Rito macabro

Un pueblo que lee asume su cultura y se enriquece con el conocimiento de la Humanidad.

Y el mexicano lee apenas un par de libros al año, y las poquísimas páginas que lee se refieren a charlatanerías de superación personal, desarrollo humano y horóscopos. Basura y superchería, y no más. Si las masas dedicaran a la buena lectura la milésima parte de la vida que descargan  frente al retrete del televisor…

¿Los 3 libros que marcaron su vida? Peña, aspirante presidencial, no acercó a nombrar ninguno, y yo afirmo que leer y escribir es mi oficio y hasta hoy ni lo escrito ni lo leído ha marcado mi vida. Al cuestionar (poner en entredicho) al aspirante presidencial del  Tricolor se debió cuestionar también al preguntón de semejante ociosidad.  Pero en fin, libros hay que divierten, otros más que deleitan o que conmueven. Algunos nos hacen pensar.    Farabeuf, por ejemplo,  novela de Salvador Elizondo. Estremecedora.

No de fácil lectura, Farabeuf se centra en una foto; y qué foto. En la tertulia de anoche el maestro, libro abierto en la mano:

–  Obsérvenla. ¿Qué les parece?

Dramática. Farabeuf detalla el tormento ritual que 5 verdugos chinos aplican a un ajusticiado, cómo lo van desollando vivo y el gesto del torturado como en éxtasis mientras el cuerpo, ya cercenadas las manos,  es serruchado a la altura de las rodillas. Estómago se precisa para examinar la foto y leer esa  descripción del tormento:

“Le hacen dos tajos horizontales sobre las tetillas y luego (…) el verdugo le arranca la piel hasta dejar al descubierto las costillas (…) Es curioso ver cuán resistente es la carne de nuestro cuerpo; es preciso ver la magnitud del esfuerzo que desarrolla el verdugo antes de poner al descubierto las costillas del hombre, para comprender cuál es exactamente la capacidad y la resistencia de la carne…”

Sobrecogedor: “El supliciado nunca grita. Los sentidos quizá se vuelven sordos a tanto dolor. (…) Comprendí que el dolor, de tan intenso, se convierte en orgasmo (…) El dignatario (…) ordena a los demás verdugos, mientras se enjuga las manos manchadas de sangre, que procedan al descuartizamiento (…) Es un hecho curioso que en toda esta escena sólo el supliciado mira hacia arriba, todos los demás, los verdugos y los curiosos miran hacia abajo.  Hay un hombre, el penúltimo hacia el extremo derecho de la fotografía que mira al frente. Su mirada está llena de terror”.

Las pupilas del supliciado se refleja un delirio misterioso y exquisito, y que parece estar absorto en un goce supremo, porque existe un punto en el que el dolor y el placer se confunden. “Se trata de un símbolo, un símbolo más apasionante que cualquiera otro (…) El rostro de este ser se vuelve luminoso, irradia una luz ajena a la fotografía”.

Rostro crispado, los espectadores observan un trabajo de los verdugos que representa el horror en su máxima expresión.

– Tal salvajismo, por fortuna, no es de aquí ni de ahora. En nuestros tiempos ya no se acostumbra desollar vivo a nadie. –don Tintoreto.

– ¿No? Aquí y ahora lo desuellan  vivo frente a nuestros ojos.

– Achis, achis, ¿a quién?  –el Síquiri-. A menos que sea en Ferrería.

– No en Ferrería sino en radio, televisión, prensa escrita. ¿O qué es ese fenómeno que está ocurriendo con  López Obrador? Tantos comentaristas y conductores   de casi todos los medios de condicionamiento de masas, ¿no se aplican por  encargo,  como hace 6 años, a desollarlo vivo? El propio torturado, ¿no parece gozar del  cotidiano despellejamiento?

(Pues…)

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