“Tal vez un jalón de orejas”

Tal pudo haber sido el resultado de la entrevista que acaban de sostener Peña y Obama en Washington, porque, según la nota del 6 de enero en Reforma, “El Gobierno mexicano está abierto a escuchar las preocupaciones de funcionarios estadounidenses en torno al caso de los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa. Obama quiere un vecino estable”.

Pena propia y ajena, vergüenza por mí y por gobiernos castrados que nunca  atendieron las advertencias de nuestro genio americano José Martí. Va aquí, por flagelarme, La compra de la república, fantasía de G. Papini.

“He comprado una República. La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El Presidente tenía el agua al cuello; su ministerio, compuesto de ineptos, era un peligro. Las cajas del país estaban vacías; imponer  nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbe de todo el clan que se hallaba en el poder. Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York; en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares y asigné al Presidente, a todos sus ministros y a sus secretarios, unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía –sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el Presidente y sus ministros han firmado un contrato secreto, que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República.  Aunque yo, cuando voy allá, parezca un simple huésped, soy, en realidad, el dueño del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención para la renovación del material del ejército. Me he asegurado, a cambio, nuevos privilegios…

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando (en apariencia) libremente. Los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente, No saben que todo cuanto se imaginan poseer –vida, bienes, derechos civiles- despende en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí…

Mañana mismo puedo ordenar la clausura del Congreso, una reforma constitucional, el aumento de tarifas de aduanas, la expulsión de mi país de los emigrados. Podría, si yo lo quisiera, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, desde el Presidente hasta el último secretario. Y no me sería difícil obligar al país que tengo bajo mi mano a entrar en una guerra que no le incumbe, que no es suya. Esta facultad oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todos los fastidios de la comedia política es una fatiga bestial; pero ser titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones…

Yo soy el dueño incógnito de un país en desorden (…)  Quizá otras naciones viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros”.

No, quiero suponer, las naciones que a la advocación de Bolívar integran la UNASUR, cuyos gobiernos no viajan de obsecuentes (no voy a escribirlo como lo pensé)  a ofrecer en charola de crudo la reforma energética y otras diez más. No ellos, que comienzan a darse cuenta de lo bien que sienta al humano  la dignidad.

Mis valedores: este es el México manejado por los hermanos siameses: el PRI tricolor y el PRI albiceleste, alcahueteados por el colaboracionismo amarillento de los chuchos migajeros.  (Trágico.)

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