México-Tenochtitlan

Y algunos de nuestros soldados decían que aquello que veían si era entre sueños.

Tal cuenta, aspaventero, Bernal Díaz, sus pupilas encandiladas a la vista de una ciudad cuyas torres, cúes, edificaciones de calicanto y pirámides se erguían sobre espejo de la laguna. Cuatro siglos y décadas más tarde nos visitó Rafael Alberti,  poeta español (a quien la bota del Franco dictador aventó a la trasterra)  que reseñó su encuentro -su encontronazo- con este México que él miró con jota, y cuyos conceptos, a mi ver, adquieren renovada actualidad hoy día, cuando percibo la presencia encimosa del gringo sobre nuestro país.

Méjico, ninguno duerma, trabaje, llore y se despierte – sin saber que una mano lo estrangula.

Y qué intensas y viscerales las impresiones que le produjo el choque con la tierra que conquistó la tizona de un cascorvo al que auxiliaron el Tonatihú de la barba bermeja  y detrás arroyos tlaxcaltecas salidos de madre. México.

No eres sólo el tema de una estrofa -ni el color del paisaje – ni ese perro furioso que se tumba – dócil, después de herir, al pie del amo.

“El Méjico de Bernal está vivo dentro del Méjico de hoy. Por eso mi encuentro con Bernal Díaz no es el tropiezo con un muerto, ni siquiera con un resucitado. Es más el encuentro con la realidad viva, palpitante, en movimiento”.

Así, del asombro al deslumbramiento, el poeta recorre Tenochtitlan, la vieja Nueva España y una ciudad todavía a la medida de sus habitantes, y reconoce que no puede asimilar, de un solo golpe, el choque con esa realidad mexicana que se ha topado tan de repente:

Triste historia es mi aventura, comparada con la de Bernal. Yo no libré batallas con los mejicanos conquistadores porque me rendí al primer día. Pero me incorporé enseguida con todo mi entusiasmo a la ebullición de su sangre, y mi aventura mejicana, como sucede en las más fabulosas y secretas, no la puedo contar todavía.

Pero la cuenta; y se pone a discurrir, a lo apasionado, en derredor del nacimiento de nuestro mestizaje sobre la arquitectura nacional,  y hasta se permite especular con lo que más tarde ha venido a tomarse lugar común: que por conjurar su terror a la muerte, la hacemos calavera de azúcar y la engullimos entre carcajadas.

Eres México antiguo, horror de cumbres / que se asombran batidas por pirámides / trueno oscuro de selvas observadas / por cien mil ojos lentos de serpientes.

Y aquí lo medular, esa imperiosa advertencia en torno a nuestra vecindad con el vecino distante: “Los problemas actuales de Méjico no se presentan ya a punta de lanza. Son los problemas internos de soberanía e independencia económica. Su nacionalismo revolucionario no son palabras sin sentido, si los hechos las van cumpliendo como se espera”.

Con ese gringo depredador: ¡cuidado!

“En el exterior, Méjico es el único país americano capaz de oponerse a la gente del norte y reconquistarse en definitiva. Méjico, temible, hermético, violento, rencoroso, no ha perdonado a los conquistadores. Y este sentimiento lo padece el criollo, descendiente directo del encomendero; y lo padecen visitantes como Valle-lnclán, quien seguramente se hubiera batido contra Hernán Cortés hasta perder el otro brazo. Y lo padecí yo, y hoy lo padecería el mismo Bernal Díaz si advirtiera la invisible presencia de ese pabellón yanqui de los 48 estrellas y las 14 bandas. ¡Cuidado!”

¡Contra el gringo que compra en tu retrato / tu parda belleza ya en escombros / prepara tu fusil. No te resignes!

De gobernantes proyankis: ¡cuidado!  (Es México.)

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