por los tribunales, pero un verdadero Estado de Derecho exige, además, la colaboración de normas auténticamente jurídicas y un esfuerzo concurrente de la totalidad de los órganos del Estado, precedido por la justicia e inspirado en ella».

Y qué sonoros vocablos, tanto más sonoros cuanto más vacíos:

El anhelo de una recta, ordenada y generosa administración de justicia, y la necesidad de que los encargados de la magistratura llenen las cualidades irremplazables de elevada actitud de conciencia, ilustrado criterio, limpieza de juicio y honradez ejemplar, no por constituir un problema cotidiano dejan de tener una significación que toca la esencia misma de la función del Estado.

Pues sí, pero más allá de las bellas palabras, ¿qué hay de la realidad objetiva?

(Esa, después.)

Demagogia e indígenas

En México los indígenas son víctimas de discriminación y viven en la pobreza extrema. Son tantas las violaciones a sus derechos que pareciera que ellos no existen o no tuvieran personalidad jurídica. Parte fundamental en las gestas de Independencia y Revolución, sus demandas no hay sido atendidas”.

¿Fundadas las acusaciones de la ONU y Ongs? Porque hace años que el gobierno saldó esa deuda: ¡Nunca más un México sin sus comunidades indígenas integradas al desarrollo nacional con justicia, estado de derecho y respeto a la ley!

Para ello editó la Cartilla de los Indígenas, un cuadernillo minúsculo (cabe en la palma de la mano) que Zedillo mandó publicar, y que lo proclama: “Los indígenas tenemos los derechos de todas las personas –hombres y mujeres, niños y adultos, sin distinción de raza, nacionalidad, idioma, pensamiento, creencias religiosas o políticas, o nivel económico-, establecidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Carta Magna, las leyes que se derivan de ésta y los pactos y convenios internacionales firmados por México.

Tenemos derecho: A la vida, a la libertad, a la seguridad y a ser tratados con dignidad y respeto. A no ser torturados, ni  detenidos ni encarcelados, a menos que se nos acuse de cometer infracción o  delito. A que la ley se nos aplique por igual como a todos. En caso de ser acusados de algún delito a ser juzgados conforme a la ley. Contar con las garantías que establece la Constitución. Tener abogado defensor y, si no hablamos el idioma español, a que nos auxilie un traductor con conocimiento de nuestra lengua y a que se nos considere inocentes mientras no se pruebe lo contrario. Tenemos derecho a no ser discriminados, y a que se respeten prácticas, usos, costumbres y tradiciones étnicas, lingüísticas, religiosas, sociales, políticas o culturales que no atenten contra los principios establecidos en la Constitución ni contra los derechos de alguna persona. A que impere en nuestra familia la igualdad de derechos para el hombre y la mujer, el niño y la niña. Las mujeres tenemos derecho a un trato digno y respeto como seres humanos; a que no se nos someta a ningún tipo de violencia, sea ésta física, psicológica, moral o sexual, y a que no se nos haga víctimas de discriminación alguna respecto de los varones.

A la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión y a cambiar de religión. A reunirnos pacíficamente o asociarnos con cualquier fin lícito, sin que pueda obligársenos a pertenecer a grupos o partidos. A participar en asuntos políticos, directamente o a través de representantes libremente elegidos. A elegir o ser elegidos popularmente para cargos públicos, con garantía de sufragio universal, libre y secreto. A satisfacer oportuna y adecuadamente nuestras necesidades de salud, seguridad, educación, vivienda y ambiente sano. A que se respeten nuestros derechos laborales y sindicales. A participar en actividades artísticas, culturales o científicas y a que se protejan nuestros derechos autorales.

Es obligación de los servidores públicos: No cobrarnos por sus servicios. Darnos atención e información sin discriminación alguna. Responder por escrito a nuestras demandas. De los inspectores, policías preventivos y judiciales, agentes del Ministerio Público y de los jueces; y de todos los funcionarios dentro del ámbito de su competencia: ¡Tratarnos con respeto! ¡Darnos protección y seguridad! ¡No abusar de su autoridad!”

Y los derechos de los indígenas, asegurados. A la mexicana.  (Qué país.)

Floridas raíces

Como la sota moza, Patria mía, – en piso de metal, vives al día, – de milagro, como la lotería (Suave Patria, López Velarde.)

Mis valedores: este divagar sin rumbo me lo motivó cierta foto añejona, donde el tiempo oscureció la blancura y empalideció los negros, y créanme: será la cercanía del viaje que acabo de realizar a mis derrumbaderos zacatecanos, será  la susodicha que estoy mirando, será esta hora neblinosa del atardecer o la mansedumbre de una llovizna que de repente alebrestan bandazos de viento. ¿Cuál será la raíz de este mi ánimo macilento que se contrista y arropa en vagorosas, indefinibles  nostalgias y tristuras por el tiempo que se me fue para nunca más? Y esta opresión de costillas adentro, y la gana de suspirar…

Pero no pensar mal; no pensar bien, más propiamente. La foto que tengo bajo mis niñas no es la de la sota moza cuyo nombre, añudado al mío, grabé en el tronco de aquel eucalipto en el parquecillo municipal. Hoy, signos del tiempo, otra pareja de enamorados eternizó sus nombres a un lado del nuestro: Trino y Joaquín, y el tosco grabado de algo levemente parecido a un aguacate, un corazón, uno de los compañones. Las preferencias amorosas. Yo, ayer y hoy, la única, mi Nallieli…

La foto, mis valedores, muestra no a aquella niña del primer amor (“dos palomitas azules / paradas en un romero / la más chiquita decía / no hay amor como el primero”.)  La foto que estoy mirando es la del caserío de mi querencia y muestra un retazo de caserío, una calle trazada a cordel, la ermita (dos cuernitos y un caparazón de caracol), e imponente telón de fondo, toda crestas, barrancos y peñascales, la serranía.  Majestuosa. Descomunal. El Cañón de Juchipila. Mi Jalpa Mineral, la tierra de mi querencia, la de niñez, adolescencia y primera juventud. Hoy voy por la quinta y voy por más. La foto me he puesto a rumiar recuerdos con saborcillo a nostalgia.

Una noche pasé en descampado, que fue de remotas hogueras, canciones trovadas en falsete la primera voz y la segunda grave, largo son que arranca ecos de labor a labor, de coamil a coamil:

“No me busques por veredas-mi bien-búscame por travesías-allá encontrarás, si quieres – mi bien -el amor que te tenia…»

Versadas de la provincia, paisanos del interior; tonadas que son la sangre y el zumo del paisano que vive y muere ayuntado a la tierra, al cogollo de la tierra, a su hendeja; estoy por decir hendeja por donde fui parido y hendeja a donde habré de volver a la paz de la tierra, la mía. Yo, su pertenencia.

Estuve en mi Jalpa y volví a paladear sus comidas sápidas y picantes, delicias del paladar campirano rudamente indigestas para el arrimadizo. Mi lengua recordó la enjundia de la pitahaya, colores copiados al mejor Tamayo. y la fruta de horno con la asader, el jocoque, las habas y la cuajada, y la miel en penca. Ah del alfajor dulcísimo; me está haciendo agua…  (la boca.)

Así es como me he traído de la provinciana región olores de humo de ocote y sabores de aceite y miel, tactos, sonidos, imágenes de esas que junto a la caja de cartón acarrea el paisano que viene a buscar la sobrevivencia, a hacer por la vida en esta inconmensurable colmena de laboriosas abejas de salario mínimo, de zánganos del puesto público y de (cuándo iba a faltar) la abeja reina de cuento de hadas, efímero cuanto real, y en el que cada seis años todas, por turnos, se sienten reinas del colmenar, si no es que sus hadas madrinas. Y si no, ¿recuerdan ustedes a la Sahagún? ¿Habrán podido olvidarla? (Sigo un día de estos.)

Vernácula

¿Hablar hoy mismo del Pacto por México, síntesis de «engaño, demagogia, simulación,  politiquería y corrupción», según algunos de sus críticos? ¿Referirse a esa contrahecha Ley General de Víctimas, «golpe escénico para el aplauso de las galerías» que se dispone a tasar al tanto más cuanto vidas humanas arrebatadas en el sexenio del Verbo Encarnado? Sicilia, Martí, Miranda, Gallo tal vez, ¿cuál, cuántos de los tales «activistas», pretenden medrar de por vida, a la manera de Rosario Ibarra, con la muerte del familiar? Mis valedores:

Frente a la escandalera y la simulación que provoca el regreso a sus bebederos de un priísmo prestidigitador del gatopardismo (que todo cambie para que siga igual), hoy prefiero hablar con ustedes de un tema que pudiese resultarles de interés: la fuente, el hontanar de nuestro nacimiento. Así pues…

Patria: tu superficie es el maíz, – tus minas el palacio del Rey de Oros , – y tu cielo, las garzas en desliz – y el relámpago verde de los loros. (Suave Patria, López Velarde.)

Esta vez la provincia. Unos días acabo de pasar en mi tierra, que fueron de magia, de encantamiento y encontronazo con la raíz de mis años muchachos, que se me huyeron para nunca más. Hoy regreso cargado de energía, de esa corriente galvánica que nos insufla la madre tierra, que es decir nuestro origen, nuestro hontanar. Mis terrones…

Porque algunos de ustedes, fuereños avecindados en esta ciudad, vivan en el recuerdo sus bienamados derrumbaderos, y los citadinos columbren el ánima de la mal llamada provincia, por un momento dejo de lado temas de requemante actualidad para entregarles algunas vivencias de la visita a mis zacatecanos terrones, los de mi Jalpa Mineral.

Ah, esa entrañable tierruca cuya añoranza todos nosotros, fuereños en esta ciudad, cargamos acá, entre los costillares, tamal envuelto con telas del corazón y añoranza de donde sacamos la fortaleza para sobrevivir en este humano hormiguero que una demencial cargazón de humanos terminó por deshumanizar, feo contrasentido. Todo ello me lo entienden ustedes, tecos y meños, jarochos y panzas verdes, costeños, chileros y corvas dulces y gente de la montaña y del trópico,  del altiplano y del mar. ¿No les ocurre que un día amanecemos (o anochecemos, según) con la nostalgia añudada aquí, miren, en el cogote, y en los costillares, y en la virilidad? Aquella tierruca donde fuimos a nacer, a florear, y algunos, suertudos, hasta a echar vaina…

Acabo de regresar del viaje por tierras de mi andadura y vengo con los sentidos cargados de antiguas esencias, hoy renovadas, y mente y memoria retacadas de imágenes y sensaciones que me retoñaron después de vegetar, semiolvidadas por cosas del áspero oficio del diario vivir: que si el aroma de yerba macerada, de fruta en agraz, de majada; que si el sonido del esquilón, de la esquila, del cencerro en el pescuezo de la vaquilla caponera; detrás, bebiéndole los alientos, toretes en pleno vigor, con los güeyes detrás, ya superada en esos mansurrones toda preocupación que no sea la de pastura a su hora A lo lejos, la primera llamada del angelus…

Ah, el caserío de mi nacimiento, ese sabor a frutilla cortada de la rama a la orilla de la vereda y las lejanías azulencas allá donde el llano se muere y se alza agresiva y retadora la serranía de Morones. Encima del cresterío ese cielo limpísimo, como acabado de inaugurar, y en el cielo la rueda de cuervos y zopilotes, de gavilancillos y auras pelonas. Allá, en el llano, reverberos. Mediodía. (Mañana.)

Ya me voy con mi derrota

Que la noche aquella me falló el volks en algún  barrio del norte, les decía ayer, y que la única luz que columbré a lo lejos fue la de La Reyna Sochil, curados de chilacayote. Afuera, sentados a dos posas y contra el muro los lomos, seis teporochos con los que me trencé en una charla que duró lo que la de a litro que me vi forzado a ofertarles.

– Aquí onde me ve, todo dado a la perdición, yo viví tiempos mejores. Pero la traición de una tirana… ¿Usté no ha sufrido penas de amor?

Que si las he sufrido, pensé. Vivo con ellas, y ellas conmigo. Nací con ellas enquistadas en la enjundia del ánima, y es hora que en ese ardimiento  muero porque no muero. Nallieli…

Suspiré. A lo lejos, el aullar de la ambulancia, que en su desgarro parecía malparir. El pretil de la piquera se erizó de gatos, erizados espinazos en la fragua de una brama espeluznante. De repente, desde la patrulla, el ladrido: “¡Ese del Nión, oríllese pa la orilla!” Dentro del antro el cantor, bordoneando arpegios: Porque esta vida que llevo – si no fuera porque bebo – no la habría de merecer…

Flor de la autocompasión. El catálogo de infortunios remojados en buches del intoxicante inmundo: “Mi jefecita santa, que me dejó solo y mi alma en el mundo”. “Mi chamaco; lo vi morir». “Ella y mis criaturas me salieron a despedir. Al rato, el ciclón. No volví a saber de ellos. Mi gente…” El gemidillo convulso, el sorber de humedad, la fuga de una realidad intolerable para un carácter de jericalla menguado por el licor…

Uno llamó mi atención. Saturado de alcohol permanecía culimpinado, rostro aplastado sobre el piso entre babas, bascas, desechos pestilentes.  “¿Y ese?” Silencio. Bandazos de viento: De qué me sirve la vida… Uno habló: “A ese respétele su dolor y su drama, señor. Ese nos llegó pero que muy tatemado de su alma, y así lo verá desde hace varias semanas. Bien se le adivinan las intenciones de quedar en la suerte,  y lo va a conseguir.

Las tristuras siguieron, y el chupeteo vinoso, y de súbito, el más vencido de los vencidos se removió; de culimpinado, se dejó caer; un temblor, un estremecimiento; la mano, trémula, rastreaba el pomo. Yo, en susurro: “¿Traición amorosa, tal vez?” Gimoteó, baba y mocos. ¿Qué tragedia lo arrastró hasta el averno del licor? ¿Esa sota moza que amamos tantito más que a nosotros mismos,  que de un día para otro se nos fue de este mundo para nunca más, y ahí terminó la existencia para nosotros? Nallieli…

– ¿Traición amorosa? No mame. (Sollamando con su aliento mi oreja el ebrio me susurró retazos del drama descomunal. Yo, oyéndolo, me estremecí. Asco, humana compasión.) “Querría pagarle otra de a litro, pobrín”, dije.

– Ese es su drama, y en cosa de días ya nos alcanzó a los que hemos invertido media vida en el pomo, y nos dejó atrás. Ese no llega lejos. Y cómo, si anda toreando a la muerte y buscando que se lo coja en los cuernos. Mejor se aventara al metro,  pero cada quién su muerte. ¿Se pone con otro chupe, señor?

Me azozobré. El redrojo se había venido en sollozos mal amansados. Algo intentó decir, pero se lo taponó el vómito, y para mí fue bastante; me retiré. Que los muertos entierren a sus viciosos. Mis valedores: del suicida qué será a estas horas, si viva o logró su intento, a saber. ¿Su drama?  No que lo echaran del PAN, no que en la conciencia cargara 100 mi cadáveres ni que por su culpa regresara a Los Pinos en PRI. No, sino que…

– Pinch’s… alumnos… Que  yo ni un… pie en Harvard… ¡agh!

Y ándenle, el vómito.  (Pobrín.)

Entre botellas

Esta vez los vencidos de la vida, esos redrojos humanos que, débiles de carácter y perdida la brega contra un sañudo destino que los superó en redaños, han bajado la guardia y se entregan de lleno al licor, a la vida arrastrada, a la muerte lenta y la perdición. Drogadictos, alcohólicos, espantajos humanos. ¿Alguno de ustedes habrá observado a semejantes bagazos, cascajos, cáscaras basurientas que se arremolinan al amor, al olor, a la pestilencia de la piquera? Son los gorkianos ex-hombres, los humillados y ofendidos de Dostoievski, las almas muertas de Gogol. Son los destinos trágicos de que habla Coccioli. Los viciosos.

Con varios de ellos me topé un día de estos en el callejón de barrio bajo, en los intestinos de un remoto arrabal, a esa hora de entre dos luces en que la tarde, acosada por la jauría de farolas y esquilas, huye en volandas con la noche amenazándola de desfloración. Del taller de lectura norteño regresaba hacia el sur cuando en eso, de súbito, el cremita me la empezó a hacer de fumarola. Tres explosiones falsas como promesa de Calderón, peste a quemado como familia de Calderón, el vehículo detenido como sexenio de Calderón, con un motor más muerto que esperanzas en Calderón. Bajé del volks  y procedí a levantar trompa y trasera (del susodicho). Pero nada; sistema de encendido y carburación, cuatrapeados, como el difunto político Calderón.

Náufrago de las cuatro esquinas, detrás de algún valimiento mandé ansiosas miradas hacia callejas y callejones: cuál de los cuatro será el mejor. Elegí el menos lóbrego, y vino a encontrarme, en retazos, la barriobajera tonada que se engrifa de amores y desencuentros, ausencias y soterrados dolorimientos que el alcohol despelleja: Porque esta vida que llevo – si no fuera porque bebo – no la habría de merecer…

Pian pianito, al amor de la trova que se machihembra al bandazo de viento, me fui acercando al charco amarillo que se cuajaba  al pie del farol, charco de luz legañosa. Detrás, en la semipenumbra, vetustez y abandono, La reyna Sochil, curados de apio y chilacayote. Aquí y allá, manos anónimas, los consabidos grafitos. «Pipo estuvo aquí». «La Lola ya». ‘Puto yo». (Válgame). Adentro de la piquera, la tonada que reblandecía corazones en salmuera vinosa: La derrota de mi pobre corazón…

Por aquí quién va a a entender de explosiones falsas, pensé al dar un paso, dos, tres. Pisé una cáscara de melón. “¡Ora, guey!”, rezongó la cáscara, que resultó ser no melón, sino mano. Levanté el botín (de orejeta, no de los botines que en abyecta impunidad, culpa nuestra,  se han levantado los Salinas y Cía.)

– Perdón -dije.

– No hay fijón si se copera pal pomo.

Los distinguí: en la banqueta, regados al amor del tufo aguardentoso, aquel tenderete de humanos desechos, deshechos como desechos humanos después de la digestión. Uno yacía en posición fetal, otro más se enroscaba, se erguía aquél sobre el eje de la cintura; chasqueaban todos unos belfos en rescoldo, sollamados de sed. “Un pomo, ¿sí?”

Teporochos. Cuatro, seis, sin contar los perracos y el par de ratas jariosas que, apalancándose en uno de mis botines, se afanaba en la bíblica maniobra de reproducirse y poblar la tierra (como si para ratas no nos bastasen  la Gordillo, los Fox, los Montiel). Uno de los redrojos aventó aquel gargajo:

– ¡Aguas, el esputo!

– Aunque sea, conque mande por el pomo.

Por el pomo mandé, y qué modo de aflorar y desflorar, al amor vinoso, penas y lloros, quebrantos y duelos y demás penurias de la vida arrastrada. (Sigo mañana.)