Desconsuelo y dolor

Salir con la frente en alto a pesar del dolor…

Leí la frase doliente, dije a ustedes ayer, y venteé la tragedia. Observé las fotos que publicó el matutino (de esto hace algunos ayeres): rostros de niños, de jóvenes y maduros, un puro ardimiento y un majestuoso dolor,  que a lágrima viva y a puño crispado expresan pena, rabia, desesperación. Yo, apenas las miré en el periódico, me sentí reblandecido al ajeno dolor. ¿Un nuevo episodio de violencia en brama entre la R-15 y la AK-47? ¿El resultado del “daño colateral”, como llama a la matanza de niños, doncellas y embarazadas el jefe nato de mi general Galván? Me sorprendí haciendo pucheros, me fui al morbo de los detalles, y fue entonces. De súbito…

Leí la noticia, y válgame: las tales muestra del sufrir colectivo tan sólo me provocaron desprecio, impaciencia, exasperación. ¿Por insensible? No, que el desprecio, el desdén hacia estos rasgos lacrimosos fue mi reacción natural a las causas del llorar colectivo: ¡en el graderío del estadio futbolero un equipo del clásico pasecito a la red había caído a los infiernos de la segunda división, y sus fanáticos se retorcían a la pena, la impotencia, la desesperación! ¡El Necaxa, que descendía a los infiernos de la “Primera A“ y arrastraba a su Perra Brava al llorar y el rechinar de dientes! Y los puños que se alzan al cielo, y los rostros acalambrados, y ese que (pudibundo Julio César al recibir las mortales puñaladas) oculta en la camiseta listada de rojo y de blanco los visajes que le arranca el insufrible dolorimiento. Así viejos y niños, ese en la flor de la edad y ese par de jovencitas que se deshacen en llanto. ¡Por las peripecias del clásico pasecito a la red! Ah, héroes vencidos, héroes por delegación..!

Yo, ¿honrar esas lágrimas, las mismas y de la misma calidad de las que se han desparramado a la advocación de Pedro Infante, Juan Pablo II, La Morenita, la telenovela? Miré las fotos, medité en el “Salir con la frente en alto“, del futbolista en derrota, pensé en los del llanto colectivo:

“El fútbol, espectáculo para las masas, sólo aparece cuando una población ha sido ejercitada, regimentada y deprimida a tal punto que necesita cuando menos una participación por delegación de las proezas donde se requiere fuerza y habilidad, a fin de que no decaiga por completo su desfalleciente sentido de la vida. El futbol, deporte por delegación, es privativo de la sociedad de clases. Las clases altas practican personalmente el deporte (golf, polo, tenis, equitación): sólo las clases bajas están reducidas al espectáculo pasivo del fútbol que los entrena para la dependencia, la pasividad, la permanente minoría de edad mental”. Mis valedores:

Las lágrimas de los de la foto, ¿espontáneas? Por supuesto que no. Son pasiones, emociones y reacciones mañosamente inducidas a lo artificial y artificioso en el débil de espíritu. Son los opiáceos de las masas oprimidas, deprimidas, enajenadas. Alineación, manipulación, dependencia, televisión. ¡Nos bañamos en oro! ¡Los héroes, la gloria, México!

Pero felicidades: el llanto quedó atrás. Para el que apenas ayer se retorcía las entrañas «su» Necaxa vuelve a pastar en la grama de la primera división. Hoy, la alegría se tiñe de rojo y blanco; es la “alegría” con que el Sistema apuntala en las masas un agónico sentido del diario vivir una vida que se arrastra al ras del desánimo. Pornografía, licor y el clásico pasecito a la red. Y no pensar, no reflexionar. Felicidades por «su» Necaxa. (Es México.)

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