Patria o muerte

Si en América se esculpiera dignamente la estatua de Marti habría que hacerlo con la representación de una de nuestras montañas. Martí es un personaje de libertad, es uno de los grandes hablistas de la lengua castellana, poeta y literato, hombre de pluma y de pensamiento…

Esto, y mucho más. José Martí es el héroe de América por antonomasia, y el poeta y apóstol. Martí (nacido el 28 de enero de 1853) es el Libertador de Cuba, sin más. Sus palabras:

Yo estoy todos los días en situación de dar mi vida por mi país y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo-; para impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…

Al siguiente día y con su propia sangre iba a cimentar su palabra. ¿Cómo pudo comprender, pregunta el estudioso, que se abrían nuevos peligros para América Latina y que se hacía necesario declarar la hora de su segunda independencia? ¿Qué elementos de la nueva etapa histórica en que entraba por aquellos tiempos el mundo capitalista -el imperialismo- alcanzó a conocer Martí? El mismo parece responder a la interrogante, y responderla con esas palabras que se han tornado lugar común por tanto y tanto que las repetimos: «Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas. Y mi honda es la de David«.

José Martí, el visionario, lástima grande que los vendepatrias no escucharon -no escuchan- sus advertencias. «Cuidado con el vecino imperial», ese depredador de mundos y pueblos que en los viejos tiempo así se expresaba del territorio que se extiende al sur del Bravo:

Basta una ojeada al mapa de Norteamérica para comprender que México forma geográficamente y por otros conceptos un todo con los Estados Unidos. ¡Hermosa provincia tropical, para adquirirla para nosotros! De ahí, el pabellón de las estrellas seguirá hasta el Cabo de Hornos, cuyas olas agitadas son el único límite que reconocemos para nuestras justas ambiciones.

Y entonces la voz del profeta, la guía del baqueano, las advertencias del adelantado que miraba más allá de su tiempo:

«¡Cuidado! Estados Unidos tiene sobre nuestros países miras muy distintas a las nuestras; miras de factoría y pontón estratégico. Cuidado con el trato con Estados Unidos. Jamás hubo en América asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos (potentes, prepotentes, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios en nuestra América Mestiza) hacen a las naciones americanas de menor poder…»

Martí trabajó para la patria, trabajó para América. Martí es una idea. Su palabra anda; su espíritu, vela. Se sienten sus pisadas calientes de santo por la expiada, ungida senda del honor y la gloría de América.De su doctrina:

«El convite de EU podrá festejarlo el estadista ignorante y deslumhrado; podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles (el TLC, por ejemplo, digo yo). Pero el que vigila y prevé, ése ha de inquirir qué elementos componen el carácter del que convida y el del convidado, y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, o si hay riesgo de que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado«.

Martí fue muerto en combate, y a su muerte Rubén Darío clamó ante los americanos, que es decir todos nosotros, porque esto ocurría antes de que los gringos se adjudicaran el término de «americanos», y las mentes colonizadas de nuestros pueblos «ellos, los americanos«:

Sí, americanos, hay que decir quién fue aquel grande que ha caído.

Y aquel grande fue la cumbre señera del espíritu humano, uno de los primeros anti-imperialistas de la América Mestiza y el inspirador de la nueva liberación de Cuba. De su segunda patria, la nuestra, dijo Martí:

Más ha hecho México en subir hasta donde está, que los Estados Unidos en mantenerse decayendo, de donde vinieron. ¡La civilización en México no decae, sino que apenas comienza…!

José Martí el Libertador, y con Martí los héroes hazañosos, de Maceo a Fidel, Cien fuegos y el Che. Patria o muerte. (Venceremos.)

Por andar de «Culeco»

El acto fallido lo sufrí en agosto del 2004. Aquel día desperté con la excitación a ritmo de taquicardia, brinqué del jergón, corrí al baño y abriendo el grifo de la ducha, vamonos, un baño como para casamiento, y por mi cuera hablará el estropajo: jabón por aquí, zacate por allá, piedra pómex por acuyá, tallones por todas partes. Una buena refregada al pellejo, y la refregada mugre renuente a abandonar las zonas que al más puro estilo Frente Popular o Antorcha Campesina había venido a invadir. Granaderos en plena labor de convencimiento a toletazos, jabón y estropajo iban despejando la zona invadida Ahí la limpieza de mis dos orejas: cerilla, cera y pabüo, y por fin: la pelleja quedó rechinando de limpia Qué bien

Y tumbarme las barbas, cortar la pelusera de nariz y orejas, y ojeras embijar de crema humectante, y cumplir la maniobra que pocos políticos: cortarme las uñas. ¿Perfume, loción, dice alguno? ¿Talco, desodorante? Eso no, porque hiede, con «de». Y yo huelo a limpio o a sucio, según, pero huelo a mí, sólo a mí, que es olor natural, mío. ¿Yo, arrojar tufaradas de química comprada en pomos en el almacén transnacional? ¡Nunca!
Ya en mi habitación, vestimenta de gran gala para la gran ocasión. Luego de muchos ensayos me decidí por los pequeñines bicolores: morado y rosa -rosa mexicano- con discretos corazones y cocolitos magenta encendido. Mucho los cuido, pero la ocasión lo amerita, pensé. ¿La ropa de arriba? Lo mejor, con mi suéter estilo cuello de tortuga modelando un cuello de tortuga estilo suéter. Los pantalones de pana y el chalequito de pelos. Mis botines: la noche anterior los había enjarrado de betún; me quedaron más relumbrosos que los botines sexenales del Salinas y honorable familia (Estado de derecho.)

El desayuno: una dieta ligera, que abdomen congestionado y emociones fuertes no siempre congenian. Mientras daba remate a mi segundo plato de birria, repasar la birria de noticias que invaden, que infestan las primeras planas, sucesos que se me ofrecen maltrechos, inválidos, minusválidos en su pobre sintaxis que para el redactor «pasa desapercibida», pero no inadvertida para mí. Bueno, sí, pero hoy, me decía, tolerancia, que el ánimo debe entonarse para recibir la gran dicha Lástima

¿En qué ocupé el tiempo hasta la hora señalada? Leí sin concentrarme en la lectura; pensé, y al pensar divagaba; eché a volar con todas sus alas mi fantasía, regodeándome con la ventura que me aguardaba De tanto en tanto subía y me daba un pasón (Con el cotonete en los oídos, que siguieran expeditos los conductos que van a dar al yunque, al martillo, a toda la herrería) Y a aguardar, solazándome con la dicha que viene..

¡Y la hora sonó! Sonó el minuto crucial, con mi corazón titubeante; ¿detenerse, acelerar? Ah, Dios, que con su pecho de roca rompió el listón de la meta final y con él is esperanzas, una moneda ¿Y mi Guevara? ¿Y mi oro? ¿Pues qué: esos que día con día y desde la tele alimentan mi espíritu no me habían dicho, y jurado y cantado, que yo iba a traerme mi oro? ¿No me estuvieron manipulado para recibir de pompa (con pompa) y circunstancias mi medalla de oro, la que yo me había ganado, y de pie y con todos mis músculos en posición de firmes (casi todos) entonar con Grecia, el Olimpo, sus dioses y el universo mi solemne himno nacional, hoy más solemne que nunca, porque entonaba odas a mi medalla de oro? ¿Odas? No odas. ¿O qué, el fracaso de Atenas significa que yo, mexicano de mí, voy a seguir de segundón? ¿Que cargo el signo, la señal del fracaso, del adolescente perpetuo que por negarse a asumir como idealista delega como mediocre y en mediocres siempre, siempre gananciosos con mi mediocridad? ¿Cuándo me decidiré a dejar mi estado mental de niño irredento, de oruga dependiente y pasiva que delega en el Sistema de poder al que a lo compulsivo adopta de padre cuando es su padrastro? ¿Cuándo aprenderé a confiar en mí mismo y asumir y convertirme, de oruga, en crisálida? Por lo pronto, cándido de mí, me quedé bien vestido y bien alborotado, con lágrimas refrescando mi clueco corazón que no pudo entonar, con Zeus, Apolo, Venus Afrodita y su cojo y cornudo Hefestos, los aires de mi himno patrio, el que me compuso un catalán. Luego de suspirar, a resignarme, qué más. Eso, en agosto del 2004. Hoy:

«La Guevara renuncia por su nula oportunidad de ganar una medalla en los juegos olímpicos de China«. Válgame, ¿y ahora? (Pa su…)

¿Me estás oyendo, inútil..?

Don Taurino está tieso, ¿qué tendrá don Taurino? ¿Qué fue lo que lo engarrotó como estatua de sal? La crónica: medianoche era por filo, los gallos querían cantar. Entre calofríos de viento chivero y nocharniegas lloviznas, la medianoche insinuaba barruntos de amanecer y alfiletero de solapados nudillos. El esquilón primerizo, a lo lejos, y aquel remoto ulular de sirenas de ambulancias que hagan de cuenta madres enloquecidas por esos sus hijos a los que Bush y el de Israel, matanceros de oficio y de beneficio, hubiesen convertido en mártires de su tierra hollada, emporcada por la bota militar invasora. Ahí, en la penumbra, enterrado en el vivo corazón de la colonia brava, el conjunto habitacional. El condominio. (Pues sí, pero insisto: ¿por qué don Taurino y su estado cataléptico, o casi..?)

Aquí, en el conjunto habitacional, unas insomnes y dormidas las más, vidas anónimas se encuevan en sus celdas de castigo, según es el tamaño de las celdas del penal, las conventuales y las de la vivienda de interés social donde cientos de humanos descansan en paz, en un ensayo general del descanso eterno. ¿Pero todos descansan? No, que en la vivienda 167 don Rufinito da sus boqueadas postreras.

Que ya no amanece, calculan, o que no llega al anochecer. «Mide mi corazón la noche, y estoy harto de devaneos hasta el alba», Job. (Sí, pero insisto: ¿por qué razón don Taurino..?)

La medianoche envejece Se le ve encanecer, y delinearse los perfiles de las azoteas, las coronas de espinas de las azoteas, (antenas de TV), las fosforescentes pupilas de los gatos en las azoteas, brama espeluznante, y de repente el grito que cimbra los cielos de Anáhuac: «¡Ay, mis hijos..!»

¿La Llorona? ¿Marta Sahagún? El palomar se cimbró. En sus huevecillos, los que dormían despertaron, y una vez más: «¡Ay, ay, mis hijos!»

– Ya llegaron los dolores, (el del 113). «A llamar a la partera». (Ah, no era la Llorona, sino la hija soltera. Bicha, la salerosa.) «Esta vez vienen cuantos. Cero y van seis. Pero mi hija, tú no entiendes». Pero no sólo Bicha

En el huevito del 169, una pareja oficia el antiquísimo, novísimo rito de la procreación, rito acezante de taquicardias, quejumbres y dulcedumbres del «animal de dos espaldas», que dijo Shakespeare. Sexo, erotismo, amor, amantísima. Por ahí va. Yo, discreto que soy, pegaba la oreja al muro (esas chismosas paredes de cartón-piedra), cuando entre los chasquidos de besos alcancé a distinguir, en la puerta de entrada, el chasquido de la cerradura y el bulto aquel que, agachándose, se colaba en el corredor y. se escurría al interior del edificio. Peligro, focos rojos. «¡Alerta, vecinos, que se les mete un asaltante!», quise gritar, pero entonces… A ése yo lo conozco; sí, don Taurino en persona y sin zapatos, con pasos de gato escaldado se cuela rumbo a su habitación para no despertar a la doña, que ha dado en la flor de aguardar al trasnochador en la penumbra de la
sala comedor, 3×2 metros su diámetro, la mitad engullida por la educadora de masas, la TV. Don Taurino avanza en cámara lenta, temeroso de la iracundia de la señito. Ya llegó a la puerta, a lo cauteloso la abrió y válgame, lo que oyó, entrevio, intuyó. ¡Hágase la luz!
La luz se hizo, y ahí, en el sacrosanto tálamo nupcial el amado inmóvil -y mudo, y tieso- enfrenta a los adúlteros. La doña, que ni en esas perdió su pudor de mujer casada, ante los ojos desorbitados de su marido se cubre los pechos. ¿El mancillador de tálamos pobres, pero decentes? Ese, tan fresco, de las de acá, los brazos cruzados tras de la nuca. -Y aun sonríe! Ya el resuello acompasado, pero aún bañada en sudor, la perfecta casada:

– Ya sé lo que estás pensando. Sí, es el sancho, pues quién más. ¿Pero qué, acaso querías que te fuera fiel después de que me hiciste tuya a base de una artera violación y un fraude asqueroso, para que ya de marido nada de nada? ¿Tú satisfacerme con tu pura lengua? Impotente de miércoles, me tienes insatisfecha y envidiando a Mariagna, la de Ebrard. Pero todo te lo hubiera aguantado, menos que ahora andes de culipronto con los gringos, ofertándoles lo que me queda de herencia. ¿Sabes a qué vino aquí el sancho? A alivianarme, sí, porque él es lengua, pero acciones también. Y prepárate, que ya le conoces el temple, y ahora viene decidido a debatir contigo sobre tu proyecto de venta de PEMEX. ¿No es así, mi querido dientoncito..?

– Ji tú lo dijes -Y sonreía. Ah, ¿costeño el consentido de la doña? Y ándenle, que un rabioso don Taurino corre al armario. «¡Por aquí debe haberle sobrado a Fox algún desafuero!» (PEMEX.)

¿Quebrado PEMEX..?

«No, por supuesto», responde Francisco Rojas, ex director de la paraestatal: «El asunto de la falta de recursos es simplemente un argumento falaz, que no se sostiene por ningún lado. Hay recursos suficientes para poder invertir en PEMEX, y una vez que se invierta habrá más ingresos».

Ya desde 1999, en París, lo declaraba José Angel Gurria, por aquel entonces secretario de Hacienda: «El gobierno de mi país deberá hacer a un lado la venta de (…) las petroquímicas y enfocar su objetivo en la reforma constitucional para permitir la inversión privada en el sector eléctrico».

Las petroquímicas. Anteayer, el ex senador Manuel Bartlett «Estoy en contra de modificar las leyes secundarias en materia energética. Lo que se pretende es legalizar prácticas incorrectas. Las transnacionales ya están aquí, y lo que se busca con la reforma energética es legalizar lo que es un hecho».

México, 1996. Fidel Velázquez, líder de la CTM, reiteró su rotunda oposición a la privatización de la petroquímica «Violenta el estado de derecho», dijo. Al siguiente día, en Miami, declaraba el Pres. Ernesto Zedillo. «Los procesos de privatización que promueve mi gobierno en áreas como ferrocarriles, telecomunicaciones, gas natural, terminales aeroportuarias y petroquímica secundaria marchan de acuerdo con los tiempos previstos y en forma exitosa».

Esta información fue ratificada en Washington por Guillermo Ortiz Martínez, Sec de Hacienda, y el reculón de Fidel: «En la privatización de la petroquímica secundaria no hay marcha atrás. El objetivo que el presidente Zedillo obtenga mas recursos y cumpla los compromisos que tiene con los campesinos, los obreras y la gente desheredada de siempre…»

Y el líder petrolero Carlos Romero Deschamps: «El petróleo, sus productos, sus plantas, sus derivados, su industria, todo está a salvo gracias a la lección de democracia, patriotismo y sensibilidad del presidente Ernesto Zedillo. Puedo decir a los petroleros que los complejos se han salvado y seguirán en manos de sus legítimos dueños: los mexicanos».

En su cama de la enfermería del Reclusorio Preventivo Oriente, Joaquín Hernández, La Quina «La política privatizadora que comenzó con Miguel de la Madrid y siguió con Salinas no fue para beneficiar al país, sino a un determinado grupo. Yo vi las ganas de esos hombres de minimizar a PEMEX, vender muchas ramas, quitarnos los contratos no para licitarlos, sino para tener más ganancias. La política modernizadora no fue para beneficiar al país ni a los mexicanos, sino para mejorar a una familia y socios de ésta. Ellos no estaban de acuerdo con que las empresas fueran de la nación, y para hacerlas aparecer malas las quebraron reduciendo los presupuestos de las dependencias».

Lo escribía en 1978 Jorge G. Castañeda: «Si para 1985, como parece ser el caso, México cubriera casi la mitad de las importaciones petroleras de los EU, ¿quién dependería de quién? Con una industria petrolera nacionalizada e integrada, con una posición negociadora fuerte, y con un mercado potencial que ansia ser descubierto -el Tercer Mundo en vías de industrialización-¿qué acaso México no podrá disponer de su petróleo como mejor le parezca, vendiendo al vecino del norte porque es su mercado natural si las condiciones son aceptables y a otros si no lo son? No hay, ni puede haber, más dependencia en la compra y venta de un producto estratégico como el petróleo que la que hay entre un comprador y un vendedor y viceversa, cuando ambos tienen interés real en la transición. No es rendirle ningún servicio a la soberanía nacional en peligro el defenderla con la teoría de la dependencia…»

Washington. Del memorándum de Zbigniew Brzezinski, consejero de EU para Asuntos de Seguridad Nacional: «Debemos incluir las conversaciones sobre gas y petróleo dentro de una amplia agenda de cuestiones bilaterales, incluyendo la de los inmigrantes indocumentados. La clave para hacer avanzar las conversaciones bilaterales son los energéticos. Los mexicanos han dejado la puerta abierta. Nos toca a nosotros decidir si ya es tiempo de entrar o no».

San Diego, Calif., febrero del 2001. «G.W. Bush podría ofrecer a México fondos para convertir a PEMEX en la mejor empresa petrolera del mundo. Si G. Bush padre proporcionó una ayuda similar a Carlos Salinas, el apoyo ahora tendría más razón, porque Bush hijo y Vicente Fox quieren integrar un acuerdo energético norteamericano. Lo declara Bush:

– Necesitamos más energía. Asi de simple.

(Dios…)

Olía a Titicaca

La pestilencia, mis valedores. Ayer les contaba que al irme a recoger (en la soledad de mi cama, lástima) me sorprendió aquel hedor en el cuarto. Haya cosa. ¿La pestilencia global de la vida pública del país recalando en mi casa? Y por qué no, si ella también es México. Y a la acción.

Mi nariz se puso a rastrear el origen de la hediondez, y había yo examinado el 80 por ciento de la habitación: cama, zapatos, chonchines, el sacro cendal del Cristo de mi cabecera, cuando ahí se aparece mi primo el Jerásimo, licenciado del Revolucionario Ins. y por eso perito en pestilencias, que a gatas se puso a olisquear la alfombra y las rinconeras. Y sí, podencos magníficos, a olfatear, los pelos de alfombra trenzados a los de las fosas nasales. De repente, el consanguíneo:

– ¡Eureka, como dijo Empédocles! ¡Aquí está el jedor, dale el golpe!

En el mapamundi, sí. Pasado de moda. Como todos los construidos antes de los 80., la reliquia familiar aún exhibe en rojo los territorios que ahora son color aguachirle, y todavía blancos algunos que acaban de enrojecer. Yugoslavia, todavía sin balcanizar. Checoeslovaquia, todavía enterizo y sin dividir. México, todavía con una frontera con el vecino imperial. Tenue, tímida, indecisa, pero frontera al fin y al cabo, que los vendepatrias proyankis aún no se había encaramado a Los Pinos. Se las arrimé a Europa, mis narices:

Hamlet tenía razón. Algo está podrido en Dinamarca…

– Méndiga peste, pa Sumatra. Huélete el estrecho (de Los Dardanelos).

Y no sólo el estrecho: el ancho también, todo el territorio de Irak, de Kuwait, de Palestina y Afganistán. A sangre inocente, sangre recién derramada por esa cáfila de Bushes gringos e israelíes, perros de guerra que en su carnicería invocan la democracia y el holocausto hitleriano. Sentí que se me aflojaba Yo no soy de esos pobres de espíritu que creen en fenómenos paranormales, qué voy a creer, ni de esos charlatanes ventajistas que se los hacen creer. Pues no, pero ahí, en el mapamundi: ¿y ese olor a corrupción cuando mis narices rastrearon Jordania, Israel, Norteamérica, con su industria de guerra? ¿Y esos multicolores remiendos en la vestimenta del Cono Sur? Un feo tufo a ciudades perdidas, a favelas y muladares, a miseria remojada con alcohol, una virgen en su marco dorado y un balón futbolero; manipulación pestilente que contra unas masas irredentas ventosean todos los canales del desagüe, comenzando con el canal dos. El Jerásimo:

– Cuácale, le di las tres a México, qué chinche jedor.

Me dolió tan ruda expresión, pero al olisquear la entrañable país, ájale, a puro Tamarindillo) de Fox, de Marta, a carteles de la droga trenzados en violencia demencial de cadáveres sin cabeza y cabezas sin cuerpo. Dios

Y así el resto de los amados parches del territorio: la descomposición global que se refinaba en un DDF, que aún despedía un hedor a la corrupción lucrativa e impune de los Óscar Espinosa y congéneres. Me vino la arcada.

¡No puedo creerlo! ¡Un fenómeno paranormal! ¡Este mapamundi es el vivo retrato del original, sólo que en tamaño infantil y sin retoque Esto hace trizas mi fe en el conocimiento científico y en la realidad objetiva. ¡Nadie va a creérmelo cuando lo cuente! Y no tener un testigo en quién apoyarme…

– Ma, ¿y luego yo? ¿Estoy pintado, o qué fregaos..?

– Tú no eres más que un priísta ¿Alguno le creería a un priísta?

– ¡Tíznale, acá está el jedor! ¡En el cráter del Titicaca!

¿Cráter? Ningún cráter, sino un agujero en la lámina Encendí la de mano y la enfoqué hacia el interior de la esfera Válgame, en plena cara el chicotazo de las pantconeras al escapar en frieguiza Y fue así, mis valedores, como quedó al descubierto el carcaje, la carne podrida y la explicación racional del fenómeno. ¿Cómo entró aquella rata, cómo fue a entregar su alma al creador dentro del viejo mapamundi que le sirvió de ataúd? Misterio. Pero a mí, que me río de los tales fenómenos paranormales, me volvió la fe en su condición de patrañas. Para mí, la Suave Patria es inaccesible al deshonor. A pesar de los Tamarindillos de toda esa califa de corruptos que se aprovechan de unas masas apáticas, desidiosas, que se niegan a pensar. Y qué pena, no pude reprimir el impulso. Volví el rostro hacia San Cristóbal, alcé el brazo, tracé una como bendición de microbusero. ¡Vamos, México! (Fox.)

Un dulce olor a podrido…

Las seis gavetas del «cuarto frío» del SEMEFO de Ecatepec fueron abiertas para que se ventilen, dado que son insoportables los olores de los cuerpos en avanzado estado de putrefacción.

Ahora mismo me acuerdo. La noticia de hace algunos ayeres me revolvió mis huevos, que me acababa de merendar al tiempo que revisaba el matutino. Asqueado subí a mi habitación buscando la querencia de las tablas, las de mi camastro, cuando en eso, de repente, ¿y esa pestilencia? ¿El SEMEFO en mi cuarto? Y qué ambiente corrompido, qué insoportable hedor. El aire del cuarto olía, y no a ámbar. Haya cosa Y rápido, a ventear el origen de la pudrición….

Lo eché a retozar, el olfato. Las abrí de par en par, las ventanas de la nariz, y empecé a jalar chiflones de aire pestilente, y pajareaba hacia todos los rumbos, tratando de ubicar el nauseabundo hedor. Pero la ubicación, andavete. El estómago, aquel amago de vómito. ¿Pero la pestilencia? Me fui sobre las pantuflas; rechinando de limpias. Caí sobre los botines: impolutos, qué diferencia con los botines de los Salinas y Cía., esos que con su peste de impunidad corrompen el ambiente de todo el país, en tanto unas masas que viven, beben, piensan y respiran el clásico pasecito a la red, a la pestilencia le dan el golpe, como al cigarrito. Es México. Pero la hediondez de mi cuarto…

Abrí el cesto y probé con la ropita de abajo que me acababa de quitar. Los calcetines, nada; los de color fiusha, cocoles morados y corazoncitos color de rosa, rosa mexicano, nada; la de algodón (la camiseta), nada, y así el de cuello de tortuga, y así el de mezclilla, y así el de pelos (el chaleco). Pues sí, pero la peste en un ser. Seguí olfateando aquí, allá, acullá Pero nada…

Al vaciar el buró se me vino de golpe toda mi vida sentimental. Rizos de mujer, cartas de amor, cintas que perdieron su color, flores marchitas. Y el olvidado nomeolvides, la muerta siempreviva y la foto diluida, por su envejecido color más daguerrotipo que foto, de aquella mi inolvidable que ya olvidé. Ah, los amados fantasmas de aquellos amores que de mí se fueron para nunca más, fantasma yo mismo para cada una de las que en su momento fueron mi único amor, mi primer amor. Porque en verdad os digo, mis valedores: todas en su momento, fueron el único amor, y el primero. Aquí, el suspirillo. (¿No los estoy aburriendo? Sigo, pues, con mi pestilencia)

Seguí rastreando la fuente de la hediondez, y (no me lo tomes a mal, Nazareno) fui y pegué las narices al santo cendal del Cristo de mi cabecera. Le di un pasón. Pero no; él yacía en la de ocote, en su aroma de incienso y suavísimo olor de divinidad. Pero aquel hedor me provocaba náusea, con los hovos a la altura de la epiglotis, donde esa madre venga quedando. Uf..

Qué me quedaba por hacer, sino perpetrar (¡yo también!) la maniobra de todo intelectual cuando se dispone a vender, alquilar o empeñar la conciencia por una beca, un premio, alguna canonjía o el chayóte nuestro (suyo) de cada día: me culimpiné y púseme así, miren (indecoroso vil), o sea en cuatro, y olisqueando como podenco de cazador recorrí la alfombra, las fosas nasales taponadas de pelusa y basurillas, hasta que mi nariz chocó con mis choclos. Y a olerlos y volverlos a oler, hasta que aquella voz:

– Levántate, no pidas más perdón. Con eso me basta

Miré hacia arriba, y la náusea Los choclo no eran mis choclos, sino los de mi primo el Jerásimo, licenciado del Revolucionario Ins., que llegaba de la piquera, la de Violeta con Insurgentes. «Los lengüetazos me los das otro día».

Qué pena Me erguí, colorado, tantito por el esfuerzo y tantito por la mortificación. «Ando tras una pestilencia». «¿Ah, tú también tirándole a que el Calderas te tire un huesecillo con Germán o San Camilito el gachupas..?»

Lo puse en antecedentes y sí: me dijo Pitágoras que dos narices huelen más que una- que cuatro agujeros husmean más que dos. Ahí andábamos el par, ya a pie firme, ya pecho a tierra (a alfombra), ya culímpinados y con las narices escoriadas de tanto olisquear. Pero la peste seguía, y del origen ni sus luces.

El reloj de pared. Cachivache descompuesto, que alguna vez el Jerásimo abandonó en mi habitación. Le abrí el ventanuco, pensando: viejo y su cuerda debilitada, el pajarraco podría haber hallado la muerte por inanición. Y me puse a olisquear el pájaro y sus dos contrapesos (qué feo se oyó), cuando el vozarrón cacardioso:

– ¡No te metas con mi cucu..! (Lo demás, mañana)

¿Modificar el TLC?

Y fue así, mis valedores: con la imposición del segundo panista que se aloja en Los Pinos se consumó el continuismo de una política neoliberal que la carnada de tecnoburócratas proyankis impuso en nuestro país a partir de 1993. Medio siglo de un neoliberalismo que ha beneficiado a los grandes productores y exportadores mientras arruina las industrias que no pueden competir en ese que nombran «Libre mercado», y que es un capitalismo salvaje desde el momento en que tiene como uno de sus ejes la ausencia de reglas. El darwinismo en el comercio, sí; la ley de la selva, la del más fuerte Y pensar que catorce, dieciséis millones de mexicanos de salario mínimo votaron por el continuismo del modelo neoliberal. Qué pródigos no podrán lograr los «medios» a base de una sañuda campaña de manipulación. Nos vencen por nuestra propia ignorancia

Pero claro, este principio depredador, afirman estudiosos del tema, ha existido desde el comienzo de la sociedad de clases, tanto a escala nacional como en el nivel internacional, y sigue predominando hoy en la nueva forma de dominación neocolonial que llamamos globalización.

Para mantener la explotación del Tercer Mundo y la escandalosa monopolización de la riqueza social producida por la humanidad, los principales beneficiarios del sistema neocolonial -el Grupo de los Siete- tienen que controlar y moldear la identidad nacional de los pueblos sometidos. Para este fin sirven sus aparatos ideológicos, desde las televisoras transnacionales hasta la actual contrarreforma educativa neoliberal». A propósito:
Ya en época reciente, en la segunda década del siglo anterior, lo afirmaba un Woodrow Wilson, por aquel entonces presidente de los EEUU:

El productor necesita tener el mundo como mercado. Por lo tanto, es necesario que la fuerza del estado derribe las puertas de aquellas naciones que se cierran, para asegurar que no se desaproveche ningún rincón del mundo…

Esto significa que un estado cualquiera que, como vía de protección de su producto nacional, cerrara sus fronteras al capital y mercancías norteamericanas, estaría haciendo, por ello, una política inamistosa hacia Estados Unidos y, por lo tanto, se exponía al peligro de ser sancionado por la nación «agraviada». De ahí en adelante todo iba a ser abatir fronteras y derribar soberanías nacionales para imponer un modelo de «mercado abierto» que remataría en el modelo neoliberal decretado por un Nuevo Orden Mundial que se renueva según las circunstancias. Y así hasta hoy…

Por cuanto a modelo actual de neoliberalismo, al igual que la propia globalización que lo hace posible, fue implementado por el sistema capitalista en 1944 en Bretón Woods, con la presencia de cuarenta y cuatro jefes de estado y de gobierno. Ahí, el Poder del capital-imperialismo, triunfador absoluto de la segunda guerra mundial, implantó para el resto del mundo el denominado Nuevo Orden Mundial, con la globalización, el agio internacional (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, y ahora también el Interamericano de Desarrollo) y el neoliberalismo como sus consecuencias inmediatas. Y según el analista, la mano invisible del mercado libre conduce hacia la injusticia y favorece el oligopolio de riqueza y capitales, dificultando así la igualdad de oportunidades. Su afirmación al respecto:

Las potencias industriales ricas han impuesto una mezcla de liberalismo y protección diseñada en función de los intereses de las fuerzas nacionales dominantes, las grandes empresas transnacionales que deben regir la economía mundial. Las consecuencias serían reducir a los gobiernos del Tercer Mundo a una función policial para controlar a sus clases trabajadoras y a la población superflua, mientras las transnacionales obtienen libre acceso a sus recursos, monopolizan la nueva tecnología y la inversión y la producción mundiales. El resultado puede calificarse de «democracia» o «libre comercio» por razones doctrinales, pero es, más propiamente, un sistema de «mercado corporativo».

El neoliberal es pragmático-utilitarista. Individualista a ultranza, abandona la preocupación por el fomento del bienestar general. El bienestar del grupo es la suma del bienestar individual de cada uno de los miembros del grupo. Esto deja de lado la cuestión de la forma en la que está distribuido el bienestar entre los individuos, si de manera igualitaria o desigual.

Del neoliberalismo en México hablaré en fecha próxima (Aguarden.)

Yeguas de la noche

Noche de ayer. Calentura. Tomé el teléfono y llamé a la mujer. «A ver si me enfría» Y ella: «Me quito el camisón, me pongo ropa adecuada y voy, pero despreocúpese: tiene usted muchos blancos en su defensa».

Unos glóbulos blancos que ya andarían arrasando con bacterias y gérmenes que provocan la fiebre. Qué bien.

¿Qué bien? Qué mal: la doctora que se tardaba, y en mi cerebro una fiebre que alzó hasta niveles de escándalo el mercurio del termómetro «rectal». En mi calentura me puse a filosofar: «Con razón la doctora no ha tenido hijos. Traerlo tan guango, y así se tarda para quitárselo, el camisón». Y mis valedores: ahí el delirar, tembloriquear, rechinar de dientes, caer en la duermevela, el sopor y los descoyuntados delirios. De repente ahí, vaporosa entre brumas y como en cámara lenta, La Impredecible, que se me arrimaba y alargaba el brazo para arrastrarme hasta el inframundo, el Mictlán, el lugar de los descarnados. Lóbrego.

– Ah, traicionera, dije a la muerte; me agarraste sin confesión. ¿No habría modo? Unos años más, para alcanzar a arrepentirme de todo el catálogo de mis pecados y confesárselos así sea al golfista Onésimo Cepeda. Piedad…

Era la doctora. «Vaya que los gérmenes lo cogieron con virulencia».

– Nomás eso les faltó. ¿No es usted otro de mis delirios? Déjeme pellizcársela para ver si no estoy soñando. ¡Los virus, doctora, sálveme..!

– Calma, no sea cobardón. ¿No entendió que ya los glóbulos blancos están combatiendo esos gérmenes perniciosos?

– Eso es lo grave, doctora. Los glóbulos blancos de nada me sirven. Son una vil pesadilla. ¡Me fueron a resultar mexicanos..!

-¿Mexiqué? Usted delira.

– En mi pesadilla pude ver la ralea de gérmenes, doctora: crueles, rapaces depredadores de mi organismo. Gérmenes imperialistas. Mientras unos virus nativos, entreguistas proyankis, les ejecutaban la obra negra, ellos se avocaban a tragarse mi sangre, mi carne, mis huesos, (casi equivoco el vocablo) y mi petróleo, petroquímica, banca, energía eléctrica. ¿El pago a los vendepatrias? Mi grueso, doctora, que esos proyankis se nutren del intestino. Yo, en mis delirios, clamaba: ¡Auxilio, glóbulos blancos! Y sí, de repente, en formación de ataque y a banderas desplegadas, ahí la gallarda contraofensiva de aquellos blancos contra su enemigo histórico. Pues sí, pero la estrategia, doctora: «¡A la mega-marchita, compañeros! ¡A e-xi-gir a esos virus neoliberales que abandonen este organismo! ¡Sí se puede!» Cientos de miles de glóbulos, mis defensores: «¡E-xi-gi-mos a los gérmenes que abandonen el elemento en que viven y del que viven, y se mueran de hambre! ¡El glóbulo / unido /jamás será vencido! – ¡Calderas, ojete / el pueblo no es juguete!» (¿No lo es, con semejante estrategia, candorosos glóbulos?)

¿Los virus proyankis, mientras tanto? Ellos, convertidos en doberman al servicio del germen mayor, Bush, se venían contra mis mega-marchitos glóbulos, y con su garrote les rajuelaban la testa y les partían toda su Tula (Tula es mi madre.) Y válgame, tanta rabia me dieron los mega-marchitos mega-marchantes que asumían las justísimas causas de un paisanaje pasivo y apático para defenderlas e-xi-gien-do a gritos y mega-marchas, que descansé dejándoles ir, en mi pesadilla, una ráfaga de gases. Lacrimógenos.

– Muy mal hecho, mi valedor.

– ¡Pero es que semejantes glóbulos, impotentes para pensar y crear estrategias, mi vida defienden con marchas, sangrados y bajadas de chones.

– Bájese los suyos y aflójelas.

– ¿Usted también? ¿Ahora qué quiere que afloje, doctorcita?

– Quieto. Un piquetito, y como nuevo. Penicilina.

– ¡Pero doctora! ¿Si a la penicilina se le ocurre defenderme con asambleas, foros,plantones, mítines, y una violenta bajada de calzones?

– Usted delira. Abra su boca.

La abrí, cerré los ojos, sentí agarrosón el termómetro, bizqueé para verlo, traté de gritar, pero sólo alcancé el tartajeo muy al estilo Peje: «Ej el gectal, doctoga». Bajo mi lengua, y recién usado, el «rectal». La fiebre me dictó el pensamiento negro: «Qué se me hace que a este mañoso «rectal» le forjo una mega-marchita». Mis valedores: las marchas son necesarias, pero insuficientes. (Vale.)

Descanse en paz…

Don Catarino, gallero zacatecano y varón de virtudes, por fin consiguió su muerte Muerte asistida. Autor intelectual del deceso fue aquel apodo que lo siguió y persiguió, sombra negra, durante toda su vida. El paisano había nacido con su espina dorsal hecha un nudo ciego, de modo tal que la zafia crueldad pueblerina de «joronche» no lo bajaba, y de «jorobetas» y «espinazo de alcayata», qué mortificación. «El apodo me sabe a cal viva en los ojos», se lamentaba conmigo, y qué hacer. Tiempo después me mudé a Guadalajara, y aquí lo inaudito: aquel santo día me lo fui a topar en mero San Juan de Dios, la almendra viva de Guadalajara, ¡detrás de ollas pozoleras y peroles de birria!

– Llevará sus garnachas, oiga

¡Esa voz! Volví la vista y… ¿El «Jorobas», quiero decir don Catarino? ¿El gallero, vestido de enaguas y rebozo de bolita? Al reconocernos, entre sofocos, la explicación: que huyendo del mote vituperoso se revolvió en la masa anónima de Guadalajara, «pero una joroba que resalta en el pueblo resalta igual en la ciudad» Cierta noche, a lo suicida, tomó la resolución: «Que me motejen de joto, de tulatráis y de floripondio, que en este México de viles machos – homosexuales en potencia; en impotencia-, es más vituperoso ofender de joto que de jorobado. «Vivo tranquilo, sin el jorobado quemándome las orejas. Varón soy, pero para los demás soy Caty el jotón. Qué jotón esto, que Buga aquello, y que menéate las garnachas, y que ái te va mi chambarete pa tu menudo, y mi chorizo pa tu pancita Y la paz. Pero últimamente esta vergüenza de vivir en la mentira, de no ser lo que se aparenta, qué mortificación…»

Me inspiró una piedad aquel don Catarino de todos mis respetos…

Pero vidas errantes, encuentros y desencuentros, destinos que se mueven al capricho de la Moira; yo, buscando a la vida un sentido por qué vivirla a cabalidad, me vine a este hormiguero que tantos humanos hemos terminado por deshumanizar, qué paradoja, y aspiré esta ciudad por todos los poros y los entresijos, y a resoplidos la hice mía por donde hay que hacerla. Y aquí lo macabro: cierto día de hace semanas caminaba yo por Bucareli cuando me tropecé con un fulano de trajecito gris, y con gafete y escarapelas del PAN. «Válgame, el jorob..! ¡Don Catarino! ¿Usted por aquí..?»

Vi que su rostro se encendía. «Qué pena». Agachó la cabeza. «Pena por qué, le dije. Ya dejó su vestido de holanes y el rebozo de bolita».

Tragó saliva. «Dejé la joteada, pero ahora peor. ¿Ve estas insignias? Creí que disfrazado de villano ruin mi defecto físico se iba a disimular, pero nada, con todo y que ahora las crudas morales son insoportables»: Insignias del PAN.

Y sí: los que iban pasando observaban gafete y escarapela, y las muecas de asco: «¡Un jorobado panista, qué porquería!» «Sáquese, jorobado yunquero». «¡Chinche joronche hijo putativo de Marta y Fox

La pelleja del joronche (de don Catarino, perdón), palidez de cadáver. Traslúcida. Y ahí fui a sospechar su desviación psíquica, su inclinación sado-masoquista: «Ayer, en la sede del PRD intentaron caparme. Es que le grité porras a los Chuchos de Nueva Izquierda. Mire, allá vienen los maestros».

Ah, el jorob… gallero: al llegar el contingente frente a Gobernación («¡Estepú-ñosí-sevé!»), vi que mi paisano se acercaba a los manifestantes, tragaba una bocanada de smog, y a todo pulmón: «¡Que viva Esther Gordillo! ¡Arriba la Ley del ISSSTE, de Calderón!» Y retador, se enfrentaba al hormiguero, que se le iban encima. «¡Tizna a tu madre, jorobado de miércoles!»

(¿Miércoles ya? Rápida se va la semana) Y sí, las mentadas de los mentores fueron de madre arriba Yo, el ánimo apachurrado, en el tumulto me alejé sin despedirme del desdichado, y no fue hasta ayer cuando vine a saber que allá por los rumbos de la Morelos, creo que en Tepis Company o la Plaza del Estudiante, el jorob… paisano encontró su paz perpetua Paz asistida Fue un linchamiento como Dios manda, como mandan los cánones. Según los díceres, los tepiteños nomás aguantaron tres.

«¡Viva Ulises Ruiz y muera la APPO! ¡Arriba Mario Marin y el Mariano Azuela que a Lydia Cacho se la hizo de pedófilo! ¡Montiel para presidente! ¡Mucho por Fox y los hijos de toda su reverenda Marta.!

La calle se erizaba de piedras y garrotes tepiteños cuando, de súbito:

– ¡El Peje es un peligro para México! ¡Viva Calderón, el legítimo!

Dios lo tenga a su diestra y no permita que los cábulas beatos le vayan a gritar jorobado». (Amen.)

Lumbre en ayunas

Don Cataríno, mis valedores, un desdichado al que el mal fario condenó de por vida a arrastrar un apodo que le ha arruinado sus días. Ah, la ponzoña de los motes. ¿Recuerda alguno de ustedes el remoquete injurioso con el que los de su carnada los infamaban cuando estudiantes de las primeras letras? Y más tarde, ya en la juventud, quizá todavía cuando adultos, ¿cómo les apodaban, cómo les siguen apodando hoy día? El troquelado del carácter y modo de ser se inicia en la niñez, dicen los enterados, y qué mala influencia resulta en algunos ese recordatorio machacón, cruel si los hay, del apodo que moteja, tal vez, el defecto físico. «¡Chato!», «¡Pelón!», «¡Burriciego!» Lo que arden tales apodos. Lo que lastiman. Por cuanto a don Cataríno

Paisano y vecino en los terrenos de mi querencia, jalpense de tamaños y hombre de varonía y nombradla fue este don Cataríno Maldonado. Fino de temple, don Cataríno vivió desde adolescente enredado en achaques de navaja, espolones y espuelas. Gallero, sí, al que conocieron todas las ferias del rumbo. Hombre de temple y de ley, cierto día le pregunté qué es eso que un hombre precisa para ser hombre. Pulsando un pinto de buen tamaño, que jugaría de tapado con un jolino de Aguascalientes, don Cataríno me respondió:

– El hombre es hombre, fíjate bien, ya cuando jiede a tabaco, a aguardiente y-al nido de amores de una mujer: Acuérdate.

– ¡Diablo de jorobado, no malaconsejes aquí a mi sobrino! -lo increpó el tío Raudel-. ¿No lo ves tiernito todavía? Don Juan lo va a enviar al seminario, y tú tratándole de jedores y jediondeses. Diablo de jorobado…

El jorobado Cataríno, sí. Tal era el defecto físico del gallero: la joroba; y el apodo consiguiente: que si jorobado para acá, que si joronche para allá, y que diablo de «espinazo de alcayata», ¿pues no fue a ganar con ese relingo de gallo..?

Herido en la viva llaga por el mote infamante, el gallero pujaba de mortificación. Y como el jorobado (perdón, mi señor Cataríno), como él decía:

El apodo me sabe a lumbre en ayunas. Y qué tzingaos hacer… Pero la vida, mis valedores, es cosa de un puro rodar y dar machincuepas. Los caminos ya van, ya reculan, ya se traban y destraban y se vuelven a trenzar. Fue así como ocurrió que un día de aquellos, de repente, anochecí en mis terrones zacatecanos, pero fui a amanecer en Guadalajara, (pues). Y es que el palpito me daba: midiéndome con la enorme ciudad saldría de mediocre o retinaría mi paya mediocridad. Guadalajara (pues).

En esas andaba yo, «por San Juan de Dios mi barrio«, que dice el cantar, cuando ándale, de repente, en mis tímpanos, el chicotazo:

– Llevará sus garnachas, oiga.

Ahí, ahí mero, en aquel barrio claveteado de mancebías y hoteles de paso, bailongos de nalgada y demás «centros nocturnos para familiar», ahí, entre güilas, padrotes y variopintos changarros de buscavidas del comercio de sopes, pozoles, arrayán y tejuino; ahí, ladereando fritangas y entornadas puertas donde la daifas, desde lo oscuro, cordialmente me invitaban a compartir achaques venéreos y otra cosita; ahí, de repente, el reclamo del lilongo aquel:

– Pa ti, blancuchito, las tortas hogadas van de gollete. Prébamelas…

¿Probárselas? ¡Esa voz! Y que vuelvo la cara, y que de manos a asombro me topo con aquel taralailo, (todos mis respetos al homosexual; a la loca, al amanerado, no tanto), un floripondio todo de china hasta los pies vestido: rebozo de bolita, blusón, botas hasta las por poco les dejo ir el albur.

– ¡Pero si es nada menos que mi paisano el gallero!

– Pero… pero si tú vienes siendo… ¡Válgame la de Zapopan!

Lo miré agachar la testa, ruborizarse, mascar las barbas (las del rebozo).

– ¡Usted, un macho calado!

– Macho sí, y a mucha honra, Calado nunca, así me mires en estas trazas.

Entre dientes, entre sofocos y entre la olla pozolera y el perol de los chicharrones me explicó la metamorfosis. Según esto, por huir del apodo de «jorobado», que lo traía a mal vivir, don Cataríno el gallero dejó su tierra y se vino a perder donde nadie lo conociera. «Pero acá vine a saber que una joroba que resalta en Jalpa resalta también en Guadalajara (pues.) Aquí, de matancero en el rastro, todo vino a resultar lo mismo: a ver tú, jorobado, mata esta res. Destázate ese novillo. Ábretelo en canal. Ah, salación la mía…»

Y fue entonces. Cierta noche, a lo suicida, tomó la resolución. (Sigo el lunes.)

Virgos que remendar

La Celestina, mis valedores, de la que a su hora afirmó Cervantes: «Libro, a mi entender, divino, si no encubriera más lo humano». La Celestina. ¿Conocen la historia de la alcahueta inmortal? ¿Alguno ha leído la Tragicomedia de Fernando de Rojas, fundamental de la picaresca española y, con El Quijote y todo Quevedo, obra cumbre del acervo literario español? La Celestina, esa maestra suprema del alcahuetaje, zurcidora de virgos, bruja y ensalmadora, y esperpento genial. La nota del diario me la trajo a la mente:

«Aumenta la demanda ante los ginecólogos para la reconstrucción del himen por parte de jóvenes casaderas que quieren engañar al novio. La himenoplastia consiste en coser con hilos finísimos, o con hebras del cabello de la paciente unir las secciones desgarradas del himen. Esta operación se realiza horas antes de la boda, para que en el lecho, el flamante marido piense que se ha casado con una mujer virgen».

Y aquí el riesgo: «Por lo regular, la novia se delata en la noche de bodas porque se comporta sexualmente mejor que una mujer sin experiencia…»

Terminé de leer y… ¡La Celestina, componedora de virgos! Fui al estante, tomé mi ejemplar, leí a la bigardona, que así, a la distancia de más de 500 años, sigue alabándose: «Pocas vírgenes has visto tú en esta ciudad que hayan abierto tienda a vender de quien yo no haya sido corredora de su primer hilado. ¿O pues qué? ¿Habíame de mantener del viento? ¿Conócesme otra hacienda más que este oficio? ¿De qué como y bebo? ¿De qué visto y calzo?»

Y que son ya varios miles de virgos los que ha remendado. La Celestina, inmoral e inescrupulosa, que a una Areusa avergonzada porque la visitaban dos, aconseja:

«Aprende de tu prima, que tanto ha aprovechado mis consejos: uno en la cama y el otro en la puerta y otro que suspira por ella en su casa, y con todos cumple y a todos muestra buena cara (…) Y todos piensan que no hay otro y le dan lo que ha menester. ¿Y tú piensas que con dos que tengas, que las tablas de la cama lo han de descubrir? ¿De una sola gotera te mantienes? Más pueden dos y más cuatro, y más dan…»

Bruja cínica, tercerona inmoral, pensé, que así arruina a tantos por alcahuetear a Calixto, y que Melibea se le rinda sexualmente. Y quería seguir leyendo, pero ya era la medianoche, y aquel sopor, el letargo, la duermevela. Sórdida balagarda, decía entre mí, por suerte La Celestina es sólo ficción de la España del XVI. Aquí, hoy, entre nosotros qué tendría que hacer una alcahueta de sus tamaños.

– ¿Aquí qué tendría que hacer, bigotón? -Cascada su voz, pero entera en sus dejos toledanos-. ¿Acaso no sabes que en tu país viven y medran y engordan cientos de hermanas mías, y primas carnales, todas discípulas mías, todas aventajadas?

– ¿Ah, sí? (Salte ya de mi sueño, vieja embustera, embelecadora y perita en patrañas, causa y producto de malos amores, de esos de trasputín y traspatio.) ¿Ah, sí? ¿Y quiénes son esas hermanas tuyas, y esas primas carnales, si se puede saber? Pero te advierto que yo crédulo no soy, y que a mí no me vas a enredar en tus embelecos.

La bigardona puso en mis manos un álbum de familia y algunos libracos. Yo, al examinarlos: «¡Oiga, que son la Carta Magna, el Código Penal y el Civil! ¡Que las fotos son de jueces y magistrados. ¡Esta foto a todo color es la de Mariano Azuela

– Alcahuetes como yo, y con sus buenos padrotes a quienes proteger desde sus burdeles, que (renegrido humor) apodan «instituciones de justicia«.

– ¡Oiga, que ofende a mi país, a mi gente! ¡Miente usted, embustera!

– ¿Miento? ¿Con padrotes de ese calibre? ¿Miento, Fox? ¿Miento, hijos de toda su reverenda Marta? ¿Miento, Arturo Montiel y honorable familia? ¿Miento, Ulises Ruiz, Romero Deschamps, Lino Korrodi, Norberto Rivera, Onésimo? ¿Miento, Suprema Corta de Justicia, que por no hacerla de pedófilo acaba de exonerar a Mario Marín? ¿Las instancias justicieras de tu país no son unas alcahuetas, primas y hermanas y colegas mías? ¿Por qué no vas y preguntas al TRIFE y al Ugalde cómo fue que se encaramó hasta Los Pinos uno chaparrito, jetoncito, de…? (¡Desperté!)

Sus cálices amargos…

Y en Guatemala, después de años renegridos en que la vota y el espadón cuartelero erizaron el territorio con un reguero de 250 mil muertos, llegó un gobierno civil. Años antes yo había visitado esa Guatemala «dulce y sombría», que dijera el poeta y exiliado entre nosotros Luis Cardoza y Aragón. De mi visita logré un par de amigos, y al saber que Cerezo Arévalo, civil, llegaba al gobierno, desde aquí les envié un mensaje que considero válido hoy día cuando los chapines amanecen estrenando un Alvaro Colom socialdemócrata que arrancó su gestión con un discurso así de «original».

Hoy empezamos el privilegio de los pobres. Es un compromiso adquirido estos últimos nueve años de lucha por el plan de la esperanza.

Nosotros, mis valedores, ¿no hemos oído retórica semejante en los picaros que han logrado, con malas y peores artes, treparse a Los Pinos, para desde ahí aplicarse a empobrecer a las masas en provecho propio y de grupo? Mi mensaje a la pareja de amigos que dejé en mi remota visita a Guatemala.

«Marucha y Virgilio, ¿lo recuerdan? En el recinto oloroso a maderas donde hablábamos de poemas, saboreando ustedes el tinto, tronaron ráfagas de metralleta. En voz baja, doloridos de la guerrilla y el gobierno militar.

«Cuándo tendremos un gobierno civil, como ustedes en México.»

Lo tuvieron. De repente fue «mandatario» un Cerezo civil de frutal apellido. Yo desde aquí les envié el recado: «Felicidades pero no brindar todavía No por aguarles el tinto sino por un impulso dé amistad les pregunto: ¿qué democracias les aventó el Cerezo en su discurso inaugural? ¿Qué de justicias y demás sustantivos altisonantes que los demagogos convierten en cuentas de vidrio y demás abalorios con los que engatusan a los nativos?
¿Los llamó compatriotas, chiquillas y chiquillos, mis amigas y amigos? ¿Cómo…?

(Mi administración, Colom lo jura, sucederá a varios regímenes de derecha que en el último siglo gobernaron en beneficio de los poderes económicos y en perjuicio de la mayoría de la oblación pobre. Si así fuese cuánta ventaja nos llevarían los chapines en materia de justicia social. Pero palabras, exclama Hamlet; puras condenadas palabras. Sigue el mensaje.)

«El de Cerezo sería una pieza oratoria redonda, de mucha sonoridad, con un fuerte sabor decimonónico, porque de los presidentes es, si no otra ninguna, la gracia de la retórica, de los discursos mandados a hacer. El de la toma de posesión sería altisonante, garapiñado de esos vocablos que le dan sabor: derechos humanos, justicia social, hacer más por los que menos tienen y así seguiría la diarrea de promesas y vocablos domingueros (tú, Virgilio, ya habrás descorchado la segunda de tinto. Salud.)

¿Cerezo les prometió que los crímenes del pasado no quedarían impunes? ¿Pactos de solidaridad, pronasoles, enciclomedias, seguro popular?

Aquí, el vómito de aplausos a cargo de una claque política servil y rastrera ¿Que cómo pude adivinarlo? ¿Intuición mía? Qué va Conocimiento del paño, sin más. Yo habito en la entraña de un gobierno civil en un «estado de derecho», donde a las masas siempre me la han embobillado, como supositorios, discursos de esa ralea Que si arriba y adelante, que si la solución somos todos, renovación moral, les voy a dar en toda su mother-nización para el bienestar de la familia, un voto útil para el «cambio», «presidente del empleo» y cuidado con ese otro, que es un peligro para México. Ah, demagogos. Ah, Guatemala. Ah, México…

Marucha, Virgilio: en mi País y más allá de las promesas embusteras, a cada ascenso presidencial corresponde un ascenso en los precios de la canasta básica A los 5 años con uno, a los 5 meses con otro, y con el chaparrito, jetoncito, a los 5 minutos. Marucha, Virgilio: ya conocen a estas horas el rigor de los licenciados; ya probaron la distancia que va de su verba salivosa a la acción; sepan también: Guatemala y su hermano mellizo del norte son vidas paralelas y un destino común de pueblos sometidos porque se niegan a pensar, a ejercitar la autocrítica a organizarse no en muchedumbres, sino en comités ciudadanos autogestivos para así, con la ley en la mano, darnos ese gobierno que mande obedeciendo, y no. Nosotros, ha ¡e-xi-gir! Lóbrego.

Pero ánimo, que amanecerá. Al señalar a los dañeros de Guatemala, como también a los de acá, clama el poeta de ustedes, de todos nosotros:

Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados. «Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte…»

(Vale)

Dulce y sombría, Guatemala .

Este es un recado, mis valedores, que me permito enviar a dos amigos que hace lustros dejé en Guatemala. Hoy, porque amanecen con un nuevo gobierno civil, les recuerdo el contenido de mi mensaje.

Marucha y Virgilio, amigos que dejé en aquellas tierras; cuánto quisiera que este fuese un a modo de mensaje del náufrago que ustedes encuentran extraviado en la playa, y que en leyéndolo recordaran de golpe al fuereño aquel que de visita en su país, hermano mellizo del mío, en la fugacidad de un par de horas fue amigo de ustedes dos, estudiantes de la benemérita Universidad de San Carlos. ¿Se acuerdan?

En el forastero identificaron al fabulador de relatos y algunas novelas de fantasmagorías, como aquel Bramadero, un Malafortuna de muertos resucitados y aeroplanos antediluvianos, y una cierta Trasterra que… Sí, lo real maravilloso, que dijo Carpentier el cubano.

De llegarles el mensaje recordarán el café, el tinto y aquel poema que me ofertaron mientras hablábamos de verso libre y alejandrinos. De repente, ¿se acuerdan?, en la quietud de Guatemala («donde se oye cuando una garza cambia de pie», que dijo Cardoza y Aragón)

retembló aquella descarga de metralletas. La charla, a media voz, se empantanó en asuntos de guerrilla y gobierno de bota y espadón cuartelero. Tú, Virgilio, suspiraste:
– Cuándo será ese día en que nuestro país disfrute de un gobierno civil como el de ustedes, en México. Cuándo será ese cuando…

Azozobrados, me interrogaban acerca del presidente de mi país; un licenciado Jerasimo, por supuesto. Es que eran los tiempos del PRI-Gobierno…

Qué tiempo. Reinaba por aquel entonces su graciosa majestad Echeverría Primero. Después vendría la alucinante danza de la(s) pompa(s) y circunstancias de LEA, Su Alteza Real, y más tarde esa sórdida galería de los mediocres cuanto rapaces vendepatrias, donde destacaba Su Alteza Serenísima, uno chaparrito, peloncito, orejoncito, que con su voz de pito de calabaza se dirigía a sus súbditos:

– ¡Compatriotas! ¡Liberalismo social! ¡Solidaridad! ¡Con el Tratado de Libre Comercio, directamente al Primer Mundo! (Toco madera. ¿Será madera la de la mesa donde redacto estos párrafos?)

Tú, Marucha, el suspiro: «Cuándo tendremos en Guatemala un gobierno civil…» Y un trago al tinto. Al desgano, me acuerdo…

Yo, por no desilusionarlos, sofrené mi primer impulso: contarles eso en que los gobiernos civiles habían convertido los asuntos de mi país. Pero sí, años más tarde, por fin, llegaría para ustedes el turno del mandatario civil. Al tomar posesión de su cargo, el del frutal apellido iba a clamar, índice en alto, las promesas del consabido catálogo: «¡Compatriotas, mi gobierno retornará al camino de la democracia, la justicia social y el respeto irrestricto de los derechos humanos..!»

Excelente, sí, ¿pero dónde había yo escuchado esa promesa siempre incumplida? En fin. Ustedes, amigos guatemaltecos, contaban ya con su licenciado Jerásimo (él es un primo mío carnal, licenciado del Revolucionario Ins.), o lo que es lo mismo: Cerezo Arévalo, presidente civil. Yo, entonces, conocedor del paño y escamado por la acción nefasta de unos gobiernos civiles que en mi país habían resultado tanto o más dañeros que los de la larga tradición cuartelera, me arriesgué al papel de aguafiestas y les envié aquel mensaje reservón:

«Ya estarán contentos, amigos ausentes: ya tienen ustedes aquellos por lo que suspiraban, su gobierno civil. Felicidades. Atrás han quedado, ojalá que para siempre y nunca más, la bota y el espadón. Seguro estoy de que ustedes, a solas en aquel cuarto que huele a maderas, a estas horas brindarán con tinto y alzarán la voz y la copa en honor del gobierno civil como en México…

Felicidades, pues, pero un momento, no alzar la copa todavía, no repetir el brindis. Aguarden, amigos, que algo debo y quiero decirles. Yo, por razones diversas, aún ignoro el sentido del discurso que en su toma de posesión como presidente de Guatemala habrá «perpetrado», sé lo que digo, su Cerezo frutal. Yo, mis amigos, no por aguarles el tinto
sino por un…» (Mañana)

Cuidado, que es México…

Miro la foto del matutino, y al de la foto yo lo conozco, que aquí nada ha cambiado en los años recientes que no sea para empeorar. Si no es mi paisano pudiera serlo. Miro, observo la foto, y mientras más la contemplo más me convenzo de que este cristiano pudo nacer en mi tierra de Zacatecas y aun ser de mi misma carnada Porque sí: el mismo estilo de vestimenta el mismo gorro de palma, los huaraches, la chamarra y al hombro el morral. Como ranchero que acabara de bajar desde La Villita o Milpillas hasta mi Jalpa Mineral. Qué cosas…

Miro la foto y pienso: ése se llama Juan, Pedro, o Reginaldo, y se apellida Muñoz o es de los Llamas o los Tizcareños de La Cañada Lo calculo pacífico, manso de corazón En sus terregales de Tepezala siembra maíz, frijol, calabazas. Los domingos baja al pueblo a la misa de doce, y ya con la bendición encima se desbalaga por el Barrio Alto: sal, azúcar, cigarritos, alcohol del 96. Más tarde el trago para entonar el cuerpo, y arrendar para el rancho, ya al pardear, a aquello de entre dos luces. Y la paz…

Pero no. En ese morral, el de la foto no carga cigarros ni envoltorios de azúcar y sal, sino piedras. Ladrillos. En la diestra no afianza el cigarrito sino una calibre 22 negra, cañón recortado. Con el tambor (la mazorca, que allá decimos) retacada de plomos…

Tejupilco, Estado de México, lustros atrás. Miro la foto. Observo un edificio en desgracia puertas desencajadas, macetones quebrados, vidrios hechos pedazos y por el suelo semejante regazón de piedras, ladrillos, garrotes, cuajarones de sangre oreada Tejupilco. «Dos policías y un civil muertos y más de 60 lesionados fue el saldo del enfrentamiento suscitado entre miembros de seguridad pública del Estado y lugareños descontentos…»

Miro dos, tres, muchas fotos más. Todas ellas certifican la violencia que se produjo en el choque entre granaderos y esas docenas de gorrudos que, dicen las notas de prensa, dejaron inservible el inmueble municipal. Tejupilco. El de la calibre 22 en la diestra va caminando rumbo a la entrada del edificio, y se mira dispuesto a todo, a como dé lugar y a ver a cómo nos toca Pueblerino que se ha mantenido pacífico desde el estallido de 1910, yo intento calcular cuánto habrán tenido que irlo exasperando los malos gobiernos de Echeverría y López Portillo, para que más tarde el mediocre de las cejas alacranadas abriera de par en par las puertas de México al libre comercio, y el orejudo entreguista y pro-yanki asestara al agro los rigores del Tratado de Libre Comercio, y los vende-patrias que vinieron después anden hoy de culiprontos, PEMEX en esta mano y en esta otra la energía eléctrica «Baratitos, patrón…»

Cuántos sexenios de perversión impune, cuántas medidas presidenciales adversas al paisanaje, qué de agravios no habrá tenido que cargar el paisano sobre los lomos para que de repente se haya decidido a afianzar esa 22 de cañón recortado y ande a estas horas con la sana intención de no dejar títere de Bush con cabeza..

Por lo pronto, lástima, ya sembró en el camino a ese de uniforme, polainas, casco y garrote de granadero. El de las fuerzas represivas ahí quedó, boca abajo, en un charco de sangre. Y qué coincidencia el victimado pudiera haber sido, él también (morenillo, lampiño, jetón, quizá un diente de oro) pariente cercano del victimario…

Miro la foto. Entereza sombría, sobrecogedora, la del paisano de Tejupilco, y pienso: ¿durante cuánto tiempo podrán todavía los del Poder mantenerlo a raya? ¿Cuánto tiempo después de la apertura total del TLC, cuánto más, cuánto? ¿Cuántos más de uniforme tendrán que agenciarse? Y caramba solo y por la calle, el morral al hombro, se advierte tan manso el paisano. Pero no, que cuando ya le colmaron la medida, un arma en la diestra y esa estampa alzada le dan todo el aire de un Zapata redivivo. Mis valedores…

Más allá de las protestas callejeras, más allá de la mentada mega-marchita señalada para el 31 de enero, que el gobierno ni oye ni ve, ¿hasta dónde podrá soportar la exasperación del paisano de Tejupilco? Ah, tecnoburócratas pro-yankis: cuidado, mucho cuidado, que Tejupilco es México. (Este país.)

¿Ladrón el ex-presidente?

A fin de cuentas, mis valedores, y a juicio de ustedes: ¿el ex-presidente nos resultó que es un vil sinvergüenza? ¿No lo es? Yo, en el intento de hacer luz en tan oscuro misterio, aquí le envío el presente mensaje:

Señor ex-presidente. ¿O debo llamarlo presidente, con el razonamiento de que a Panchito Madero se le sigue nombrando con dicha denominación? Yo a usted me permito suprimirle el título de presidente. Ya no ostenta ese honroso cargo que, según todos los indicios, usted deshonró. Así pues, señor ex-presidente: ¿es o no es usted culpable de los fraudes que se le achacan? En su gestión como presidente, ¿fue un funcionario intachable, pura honradez y honorabilidad, o se echó sobre los dineros públicos, como afirman algunas autoridades? De buena fuente conozco que no es usted el hombre probo que parecía, y que pesan en su contra acusaciones que mientan cifras millonarias. ¿Qué dice usted al respecto, señor ex-presidente?

Leo sobre su caso y me permito algunas consideraciones empreñadas de candor: y pensar que en un puesto público como el que usted desempeñó se alcanza la trascendencia Y pensar que se puede pasar a la historia como un funcionario honrado, que cumplió su cometido con honorabilidad. Pero no; usted se ha emporcado con sospechas de ladrón. ¿O cómo podemos calificar a uno que aprovecha el puesto público para desviar en su provecho sumas millonarias? Señor ex-presidente: ¿en tan poco apreció la fama pública? ¿Tan urgido anduvo de dineros que cayó en la tentación de pasar a la historia como un sinvergüenza? ¿Tan poco temor al reclusorio?

Sí, claro, bien cierto estoy de que para conjuntar el dicho reclusorio cuenta usted con dinero e influencias; que uno de su peso político y económico no cae fácilmente a la cárcel, que hasta hoy no parece existir indicio de tal posibilidad; todo por unas leyes alcahuetas de los pudientes, de los influyentes, que por esos tales fueron redactadas y los tales aplican con un criterio muy particular, siempre en el propio beneficio. Bien lo decía, palabras más o menos, Anacarsis, filósofo de la Antigüedad: «La ley es una red que recoge peces diminutos y es incapaz de atrapar los peces gordos».

Como usted, señor ex-presidente. Un simple individuo bajo el que recayera la sospecha de fraude millonario, ¿seguiría libre allá en el rincón provinciano donde usted se refugia? ¿No estaría ya aplastado por una medida cautelar, precautoria, de 90 días en el Centro Nacional de Arraigo? Cualesquiera de nosotros, los de acá abajo, se vería reduciendo a semejante condición; pero usted es todo un ex-presidente, y tiene dinero para contratar un soberbio equipo de abogados que le permitan pasarse la ley por el estrecho del nidal y seguir vivito y culenado (que de vivito se pasa estoy bien seguro; de que practique el otro verbo no. En fin.)

De haber saqueado los dineros ajenos, ¿ello valió la pena, a juicio de usted? Con todo y tales millones, ¿podrá mirar a los ojos a los seres de su familia? ¿Podrá justificar la posesión de tales dineros? A la amantísima, a los hijos, a los familiares cercanos, ¿les hablará de principios morales y de valores, que no sean los monetarios? ¿Podrá, en el terreno de la plática familiar, criticar la gestión de ex-presidentes con fama probada de sinvergüenzas como Echeverría y López Portillo, De la Madrid y el Salinas con todo y familia, coyotes todos de la misma loma? ¿Podrá usted echarles en cara que desde una discreta medianía económica hayan llegado al cargo público, para que al cabo de apenas seis años hayan resultado ser potencias económicas?

Cierto, consciente estoy de que las masas soportan eso y más, como no les retiren una tele fecal y el clasico pasecito a la red; que todo lo aguantan como no los obliguen a pensar, a reflexionar, a la acción necesaria para desempeñar su papel histórico y evitar en el futuro a poca-vergüenzas como, al parecer, usted mismo. Pero no, que palabras más o menos, bien lo dijo Voltaire: «Mientras la ignorancia mantenga a las masas en calidad de bueyes, los boyeros seguirán durmiendo tranquilos. Malo cuando esas masas comiencen a pensar, que entonces habrá de turbarse el sueño de los boyeros».

Conque, ¿ve usted? No tiene por qué preocuparse por saqueos de millones más o menos. Ya un juez federal determinó que el delito de robo ha prescrito, dejando a la PGR impedida para aprehenderlo, señor Alberto de la Torre, ex-presidente de la Federación Mexicana de Futbol. Macabro. (¿O macabrón?)

Contra la carestía, y no falla

Gasolinazo, carestía global, neoliberalismo, temas de requemante actualidad y altamente dañinos para las masas sociales. Sus efectos los oí la mañana del domingo pasado en la viva, quejumbrosa voz, de dos de sus víctimas, vecinas ambas del edificio de Cádiz: la tía Conchis y Gloriella Godínez. Aquí, de memoria, reanudo su diálogo.

– Yo digo que tu viejo se mantiene en activo; si no del acto carnal, sí cuando menos en materia de empleo, que lo tiene y lo conserva, por más que sea medio pinchurrientón. ¿Cuántos salarios mínimos, Glorietita..?

Yo, a discreta distancia, oyéndolas. De repente, en La Porciúncula, la parvada de campanadas. La misa mayor. «¿Cuánto de aguayón con bofe crees que vaya a conseguir con dos méndigos salarios mínimos?» Y válgame, que ahí entraron al espinoso terreno de las confidencias: «¿Tú a quién se lo fuistes a dar? La neta, Glorietita«.

– No me sonrojes. Supiera mi Lencho que fue plato de segunda mesa, que mi virginidad se la fui a dar al fulano equivocado…

– Yo me refiero a tu voto. No se lo habrás ido a dar a otro fulano equivocado, que nos esté embombillando nabos y rábanos con un aumento de este grandor. Descárate, total, el daño ya está hecho-La otra suspiró. Agachó la cabeza: «Qué pena. Se me cae de vergüenza. No lo divulgues, porque en el barrio me linchan, y con razón. Ay Conchis, lo mensa cuándo se me va a quitar, siempre dándoselo al tipo equivocado. Pendeja que es una. Cómo dejé que la tele me viera toda la cara con aquello de que el Peje era un peligro para México. Qué pena que se lo fui a dar al del kilo de tortillas a 15 pesos. Si me arrimo al confesionario, ¿alcanzará perdón un pecado así de mortal? ¿Ya estaré excomulgada, Conchis..?»

Suspiró. A mil decibeles, el merolico: «¡Naranjas de jugo y para jugo marchanta!»
Así, camine y camine, las vi llegar a la primera estación del viacrucis. El tenderete de la carne. Se santiguaron. La tía Conchis: «¿Sus pellejos a cómo le amanecieron, déme razón?»

– Unos fruncidos, otros arriscados. ¿Por qué la pregunta?

– Los pellejos de res, lépero.

Y pues que a tanto más cuánto, y que no friegue, quién decretó esos aumentos, y que usté sabe quién, que pa’ qué nos hacemos güeyes. ¿Se va a llevar sus pellejos? A tanto los 100 gramos. «¡Óigame, ni que fueran los pellejos de la Pinal, los de Ratzinger. Mejor me enseña sus menudencias!»

– Enseñando y enseñando al unísono -puestero cábula.

– Yo apenas acabalo pa’ una pizcacha de bofe. ¿Es de res, oiga, o relincha? No luego me vaya a rebuznar en el grueso, ya a la salida

– Ay, señora, perdón, qué pena- Alcé el botín del tenderete de la lencería desplegada sobre la banqueta. Negros, caladitos o color mamey. A10 mil decibeles, el merolico: «¡Juntos trabajamos para que el campo mexicano sea un campo ganador!» Glorietita: «Olvídate de la carne y demás extravagancias exóticas, mujer. Yo y los míos de aquí pal rial, vegetarianos. A mi Lencho y a los bodoques les voy a preparar una ensalada César. Pero válgame, ¿ya vistes los precios de las yerbas..?»

Azoradas, pajareando. «¿A cómo su colita? Colecita, no me la vaya a alburear.» Y que a tanto, moneda nacional. «Es que es col de Bruselas«.

– Cotíceme la pura col. Bruselas me la vende otro día ¿Y sus dientes?

– No cubre precio. De oro, mire. ¿Sabe a cómo se cotizan en la bolsa?

Y que dientes de ajo, y que con dos salarios mínimos ni para rabos de cebolla. Los puesteros, divertidos con los apuros de las marchantas. «¡Mire a cómo amanecieron lechugas, cebollas, ajos!» Y fue ahí. El de los mameyes:

«Oigan, ¿de veras quieren ajos y cebollas?» «Y gratis les salen, el de los chiles. Nomás póngase a gritar: ¡Que viva Mario Marín! ¡Arriba Mariano Azuela, con toda su Corte Suprema!» El pescadero: «¡Con que le avienten una porra al Plan México y al Vamos México!» El de los jitomates: «¡Órale, griten viva Fox con todo y los jijos de su reverenda Marta!» Yo, el reflejo condicionado: «¡Con sólo que griten: viva Calderón!» Lo dije, y aquí aullaron los perros; allá, a Don Goyo se le chispó la mayor fumarola del siglo. (Válgame.)

Nabos y Rábanos

Pocas cosas son tan peligrosas para los manipuladores como la gente que piensa por sí misma. (M.G.)

Y hablando de manipulación, mis valedores: al neoliberalismo me referí ayer, e hice notar el hecho increíble de que hayan sido catorce, quince millones de pobres, tantito más de espíritu que de bienes materiales, los que llevaron a cabo la acción inaudita de votar por más de lo mismo. Son esos mismos que por estos días pendulean entre los lamentos, tan estériles, y las mentadas de Tula (Tula es mi madre), más estériles todavía. Y qué hacer ante unas masas sociales que se niegan a pensar…

Porque tiempo es de reconocerlo: ya nos faltaron al respeto, ya nos tomaron la medida, ya nos vencieron, todo ello por nuestra propia ignorancia, esta que con el sufragio a favor del panista nos llevó a convertirnos en colaboracionistas de nuestro enemigo histórico. Por ignorancia, sí. Por nuestra pura ignorancia, sin más. Ah, esta terrible vulnerabilidad e indefensión ante la embestida manipuladora de todos los medios de condicionamiento de masas…

Y a propósito: yo, por una feliz casualidad, acabo de escuchar la voz genuina del pueblo, que no es la voz de Dios, como quiere el dicharajo. Lo será cuando ese pueblo diga a los «medios»: ¡basta!, y entonces comience a pensar, a reflexionar, a practicar el ejercicio de la autocrítica y a tomar en cuenta, en provecho propio, las lecciones que imparte la Historia, esa estrella polar. En fin. Escuché la voz del pueblo, dije antes, y sí…

Ocurrió el domingo anterior a media mañana, ya tibio el mundo después de tiritar durante una noche de frío, de duro cierzo invernal. Salía yo de mi depto. de Cádiz, en la Mixcoac Insurgentes, a conseguir mis pellejos y menudencias para compartir con el Rosco, mi dulce compañía (un gato). De repente, por esa banqueta las divisé caminar muy juntas, como si mutuamente se dieran valor al salir a las calles de la ciudad capital, tan seguras para la gente bien. Reconocí a las viandantes: la espalda baja de la del chongo correspondía a La Tía Conchis, conserje del edificio; los aguados, a una tal Gloriella Godínez, del edificio de junto. (Aguados los «pants».)

A los rayos de un sol mañanero este mundo, como enfermo en plena convalecencia, dejaba de tiritar y se desperezaba. En dirección del tianguis, a mil decibeles, por las bocinas se cimbran los alaridos del merolico: «¡Naranjas de jugo y para jugo, marchantita..!»

– Adiós las dos, oí que decía, donaires y picardías, el joven juguero. ¿A dónde las dos tan solitas?

Con aire de mortificación, la tía Conchis: «¿A dónde cree usté? Pues a la piedra de los sacrificios, a que esos del tianguis nos arranquen el corazón. ¿Qué, va a venirse? A acompañarnos, pa que nos la cargue, la canasta. A mí, cuando menos, porque ésta se me viene pandeando.

– No la friegue, digo. ¿Pues cuál se le viene pandeando, tía Conchis?

– Pues ésta, o sea Glorietita. Que le da cuscús enfrentar nabos y rábanos que el chaparrito jetoncito de la ceja alacranada nos va embombillando con un aumento de este grandor, mire. Chinche gobierno, hijo putativo del putativo Salinas

Y allá van las dos, con su aire de condenas a muerte que del pabellón fatídico se dirigen a la cabina de la silla eléctrica. De la inyección fatal. En sus manos apachurraban sus arrugados.
– Pa lo que sirven los móndrigos. ¿Ve este de cincuenta varos? Pa puro chile, si no es que pa puro rabo, o sea de cebolla, alguno más pichichi que el mío propio, o sea…

– No le hagas plática aquí al de los jugos, chance y nos resulte oreja de Gobernación. Y a apretarlo, Conchis, o el gasolinazo nos coge a medio camino, y entonces puro rabo que a mi Lencho le doy de comer. A apretar el paso. Ay, Conchis, Conchis, después del gasolinazo cómo alimentar a mis criaturitas. Siete en total, y mi Lencho, que se las pela por la carne…

– Dale gracias a San Asmodeo que tu viejo todavía sigue en activo, pero caramba, el control natal…

– Yo hablo de la carne de comer, no de la de darle gusto al petate.

– Bueno, sí, pero admítelo: tu viejo se mantiene en activo. Si no del acto carnal, sí cuando menos del…

(Mañana.)

¡Y de repente..!

De repente el artero gasolinazo que nos acaba de asestar el de Los Pinos, agravio que en la economía familiar va a producir el efecto de un cáncer fulminante, con toda una «cuesta de enero» en plan de metástasis. El tal gasolinazo, mis valedores, irá carcomiendo el poder adquisitivo de la mitad de los mexicanos, me refiero a los pobres, y no olvidarlo: pobres lo somos todos, si exceptuamos a los ricos. Lóbrego.

Pobres, sí, pero quién iba a creerlo: catorce, quince millones de esos mismos pobres, una vez más, como cada seis años, volvieron a creer en los medios de condicionamiento de masas, y esos pobres (de bienes materiales casi tanto como de espíritu) se lo fuera a dar a uno chaparrito, jetoncito, peloncito, de lentes, que es decir: esos pobres-pobres (por pobres y por ignorantes) votaran por más de lo mismo, que es decir del modelo neoliberal. Claro, sí, lo digo a cada momento: es México. Qué más…

Pero a ver, bien a bien, ¿qué es ese modelo neoliberal por el que acaban de votar sus víctimas? Aquí, los ejes que determinan semejante modelo depredador de comunidades:

l.- Fundamentalismo del beneficio individual. «La mejor manera de servir al interés común es permitir que cada cual defienda sus propios intereses, ya que los intentos de proteger el interés común mediante toma de decisiones colectivas distorsionan el mecanismo de mercado». Tal afirman los ideólogos del neoliberalismo; semejante regla constituye, en concreto, el darwinismo social. Para las masas sociales, nefasto.

2.- Mente transaccional. «Búsqueda sin trabas del interés personal. Para ello es preciso guiarse por una única consideración: Maximizar los beneficios sopesando los riesgos frente a las recompensas». Sin más.

3.- Conciencia amoral. El mundo neoliberal no es moral, no es inmoral, es amoral. «En un entorno sumamente competitivo es probable que las personas hipotecadas por la preocupación por los demás obtengan peores resultados que quienes están libres de todo escrúpulo moral. De esta manera los valores sociales experimentan lo que podría calificarse de proceso de selección natural adversa. Los poco escrupulosos se trepan hasta la cumbre».

4.- Ausencia de institucionalidad y de reglas sólidas. «La gente intenta adaptar las reglas para su propia ventaja». En este sentido la regla consiste en que las reglas se desechen, apliquen, retuerzan o manipulen según el interés de quien pueda imponerlas.

Estos cuatro elementos componen la estructura mental neoliberal. Al influenciar las instituciones políticas de este país se fueron incubando los elementos determinantes para que fuesen absorbidas por el modelo neoliberal, y entonces reproducirlo en sus aspectos torales. Fue así como el sistema político, financiero, económico, cultural y social denominado Neoliberalismo, producto mostrenco del Nuevo Orden Mundial, se enquistó y adueñó del país a partir del gobierno de cierto mediocre de las cejas alacranadas, que cargaba a espaldas y encuevado en la difunta Secretaría de Programación y Presupuesto, al dañero proyanki de apellido Salinas, que a su vez sostenía sobre sus lomos al apátrida, por hijo de tantas patrias, José Córdoba Montoya. ¿Resistiré la tentación de repetir: es México..?

Pero base también del Neoliberalismo está ahí la radioactiva reflexividad, maniobra consistente en infiltrar en las masas sociales una mentira, para que ellas la conviertan en realidad; por ejemplo: con objeto de incrementar las ganancias de los comerciantes, el Sistema difunde el rumor embustero de que se avecina una tremenda escasez de alimentos básicos. Ante tal situación las masas se arrojan sobre los víveres en mercados y tianguis, y al poco tiempo la mentira se torna verdad: hay escasez de alimentos, y con ella el consiguiente aumento de precios. Reflexividad que acaba de aplicar a lo tramposo el de Los Pinos: «¡Se viene un aumento en la gasolina!» Y a elevar los precios de la canasta básica. Ya que la carestía se tornó realidad: «No es cierto, no hay gasolinazo». ¿Con el desmentido presidencial volvieron los precios a su anterior nivel? ¿Qué responden ustedes? Y para refinar la maniobra: el gasolinazo sí se produce en enero, y provoca el doble aumento en los precios y el doble provecho de los capitales, y páguelo todo un paisanaje que votó por más de lo mismo. Es México, sí. (Sigo mañana.)

Juguetes inseguros

Al comprar un juguete se debe pensar en la personalidad del menor y que le va a dar armas positivas para su futuro. E. Flores Álvarez, del IMSS.

Y yo digo a todos ustedes: tal como vino; la Navidad se fue para nunca más, y así el año nuevo y la rosca de Reyes, pretexto que a los niños sirvió para estrenar juguetes, y a los fabricantes nacionales a quejarse ¡una vez más! de la competencia china. Yo, al agrio recuerdo de los productos que hace años, a querer o no porque no tenían competencia externa, teníamos que adquirir con el juguetero nacional, dejé constancia de mi experiencia al respecto:

Los actos fallidos; los romances frustrados. Al que yo aquella vez aspiraba se lo llevó el tren. Uno de juguete. Cierro los ojos y vuelvo a mirar a la sota moza tal como fue en aquella navidad, con su hermoso pelo de ángel, de blancura angelical. No una anciana de cabello cano: pelo de ángel con el que abatía un arbolito pandeado a la cargazón de foquitos, esferas, estrellitas y madrecitas de esas. El trenecito eléctrico era mi último recurso, mi clavo ardiendo, pero el clavo chafeó, lástima. Por cuanto a mi prima: la oveja negra de la familia, oveja que brincó el redil, y el brinco prodújole aquel lozano chamaco que en la navidad pidió al niño Dios un trenecito. Yo, venteando la oportunidad, tomé el sobre destinado a la renta y me fui al juguetero nacional. «Esta noche es nochebuena. Doy este alegrón al hijito, se enternece mi prima, y una vez que nos atasquemos de muslos (del pavo), a la cama el chamaco, y ándenle: nuestros muslos a la cama». Fantasías de solitario incestuoso. Y sí…

A su hora el chamaco le desbarataba el moño al regalo y sacaba la preciosidad de ferrocarrilito de corriente eléctrica El alegrón, y a armarlo. Y aquella emoción, la expectación aquella, la ansiedad por mirar la locomotora pita y pita y caminando, y llamar a la sota moza, mostrarle el juguete (el de corriente eléctrica) y enchufarla (La vía del tren). Pero, ¿enchufar la vía? ¿Y cómo enchufarla, si este tramo tenía con qué y toda la disposición de unirse a la siguiente como Dios manda, pero la siguiente carecía de orificio por dónde? En el otro extremo se le alzaba un gancho de este grosor, pero trozado por la mitad que hagan de cuenta circuncisión fallida Dos, tres tramos se dejaron enchufar, pero al final insinuaban una letra griega, sánscrita o del arameo.

– Tío, ¿si ya de perdida lo intentamos con los vagones..?

Y a jurgunear carros para un apareamiento imposible. Traté con el número uno, con el dos, con todos. Tomé este y lo coloqué así, de ladito, pero de machihembrarse, cómo, por dónde. A ven lo coloqué boca arriba y le abrí las ruedas. Nada ¿Por atrás? Agujero ya oxidado por falta de uso, válgame. Primero se acható el gancho que abrirse el enchufe Tenso, el sobrinillo: «Con paciencia y salivita, tío». Y ahí va el chisguete, y la saliva se me pintó de arcoiris. Agarró un saborcillo a hojalata oxidada, pintura reblandecida y bilis desparramada «¡Alicatas, martillo, échatelos para acá!»

– Así menos. Mejor fueras a reclamar allí donde los jugueteros le vieron la cara de juandieguito y se transaron al niño Dios.

– ¿Reclamar dices? ¿Y reclamar a quién, ante quién? -con las alicatas empecé a jurgunear rieles y vagones de tren, pero nada Comencé a resollar recio, a jadear, a pujar. El sobrino: «¡Ma, ven a verlo, ya está echando humo!»

-¿Humo, m’hijo? ¿Pues qué no es diesel?

– El del humazo es mi tío. Por las orejas, míralo.

– ¡Bigotón, cierra esa boca! ¡Que trompabulario, digo! Y tú, m’hijo, trae lejía y estropajo para restregarle esa lengua a tu tío. -Ahí, sobre la alfombra, el desastre. Se acuclilló la prima Su provocativa postura dejaba adivinar el, la, los, las, unos, unas… Yo, viéndola de ganchete, la sacudida Me acalambré. Sentí que ojos y boca se me torcían, los tomates chispándose. La prima corrió a desenchufar el cable, observó la catástrofe: «¡Virgen santísima, qué desastre de ferrocarril! ¡Pero si no parece sino que pos aquí acaba de pasar Zedillo..!

Ahí terminó la aventura de la prima y el juguetito. Ya de vuelta en mi soledad reflexioné en la frustrante experiencia con los juguetes producidos en mi país. Hoy, víctimas de la competencia china, los jugueteros claman, rabian, chillan y se la jalan (la greña) porque están a punto de caer en la quiebra la ruina, el cierre de empresas. Trágico, sí, ¿pero qué hay de los tiempos en que una industria sobrona y sin competencia nos vendía trenecitos chatarra? Ah, ¿verdad? (Acuérdense.)

¿El aletazo de la muerte..?

Quiero decir: ¿se me estará llegando la hora? Porque de otra manera no me explico esta sensación de lejanía, de tristura, de indefinida melancolía y el traer (a mal traer) cortado el humor y el ánimo contristado. La noche del fin de año fue de calosfríos y tristuras, y unas remembranzas que me tornaron a mis tiempos muchachos. Y aquel repentino suspirar. ¿Efecto del fin de año..?

Pudiera ser, por más que hasta hoy no me había dado por hacer examen de conciencia de lo que ha sido mi vida hasta hoy. Sintomático, el que haya vuelto a creer en milagros, y cómo pudiese ser de otro modo; hoy que a lo imprudente me acerco a la Gran Interrogante digo entre mí: ¿cómo no creer en milagros, si a lo repentino me descubro creyente de todo lo celestial que me troquelaron en el seminario, inmune al inmundo espectáculo que escenifican esos desbozalados cuya conducta pudiera convertirme en ateo? Sí, los politiqueros (siempre a favor del Sistema y en contra del paisanaje): los Rivera Carrera, Arizmendi y Suárez, y el golfista taurófilo, bebedor pri-panista, calderonista logrero y obispo en sus tiempos perdidos, Onésimo el de Ecatepec. Y créanme: tanto daño a las masas no lo hace ni el fundador de los Legionarios de Cristo, el presunto paidófilo padre Maciel, que arruinó a muy pocos frente a lo que esos altos prelados católicos arruina el país. Laus Deo.

Achaques de la quinta juventud; a resultas del año nuevo ahora me dio por lavar, almidonar y planchar mi conciencia, de modo tal que comienzo por extender mi perdón a todos mis amigos, y el agradecimiento a la bondad, la lealtad y la fidelidad generosa de mis enemigos. Por cuanto a los gobernantes de mi país, tarde lo reconozco: cuan equivocado estuve con Ernesto Zedillo. Yo, por supuesto, no voté por él. Mi voto fue en contra, pero pasó más el voto del Innombrable a favor (Salinas). Yo, a la hora de las capitulaciones, y aunque por su culpa no traigo cash, le doy mi perdón. Zedillo me embobilló un Fobaproa que ni bitoque de lavativa. Pero total, con poner flojitos los músculos. La factura (del Fobaproa, no del bitoque) todavía la estoy pagando, pero un consuelo me queda: ya no por mucho tiempo, que ya me voy a morir. Por cuanto a Salinas, que nada tiene de innombrable…

Yo lo perdono, al muy orejón. Nagual de Reagan y la Tatcher juntos, el pelón nos metió (ay, Dios); nos metió, digo, esa bestia rabiosa que es el Neoliberalismo, con lo que nos dio en toda la mother-nización. Ya lejos de todo, y de todo tan cerca, al De la Madrid que nos enjaretó al mother-nizador lo perdono, como perdono al que nos impuso al propio mediocre de las cejas alacranadas. Yo, porque las tengo más tiernas que Sasha Montenegro (las telas del corazón), con mis tiernas perdono a López Portillo, dondequiera que lo tenga a estas horas, ojalá que donde sospecho.

Pero calma, no alebrestarse. Demagogo fue, y populista. Petrolizó la economía
del país, elevó hasta la náusea la deuda externa, propició la inflación y peor, todavía: escribió Mis tiempos, y lo peor de lo peor: las publicó. Pero yo lo perdono. Qué milagros no obrará un examen de conciencia cuando la estremeció el aletazo de la muerte..

Echeverría: dañero mayor; sus políticas populistas empobrecieren presente y futuro del país, y peor todavía: LEA fue el cerebro gris de las guerras sucias, guerras puercas, guerras frías y las guerras de baja intensidad que el autoritarismo instrumentó desde la década de los 50s. Echeverría, exterminador de las verdaderas izquierdas, a las que asesinó con la cooptación de esas sanguijuelas talamanteras que hoy desmantelan el Sol
Azteca
. Los Chuchos de Nueva Izquierda y Cía, profesionales de la cultura de la derrota…

Díaz Hordas: en el filo de una daga se anda paseando la muerte. Tlatelolco, Plaza de las Tres Culturas, Brigada Blanca, helicópteros, luces de bengala, almacigo de cadáveres. Campo militar. Díaz Hordas. MM, Zedillo, Salinas y Cía. Yo los perdono. Con un poco que me apuren, le pido perdón…

Pero no equivocarse. No es el miedo a la muerte Es que media vida la pasé renegando de los pri-gobiernistas, execrándolos como bestias apocalípticas que, sin la más pequeñaja de las cualidades del estadista, se dedicaron a medrar, a depredar, a arruinar al país. Yo era el equivocado; no en mi rencor contra tan funestos gobernantes, sino porque creía, iluso de mí, que después de la jauría de los tricolores no podría encaramarse a Los Pinos alguno peor. ¡Y se treparon Fox, la Marta, su sucesor! (Dios.)