Nosotros, los de entonces…

Ya no somos los mismos. Ni la calle de mis amores, ni sus casonas neo-porfirianas, ni unos vecinos que conocí de entorchados y pergaminos (nunca me dirigieron la palabra), ni yo, en tantas formas tan venido a menos. Cuánto nos sale debiendo el gobierno. Cuánto nos debemos a nosotros mismos. Mis valedores:

El sábado pasado, a esa hora mortecina de la media tarde en que las cosas parecen ya estar añorando la cobija y el jergón, regresé a la colonia de vieja alcurnia y me interné en mi calle; en lo que de ella sobrevive a penas. Y ocurrió que una vez que en Londres México se bañó en oro, y de la mano de sus nuevos héroes se encaramó hasta la punta de la gloria, yo me di a recorrer la calle que habitara hace años: seis, siete cuadras de casonas porfirianas con recios portones que recordaba siempre cerrados, pero lo que ahora me vine a encontrar: setos parduzcos, banquetas destartaladas, cacarizos muros con tatuajes de grafitos, tandadas de perracos, cinco deyecciones por cada animal. Frente a mí, brazos abiertos, la sombra apenas de aquel mi amigo Felipe de Jesús de los años viejos.

– Llámame por mi apellido: Cánovas, porque el nombrecito de pila… ¿Sabes que hasta el fin del sexenio no lo vuelvo a usar?

En silencio nos abrazamos. Alguno suspiró. En el viento otoñal, tufarada de mal aliento, me cachetearon tres voces tipludas, amelcochadas, que si de hombre, que si de mujer:  Eres la gema que Dios…

– Extraño lugar este donde me citaste, Felipe de… perdón. ¿Es una cafetería?”

En el zaguán de la casa habitación una mesa con su mantel, cuatro sillas, una cafetera doméstica, cucharas, azúcar, y una mesera que resultó ser… “Oye, ¿no es ella doña Nilda Eudevilia, de la aristocrática familia de los Montalbán?”

Ella, sí, que a pasitos contados llegó, con pulso temblón llenó las dos tazas, y a pasitos contados se alejó por el corredor. “Aristócratas víctimas de la crisis. Ahora verás lo que queda de la calleja”.

Y allá vamos, rumbo a la casa de Cánovas, amigo de mi niñez. “Ando en agencias de poner mi propio changarro.  Por eso te pedí que vinieras. Quiero pedirte una orientación”.

Dejé unas monedas sobre el mantel y allá vamos, rumbo a la casa del amigo, al final de la calle, y según caminábamos: Dios, que en la zona de casonas porfirianas, afrancesadas, cortadas a la medida de las añejas familias cortadas a la medida de la aristocracia de principios del XX, contemplé el espejo de mi México actual. Vejez, incuria, abandono. Y al avanzar:

– ¿No es esta la residencia de los Aréchiga, caballeros de Colón?

El ánimo contristado leí en la ventana, detrás de unas rejas de mucho primor, el letrerito pudoroso: “Clases de piano. Ropajes de niños dios. Se preparan niños para la primera comunión”.  A poco andar, en otra casona un nuevo letrero: “Se renta pieza a dama de buenas costumbres”, y enfrente:

¿Qué utilidades  puede reportar a los Gálvez de Céspedes la venta de cochera? Una ringlera de chamarras de medio uso, tenis todavía de buen ver, camisetas. Para atraer clientela,   un radiecito con música a medio volumen. Boleros. Y a esperar marchantes.

– No, y los apretados Orendáin.

Ellos, que habilitaron uno de los cuartos que dan a la calle, y en la ventana han colocado ringleras de yerbas de olor (poleo, cilantro, orégano del cerro) sin letrero ninguno, que el pudor mantiene la vendimia en una discreta exhibición.

– ¿Te acuerdas de la señorita Gracia, la solterona que fue sobrina de diversos curas?

(Mañana.)

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