Es tarde…

Más tarde de lo que supones. (Mi recordatorio anual.)

«Habrás de morir, y los gusanos de la tumba se disputarán tus despojos».

Muy cierto, no importa tu mucha o tu poca edad. Reflexiona en tu tiempo de vida, en el grado de intensidad con que la vives hoy día y el provecho que día con día obtienes a nivel de espíritu. Para tan loable ejercicio qué tiempo mejor que el presente, cuando un año más, que se nos tornó uno menos, se nos fue de las manos para nunca más. Aquí las reflexiones que te envío año con año por estos días. Porque hoy, a fines del año, es más tarde de lo que piensas…

El calosfrío del tiempo que pasa El aletazo de un tiempo de vida que se nos fue para no volver, y que en los espíritus sensibles provoca esas vagas tristuras en la medianía del comelitón y los brindis. Uno anda por estos días cargado de vagas melancolías, con el ánimo encogido a la meditación del tiempo que nos enfrenta, a querer o no, con la Gran Interrogante. Yo, entonces, me di a leer al filósofo de la brevedad de la vida, el absurdo de los afanes terrenos y la fugacidad del placer. La amargura, sí, el fatalismo y la exhortación a vivir cada día en el cogollo de cada minuto: el poeta Ornar Khayyam.

El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio. Los pueblos, los animales, las flores: sombras. El resultado de tu perpetua meditación: nada…

La poesía del persa Khayyam, agridulce, se nos entrega desnuda de galas, directa, el puro hueso y el fatalismo, que para el filósofo del desencanto y la sensualidad machihembrados no existe más placer que el de los sentidos, ni más vida que la del instante; que, en derredor, la naturaleza sigue su curso, muy por encima de nuestros dramas personales, tan pequeñajos, y la angustia vital ante el tiempo que pasa; que es vano empeño la rebeldía ante el dolor y la muerte; que no nos resta más recurso, acá abajo, que exprimir el zumo de la vida y la sangre de la uva, y existir dentro de la almendra del instante, y no más; que a manera de las mejores voces del Siglo de Oro español, la existencia del hombre acá abajo no es más que sueño, polvo, sombra, olvido. Nada, pues. Soñemos, alma, soñemos, dice Segismundo entre dientes, y el mexicano:

¿Para qué contar las horas? -No volverá lo que se fue,-y si lo que ha de ser ignoras.-¡Para qué contar las horas! – ¡Para qué..!

El Rubaiyat constituye una sucesión de conceptos filosóficos bellamente armados en el molde del poema donde Khayyam alude a esos elementos que desde siempre y hasta el último día son y serán preocupación de lo humano: el tiempo en cuanto demoledor de la vida y los goces de los sentidos que, aunque efímeros, son el único medio de lograr el espejismo de vencer al tiempo, a la muerte, a la eternidad: Si yo nunca muriera – si nunca desapareciera…

El Rubaiyat: poesía pura, que es decir la más alta expresión del espíritu; aportación a la cultura universal de un ser extraordinario, de una inteligencia viva y sutil, de un soterrado sentimiento y una exacerbada sensibilidad; de un poeta que crea su poesía – filosofía del fatalismo, pagana religiosidad- en la entraña de una civilización de refinamiento y decadencia, la de la Persia de mediados del XII; de un poeta apasionado, visceralmente vivo, creador de una obra que es hoy día nueva y deslumbrante, de acentos desesperados.

¿Un sabio versado en astronomía, filosofía, matemáticas, este Khayyam? ¿Sólo «un denegador de toda creencia moral, místico sólo en apariencia, que mezcla la blasfemia con el himno místico»? ¿Para él qué es la vida.?

La vida es sólo un juego monótono en el que estás seguro de ganar dos cosas: el dolor y la muerte…

Esto leyendo me da por pensar en Job; cuánta desesperanza se advierte en tales conceptos, cuántas ansias de permanecer, cuánta zozobra mal sofrenada por la serenidad que da la sabiduría; cuan desalentada búsqueda de la verdad y qué apasionado inquirir sobre el sentido de la vida que se nos escurre para nunca más. Esto, mis valedores, es el Rubaiyat un tratado poético de moral y metafísica y filosofía en donde Khayyam expresa su visión muy particular de la vida y la humanidad; de las exigencias del destino y de las humanas rebeldías, tan magníficas cuanto ociosas, a fin de cuentas…

Un día tu alma caerá de tu cuerpo, y serás empujado tras el velo que flota entre el universo y lo cognoscible. Mientras tanto… ¡sé dichoso! No sabes de dónde vienes. No sabes a dónde vas. (Y este estremecimiento)

Tú, yo, todos, a vivir. Qué más. Qué mejor. Vivir, que es más tarde de lo que supones. Y el aletazo del tiempo. (En fin)

Carne de cañón…

Esa que se nos torna carne de hospital. Mis valedores: ¿habrá soledad humana más aplastante que la del camastro de hospital de barriada ese martes por la tarde? A propósito: erraba yo por los corredores de aquel sanatorio de mala muerte (tufos de morgue y desinfectante), cuando fui a parar frente al catre donde se encogía, posición fetal, aquel desdichado de pálida cuera y pupila ausente. A riesgo de inoportunidad o de que mi buena intención se malinterpretase: «¿Puedo serle de alguna utilidad? Traerle algo de estanquillo, llamar por teléfono a su familia..»

Mutismo. Un suspirillo. Ausente del mundo, el enfermo siguió con las pupilas fijas en la pared. Ah, la medida de la humana soledad…

– ¿Acepta que le haga compañía unos minutos? Quizá le alivie hablar de su padecimiento. O tal vez prefiere estar solo…

Silencio. Reculé. Ya abandonaba el cubículo. «Siéntese, pues…»

La silla, reflejo del hospital: una pata, quebrada; torcida otra más, y asiento y respaldo ya en fase terminal (hemorroides, vértebras torcidas). Seguí de pie. «¿Muy dolorosa la intervención quirúrgica? Lo noto alicaído».

– Y cómo tiznaos no, si yo nací para perder, sin estrella y estrellado. Yo cargo encima la mala suerte, la salación, el mal fario -un suspirillo.

Pensé: ¿sida, tal vez? ¿Cáncer? O quizá la amantísima, que lo acaba de abandonar. O la sorprendió con otro. La muerte en vida lo llevaría a atentar contra el remedo de vida que vivió después. Lo vi removerse.

– Porque yo, cuando sano, enfermo; cuando enfermo, grave Si me agravo, muerto estoy. Así me verá sempiternamente: solo y mi alma Un apestado. Cuando de mí se acuerdan, mucho peor. Ah, destino…

Afuera, ulular de trenes que a bramidos se dicen adiós. ¿O patrullas que olieron la carne humana? ¿Ambulancias enloquecidas que, parturientas, intentan dar a luz, dar sombras, su cargazón de dolor y de muerte?

– Calcule el tamaño de mi mal fario: esta cama no la dejo enfriar. Me le voy un tiempo y aún la vuelvo a encontrar cuando yo ya de regreso…

La voz del ánima arrabalera, tufaradas de alcohol, intenta a empellones entrar de la calle: «Pa qué me sirve la vida – cuando se trái amargada…»

– La Navidad aquí me la pasé, vuelto un santo cristo por cuestión de la pastorela Como a mí me tocó ser Luzbel: «¡Vencítes, .Miguel, vencites – mete tu brillante espada – ya todito me jodites – me voy mucho a la tiznada.!» Con una costilla hecha garras, que la espada de Miguel me la dejó flotante…

Y que familia no la conoce, y que con tal de sentir el humano calor y la compañía humana se ofrece para participar en cualquier empresa, en cualquier acto público. «Qué favor me pidan que yo me pueda negar. ¿Sabe que la Semana Santa participé en la pasión de Iztapalapa? Me la dieron de Judas…»

Ah, las tristuras del áspero oficio del diario vivir del quebranto, la tribulación, la amargura «Judas, qué salación. Un romano de falda tableada y sandalias se me dejó venir por derecho y mire: molacho. En el tumulto, según me dicen, fue el centurión. Pa’ mí que fue un PFP, que me la hizo de UEDO…»

El mal fario. Que aceptó actuar en la batalla del 5 de mayo. ‘Tero no me la dieron de Zaragoza. De Juárez, ya de perdida No. De Saligny, de Lorencez, de uno de esos. Un zacapoaxtla en brama de patriotismo, nacionalismo y tlachicotón, me sorrajó un puntazo de mosquetón que… ¿sabe dónde me la fue a ensartar, la bayoneta? Con decirle que me desacabaló el parecito. Tal es la síntesis de mi vida: Luzbel, Judas, zuavo, y lo peor…

– Ahora entiendo su preocupación.

– Qué va a entenderla Mire el sobre que me llegó anoche. Dele lectura

Se la di, y aquel escalofrío. Reculé. «Va a rehusar, me imagino».

– Se imagina mal. En qué tiznaos estaría yo pensando. Ya acepté.

– ¡Pero usted no escarmienta! ¿Otro papelito de pastorela de fin de año?

– Otro, y como ve, me dan a elegir. ¿Usted qué papel escogería: el del gober precioso o el de su benemérito protector, ese ministro Mariano Azuela, que a la señito Lydia Cacho se la fue a hacer de pedófilo, e hizo que Kamel Nacif se exonerara en ella.?

– Con cualquiera de tales bellacos, ¿ha calculado lo que va a perder?

– Sí, el otro, el que me queda vivo del parecito…

Mordió la almohada Lo oí sollozar. Yo reculé. Me la persigné. (Dios.)

Papalotito

Caramba, digo: ¿me atreveré a informarles de mi tragedia personal, con semejante tufillo a desvergüenza y cinismo? Fue embarazoso en verdad, y si no, calcúlenle: tener que usar a mi vieja, cuando ya ni ella ni yo estamos para tales excesos. Todo ello me sucedió una noche de miércoles…

Yo ya me había acostumbrado a la joven recién llegada, Cuando me vi precisado a requerir los servicios de la vieja, válgame, que ni los iniciales manoseos la hacían entrar en calor. Seca, reseca, sin gota de lubricación, que al tentalearla percibía sus articulaciones reumáticas, fuera de uso. «Anímate, viejita, tú puedes». Y dale con las dos manos, e inténtalo con los dedos, pero ella, nada, que ya a estas alturas de su vida se me ha vuelto insensible a cualquier incitación, así las yemas de mis dedos toquetearan sus puntos sensibles, ahora tan, pero tan insensibles. Y ni cómo revivir un cadáver. (No que más antes, ella y yo, vibrando al unísono. Qué tiempos…)

Insensible, sí, pero no por culpa suya, sino de este insensato que por la recién llegada la abandonó durante años. Si la pobre hubiese sido usada alguna vez, estimulada de vez en cuando no porque me proporcionase placer, sino tan sólo por que no se marchitase del todo, ahora, tal como cuando era joven (cuando éramos jóvenes), podría dar de sí; no que ahora me estaba dando de no; y qué hacer; derrotado en mis intentos, pensé, con Neruda- «Todo en ti fue fracaso». Y qué hacer, sino recurrir a., (pena me da confesarlo.)
Esa noche la requerí, y por principio de cuentas me la acerqué al pecho, le sobé con mis dos manos, y válgame con mi vieja, qué respuesta frustrante, humillante. Ella reseca, impaciente yo; ella insensible, yo con los entusiasmos que de tan ruda manera se me iban endriando. (Y qué hacer, sino…)

Pero yo soy tenaz, y andaba excitado, y qué más hacer, sino echar mano de la técnica manual. A mis años. Cuando me convencí de que con la vieja todo era inútil, pensé en la práctica de juventud y la puse en práctica Muy animoso comencé, pero no, que al esfuerzo me fui desinflando, lástima..

Total, que ni con la vieja ni a lo manual, que es decir a lo solitario, y ahí el dilema ¿renunciar al intento, cuando las imágenes excitantes me acalambraban la mente? Con brusquedad, lo reconozco, hice a un lado a la estéril y al propio tiempo dejé por la paz el intento manual. Y qué desaliento, qué sentimiento de frustración ante el acto fallido mientras que en la penumbra del íntimo recinto de mis escarceos me quedaba en silencio, respirando gordo, aguardando una mejor ocasión. Pensando, nomás pensando. (Qué pena No debería ser tan explícito, tan extrovertido, pero en fin.)

Recordé: tengo una amiga ducha en estos menesteres, ¿la llamaré por teléfono? Pero ella, a estas horas ya a punto de ir a la cama (a su cama), qué puede hacer. Tengo también un amigo, el único, pero caramba, ¿llegar al extremo de molestar a un varón, sabiendo que en el trance en el que me encuentro nadie, que no sea hacerme la labor por propia mano, la puede llevar a cabo por mí? Me quedé pensando, y las dudas me golpeteaban aquí, en esta sien, y ya desembarazado de mi vieja, me puse a reflexionar…

¿Sería sabotaje del EPR? El sigilo de las autoridades, ¿alta estrategia? ¿Problema del corporativo, al que tampoco le funciona su vieja? ¿Que muy poco les importamos los paisas, para que así nos avienten a buscar los servicios de cualquier vieja? ¿Indolencia de los trabajadores, que ya andan de vacaciones, que andan borrachos? Encerronas con su vieja, que nos obligan a intentarlo con la mano? ¿Qué? Lo que haya sido, pensaba, esa noche me embroqué mi camisón fiusha y ya en la cama, herido por la frustración, pensaba ¿en un país civilizado dejarían a toda una colonia del DF sin energía eléctrica el tanto de ¡cuatro larguísimos días!, como la Magdalena Contreras dejó una zona de Héroes de Padierna inutilizada por falta de luz? Así y a la viva fuerza descubrí mi inutilidad para escribir a mano después de comprobar cuánto se ha deteriorado mi vieja máquina de escribir, que el tanto de dos, tres décadas, me acompañó en el oficio de escritor, y cuánto dependo de la recién llegada computadora, y que sin energía eléctrica qué pudiesen hacer mi amiga y mi amigo, técnicos en electrónica Total que ayer, a media mañana..

Dos de Luz y Fuerza se estacionaron enfrente, y trépate a la escalera, y el tanto de 3 minutos jurgunearon cables, y ándenle, después de 4 días hágase la luz. «Era un papalote, que trasroscó los cables». Y todavía, los muy cínicos: «Ai pal chesco,
¿no?» (¡Chisu..!)

Bíblica

Y aconteció que cuando hubo Isaac envejecido, y sus ojos se ofuscaron quedando sin vista, llamó a su hijo Esaú, su hijo mayor, y díjole: «Hazme un guisado, y comeré, para que te bendiga mi alma antes que muera».

Y Rebeca estaba oyendo, y habló a Jacob su hijo: «Ve ahora al ganado, y tráeme de allí dos buenos cabritos, y haré de ellos viandas para tu padre. Se las llevarás, para que te bendiga antes de su muerte». Y tomó Rebeca los vestidos de Esaú, y vistió a Jacob, e hízole vestir sobre sus manos y sobre la cerviz donde no tenía vello, las pieles de los cabritos. Y comió Isaac, y bendijo a Jacob, y el fraude tramado por su madre, Rebeca, fue consumado.

Esto aconteció porque Isaac, hombre del pueblo, era viejo y burriciego, y porque en lugar de asumir sus obligaciones en la propia casa, toda la autoridad la había delegado en Rebeca, mujer ducha en toda suerte de engañifas y transas. La cual, con el fraude perpetrado, a Esaú despojaba de su primogenitura y herencia material en beneficio de un Jacob inescrupuloso que se agandalló todo lo obtenido de tan mala ley, y que aun se permitía repetir, el muy cínico: «Haiga sido como haiga sido…» Dios

Pero Esaú regresó, y prepara el guiso y lo ofrece a Isaac, el cual se dio cuenta del fraude, y así se dolía: «Pobre de ti, pero lo hecho, hecho está, y nada hay más que lamentar la conducta del par de transas: Rebeca, en la que delegué mi autoridad, y Jacob el impostor, que ostenta una primogenitura postiza Como me ven mansito, pero ya mero que me levanto y les forjo una mega-marchita de un solo hombre, y de la injusticia Dios hable por ti».

-¿Dios? ¡Es mi espada la que hablará por mí! Déjame ir, que tengo el sano propósito de matar al bandido.

Esto lo escuchó Rebeca, y temiendo que Esaú ejecutara su venganza por el engaño de que había sido víctima, tramó un nuevo plan, tan torcido y tan sucio como el anterior e igual de siniestro, que de inmediato comunicó al hijo cómplice. Ambos lo ejecutaron puntualmente, y fue como sigue:

Pululaba en la tribu una mafia de facinerosos de pésima reputación y renegridos antecedentes, pandilla de aventureros amantes del logro y de la engañifa, peritos en la simulación, que medraban de la venta de conciencia al mejor postor. A tales bellacos Rebeca manda llamar, y ya en su presencia les expone el plan, y ellos le exponen el precio, y al término de un vigoroso regateo, la mafia nueva-izquierdosa se dispuso a ejecutar el plan, y entonces…

Esa noche el hogar de Isaac y Rebeca fue estremecido por grandes gritos. «¿Y esa escandalera? ¿Mi hijo Esaú aplica un justo castigo al impostor?» Zalamera, Rebeca: «Cálmese mi amado señor. Son los muy fieles amigos de vuestro Esaú, que han venido a manifestarle su indeclinable lealtad. Duérmase en paz, señor mío».

Y sí, los gritos salían de los malandrines, que habían penetrado a la habitación donde Esaú dormía, y blandiendo sendos garrotes lo aporreaban y a grandes voces gritábanle:

«¡Estamos contigo, bienamado Esaú. Para nosotros tú eres el legitimo. Al impostor nunca habremos de reconocerlo!» Y guiñaban el ojo y sonreían al ilegítimo, y venga, garrotazo tras garrotazo en la testa de Esaú. «¡Todo lo que tú hagas tiene nuestro respaldo! ¡A donde vayas iremos contigo! ¡Al impostor todo nuestro desprecio!» Y sonreían al susodicho. En su lecho yacía un Esaú privado del sentido, y entonces…

Óiganlos. Encabezados por el inspector y tal como lo planeara Rebeca (la autoridad), los bellacos saquean la casa, y el ruido lo escucha Isaac, y a grandes voces clamaba: «Algo ocurre en mi casa Estoy ciego, pero no sordo, y me espanta semejante alboroto. Anda ver de qué se trata, Rebeca«.

– Tranquilícese mi señor, que ahora voy a apaciguar las manifestaciones de afecto y lealtad que los amigos manifiestan al amado Esaú.

Y fue y se puso a trajinar en una parte de la casa, mientras Isaac y la pandilla seguían con la depredación. Y ocurrió que ya cargados con los tesoros de la casa y antes de huir con el impostor, los nuevo-izquierdosos tenían ya los platos servidos, con Rebeca de cocinera, y se sentaron a la mesa mientras escuchaban las últimas instrucciones de la torva autoridad:

-En llenando la tripa se me van de custodios de mi hijo Jacob hasta que llegue con mis parientes. Unas buenas migajas del botín serán para ustedes.

La noche estalló en ladridos de todos los chuchos. En brama.. (Y ya)

Aleluya…

(Rito anual, para todos ustedes el presente retablillo navideño.)

– Por fin has vuelto, José. Toma mis manos…

Engarruñada sobre el montón de paja, María la doncella se cimbra a los espasmos de las entrañas, tiritando al viento decembrino que se cuela por entre las piedras más asentadas. Belén.

– Cuánto tardaste, José

– Perdonarás la tardanza, mujer. ¿Sabes? Los pies se me fatigaron del mercado al tianguis en procura de ese objeto exótico que es el tal arbolillo de Navidad, y de luces y esferas, y musgo, y escarcha. Los ojos se me iban tras de confites y canelones, y cacahuates y colación, y un par de regalitos, el tuyo y el de Jesusillo. Pero María, si hubieses visto los precios. ¿Pues a qué ciudad de rapaces hemos venido a parar? ¿En manos de qué mercachifles vino a parar el misterio santo de la Navidad? Si hubieses visto los precios… -Y en dólares!

– Siéntate aquí. Pon mi cabeza en tu pecho. Dime que guardas con júbilo la llegada del Niño.

– ¿Por quién, si no por ustedes dos, intenté entibiar este pesebre? Por ti, María; por él, para que él no se hiciera una idea demasiado lóbrega de esta que vendrá a ser su tierra hasta el día del Carmelo.

– El frío, José, para las carnes desnudas del que está por llegar.

– Y ni cómo proporcionarle una chispa de calor, porque en la ciudad: ¿arbolitos? Ni de plástico. Carísimos. ¿Pelo de ángel? «Qué bicho es ese», y se mofaron. Y que la
escarcha es importada (escarcha en el trópico. Ah, mentes colonizadas), y foquillos y esferas, costosísimos, y una triste estrellita de sololoy haz de cuenta que les pedía la estrella de Oriente.

– Pon aquí tu mano. ¿Sientes la llegada del Niño? ¡Está por llegar a este mundo, compañero! Creo que voy a gritar un poco. Quedo…

– Animo, aprieta mi mano, resuella hondo. Llámalo por su nombre.

– Jesús, Unigénito…

– Y fue así como tuve que renunciar a los entrañables símbolos de Navidad y resignarme al recurso de los pobretes: el nacimiento.

– ¡Jesús, Jesusillo, ven ya, ven..!

– Pero ni para un pobre nacimiento pudieron alcanzar los dineros. De comercio en comercio todo se me fue en suspirar. María, ¿sabías que este país ya todo es importado? ¿Pues qué fue de Galilea, que así se ha dejado enajenar al Imperio Romano? ¿Qué ralea de desnaturalizados es esta de los galileos, que así han vendido o dejado que les enajenen su tierra? Dios

. – ¡Llega, Jesús, ven con los tuyos. Allá en las alturas, suspensa en ese cacho de firmamento, la estrella del Oriente aguarda por ti, y por ti Tronos y Potestades afinan arpas y cítaras. Ven, y en tu busca llegará la arribazón de cristianos a la gloria de Dios

– No, María, de los que se nombran católicos ya nada esperes. En este mundo, mujer, el espíritu de la Navidad ha sido trocado por el espíritu del vino. Con los vapores vinosos qué puede interesarles un simple recién nacido entre paja y pasturas de un pesebre de Belén.

– ¡Ya llega, José! ¡Ya el Ungido se acerca.!

– Mira a lo lejos el reguero de luces: Belén. Música, luz, alegría. Alegría, sí, pero embotellada Pobre Galilea, Jesús. ¿Valdrá una gota de tu sangre..?

– Está por llegar. Ya llega Siento que toda mi carne se transfigura..

– Ya los cielos afinan celestas y virginales y flautas dulces. Arcángeles y Serafines se aprestan a entonar la gloria del que se desasosiega en tu vientre, María; del León de Judá, que viene a instaurar en las Galileas de este mundo la Palabra Nueva y la Paz, el amor de todos para todos. Hosanna en las alturas.

– Ah, los desgarramientos…

– Animo, María, respira hondo, llámalo por su nombre, ayúdalo a bien nacer como a bien morir habrás de ayudarlo.

Jesús, hijo, pequeñín ¡hijo del Hombre!

– ¡Cristo ha nacido! ¡Aleluya! ¡Emmanuel! ¡Dios con nosotros! Y el milagro nuevo: ¿los oyes? Por los caminos resuenan los guaraches de pastores y rabadanes, y vagabundos y trashumantes. ¡Vienen a la adoración..!

-Por qué tan pronto esas lágrimas, Niño

– Si al menos un poco de infusión para con lago tibio recibir a unos cristianos muertos de frío. Pero tú reposa, que el niño ya está contigo. Ya en las alturas se delinea la escala de Jacob. Ya paren los cielos, y la tierra se cimbra en estremecimientos por más que ebria, Galilea no los perciba ¡Gloria al Chamaco que arrullas entre tus brazos! Anda, María, ábrete la túnica y dale de tu leche, que Jesús el Niño comienza a llorar…

A su memoria…

Los hoy muertos y heridos se encontraban ayer aquí, a orillas de Acteal, rezando. Estaban rezando. Asi, de rodillas, los balacearon por la espalda. Jesucristo Nuestro Señor, Príncipe de la Paz, el Verbo que vino a poner su morada entre nosotros, fue recibido por algunos y rechazado por las tinieblas…

Hoy recuerdo a los mártires de Acteal, mis valedores, tal como los he venido trayendo a la memoria colectiva desde 1997, cuando un 22 de diciembre la comunidad chiapaneca quedó regada de cadáveres. Aquí, porque no se nos muera la memoria histórica, las vivas palabras de monseñor Samuel Ruiz que así lo expresaba en su Carta pastoral de la Navidad de 1997:

«A todo el pueblo de Dios que peregrina en nuestra sufrida Diócesis de San Cristóbal de las Casas. A todos nuestros hermanos. Agentes de pastoral:

Por si acaso hubiéramos olvidado que la verdadera Navidad se da en un contexto trágico de opresión y dominio, de inseguridad y puertas cerradas, de persecución y exilio y aun de verdadero genocidio, los acontecimientos de estos días en Chenalhó nos lo vienen a recordar. La dicha más grande que el mundo ha conocido: el nacimiento en nuestra carne del Verbo de Dios, aconteció en el marco doloroso del mayor sufrimiento. La luz verdadera irrumpe en medio de las más densa niebla. La Navidad de este año es para el pueblo cristiano de nuestra Diócesis, de nuestro estado y del país entero, una Navidad luctuosa No sólo es ignominioso el número comprobado, hasta el día de hoy, de muertos (45) y de heridos (25), muchos de ellos menores de edad, sino sobre todo el clima de violencia creciente e impune denunciado acuciosamente a las autoridades que lo podían haber frenado, con anterioridad a este indignante desenlace.

Son tantas las circunstancias agravantes que hacen de este doloroso acontecimiento un verdadero crimen contra la humanidad. El hecho de que el ataque fuera perpetrado por hombres adultos, armados contra un grupo mayoritariamente de mujeres y niños desarmados. El hecho de que ese grupo victimario -«Las Abejas»- sea precisamente uno que ha hecho profesión pública y desde hace tiempo de su opción por los medios civiles, pacíficos y no violentos para la consecución de sus demandas, aun cuando viven y trabajan en el corazón de una zona donde la violencia se ha enseñoreado. El hecho de que las víctimas fueran un grupo de personas recientemente hostigadas hasta el punto de ser obligadas a abandonar sus casas y poblaciones, pues en Acteal se encontraban ya en calidad de desplazados.

El hecho de que el ataque se haya verificado precisamente en un momento en que estaban reunidos en la ermita del poblado, orando por la paz; y seguramente orando por quienes los perseguían. Conocemos que tal es la calidad cristiana de esos hermanos y hermanas. ¡Qué horrible paradoja que el mismo día en que pudieron ser abiertas algunas ermitas que habían estado cerradas y ocupadas por grupos armados de civiles y de policías, en este mismo día, en una ermita de la zona de Los altos hayan sido masacrados todos estos cristianos! En el espacio de lo sagrado irrumpe la violencia.. ¡Y para este pueblo tan hondamente religioso! Toda la tradición judeo-cristiana, secular, de que los templos son Santuarios para los perseguidos, ha sido aquí pisoteada.

El hecho de que hoy, a muy temprana hora, las autoridades del estado hayan ordenado recoger todos los cadáveres, quizás con argumentos jurídicos o sanitarios funcionales (podrán hablar de la necesidad de practicar autopsia o evitar una peste), viene a convertirse en un agravio más, y no menor, a los sobrevivientes de la masacre. Ellos han venido hasta nosotros, suplicantes:

– ¡Queremos enterrar a nuestros muertos! ¡No dejen que se los lleven..!

Quien conoce el alma indígena sabe hasta qué punto es existencialmente indispensable hacer el duelo, llorar a los muertos. ¿Será que hasta ese consuelo les va a ser arrebatado? Sólo por la fe y con ayuda de la revelación podemos comprender que así es la Navidad verdadera Esta, y no la de la sociedad de consumo, es la que permite entender a fondo el misterio de la Encarnación. Aquí, en Chiapas, algo nuevo está naciendo, y no concluirá el parto sin estas dosis estrujantes de dolor…

Cuánto trabajo nos cuesta en este momento, decir: ¡Feliz Navidad! A nuestra sensibilidad humana nos parece que el Niño nace muerto…»

Chiapas, Chenalhó, Las Abejas. Los masacrados de Acteal viven. Y reclaman.
(Óiganlos.)

Tienen a quien pedirle justicia

Vicente Fox es un ser transparente. No tiene cola que le pisen. Su único delito consistió en abrir la puerta de la democracia en México. Eso es lo que agravió al PRI y al Partido de la Revolución Democrática…

Tal afirmación de un Manuel Mijares, panista exhibe la clase de «justicia» que se imparte en este país. Yo, en mi mente el fallo, la falla aberrante de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (vaya titulazo rimbombante) en el caso de la periodista Lidia Cacho y el gobernador de Puebla Mario Marín, protector de paidófilos y pederastas, hablo de la justicia

Ella no es, mis valedores, un estado de cosas; no consiste en programas gubernamentales, no. La justicia es el elemento vital para la vida de una comunidad. Cuando en esa comunidad existe la justicia las masas viven ordenadas y son, por lo mismo, justas y armónicas. La justicia es su sangre, su savia su oxígeno. Cuando los miembros de esa comunidad perciben que existe la justicia son capaces de la epopeya La larga marcha de Mao, el corte de caña en Cuba, la expropiación petrolera en México, con la gente entregando a Cárdenas las joyas de la familia Cuando percibe que no existe la justicia esa comunidad se agosta se erosiona se resquebraja y termina en cínica Esto, porque vive en la inseguridad y en la incertidumbre; porque ha perdido la fe en sus valores establecidos; porque existe el miedo y el rencor, carente de un mañana que le dé confianza seguridad, certidumbre…

Es la Suprema Corte de Justicia la encargada de impartirla con el recurso legal como solo instrumento. Sus juicios son inapelables. Ah, pues resulta muy a propósito como para leer entre líneas contrastar lo que es con lo que debería ser. En su ensayo titulado «La Suprema Corte de Justicia, defensora de la Constitución», lo afirma, contundente, el panista Gabriel Jiménez Remus:

«La realización de la justicia es atribución primaria del Estado. La honesta objetiva y fecunda actuación de este valor es la mejor garantía que puede otorgarse a los derechos fundamentales de la persona humana y de las comunidades naturales. Es, además, condición necesaria de la armonía social y del bien común». Perfecto. Ahora, más allá de teorías, la realidad objetiva

«La Procuraduría General de la República eludió hablar sobre la averiguación previa que integra contra el ex presidente Vicente Fox y el estado que ésta guarda. ‘Es información reservada»’, su argumento. Sigue Jiménez Remus: «Es importante la aplicación justa de la ley por los tribunales; pero un verdadero Estado de derecho exige, además, la elaboración de normas auténticamente jurídicas y un esfuerzo concurrente de la totalidad de los órganos del Estado, presidido por la justicia e inspirado en ella El anhelo de una recta ordenada y generosa administración de justicia y la necesidad de que los encargados de la magistratura llenen las cualidades irreemplazables de elevada actitud de conciencia ilustrado criterio, limpieza de juicio y honradez ejemplar, no por constituir un problema cotidiano, dejan de tener una significación que toca la esencia misma de la función del Estado» perfecto.

«El poder especialmente encargado de hacer justicia debe corresponder a la dignidad trascendental de su misión, con acendrada responsabilidad, firme independencia y enérgica actitud, como guardián celoso y activo agente de la protección del derecho, no sólo contra las transgresiones de los particulares, sino principalmente contra toda desviación o abuso del poder. (…) De la eficacia de un Estado de derecho en la vida de México es particularmente responsable la justicia federal, cuyas funciones de poder se ejercitan principalmente a través del control de la institucionalidad de los actos de los demás poderes, que la Constitución federal ha puesto en sus manos…»

Perfecto, sí, pero la realidad objetiva en voz del panista Rodríguez Prats:

Fox fue un mandatario honesto, y tan es asi que en su administración propició la El linchamiento es una actitud de venganza, de revancha obscena. Ni Fox ni Marta merecen ese trato…»

Por último, la justicia en dos notas del mes. «Por falta de pruebas liberan a un simpatizante de la APPO. Estuvo preso 11 meses, y «Oran por justicia a la guadalupana». (Dios…)

Del sancho, denme razón

Que hablen otros del Don Quijote, caballero sin tacha, espejo y flor de la andante caballería. Yo, porque también nos incumbe, les traigo a cuento (a fabulilla) la presencia del escudero, y es que, ¿me lo creerán? ocurrió que un día de estos me lo fui a topar por ahí de la media tarde, ya al pardear, en la medianía del páramo castellano. Y qué derrengado lo observé, culpa del zafio humor y el maltrato de los payos que en la Barataría me lo tuvieron a yerbas y agua durante los días del fingido gobierno. Ah, el grueso humor de los necios…

Y es que unos mentados duques, por hacer burla de él, fingieron ponerlo de gobernante en la ínsula Barataría, donde fue objeto de chanzas, burletas, donaires y malas bromas de los lugareños, que estaban en el secreto. Ahora Sancho venía, solo y su alma, por los campos de MontieL.

– Qué pasó, no tizne, no venga a mentarme ese corrupto de miércoles.

Por los campos de Castilla. Lo atraje con suavidad, lo senté a la vera de la vereda, le ofrecí un cacho de queso con agua del manantial. «Qué bueno que les largó su gubernatura», pensé al verlo tan derrengado, sobre todo del ánimo.

– Pero yo renuncié como varón honrado, no como un sinvergüenza Montiel, y no fueron las vejaciones las que me hicieron renunciar (mascaba con avidez). Visto está que a mí, sombra negra, me sigue

la salación. En la Barataría o con mi don Quijote, da igual: mojicones, garrotazos, malpasadas, manteadas, algunas de manta y otras de madre-Suspiró, y oteaba la ínsula, que se columbraba allá, en la purísima lejanía. «No fue benigno el gobierno, por lo que veo», me atreví a opinar.

– Y cómo iba a serlo, si todo fue llegar yo a la Barataría y los paisas a burlarse de mí, yo ajeno a la conjura Un volco de campanas fue el recibimiento, y un soplar de chirimías y badajear de tambores la fiesta de bienvenida En fingido triunfo me condujeron hasta el sillón donde a lo solemne me invistieron de gobernador. Y a la impartición de justicia..

– ¿Usted? -no puede sofrenar la indiscreción, qué pena

– Yo, sí. No seré la Suprema Corte, pero soy varón, cargo las vergüenzas en su lugar y estoy acostumbrado a manejar hatos de cabras y algún chivón. ¿Algo más se precisa para impartir justicia?

Mientras él seguía mascando yo recordaba la crónica de Cervantes. El asiento de gobernador aún sin tibiar, los payos presentaron a Sancho los casos que ameritaban justicia; mozas garridas en pleitos de honra viudas en entredicho, vecinos que se querellan por piezas de oro, en fin. Ahí sentenció Sancho y ahí resplandeció la Justicia mayúscula, no una justicia que mal aborta Montieles, Madrazos, Manolos Bribiesca, Fobaproas. He aquí al escudero inmortal, meneando la vara de la Justicia y absolviendo a éste y condenando a aquél mientras desenreda tramposas querellas y nutre a los lugareños con el fruto dulcísimo de la Justicia, sustento de espíritus. En esas llegó la noche, y Sancho se disponía a la merienda reparadora y el lecho no reparador, porque el escudero iba a dormir solo, cuando en eso, la huida..

– ¿Huida yo? Está usted muy mal informado. Si hambre y privaciones padecí cuando gobernante, ello fue porque no soy logrero sino hombre de bien, y porque los payos se confabularon para mortificar al escudero metido a gobernador (zapatero a tus etc.), al que mantuvieron a frutillas y tragos de agua mientras ellos se allegaban perdices y salpicón. Pero perdices son cosa de antaño. Por estas fechas el paisano se alimenta peor que yo mismo: yerbas, nopales y esperanzas. Lástima que ya empiezan a escasear. Más antes, muchas tunas ya limpias de espinas: hoy, muchas espinas ya limpias de tunas…
– Paupérrima, la tal Barataría

– Paquísima querrá decir: bosques, aguas, buenas tierras y vetas preñadas de todo metal. Hasta petróleo, eche cuentas.

– ¿Y los payos enyerbándose a puras yerbas? No entiendo.

– Rica es la Barataría pero como si no lo fuese; riqueza tal ya no es de los lugareños, que los gobernantes vendepatrias y entreguistas se las dieron a los del Norte. Yo quise recuperar la soberanía de la ínsul, ¿pero solo?

– Cómo de que solo. ¿Y entonces los paisas..?

– ¿Esos? A quéjese y quéjese, a reniegue y reniegue, a exige y exige y a espera y espera una y otra vez, irracional esperanza, que esta vez sí se les haga con el nuevo en Los Pinos. Y a desilusionarse una vez más, y vuelta a empezar, ratoncillos desbocados en una banda sin fin. Fue por eso que decidí renunciar: por vergüenza ella ajena también. Grábese esto: cuando en la dieta de todos los días no se tiene la precaución de incluir huevos se acaba sobreviviendo a punta de yerbas, y a puras yerbas ya cuáles huevos. ¿La pescó, bigotón?
Me quedé pensando. Me palpé, por las dudas, y …¡ el puro huequito!(Válgame.)

¿Justicia, Fox, linchamientos?

Si a miles de personas las torturan en este país, ¿de qué se queja la señora Cacho? ¿Qué la hace diferente o importante para distraer a la Corte en un caso individual..?

Tal acaba de asegurarlo un Salvador Aguirre Anguiano, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y siguió tan campante. Muy cierto resulta, y para describirlo me atengo al título de la obra de la ensayista norteamericana que cita el periodista Méndez Acosta: el nuestro es un tiempo de canallas. El tiempo de los canallas, precisamente, sobre todo en asuntos de ley y justicia. Tiempo de canallas, y lo que resulta más grave, y cito el título de otro libro famoso: los canallas duermen en paz, luego de que intereses mostrencos de tufo politiquero los arrastraron a la desmesura de extender patente de impunidad a cierto gobernante que en obsequio de una mafia de pederastas violó los derechos fundamentales de una profesional del periodismo. ¿Lo dije antes? Es México.

Aberrante resulta que los propios jueces, que por aferrarse a la letra y desdeñar el espíritu de las leyes, con ellas mismas hayan perpetrado tan descomunal injusticia. Y es que, por lo visto, en este país leyes y justicia son elementos contrapunteados, dos entidades separadas y aun antagónicas, y es una lástima, porque la justicia es, con la vida, el supremo valor del humano y de la comunidad, y un medio con el que se alcanza el máximo de felicidad -de bienestar, cuando menos- para el mayor número de humanos, ya que es por medio de la justicia como se intenta que las libertades y la repartición de bienes sean las adecuadas. Lástima..

Así es: la justicia con la propia vida, constituye el supremo valor del humano y la máxima virtud de toda comunidad. La justicia es la suprema aspiración del humano, pero para el humano, ruda paradoja es la injusticia su segunda naturaleza La desigualdad está presente en el hombre desde su nacimiento, y lo acompaña hasta que deja de ser. Tan escasa resulta entre los humanos, y tan apreciada que la imaginación le ha ideado y urdido mundos ideales, donde tal aspiración es un hecho fehaciente: para los habitantes de tales mundos imaginarios existe una perfecta justicia El Edén y La Antártida, La Edad de oro, La Ciudad del Sol, La ciudad de Dios, . La Utopia, El Falansterio y el socialismo ideal, en fin. Utopías son estas imaginadas en razón directa de nuestra imperfección como humanos.

De la justicia poco sabemos los mexicanos, pero con la injusticia todos estamos familiarizados, porque de ella existen siempre entre nosotros cuando menos un par de testigos: la víctima y el victimario. Esta vez, mis valedores, la testigo y víctima de la injusticia tiene un nombre propio y una profesión: Lydia Cacho, periodista Los injustos: una mafia de pederastas, un gobernador, una Suprema Corte de Injusticia de la Nación. Es México.

Cuando en una comunidad no existe la justicia en las masas afloran los peores instintos. Es entonces cuando los agraviados están dispuestos al linchamiento, esa patología que los tales apodan, a lo ignorante, «hacerse justicia por propia mano». Mediocres caídos en el más bajo nivel de bestialismo, no saben distinguir entre lo que es justicia y lo que no pasa de ser vil venganza Esa que no constituye la más baja, atroz y salvaje manifestación de animalidad sería menos aberrante, si los linchadores lo declarasen:

– Es venganza lo sabemos bien, pero con todo y serlo, vamos a perpetrar el linchamiento.
Mis valedores: ¿imaginan ustedes a unos catedráticos de la UNAM participando en un linchamiento? ¿Rociando con gasolina a un humano indefenso? ¿Encendiendo el cerillo para que el ente humano arda hasta que pierda la vida? Para que una turba enardecida perpetre un linchamiento (y todavía le apode «justicia»), ¿cuánto ha sido preciso carecer de la dicha justicia? Pederastia, violación, Suprema Corte de Justicia. San Martin Cuautlalpan, 7 de dic. del 2007: «Elementos de la Agencia de Seguridad Estatal rescataron al profesor de primaria Villegas García de manos de 200 vecinos enardecidos quienes lo querían linchar ante la presunción de que habla violado a una alumna…»

Justicia y Suprema Corta(e) de la Nación… (en el próximo.)

La carne manda

Esta sentencia, mis valedores, ¿viene de Freud, del Tenorio o del Kama Sutra? Aquí, entre dos suspirillos y por no perder la costumbre, la repito yo, gusanillo que se anida en la pulpa de la soledad. La carne manda. No lloro, nomás me acuerdo…

La carne manda. Tal es el nombre de la carnicería de aquí a dos cuadras, hasta donde me descolgué ayer con ánimo de merecer mis 200 gramos de retazo con hueso, pellejos y menudencias para mi perro (supiera el morrongo que me despacha -en el sentido honesto del término-que yo ni a perraco llego). La carne manda, cortes finos, los precios más bajos de la entidad. Atención esmerada a sus clientes, favorecedores, amigos y público en general Llame, nosotros vamos…

Y así fue el asunto: ayer, a media mañana, enfilé rumbo al carnoso establecimiento con ánimo de surtir mi pedido de pellejos, retacería y menudencias. Ya iba yo salivando; y sí, entré al cárnico local, y ahí se me vino, de golpe, el colorido aspecto del negocio aquel: gachos hasta la caramba de lomos y pulpas, cuetes y sirlón, chambarete y retazo con hueso, bofes,

costillas y menudencias, tripa gorda y aledaños. Ahí, echado en el rincón, y me dio una pena mirarlo, el clásico Solovino, ñengo él, trasijadón, metáfora viva, aunque a medio morir, de un paisanaje víctima a estas horas del capitalismo salvaje que, por la vía de su gerente general en la sucursal mexicana, le impone el Imperio a punta de gasolinazos. Es México

¿Qué en qué se parece el perraco de la carnicería a los 105 millones de paisas que habitamos este país? Casi en nada: el perraco está ahí nomás, mirando la cara y lambiéndose el vamos a decir hocico. El parecido, piénsenlo. Como siempre, detrás del mostrador, observé al carnicero con su bata blanca manchada de sangraza que hagan de cuenta doctorcito del hospital general. Entrando apenas, le dije:

– Amigo carnoso: ¿a cómo le amanecieron hoy sus menudencias..?’

Ni caso me hizo. El carnívoro siguió en los preparativos para destazar un animal. Vi cómo empuñó su instrumento para destazar la res en canal (puntiagudo, filoso, de acero templado), para luego afilarlo minuciosamente con la chaira, que no es ningún albur, porque así se llama. Yo, entonces, me quedé observando al de los y las bofes y menudencias. «Señor…»

Tosco de aspecto, jetón, rostro como desbastado a hachazos, sombrías las facciones de forajido, de ex presidiario que se fugó del penal, y esa mirada huidiza, sesgada, rescoldo de una conciencia podrida A ese no me lo den por bueno, pensé. ¿Quién podrá se el carnicero este? En algún lugar he visto esa carita de… de… de matancero, pues de qué más. El cual,
una vez que afiló el verduguillo, tranchete, guaparra moruna o como se llame, le probó el filo, acomodó en el medio tronco de madera la carne que se disponía a destazar, a abrir el canal. ¿Era un borrego, un guey, un cabro, tal vez en aumentativo? ¿Qué res se disponía a abrir en canal? Dije: «Sus menudencias».

Pero un momento. ¡Reconocí al carnicero, claro que lo reconocí! Ya se me hacía cara conocida Pues cómo carambas no, si lo he visto en tantas fotos de nota roja Pues sí, pero entonces, ¿la vaca, el buey chivo, cabrito o cabro grandón? A ver si lo reconozco. Pero… ¡no puede ser! Cuál cabro, cuál chivo, cuál buey. ¡Es un animal familiar para tantos! ¡Y tendido con él, para aprovechar el tajarrazo, tiene un borrego a medio morir, válgame..!

Y ocurrió, mis valedores, que antes de tirase amatar, a destazar al animalejo que tenía bajo el machete, y despellejarlo, y dejarlo para el menudeo, el morrongo mira hacia el frente, allá para el rumbo de Chapultepec, de zoológico, y lo que vino después me provocó asco, repugnancia, de modo tal que me salí sin más pellejos que estos, miren, los que me va aportando, y gratis, el padrecito Tiempo. Todavía al retirarme escuchaba a Jesús Ortega, el chucho más chucho de todos los chuchos talamanteros:

– ¿Corte en canal, destazarlo, quitarle el cuero, patrón? ¿En cuántos cachos le dejo el Peje? El PRD, ¿se lo preparo pa albóndigas? ¿Carne molida pa picadillo, patrón? Usted dice
Brazo en alto, machete en mano y… ¡rájale!. (Puagh.)

Baile, mi rey..

Los bailes populares. Cómo olvidar aquéllos (taquicardia, sudor, trepidaciones) que de escenario tuvieron, ¿tienen todavía?, el Salón Los Angeles, y quien no conoce Los Angeles no conoce la gloria; el California Dancing Club, dos orquestas dos; el Salón Colonia, que problemas financieros están a punto de cerrar, si no es que ya lo cerraron, y tantos más que han sido. Los bailongos…

Los vieron y vivieron todos ustedes que arañan el tostón o de plano reciben bono de «tercera edad». Ya entre semana, ya el sábado, todos a embrocarse el buen tacuche, o sea el tando, el plumaje, y los cascorros de dos vistas, en blanco y negro, y a danzonear como Dios y El Nereidas lo mandan. Ah, los tiempos que fueron no de un simple Fox sino del fox trot, del bugi y la conga, la guaracha y el danzón; las épocas de la rumba y el mambo y el chachachá, y ahora a moverlas al ritmo de la salsa y el rocanrol, y vuelta al danzón, que no es de las modas efímeras. «¡Hey, familia..!»

Qué tiempos. (Ella, la de la piel canela y el púrpura corazón bordado en la blusa transparente y sutil. Ella, que siendo tan niña me enseñó a pecar. ¿Cuál fue tu nombre, dónde te hallas a estas horas, qué tierras andas pisando, vives todavía? Y es que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. ¿Me permiten? Los moquis, el lagrimón…)

Hoy día, en la era del terrorismo de Estado, que es el de Bush y sus perros de guerra, del mal, pareciera que vuelve la moda del baile de salón. Cuento de nunca acabar y esto lo viví la noche del sábado anterior en la cancha de La Floresta, salón para bautizos, primeras comuniones, quince años, fiestas de graduación, bodas, defunciones y vuelta a empezar con bautizos. El maestro de ceremonias: «Tú, quinceañera feliz, que arribas a la edad de las ilusiones color de rosa. Pido un aplauso aquí para la agraciada…»

Llegué al Floresta, me atejoné en un rincón, observé a las parejas: entusiastas, escurriendo sudor; todas, al son de la Sonora Rastacuera, bailoteaban pecho a pecho, cachete con cachete, cuadril con cuadril, monte con monte (de Venus), y muévete como… (agréguenle el resto.) En el equipo de sonido se había soltado aquella música en brama, descoyuntada epilepsia, que forzaba a bailadoras y bailadores a zangolotearse como al afecto del calambre, de las convulsiones. Y de repente, mis valedores…

Lo insólito: aquella pareja tan dispareja Ella una morena en la medianía de la edad; a remolque llevaba y traía a cierto chaparrín al que cargaba en vilo; el cual, todo apocado, entre sudores de pena y jadeos imploraba con aquella su vocecita «Le suplico que me baje y entienda por favor que a este bailongo yo no vine a bailar y menos a que me bailen. Bájeme, señorita se lo suplico…»

La morenaza sin escuchar, meneaba al jetoncito y lo traqueteaba al ritmo de la delicada romanza «¡Lósquestán bailando ya saben, ya saben!» Zancas al aire, jadeante, asfixiándose, el peloncito: ¿No habrá modo, digo? ¿Me está oyendo? Ya bájeme, que me entran ganas de guacarear».

Qué lo iba a oír. Qué lo iba a bajar. Ahora al grito de ¡rock!, ya lo estruja ya coge (de perinola), lo zangolotea me Ío trae a remolque y a punta de asfixia porque, baila bailando, le incrustó la cara con todo y mostachos, en el parteaguas coyuntural del pecho, que se la corta (la respiración). El de lentes jala oxígeno a lo desatinado, y válgame: la prieta lo aprieta lo carga en vilo y lo hace bailar como se le hinchan sus ganglios. El, a remolque, pataleado al aire y a la de a hueso dejándose remolcar.

– Ya bájeme y nos echamos un carrereado, ¿no? Un acuerdo conjunto, algún plan para taparle el ojo. Al macho, quiero decir…

Y ocurrió, mis valedores, que de repente: ¡El rescapetate! Acechando y sosteniéndose en el sostén de la morenaza oí, suplicar al de la vocecita ‘Ya seño Condoleezza, ya miando (¿qué?) ya miando, mariando y queriendo guacarear. Yo sólo vine a suplicarle que disfrace tantito la Iniciativa Mérida. Que usted o su patrón, señito, declaren ante el mundo que la idea fue mía nomás; que no den a maliciar que por mi carácter de jericalla, Bush ha tomado de su excusado el territorio y la soberanía de este país. Y luego yo, que a la de a cojón, tengo que limpiar el batidillo…»

Ah, la vergüenza al que patalea zanquitas al aire, la genocida perra de guerra (sonrisa de burla donaire, ironías) muestra unos dientes blanquísimos:

– Ohu, chaparritou, Bailar ousté divinamente…
Really? (Ouh…)

A la rorro, niño…

«Lo que me recuerda», dijo el maestro en la tertulia de anoche, «la cancioncilla con que nuestra madre nos arrullaba en la cuna». Nomás me quedé pensando, porque yo, mis valedores, de que tuve madre estoy bien seguro, ¿pero canción? Sólo me consta que cuna no conocí: yo, petate, que nací no pobre, sino indigente Adquirí y preservo la cultura de la pobreza Y la paz.

– Pero aquí el bigotón -la tía Conchis ; que hable de la canción de cuna o calle para siempre.

Hablé. La canción de cuna que la madre modula a media voz en tanto que por la ventana se filtra la luna. Allá, en los bajíos de la comba tenebra, desflórase el silencioso desparramadero de estrellas errantes, y yo me apresuro a expresar un deseo: «Que ella, mi única…»

La canción de cuna y el cuentecillo infantil. Erase que se era, allá en tiempos de los sueños color de rosa -rosa mexicano-, un reino feliz, y en el reino feliz un caserío más feliz todavía, al que solían apodar ciudad perdida: un derramadero de chocitas, magia y encantamiento, que en techos y muros, restos de anuncios comerciales, cantaba la chispa de la vida Qué bien.

Y ocurrió, mis valedores, que en uno de tales hogares color de rosa rosa mexicano, cierta noche de agosto dormitaba un tierno infante, querubín como trazado a la imaginación de Disney: vientre color de rosa rebosante de esos bichitos rosa mexicano, que se crían en los rosados intestinos de los infantes en esta democracia rosa amibas, lombrices, solitaria salmoneras, estafilococos. Poéticos nombres. Y el poeta mi país; ah, mi país…

He ahí al querube removiéndose en su cuna adorable muestra de la artesanía popular: un huacal aguacatero forrado con las páginas de sociales, páginas cuic de la gente bonita Y qué palidez marfilínea en la piel del rorro, que a dos pulmones berrea «¡Cuña cuñáaa..!»

En eso que el rey del hogar penetra el castillo, y que al llanto del heredero -heredero del Fóbaproa, la deuda externa los gasolinazos – se descarga del negocio que lo trajo de esquina a esquina durante el -¿santo?- día chicles, clinis, aguacates sin semilla tarugaditas de plástico. Fayuca Taiwan. En su huacal, desmorecido, el querube: «¡Cuña cuñaá..»:»

– Por qué llora el niño.

– ¡Cuña cuñáaa.!

– ¿Los cólicos, mi hijo? ¿Las pulgas, las chinches? ¿Qué tiene mi niño?

Y que cuña, cuña, y de ahí no lo sacan. El padre, entrañitas tiernas y reblandecida congoja busca leche, azúcar, pan, algo en la alacena Vacía

– Ya sé. Para dormirte sin cenar te voy a contar un cuento.

El cuento infantil, tartajeado con voz abrojuda en el silencio nocturnal de un tercermundismo rosa Y la magia prodigiosa del cuento: el bibelot de viva carne comienza a acallar sus lloros, amaina el » hipar, entrecierra los párpados, y entonces la voz del paisa tórnase tenue, sutil, hasta que… lástima porque ahí entra al dormitorio real la reina del castillo, en sus manos las ropas (ajenas) que acaba de lavar. «Pero viejo, qué le estás contando a mi criatura Para un inocente sólo Perrault, Andersen, los cuentos de la abuela..»

– Se durmió, ¿no?

– Pero eso puede dañar su cerebrito, tierno todavía

– Se durmió, ¿sí o no?

Sht.. Y lo previsible: a la voz destemplada del paisa el durmiente abre los párpados y: ¡cuña, cuña, etc!», con todo el desconsuelo del mundo tercermundista, que ha vuelto a darse el testarazo contra el hambre, los bichos, el cólico, la rosada realidad de la democracia color rosa mexicano.

– ¿Ves, mujer, lo que hicieron tus escrúpulos?

– Es que ese es un cuento para arrullar aturdidos y manipulados, pasivos y dependientes, y domesticados, no a mi criatura

– Se había dormido, ¿no? Va otra vez y tú guarda tus escrúpulos. Oye el cuento, mi niño: «En enero agregamos nueva ayuda económica para el gasto en luz y gas en los 5 millones de hogares más pobres del país y la Estrategia Cien por Cien para llevar obras y servicios, piso firme, drenaje, agua clínicas, escuelas, a los 100 municipios más pobres del país. Hemos invertido ya este año mil 700 millones, casi tres veces más de lo invertido el año pasado…»

– Sigúele, viejo, que, como buen mexicano, ya vas apendejando al niño con el
«optimismo» Calderón. Tú sigúele, y que Dios te perdone.

– «En 3 décadas (¡¿lo oyes, mi hijo?!), ¡nuestra economía será una de las 5 más grandes del mundo..!»

Mis valedores: como bajo los efectos del chemo, la mota o la grapa con cacardí, la víctima entona los párpados, se estremece en sueños, se agita en espasmos, y aquel suspiro. Hay cada padre. A la rorro, paisas(México)

La TV y el Gran Canal

Las empresas de televisión mexicana exigimos que el presidente del país garantice el pleno ejercicio de la libertad de expresión…

– Ricardo Salinas Pliego, propietario de TVAzteca-

TV Azteca Pronto habrán de cumplirse quince años de soportar la radiación, mis valedores. La contaminación. Espiritual, cultural. Quince años en los que las vivas aguas de los ríos vienen recibiendo, metafóricamente, desechos fabriles, de fosas sépticas y albañales. Quince años de inundaciones de ríos de aguas negras, afluentes del Gran Canal. Quince años en los que los vientos han diseminado las miasmas del fecalismo a cielo abierto, como a cielo abierto se amontonan los tiraderos de basura que inficionan los aires. Quince años cumplirá a mediados del 2008 (lo único que sí cumple) esa fuente de contaminación apodada TV Azteca, de cuyo propietario aparente, un Ricardo Salinas Pliego, lo afirmaba hace algunos ayeres la periodista Gabriela Aguilar:

«Hombre peculiar, apoyador del PRI, no cree en la democracia y piensa que ésta no existe en México. Añora haber vivido en tiempos de la conquista, no como indio; como conquistador. Cuando juega en Las Vegas, lo hace sin perder más de un limite de diez mil dólares'».

Hoy, ante la reforma que se ha realizado de una de las libertades del ente humano, libertad regulada como, sin excepción alguna, lo están todas las demás, el vendedor de aparatos electrodomésticos clama a lo aspaventero:

¡No debemos permitir que las ambiciones poltticas de unos cuantos echen al basurero de la historia la lucha de millones de mexicanos por conquistar la libertad de expresión..!

TV Azteca en los hogares de las masas sociales. «La televisión (Lorenzo Meyer, de EL Colegio de México) es un medio de información y formación de opinión pública demasiado importante para ser dejado enteramente en manos de personas como Salinas…»

¿Razón por la que el Estado malbarató los canales 7 y 13 al heredero de Elektra? Meyer:

«La opinión pública mexicana es, básicamente, una opinión desinformada, tal y como la requiere el sistema en que vivimos».

Porque PRI, PRD y PAN pretenden imponer su visión a los millones de mexicanos en los contenidos de los programas de televisión… -Salinas Pliego-

«Su discurso es deplorable» Y que como persona privada tiene derecho a sus opiniones, por disparatadas y absurdas que puedan parecer. Salinas está muy en su derecho de considerar que la mujer no puede ser la igual del hombre, sino un complemento, o que la TV es básicamente un instrumento mediante el cual la gente se distrae y se relaja.»Pero cuando alguien recibe y asume la responsabilidad de explotar una concesión que le hace la sociedad para bien servir al interés colectivo, entonces lo que hace y dice en público deja de ser un asunto meramente de opinión para convertirse en algo más serio: materia de interés público y de debate».

¿Por qué la televisión del Estado quedó en manos de quien vino a quedar? Dos hipótesis del historiador; a) la enorme simplificación del mundo que hacen los economistas neoliberales mexicanos, llevó al secretario de Hacienda a privatizar los canales de televisión del Estado fijándose única y exclusivamente en quien pagaba más, olvidándose por entero del papel de la televisión, y b) el maquiavelismo gubernamental dejó los dos canales del Estado en manos de alguien funcional a la prolongación del estilo autoritario de informar y crear opinión pública…

Juran sus publicistas y los ignorantes: la televisión es la verdad, porque la imagen no miente y una imagen vale mil palabras. ¡Mentira vil! Pregúntenselo a Sartori. léanlo en opiniones lapidarias sobre la industria del cinescopio:

– Los noticiarios de la televisión ofrecen al espectador la sensación de que lo que ve es verdad, que los hechos vistos por él suceden tal y como él los ve. Y sin embargo, no es así. La televisión puede mentir y falsear la verdad, exactamente igual que cualquier otro instrumento de comunicación. La diferencia es que la fuerza de la veracidad inherente a la imagen hace la mentira más eficaz y, por lo tanto, más peligrosa…

Libertad de expresión. Nov. 28 del 2007:

«La conductora Laura Bozzo regresará a las pantallas con su talk show Laura en América. Laura está feliz. Anuncia el nuevo formato: Hay nuevas secciones como el hecho de que yo voy con cámara hasta el hotel o el lugar donde se encuentren los infieles y los cacho, y esto hace más interesante al programa». «Libertad» de expresión.

(¡Dios!)

De qué me sirve la vida…

Que la noche de mi mal el Mercedes Benz (el volks. cremita, quise decir) me falló en algún ignoto barrio del norte, les decía ayer, y que la única luz que columbré a lo lejos fue la de La Reyna Sochil. curados de chilacayote. Afuera, sentado a dos posas y contra el muro los lomos, con aquellos cuatro, seis teporochos, me enzarcé en una charla que duró lo que aquella de a litro que me vi forzado a ofertarles. Y qué modo de aflorar y desflorar, al amor cacarcremitadiento, penas y lloros, quebrantos y duelos y demás penurias de la vida arrastrada Habló el de la chamarra verdosa, dril y cochambre:

– Aquí onde me ve, todo dado a la perdición, yo viví tiempos mejores. Pero la traición de una tirana, cuándo no. ¿Usté no ha sufrido penas de amor..?

Que si las he sufrido, pensé. Vivo con ellas, y ellas cohabitan conmigo. Nací con ellas enquistadas en la enjundia del ánima, y es hora que en ese ardimiento muero porque no muero. Penas de esas he sufrido, Suspiré. Me pegué al gollete del titán de grosella A lo lejos, el aullar de la ambulancia, que en su desgarro parecía gritar: «¡Ay, mis hijoz Bribiezca!» El pretil de la piquera se erizó de gatos, erizados espinazos en la fragua de una brama espeluznante. De repente, un ladrido por el altoparlante: «¡Ese del volks, ¿qué no oye? Oríllese pa la orilla.!» Acá, en el antro, el cantor anónimo, bordoneando arpegios en sol mayor: Celebrando a mi manera la derrota de mi pobre corazón.

Flor de la autocompasión. Acá, el caches del inmundo licor: «Mi jefecita santa, que se fue y me dejó solo y mi alma en el mundo» «Mi chamaco; lo vi morir, mi niño…» «Me acuerdo que ella y mis muchachos salieron a despedirme, porque me iba a la chamba Al rato, la inundación. No volví a saber de ellos. Agarré y puse tierra de por medio. Mi gente…»

El gemidillo convulso, el sorber de la humedad, la fuga de una realidad intolerable para un carácter de jericalla, menguado por el licor -Uno me llamó la atención; ese que, saturado de alcohol, permanecía así, miren, culimpinado, con el rostro aplastado sobre el piso de la banqueta En su derredor, qué asco: babas, bascas, desechos pestilentes. Hice una seña a los otros: «¿Y ese..?» Silencio. Algún suspirillo. Bandazos de viento: De qué me sirve la vida… Y entonces uno habló: «A ese respétele su dolor y su drama, mi señor. Ese nos llegó pero que muy tatemado de su alma, y así lo verá desde hace semanas. Bien se le adivinan las intenciones de quedar en la suerte. Ese suicida, ahí donde lo ve, ya huele a ofrenda de muertos en vísperas de Navidad.

Las tristuras siguieron, y el chupeteo cacardiento, y entonces, válgame, el derrotado aquel, el más vencido de los vencidos, de pronto se removió; culimpinado como estaba se dejó caer; un temblor, un estremecimiento; la mano, trémula, rastreando el pomo. Yo, en susurro: «¿Traición amorosa, tal vez?» Un trago, un amamanten. Gimoteó, baba y mocos. Qué tragedia sería la que lo arrastró hasta el averno de los teporochos. ¿Una mujer, esa sota moza que amamos tantito más que a nosotros mismos, la Nallieli que de un día para otro se nos fue de la existencia para nunca más, y ahí terminó la existencia para nosotros, y ojos que te vieron ir? Mi Nallieli..,

– ¿Traición amorosa? No mame Mire: (Sollamando con su aliento mi oreja, el acomedido susurró retazos del drama descomunal) Me estremecí. La humana compasión: «Querría pagarle otra de a litro», dije.

ya nos alcanzó a los que hemos invertido media vida en el pomo. Ese anda toreando a la muerte, o sea..

y buscando que se lo coja entre los cuernos. Mejor se aventara al Metro, le digo yo, pero cada quién su muerte, o sea ¿Se pone con otro chupito, mi señor? A ver, mi chueco, entre pa dentro y arrástrese uno.

El redrojillo se había revenido en sollozos mal amansados. Algo intentó decir, pero se lo taponó el vómito, y para mí fue bastante. Huí. Que los muertos entierren a sus muertos. Hoy me pregunto: del suicida qué será a estas horas, si viva o logró su intento. ¿Su drama? Calcúlenlo: que una única hija tenía en este mundo. Una niña Que un cierto industrial de la mezclilla se la violó allá en Cancún. Que la niña se suicidó semanas después. El, aniquilado, buscó a las autoridades y dio con ellas; buscó justicia, pero justicia nunca encontró. Por seguir vivo, estrategia torcida, comenzó a morir entre gorgotear de aguardiente. De qué me sirve la vida Pero ándenle, que un buen día ahí, repentina, la esperanza nueva un cierto candidato presidencial, chacremitaparrito, jetoncito, ceja izquierda alacranada «Mi repudio y mi más enérgico rechazo a Mario Marín. Una barbarie. Exijo una investigación exhaustiva, caiga quien caiga ¡Me vale que sean el gobernador y un empresario poderoso!»

¡Eso! Eso era lo que el huérfano de su niña aguardaba castigo a los paidóficremitalos. Justicia, sin más. «El, fanático de El Peje, vio que el otro iba a hacerle justicia y le dio su voto. Y sí: el otro llegó a Los Pinos, y de repente, el pasado lunes: «En el caso de la exoneración de Mario Marín lo que debemos hacer y hemos hecho es actuar en el marco de la ley y respetando las instancias que deben resolver, como la Corte y el Poder Legislativo».

¿Que qué? «La bocarada de basca y fue ahí, donde usté lo fue a encontrar, exonerándose de la vida». Pero la justicia.. (México)

Aquí estoy, entre botellas…

«Y cómo no, si ando desgajado por dentro y urgido de olvidar esta pena que me aniquila y no me deja vivir» No, no, un momento: no amontones pretextos para tu vicio, tú con tu pobre carácter de malvavisco. No. Penas todos cargamos encima, y no por eso nos vamos a encenagamos en el licor. ¿O exagero, quizá? Porque de mí sé decir que conmigo la cacardiosidad topó en hueso, en piedra, en tepetate Pero a propósito, mis valedores…

Aquí y ahora me propongo hablar de los vencidos de la vida, esos redrojos humanos que, débiles de carácter y perdida la brega contra un sañudo destino que los superó en redaños, han bajado la guardia y se entregan de lleno al licor, a la vida arrastrada, a la muerte lenta y la perdición. Drogadictos, alcohólicos, espantajos humanos. ¿Alguno de ustedes habrá observado a tales bagazos, cascajos, cáscaras basurientas que se arremolinan al amor y al olor, a la pestilencia de la piquera? Son los gorkianos ex-hombres, los humillados y ofendidos de Dostoievski, las almas muertas de Gogol. Son los destinos trágicos de que habla Cocioli. Los viciosos, pues.

Con varios de ellos me topé un día de estos en el callejón de barrio bajo, en los intestinos de un remoto arrabal, a esa hora de entre dos luces en que la tarde, acosada por la jauría de farolas y esquilas, huye en volandas con la noche en amenazas de desfloración. Del taller de lectura norteño regresaba hacia el sur cuando en eso, de súbito, el cremita, que me la empezó a hacer de fumarola Tres explosiones falsas como promesa de Calderón y una hedentina a quemado que hagan de cuenta la sagrada familia de Fox, el vehículo detenido como sexenio panista, con un motor más muerto que esperanzas en el de Los Pinos. Bajé del BMW (el volks cremita, quise decir), y procedí a levantar trompa y trasera (las del susodicho). Pero nada; sistema de encendido y carburación, cuatrapeados, como Fox, como el que no impuso en Los Pinos…

Náufrago de las cuatro esquinas, detrás de algún valimiento mandé ansiosas miradas hacia callejas y callejones: cuál de los cuatro será el mejor. Elegí el quinto, menos lóbrego, y vino a encontrarme, en retazos, la barriobajera tonada que se engrifa de amores y desencuentros, ausencias y soterrados dolorimientos que el alcohol despelleja: Porque esta vida que llevo -si no fuera porque bebo- no la habría de merecer…

Pian pianito, al amor de la trova que se machihembra al bandazo de viento me fui acercando al charco amarillo que se cuajaba al pie del farol, charco de luz legañosa Detrás, en la semipenumbra, vetustez y abandono, La reyna Sochil, curados de apio y chilacayote. Aquí y allá, manos anónimas, los consabidos grafitos: Pipo estuvo aquí. La Lola ya. Puto yo. (Válgame). Adentro de la piquera, la tonada que reblandecía corazones en salmuera vinosa La derrota de mí pobre corazón…

Pensé: «Que por aquí alguno entienda de explosiones falsas va a estar muy brasa, cuando no carbón». Di un paso, dos, tres. Pisé una cáscara de melón «¡Ora, güey!», rezongó la cascara, que resultó no ser de melón, sino humana La cáscara que el güey había pisado era una mano. Levanté el botín (de orejeta, no de los botines que en abyecta impunidad se han levantado los Montiel, Bribiesca, el apestoso El Tamarindillo. «Perdón, chiquilla o chiquillo», dije

– Ah, travieso (me albureó). Pero no hay pedro. Se copera pal pomo, ¿sí?

Piastojeé, y pude distinguirlos: en la banqueta regados al amor del tufo aguardentoso, aquel tenderete de humanos desechos, deshechos como desechos humanos después de la digestión; uno yacía en posición fetal, otro más se enroscaba se erguía aquél sobre el eje de la cintura, y chasqueaban todos unos belfos en rescoldo, solamados de sed. «Un refine, ¿sí, ése.?».

Teporochones, muy a la orden. Cuatro, seis sin contar los perracos y el par de ratas jariosas que, apalancándose en uno de mis botines, se afanaban en la bíblica maniobra de reproducirse y poblar la tierra (como si para ratas no nos bastasen los Salinas y la Gordillo). Uno de los redrojos aventó aquel gargajo:

– ¡Aguas, el esputo..!

– Ya ¿A su edad y lesbiano? De todos modos, verdá, mandamos por el pomo, ¿no? A su salú. A la de su madrecita ¿Sí que sí, mi buen.?

Hombre, dicho así, según lo estipulan las más estrictas reglas del Carreño, por el pomo mandamos, y ándenle al juego de garganta Yo comencé a chiquitearme un titán (no de la mitología, que ya parece que se iba a dejar; de grosella Conmigo, repito, la beberecua nomás no pudo, que topó en roca ¿Y con ustedes, mis valedores? ¿También le hacen frente y evitan la degradación que supone ceder ante la cacardiosa?). «Oiga, usté no es de por el rumbo…»

– Me cái que no. Yo lo miro así como que medio quien sabe cómo…

Mis valedores: pudo más mi interés por lo humano. (Sigo mañana)

Carpa La Nacional

Todo un espectáculo circense este de La Nacional, con sus saltimbanquis, equilibristas y maromeros, sus contorsionistas y los que andan a estas horas en la cuerda floja, los payasos del pastelazo y los lanzadores de puñales. (Chuchos amaestrados muerden los zancajos del Peje.) El circo…

Dije circo, y la evocación me llevó al tiempo de mi niñez. De súbito la memoria se me iluminó con las imágenes, entrañables del circo trashumante de mi niñez. Qué tiempos. Qué joven una vez. El niño que fui hace carretadas de tiempo, de vidas. Y qué de evocaciones en torno a la magia circense, esa magia intemporal que exuda la carpa de tres pistas con tufo a reliquias de león, tigre enjaulados, saltimbanquis y águilas humanas…

El circense espectáculo, encanto secreto que encandila al niño que se nos quedó así de virgen y así de inocente dentro de cada uno. El Brothers Hermanos, errante espectáculo que, hollando los bajíos de la memoria, de tarde cruza la noche de nuestros años primeros, en el filo de la duermevela donde desfila, en los sueños nocturnos, esa caravana de alucinación que va cruzando nuestra niñez, y que se nos queda, raigón de magia y encantamiento, junto a las consejas de la abuela, los primerizos amores -zozobra y temblor- con la vecinita, y la tonada de cuna que nos solía cantar la madre Tula. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…

La magia del circo, su tufo de animales exóticos, garra y joroba, y moteada piel; ojos de ferocidad y espantables rugidos que ponen el pánico en el niño que a todo vivir deshoja la flor de su edad, que es la del candor, y -apreciable virtud- de la credulidad. Desde sus jaulas los exóticos animales nos hablan -nos rugen- de tierras ausentes, de mundos que vienen quedando al otro lado del mundo; animales que hasta antes del circo sólo habíamos entrevisto en el libro de estampas y en la merienda neoliberal: galletas de animalitos; el tapir, el jaguar, el dromedario que, de jorobado, simula ser el nahual (¡No anual, no me corrijas, computadora estúpida! ¿De nahuales quién sabrá más: yo, perito en leyendas de mi país, o el buenazo de Bill Gates, perito apenas en dólares?); simula ser el nahual, decía, del obrero en los tiempos de «presidente del empleo», ese chaparrito que las mete al fuego por el que nombra «presidente Fox», pa su; y el camello también, que en su doble joroba viene a representar no al obrero, sino lo más ardoroso: a los beneméritos desempleados de mi país. Ah, México

Aquí te nombro, león de melena negra que pareces anuncio de la estación Etiopía del metro; te nombro, negra pantera negra que fuiste el embrujo del circo y eres hoy anuncia de beberecua, que los publicistas todo lo ensucian, en cuya mano todo se degenera: la negra pantera, la uva, el agave, la juventud, la niñez, México. (Tantos, tantísimos van a oficiar esta noche o la noche del sábado el rito de la humana degradación: «¿Y qué le faltó al difuntito? ¡Salud!» Salucita, seis, siete millones de dipsómanos en este país, a salud de esa alcahueta, encaminadora de incautos que es la patrocinadora oficial del clásico pasecito a la red y demás aquelarres deportivos que le aprontan al borrachín para hacerlo sentir héroe por delegación. Es México.)

Un domingo en la tarde me tiré al ruedo, o más propiamente: al asiento del circo, asiento de pino que, como Los pinos, se comienza a apolillar. Al circo otra vez, como si otra vez cumpliera yo mis primeros diez años de vida. A circo, y ájale, que entrando a la carpa, vínome a recibir aquella tufarada a camello, que es decir a visión, revisión de mis años muchachos; y entonces, mis valedores, en la tarde festiva y al principio de las sombras fui niño otra vez, y otra vez ingenuo, y por eso mismo feliz otra vez, o casi, y de nuevo percibí en mi boca el sabor de la risa, aquí en este México donde tan poco nos va quedando para reír (que los embustes presidenciales no invitan a la risa sino a la vergüenza ajena, no tan ajena como tantos quisiéramos, en fin), y sentí en las manos el calor del aplauso, aquí en este México ancho y ajeno (a jirones nos lo han ido arrebatando para entregarlo a los gringos) donde tan poco queda para aplaudir; y el asombro en las rajuelas de las pupilas, y el contentamiento en mi sangre, una sangre liviana otra vez, limpia otra vez, y diáfana, como recién estrenada. Mis valedores:

Al contacto del circo fui infante limpio de costras y costurones que va dejando en nosotros, maligno sarampión y viruela negra, el áspero oficio del diario vivir, con lo que ello supone de ilusiones fallidas y amistades truncas, malaventurados amores y mal saturadas heridas tras el desencanto después de Martha, y la ausencia de María, y el conflicto con la Verónica (tomé puros nombres cercanos al Cristo, él me ha de perdonar), y tantas heridas y sangraduras tantas, tantas mataduras y lobanillos y tacotillos, y mexquinos y jiotes sentimentales. ¿La función del circo? (Aguarden la crónica.)

El «show» travestí, después

El trabajo sexual, mis valedores. Inicié ayer la denuncia de quienes se dedican al oficio del sexo, que exponen en una serie de ensayos recopilados en El color de la sangre, libro que cité en la entrega anterior. «¿Qué queremos las y los sexoservidores?», fue la pregunta que ayer se quedó sin contestar. Aquí un breve catálogo de demandas que formulan las compañeras del oficio sexual, que se inicia con los conceptos de la doctora Lin Lean Lim:

El trabajo sexual suele estar mejor retribuido que la mayoría de las otras opciones de trabajo asequible para unas mujeres jóvenes y a menudo sin educación. Ese trabajo sexual es la única alternativa viable para que las mujeres de comunidades en donde faltan casi por completo programas de desarrollo del bienestar social hagan frente a la pobreza, al desempleo, los matrimonios fracasados y las obligaciones familiares…

¿Qué queremos los trabajadores del oficio sexual? Queremos luchar por un país donde las y los trabajadores sexuales no seamos mal vistos por los demás trabajadores, ni seamos discriminados. / Queremos luchar para que las causas que generan la explotación sexual comercial infantil sean erradicadas. / Queremos no ser confinadas a zonas de tolerancia, verdaderos campos de concentración donde se violan nuestros derechos.

Queremos promover el uso del condón entre trabajadoras sexuales, sus clientes y parejas, e impulsar campañas de prevención del VIH-sida e infecciones de transmisión sexual en otros grupos que lo requieren: jóvenes y adolescentes, amas de casa, migrantes e indígenas, etc.

Queremos promover la atención a la salud sexual de nuestras compañeras y no depender del Estado para garantizar el acceso y disponibilidad de las pruebas de detención del VIH-sida, la detención oportuna del cáncer cérvico-uterino a través del papanicolau y la colposcopía, la electrocirugía para atender las lesiones causadas por el virus del papiloma humano, el manejo de casos de infecciones de transmisión sexual, la anticoncepción, el apoyo emocional y la adquisición de condones a bajo costo para todos.

Queremos que la prueba de detección de VIH-sida sea voluntaria, confidencial, consentida, informada y gratuita para quienes trabajamos en el sexo. / Queremos que quienes somos independientes seamos reconocidas como trabajadoras no asalariadas, y que quienes tengamos un patrón contemos con las mismas prestaciones laborales que los demás trabajadores empleados en otros quehaceres.

Para lograr todo lo anterior debemos abordar las contradicciones en las que se desenvuelven los diferentes grupos que se han ido integrando a la Red Mexicana de Trabajo Sexual. / Las contradicciones entre los empresarios del sexo y las trabajadoras, o sea: las contradicciones entre el capital y el trabajo que generan explotación económica y, en algunos casos, como fruto de una lucha específica, condiciones de trabajo «aceptables» para algunas y algunos compañeros. / Las contradicciones entre las autoridades involucradas en el «control del sexo comercial» y las y los trabajadores sexuales, que en la práctica se traduce en discriminación, represión y despojo, que disminuyen cuando las compañeras se organizan y establecen «acuerdos bilaterales» para trabajar en un ambiente de paz y concordia. / Asimismo, las contradicciones entre las compañeras de vía pública, las que laboran en centros nocturnos, estéticas de masaje o cualquier otro «giro laboral».

Las contradicciones de clase entre ellas mismas y las compañeras que aspiran a ser empresarias del sexo o dirigentes «charras o neo-charras» para gozar de privilegios y acordar con las autoridades a espaldas de sus compañeras de trabajo. / Las contradicciones entre ellas y los grupos que las apoyamos; con el frente zapatista de Jalisco, por ejemplo, que se tradujeron en ruptura de dicha organización.

Decir claramente las intenciones que animan la acción es, creemos, el primer paso para poder entenderse con otras y otros, para señalar los cómo y hasta dónde Y es justamente este camino el que siguen las compañeras del trabajo sexual y las y los compañeros de la Brigada Callejera.

Tal asientan en El color de la sangre Miriam Kryzna y Elvira Madrid Romero, para añadir una cita de Bernardette Devlin que me parece muy a propósito como para leer entre líneas:

Todos tenemos un precio, pero este tiene dos caras, como la moneda: aquel que deseas cobrar a cambio de vender una causa o el que estás dispuesto a pagar por seguir fiel a tus convicciones y a la causa de tus hermanos. Entonces, ¿cuál es el precio de tu alma..?

El análisis en torno al denominan el «show travestí» viene después. (Aguárdenlo.)

En apenas cuatro letras…

La tortura no es mas que un procedimiento ilegal, pero no se puede desconocer que a través de ella se puede llegar a la verdad…

Tal despropósito acaba de lanzar el magistrado Aguirre Anguiano, de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, título rimbombante que, después del dictamen en contra de Lydia Cacho y a favor del gobernador de Puebla, Mario Marín y compinches pedófilos, a los magistrados les queda holgado en demasía. Los pederastas y el «gober precioso» están hoy de plácemes. Yo, ante una resolución de la SCJN que negó fueran violados los derechos humanos de la periodista, nomás me quedé pensando…

Derechos humanos. Hoy que el ánimo colectivo, con muy justa razón, se indigna por el reciente fallo de la Corte de marras, me he puesto a pensar en esos grupos marginados de quienes a nadie parece importar que las autoridades respectivas les vulneren sus derechos fundamentales: las trabajadoras domésticas, por ejemplo, las costureras, las obreras de las maquiladoras transnacionales, las y los trabajadores sexuales, en fin. Por tales grupos altamente vulnerables, ¿quién saca la cara ante las autoridades respectivas? Frente a la sañuda violación de sus derechos elementales, ¿quién formula una denuncia, quién sale a protestar, quién se escandaliza? A propósito, la nota llega de León, Guanajuato, fechada el sábado anterior:

Para limar asperezas, desagraviar a las y los trabajadores sexuales y comprometerse a que la Secretaría de Salud buscará los caminos para detener la violación de sus derechos humanos, un funcionario de la SSA se reunió con ese sector y logró desactivar el reclamo que se iba a presentar al Secretario de Salud...

Gentes interesadas me hacen llegar estudios diversos de los problemas que enfrenta el trabajo sexual, uno de los cuales, El color de la sangre, expone metas, problemas y acciones de quienes ofician tal comercio sexual. Así, palabras más o menos, acusa una R.G. Aguilar:

Gritamos nuestra protesta porque el color de la sangre jamás se olvida. Nosotras y nosotros incluimos en esa sangre la que han derramado las y los trabajadores sexuales, al igual que otras sangres derramadas por una causa justa: tierra, libertad, dignidad, en su lucha por un país donde puedan trabajar en paz, libres de explotación.

El libro, mis valedores, recuerda a las mujeres que, sexoservidoras o no, han sido acusadas de ejercer tal oficio, y tan sólo por ello condenadas por las buenas conciencias (y sus buenas costumbres) a la hoguera, la horca, el fusilamiento, la lapidación. El color de la sangre refiere, asimismo, el caso de las trabajadoras sexuales victimadas por padrotes, madrotas, asesinos seriales, y alude a las víctimas de Castaños, Coah, que en la noche del 11 de julio del 2006 fueron violadas por más de 20 soldados del Ejército Mexicano. El libro cita la determinación de las trabajadoras sexuales de La Merced, Distrito Federal, que el Io. de mayo del año en curso marcharon para exigir respeto a su trabajo y el cese al trato cruel y degradante que en recientes operativos les ha inferido el gobierno capitalino, al igual que la bravura de las trabajadoras sexuales de Apizaco, Tlax., que se resisten a ser reducidas a una reservación que nombran, a lo eufemístico, «zona de tolerancia».
Las y los del oficio sexual, mis valedores, intentan sustraerse al refinado armazón de control social, político y económico que los asfixia, y a la hipocresía que los convierte en objetos a los que pueden controlar, revisar, utilizar, empadronar, verificar, golpear, vejar, encarcelar. Total, sólo son… y la descalificación y el insulto brutal que cabe en apenas cuatro letras…

Aquí, testimonios de diversas trabajadoras sexuales. El de la compañera Raquel Gutiérrez A., por ejemplo:

¿Cómo viven, cómo se ganan la vida, qué sienten y qué quieren las y los compañeros que se dedican al trabajo sexual en algunas de las calles del DF y otras poblaciones del país? ¿Qué saben, cómo resisten desde sus esquinas los sórdidos juegos del poder, las compactas cadenas de complicidades entre «autoridades» municipales, «servidores públicos», funcionarios de seguridad y grandes y pequeños empresarios que lucran con el negocio del «sexo comercial»? ¿Cómo resisten y confrontan a distintos niveles al «Estado proxeneta», que a modo de densa tela de araña insiste en atrapar la vida de quienes hacen del sexo comercial su trabajo, reduciéndolos a la impotencia, la descalificación y la explotación más grotesca? ¿Cómo imaginan una posible alianza con otras mujeres y otros hombres desplazados, estigmatizados, desposeídos y explotados en todo el país? ¿En qué sueñan, qué buscan, cómo se disponen a lograrlo? ¿Cómo podemos dibujar ese arco iris que nos incluya a todos en una lucha auténticamente nuestra? ¿Qué queremos las y los sexoservidores..?

(Eso, y más, en el próximo)

Demagogia nunca más.

«¡Nunca más un México sin sus comunidades indígenas integradas al desarrollo nacional; nunca mas un México sin oportunidades para todos, nunca más un México sin justicia, sin estado de derecho y sin respeto a la ley..!» Comunicado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN.

Los defensores de los indígenas, mis valedores. Apenas ayer lo acusaba la ONU: «En México son víctimas de discriminación y racismo. Viven todos en una pobreza extrema». Y el Alto Comisionado de los Derechos Humanos para México: «Son tantas las violaciones a sus derechos en este país, que parecería que ellos no existen o no tuvieran personalidad jurídica.»

Hoy, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, desata una campaña radiofónica en diferentes «dialectos» (sic) con el objeto de promover la defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales de los indígenas, los cuales enfrentan problemas en la administración de justicia y educación. Se promoverá la defensa de mujeres y niños.

Por lo que toca a las autoridades del país: Hace años publicaron un cuadernillo minúsculo (cabe en la palma de la mano) que titularon Cartilla de los indígenas, donde se enumeraba sus derechos. Aquí, muy a propósito como para leer entre líneas, el texto que «garantiza» los derechos de las tantas etnias naturales que sobreviven en el país:

«Los indígenas tenemos los derechos de todas las personas -hombres y mujeres, niños y adultos, sin distinción de raza, nacionalidad, idioma, pensamiento, creencias religiosas o políticas, o nivel económico-, establecidas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, las leyes que derivan de ésta y los pactos y convenios internacionales firmados por México.

Los indígenas tenemos derecho: A la vida, a la libertad, a la seguridad personal y a ser tratados con dignidad y respeto. A no ser torturados, ni detenidos ni encarcelados, a menos que se nos acuse de cometer una infracción o un delito. A que la ley se nos aplique por igual como a todos. En caso de ser acusados de algún delito.

Tenemos derecho a ser juzgados conforme a la ley. Contar con las garantías que establece la Constitución. Tener abogado defensor y, si no dominamos el idioma español, a que nos auxilie un traductor con conocimiento de nuestra lengua, en todos los actos del procedimiento, y a que se nos considere inocentes mientras no se pruebe lo contrario. Tenemos derecho a no ser discriminados, y a que se respeten prácticas, usos, costumbres y tradiciones étnicas, lingüísticas, religiosas, sociales, políticas o culturales que no atenten contra los principios establecidos en la Constitución ni contra los derechos de alguna persona A que impere en nuestra familia la igualdad de derechos para el hombre y la mujer, el niño y la niña Las mujeres tenemos derecho a un trato digno y respeto como seres humanos; a que no se nos someta a ningún tipo de violencia, sea ésta física, psicológica, moral o sexual, y a que no se nos haga víctimas de discriminación alguna respecto de los varones.

Tenemos derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, así como a la libertad de cambiar de religión. -A reunirnos pacíficamente o asociarnos a grupos o partidos. – A participar en asuntos políticos, directamente o a través de representantes libremente elegidos. – A elegir o ser elegidos popularmente para cargos públicos, con garantía de sufragio universal, libre y secreto.

Los indígenas tenemos derecho a satisfacer oportuna, adecuada y suficientemente nuestras necesidades de salud, seguridad, educación, vivienda y ambiente sano. – A que se respeten nuestros derechos laborales y sindicales. A participar en actividades artísticas, culturales o científicas, y a que se protejan nuestros derechos autorales. – A que ningún gobierno, grupo o individuo nos coarte tales derechos.

Es obligación de los servidores públicos: No cobrarnos por sus servicios. – Darnos atención e información sin discriminación alguna – Responder por escrito a nuestras demandas.
Es obligación de los inspectores, policías preventivos y judiciales, agentes del Ministerio Público y de los jueces; y de todos los funcionarios dentro del ámbito de su competencia- ¡Tratarnos con respeto! – ¡Darnos protección y seguridad! – ¡No abusar de su autoridad!»
Y ya Pero más allá de cartillas, ¿cumple el gobierno con la obligación de garantizar al indígena sus derechos de humano y de mexicano? ¿Qué dice al respecto la realidad objetiva? Mis valedores: es México. (Este país.)