Para usted, ese enfermo bipolar

Este mensaje le envío para asegurarle que a medida que pasa el tiempo va usted desmereciendo a mis ojos. Que  no ha estado a la altura de las expectativas que aún despierta en algunos desesperados que se afianzan a usted como al clavo ardiente. Porque entre los vecinos es usted un enclenque en quien pocos confían. Cuándo iba yo a imaginar que  un forastero sobrón y acomodaticio viniera ¡a la propia casa de usted!, y a querer o no desplazarlo, dictar condiciones y a acaparar el interés de amigos y malquerientes. Uf.

Usted es nuestro paisano, radica entre estos vecinos  y con la anuencia de todos está donde está. ¿Y? ¿Cuando por voluntad vecinal un mediocre ha logrado crecer en presencia y prestancia, evitando el sello de marioneta inmadura, de criatura  pequeñina e insignificante, que en su propio terreno camina de puntitas tratando de no  hacer ruido al forastero que le tomó la medida y lo exhibe de inservible, o casi, ante el vecindario? De dar pena. Propia y ajena. De no ser un ente sin espinazo, ¿permitiría que lo domine un forastero que vino al barrio a imponerse y a minimizarlo, a ordenarle y a ponerlo en evidencia delante del vecindario? Suerte ingrata: tener que depositar nuestra esperanza  en uno que se culimpina ante el prepotente fuereño. Por eso es que sus paisanos de mala intención me  lo tienen en poco, pero los de blando corazón lo tenemos en nada, sin más. ¿Habrá posición más lastimosa  y desairada que la suya, mi señor?

Observo su actuación siempre errática, fluctuante y sin  dirección, característica  de su trastorno bipolar: en su reciente etapa maníaca contagió a los vecinos de su  euforia y optimismo, qué bien. Pues sí, pero ahora, en su etapa depresiva, no ha tardado en desmoronarse y desmoronarnos en desalientos y depresión. Lóbrego.

Pero masoquista que soy: despertando apenas (a penas)  me avoco a saber de usted, y el enterarme de lo aguda y grave que amaneció su depresión, qué contrasentido, me tumba las alas del corazón.

Yo tengo un empleo, por más que muy mal remunerado, pero con usted no gano para verguenzas. Parecería que la Moira se ha propuesto ensañarse con usted; que las Erinias se complacen en castigarlo como ni siquiera a Orestes luego de que asesinó a su madre (la madre de Orestes, que usted, por sus actos, no parece tener a quien asesinar.) Señor:

¿Sabe usted que la reacción inestable del adicto al licor o a otras drogas es muy semejante a los bandazos que caracterizan su bipolaridad manifiesta, señor? Ahora mismo examino, a modo de electrocardiograma, el subibaja de su conducta reciente,  tan estrepitosa y decepcionante, y qué hacer…

Pero un momento, que la befa no es nada más para usted; a querer o no, todos la compartimos por habernos culimpinado al parejo de usted, y así  mantenernos ante la prepotencia del fuereño invasor. Usted padece en silencio la humillación, pero nosotros aun alardeamos de nuestro vasallaje al intruso, que a lo desvergonzado imitamos en su lenguaje, sus modas y modos, su código de valores, en todo. Somos imitamicos, que dijo el poeta, pero imitamicos de segunda cada día más…

Pero pensándolo bien: todos sus defectos son nuestros defectos, y algo positivo para usted: los dinerosas y de medio pelo me lo ningunean, pero las masas populares con qué avidez lo oprimen en sus manos, lo acarician y cachondean.  lo cuentan y lo vuelven a contar. Todo lo bueno y lo malo de usted lo es de todos nosotros, entrañable y endeble pesito mexicano. Y qué hacer, si  todo esto es México, nuestro país. (Uf.)

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