Mulas

Hoy me refiero, mis valedores,  a las mulas y otros especimenes. La nota del matutino fechada el viernes pasado  asegura que la pinchadura de un neumático de su vehículo obligó al actor norteamericano Tom Hanks, que viajaba por alguna zona desértica de Marruecos en busca de la locación adecuada para su próxima película, a tener que  transportarse a lomo de mula.  Hanks tuvo que conseguir tres mulas para él y sus dos acompañantes, y aquí la curiosa coincidencia: que hablando de mulas también un paisano del actor tuvo que ver con tal clase de animales. La nota, fechada ya hace algunos ayeres, llegó de Sandpoint, en los Estados Unidos:

N. McCrea, chofer de un camión de transporte, frustrado por los reglamentos del gobierno, abandonó su oficio y se compró una mula. Prefiero las mulas, dijo. Hoy es su medio de transporte.

Yo, en leyendo la nota, envié al camionero desertor un mensaje que ahora pudiese dedicar al susodicho Tom Hanks, que a la letra dice:

Leve escozor me produjo su decisión, Mr. McCrea. Si a usted la experiencia con los camiones le fue negativa, a mí la de una mula me resultó catastrófica, por lo que yo le aconsejo: cuídese de un camión, pero más de una acémila, traicioneras como son todas las de su raza.  Aquí, por si pudiese aprovecharle, mi mala experiencia con una mula maicera.

Mexicano soy. Mucho tiempo viajé a lomos de mi animal. Alto, buena alzada, percherón, parecía la pura verdad, aunque yo nunca le tuve confianza, que si lo utilicé fue porque me lo impusieron los de mi pueblo.

Largo era el tramo por recorrer, tortuoso y plagado de dificultades, pero la montura me llevaba a buen paso, y todo iba bien. Graneada y robusta, ovachona, la acémila que le cuento parecía ser de condición, muy distinta a las mulas con las que el paisano de México se topa todos los días. Broncas como son las demás, la que yo montaba era mansa y de trote fiel. Resabiadas las otras, atravesadas, alebrestadas y levantiscas, esta era de fácil rienda y leal a mí, su jinete. Matreras algunas más, que avanzan pajareando ya a la derecha o ya al estilo de nueva izquierda,  la acémila que le cuento parecía ser firme en su paso y avanzaba sin corcovos, en rectitud. Esto, al menos, hasta hace cosa de varios meses, porque  mulas vemos, defecciones no sabemos.

Porque ocurrió, Mr. McCrea, que de repente, sin más ni más, cuando yo más  confiado avanzaba a lomos del animal, cuando le había soltado la rienda siempre confiado  a su instinto y a su buena condición, aquel mal día, de improviso, ¡tíznale, que la muy mula pegó el chaquetazo! “¡Hija de tu burro manadero! ¿Qué jicotillo te fue a picar, que así chaqueteas?” Ah, la condición de las mulas…

No se confíe demasiado en su acémila, Mr. McCrea. Cualquier día de estos, sin previo aviso, puede darse el sacón y pegar el reparo, como esta mula de siete cuartas, hija del siete de espadas. ¿El nombre de la tal? Más adelante.

De no creerse: apenas pude alzarme del suelo, quebrantado todo de cuerpo y ánimo, ahí vi que la acémila me observaba con ojillos burlescos, y que en silenciosa carcajada pelaba una hilera de amarillos dientes de animal bien graneado, y lo peor:  de súbito se volvió, me plantó en plena cara sus cuartos traseros –transeros-, y que alza la cola, toma una tarascada de aliento, y entonces, en mis puras narices ¡rájale!, la ventosidad corrompida y esa coz que, si no me agacho…

Mula dejara de ser. Allá va la desvergonzada después de la defección, trotando, eructando a…

(De otras mulas, mañana.)

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