Tal dije a ustedes ayer: que allá por mis años de adolescente llegó la feria trashumante a mi Jalapa Mineral, y con la feria el circo, y con el circo los picaros y camanduleros, peritos en el embuste y la trampa en los juegos de azar. Yo, ingenuo, dejé aquella noche todos mis cobres en el juego de la bolita. Ahí, desolado, me encontró mi padre. «¡Qué hace usted aquí!». De «usted» me hablaba, mala señaL Y de no creerse: iracundo por primera vez en su vida, se enfrentaba al camandulero: «¡Regréseles sus centavos!»
El truhán, sonriendo, la malicia en un rostro de bigardón: «¡Metiendo y ganando! ¡El que no arriesga no pasa la mar..!»
– ¡Este jueguito es una trampa vil! ¡Está prohibido por la ley!
Encendido su rostro, mi padre miró a los presentes: «¿Verdad, señores, que este es un juego ilegal?» Los feriantes, pura mofa, burleta, disimulo: «Oilo, te lo vendo». ‘Pa guarachis, que no tengo».
Uno se dirigió a mi padre: «Compatriota, aquí el correligionario está haciendo por la vida, y usté sabe: la lucha es permitida». Otro de los mirones: «Aquí el cristiano ganó en buena ley. Todo fue legal, me consta. ¿O no, tú, Chinicuil?» Y el tercero: «Ha de saber, compita, que esta feria es un estado de derecho, que aquí todo es un derecho conforme a ley, porque dentro de la ley todo, fuera de la ley nada.
O sea que aquí usté le jerró y se lo cargó la tiznada. ¿No, Talamantes?» Y sonreía a sus compinches…
Mi padre Juan, iracundo, dio con aquel par de CUÍCOS, mostachos y dientes de oro: «¡Señores de la justicia, aquí están robando a estos inocentes!»
El cacarizo miró a su pareja, se rascó la entrepierna, eructó, chasqueó la lengua, escupió el bagazo de la vaina de mezquite Luego, compinche de los feriantes: «Cuál robo, cuáles inocentes. ¿Tú vistes algo, Chilillo?» Mi padre se exasperaba: «¡Este juego es ilegal! ¡Que les devuelvan sus centavos!»
– Uh..ta, pide usté el más difícil de los imposibles. ¿O no, Pitayón?
De súbito: ¿de dónde había salido aquel don Juan iracundo? «¡Son ustedes unos alcahuetes de rateros, tramposos y camanduleros! ¡Si con la Justicia no hay modo, tendrá que arreglarse así!»
De no creer lo que yo miraba: mi padre Juan, el varón del alma blanca, un arma blanca desenfundada, la del oficio de zapatero, y con ella amenazaba al tramposo: «¡Regréseles su dinero!» Rápido de reflejos, uno de la ley:
– ¡Ah,no! ¡Chavetas no, compatriota! ¡El nuestro es un estado de derecho y no almite la ilegalidá! ¿O qué, Pitayón?
Mis valedores, fue entonces. Aturdido yo, tembloroso, vi al hombre manso de corazón meter la mano en la bolsa Celoso de su deber, el cuico:
– ¡?itale, sésguele, la fusca no, compatriota! ¡Nosotros tamos, ¿verdá? pa resguardar el orden y la legalidá. Toda protesta debe canalizarse por los canales previos por la ley. Vaya y presente su queja a la presidencia, compatriota, pero fuscas contra la ley nomás no, pregúntele aquí al Chulillo.
No fusca. Era un paliacate rojo. Doblado a la injusticia, mi padre desdoblaba el paño, escondía en él su rostro y ahí, y por única vez, vi llorar a mi padre; llorar
de rabia impotente; llorar por única vez, que en otras nomás pujaba; llorar como los varones: a lo discreto y ocultando las crispaciones del rostro. Me acuerdo: sus ojos, ya recompuestos, miraron a los míos, y entonces:
– Hijo, Dídimo -así me decía-: que el México de cuando crezcas -en todos sentidos- sea un México donde no haya camanduleros que violenten la ley. Que para entonces tú y los demás mexicanos hagan valer la ley sobre baquetones que se la viven mentándola mientras la vejan a su conveniencia y en perjuicio de los que no tienen con qué defenderse más que esa pobre garra de manta que es la ley, y que vale para un cuerno. Que el México tuyo sea limpio, o acabará asfixiándote. Que no tengas que ahogarte con tal fecalismo o lo peor, mi hijo: que no vayas a acabar, tú también, agarrándole el gusto a semejante bazofia, a tantísima pudrición, Dídimo. (Y sudaba).
Mis valedores: el episodio de la bolita lo reviví anoche, en sueños y en mi pesadilla, después de leer en los matutinos, uno a favor y la rabiosa jauría de los demás en contra, que en el plantón del Paseo de la Reforma los compás, por defender la legalidad, están sufriendo desde tormentas hasta granizadas. Y válgame, la pesadilla me abrió los ojos de par en par, y entre jadeos corrí hasta la habitación de Ariel, y sacudía al güerejillo:
– ¡Mi hijo, que cuando crezcas, tu México ya no sea el de los Fox, Martas, IFEs Ugaldes! ¡Que ya no tenga que ser el México de estos heroicos equivocados de la marcha-plantón como arma inútil de combate! ¡Que sepan organizarse y así, sin salirse de la ley, dobleguen a los bigardones del fraude y se den su propio gobierno! ¡Despierta, Ariel! ¡Mi hijo, despierta..!
El cual, aturdido, pistojeába. (¿Qué..?)
pues a ver si para la próxima (generación).