Tehua, canto de alondra…

María del Rosario Graciela Rayas, mis valedores, queretana de San Miguel (de) Allende, sé lo que digo.  ¿Que no la conocen, que nunca la han oído mentar? En cuanto les diga su nombre artístico la van a reconocer. Tehua, privilegiada voz y en algún tiempo mi amiga, con la que dos días antes de su fallecimiento dialogué por teléfono y conocí lo grave de la enfermedad que la llevó más allá de la Gran Interrogante.Platicando, platicando, “ya me hiciste reír”, me dijo, y yo agradecí con ese rato de humor el hecho de que a su hora me haya llevado a San Miguel Allende, alojado en su casa y mostrado la vida nocturna de aquella mágica comunidad. Hoy, a meses de su deceso, la recuerdo escuchando conmigo y yo con ella aquella música de cámara, Tehua una copa  y yo mi infusión de flor de tila. Tehua, la bienquerida…

En cierta mañana de San Miguel Allende sufrí aquella insolación, y no atino a dar con la causa de la repentina alucinación que a manera del mítico Melampo pude entender el lenguaje de los cerdos en cierto criadero en las goteras del caserío. Hoy, boca arriba en mi cama, pienso en Tehua, en la magia de San Miguel, en la fementida insolación que me llevó a escuchar el diálogo de los cerdos,  y me pregunto:

¿Sería el sol, sería el tanto nadar en la alberca? ¿Fue mi conciencia, por disfrutar de la compañía clandestina de cierta dama casada? ¿Ya estaré para el psiquiatra?, me preguntaba. Lástima grande sería, porque los tales suelen cobrar por media hora como damisela del Tlalpan nocturno, pero mucho más caro, y proporcionándole al cliente mucho menos placer.

Estoy, en mi remembranza, en el atardecer de San Miguel Allende.  A lo lejos, las campanas. A lo lejos. A oscuras como permanezco en mi cama, en la mente se me agolpan las imágenes deleitosas de aquel caserío de magia y encantamiento que se desparrama, se despatarra, en la ladera del cerro. Y el sueño, andavete…

Todo ocurrió hace ya tantos ayeres, en la azozobrante compañía de aquella sota moza voz de miel y azúcar cande, cantadora de las viejas canciones de la tierra vieja, que me llevó a reencontrarme con la ciudad de Querétaro (cantera rosa, baldosas, cielo de color azul cielo) y que, tonadas y leguas más tarde, de súbito,  al salir de un recodo: “San Miguel de Allende, mi amor”.

Su amor aquel San Miguel que se me venía encima. Quedé encandilado. Ah, vista magnífica de aquel caserío pespunteado de arcadas, follajes, muros conventuales. Ahí, con un sol en derrumbe que se estrellaba en el horizonte, la vista de un panorama cubista de luces, luciérnagas, rajuelas de plazas y calles y callejones, de follajes y hornacinas, nidal de nocturnas consejas. San Miguel Allende

Esa calleja empedrada, esos arcos, el patio recoleto, una mansa manada de azoteas sesteando al amor de los flecos de un follaje rabiosamente verde, y el deambular de sombras pueblerinas y, de repente, en la gloria del crepúsculo, el collar que se desgrana: la reventazón de esquilas y el voleo de  campanas. Ah, el entramado de calles que, al modo de mi Zacatecas la capital, resultan ser una broma pesada. Y ya trepar por el callejón, ya bajar calle adelante, detenerse en el manchón de eucaliptos y contemplar, desde esa eminencia, un caserío de lo real maravilloso que olía a poma y poema, a raíz, a miel recién derramada, que diría Rulfo. Y ese aire diáfano que se me venía encima con el cuajarón azul de todo el firmamento. Yo, de repente, aquella corazonada. Cuándo iba a imaginar…

Eso, mañana. Por hoy, recordar a Tehua, la bienquerida. (Vale.)

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