Cuba y El Vaticano

En Cuba ha muerto el marxismo, anunció antes de su visita a la Isla el obispo de Roma, ese mismo que en febrero del 2008 exhortaba a los católicos cubanos: “No desfallezcan bajo un gobierno comunista. Ustedes sigan regando la viña del Señor”.

Mientras tanto Tarcisio Bertone, Secretario de Estado de El Vaticano, pedía  a los cubanos “recordar a Juan Pablo II”, y lo inaudito: “La Iglesia solicita a Cuba espacio sin límites para actuar en la Isla, sobre todo en el área de la educación”. La respuesta de un gobierno emanado de la revolución:  abrir uno de los canales de TV para que la misa que ofició Bertone llegase a todos los cubanos. Dios.

El presunto educador de los cubanos tendría que ser Ratzinger,  Gran Inquisidor que había comenzado a oficiar la misa a la usanza del viejo ritual, en latín y de espaldas a los asistentes. “Así, el gesto del Papa ha representado un fuerte y significativo apoyo a la vieja liturgia”. Ahí apareció el fantasma del ala autoritaria del catolicismo, la Contrarreforma, dentro de la cual se consolidan unas tendencias del Ratzinger  reaccionario que se manifestaron desde que  encabezaba la Congregación para la doctrina de la Fe.

Fueron aquellos  los tiempos en que los observadores externaron aquel temor:      “Sí, seguro, existe el riesgo de que se cierren puertas y ventanas. El peligro de levantar de nuevo el puente levadizo de la Iglesiacomo fortaleza no es ilusorio, como tampoco es ilusoria una santa alianza entre Roma y el piadoso dólar libre contra el comunismo ateo. La advertencia es clara y fuerte, es un grito de alarma que reflejó los temores que rodearon el Sínodo extraordinario reunido en Roma en el 2005, donde los sectores progresistas tuvieron sobradas razones para temer una regresión de la Iglesia católica.  A contrapelo de las esperanzas de renovación y cambio que albergaban muchos fieles católicos, afirma el analista Martínez García, el cónclave cardenalicio decidió  algo peor que mantener a la Iglesia anclada en el conservadurismo: llevarla a una regresión de décadas o de siglos y entregar el trono papal al cardenal alemán Joseph Ratzinger, brazo represor del Vaticano”. (Esa Iglesia, ese cardenal, ese pontífice, reclaman al gobierno de Cuba “espacio sin límites” para educar a los herederos de Sierra Maestra.)

Y así la protesta de muchos más obispos, entre ellos los de Estados Unidos, a quienes Ratzinger no contestó, prefiriendo evadir el debate. “Discutir sobre nosotros mismos y problemas de poder, sería un triste espectáculo”. Su acrobacia verbal, admirable, pero a nadie convenció. Nadie en Roma ha olvidado que el detonante que agravó la polémica sobre el papel de Roma frente a las conferencias episcopales progresistas fue el libro de Ratzinger.

Conclusión:  “Nadie puede negar la sordera cada vez más grande del Norte ante la creciente miseria del Sur, torturas y violaciones de los derechos humanos, cuestionamiento generalizado de los valores morales y sociales tradicionales, creciente indiferencia religiosa del antiguo occidente cristiano, fortalecimiento de las iglesias jóvenes aferradas a sus propios valores”.

Los desafíos que este siglo lanza a la Iglesia son múltiples, ineluctables y radicales. En el Sínodo extraordinario celebrado en el 2005, ¿se impusieron los partidarios de una Iglesia cada vez más intensa e involucrada en los problemas políticos, económicos y sociales del mundo, o los que buscaban una dimensión estrictamente espiritual para esta misma Iglesia? Cuba,  Ratzinger (Dios…)