La lucha libre, mis valedores. ¿Son ustedes aficionados al ambiente de llaves y patadas voladoras, nombres estrambóticos y trajes extravagantes, y esas máscaras que, de tan «terroríficas» causan hilaridad? Con material de espléndido reportaje de Lola Miranda expreso mi admiración por dos luchadores que, enemigos jurados en el encordado, como varones actuaron cuando fue puesta a prueba su calidad de humanos. Aquí, entreveradas, expresiones e impresiones que hace 15 años dijeron dos que quizá ustedes conocen mejor que yo: Konnan y el Perro Aguayo. Sus opiniones:
– Yo no soy muy grande, soy un luchador semicompleto, y aunque la mayoría de las estrellas son luchadores completos, grandes, yo nunca me echo para atrás ante ninguno, así pese 250 ó 300 kilos. Lo que pesan no me interesa.
– ¿Qué sucede si deja la lucha?
– Me muero. Hace diez años me quedé inválido por un año. Fue en una lucha de campeonato con Gran Hamada. Me puso un suples y se me fracturó la séptima cervical, ya no pude dominar un brazo y así seguí luchando. Me siguió dando suples, se me desvió la tercera y cuarta cervical, hubo aplastamiento y elongación de nervios por seguir luchando y me quedé hecho un asco. Una señora me tenía que dar de comer en la boca La comida me la comía con lágrimas porque pensaba: «Dios mío, qué va a ser de mis hijos».
Yo quedé inválido por más de un año por fracturas en la espina dorsal. Ahorita, por ejemplo, tengo fracturada la mandíbula desde hace un mes y no puedo hablar bien. Todo lo como licuado con popote Para variar, pasó en una rencilla entre Konnan y Cien Caras. Desgraciadamente, a mí me tocó un poco más fuerte, y no sé de quién de los dos recibí una patada Tercia Konnan: ¿El Perro? Mis respetos. Cuando todos me huían sólo uno no lo hizo: el Perro Aguayo, y aunque éramos enemigos, yo lo respetaba, porque nunca se rajó, firmó dos veces y subió al ring; una vez se llevó mi máscara, y otra vez yo me llevé su cabellera. Ya se terminó la rivalidad.
Cuando luchamos el Perro y Cien Caras contra Sangre Chicana y yo, hubo un momento en que me bajé del ring y los otros tres quedaron arriba, pero se abalanzaron a golpear al Perro, que ya estaba perdiendo sangre. Lo más feo era la manera como le pegaban para lastimar sus órganos internos: el hígado, los ríñones, el pulmón: yo les veía la maña. El Perro me hizo esto en muchas ocasiones, tanto que me he pasado escupiendo sangre por dos días. Pero ese día me dije: «¡lo quieren retirar! Y fui a quitárselos de encima. Pero subí al ring pensando que el Perro y yo nos íbamos a dar un entre, pero éste me dio la mano, estaba agradecido… y yo, como caballero, se la di también.
El Perro Aguayo: «No lo pensé: de mi interior nació estirarle la mano y ofrecérsela, aunque vi que había reservas de su parte; a lo mejor pensó que era una artimaña mía para golpearlo, y no era así. Se la ofrecía como hombre. Como ser humano, él aceptó. Se me enchinó todo el cuerpo, me nació agarrarlo, darle un abrazo, y sentí bien bonito, me dieron ganas de llorar porque en ese momento supe que se ganaba a un amigo»…
Konnan: «No fue fácil. Nos venían las imágenes de cuando le fracturé la pierna, o del momento en que él me fracturó una costilla; cuando me quitó la máscara, cuando lo dejé sin cabellera Pero vi al Perro a los ojos. Más honesto que el Perro no habla esa noche otro hombre en este mundo. Yo, como hijo de Dios, sabía que la cosa era justa cuando me ofrecía la mano, y se la di.
En la lucha de hoy, el Perro Aguayo me aguantó a Sangre Chicana en medio del ring para que le diera unas patadas. Sangre trató de quitarse pero le alcancé a pegar. Sí se hubiera movido yo hubiera golpeado al Perro, pero estoy seguro de que me hubiera dicho: «es un error, no hay problema». Somos hombres, somos maduros, y entendemos que puede haber errores.
Perro Aguayo: «Konnan me apoyó cuando Cien Caras; me lo prendió y lo aceleré, con el peligro de que le pegara a él. Pero hubiera entendido».
Leí lo anterior, cerré el libro, me puse a reflexionar en la rectitud y humana calidad de dos adversarios que en un cuadrilátero se matan, pero que nunca abandonan su varonía cabal. Por mi mente pasaron, como contraste, ese trío de esperpentos babeantes, bravucones de ocasión que se muerden para impresionar a un público fácil, y digo a todos ustedes:
¿aguantará la comparación de este par de bien nacidos, Konnan y El Perro Aguayo, con los rudos del cuadrilátero politiquero que, alboroteros e impúdicos, se andan mordiendo frente a un «respetable» impresionable, y que esta noche tratarán de arrancarse mutuamente la máscara? Sí, el Peje Aguayo, Konnan Madrazo y el jetón, hocicón y malediciente Fe-Cal, hijo de toda su yunquera y católica majestad Marta, con los Onésimos y Norbertos Rivera que la acompañan? (A ver.)
No paso nada. El Peje mesurado y sin aspavientos. El FeCal, como siempre: pésimo para la actuación, hipócrita y bravucón; mucho empleo y bienestar pero para su familia. El Madrazo nunca llegó, no pegó, pareciera que no fue al debate. La chiquillada no cuenta. Los medios hoy, ladeados a la derecha, hacen una apología del candidato «mojón», que dizque fue el «ganador». El verdadero triunfador es la tele, no sólo por las ganancias de las campañas, sino porque, al parecer, de sus pantallas depende la vida política del país.
No por nada tanta gente prefiere ir a ver las luchas que ver el debate y mucho menos ir a votar.