Y a jalar la carreta

Por la Plaza Miravalle pregunté a ustedes el pasado viernes. Que si los árboles aún no habían sido asesinados y toda la plaza arrasada, y si a La Cibeles todavía  no se la habían robado u ofendido en su honra de mujer. Ahora transcribo el mensaje que hace años, cuando fui a visitarla, dije entre mí a diosa del conjunto escultórico  regalado por el gobierno español:

– La veo, señora, en su buena carroza tirada por esos dos gueyes.

– ¡Que no son gueyes, so pasmao! ¿No les ves la melena?

– Y la planta de leones, ¿pero leones tirando de una carreta?  Sólo que se hable de leones capones. Sí, sé que ese par de felinos  son dos espíritus castigados, casi tanto como los mexi­canos, porque nosotros leones pudiésemos ser, y ocelotes, jaguares y águilas. ¿Y en qué vinimos a parar, que así permitimos la masacre de árboles que en esta Plaza Miravalle perpetró Carlos Hank cuando regente de esta muy noble y vial? Y después de esa cuántas otras masacres; ¡de humanos, señora, la mayoría inocentes!  (A estas horas seguimos uncidos y jalando el carretón para vivir mejor porque la solución somos todos y él sabe cómo hacerlo, y alternancia en democracia, empleo para todos y para progresar vamos a dárselo al gringo, nuestro energético. Nosotros, jalando y  uncidos. Es México.)

Bella su estampa, señora, y la del conjunto escultórico: copeteadas las manos de mieses, racimos, frutas y espigas, como cuadra a la diosa de los frutos que da la tierra. ¿No serán importados de Texas por aquello del TLC? ¿Quizá, previsora,  a modo de bastimento se los trajo usted misma de España? Porque por acá sólo ají en su versión mexicana.

Observé en la escultura a ese par de chamacos de corta edad. Nalgoncitos, encueraditos (bocato di cardenale, y de cura, y de fraile), cargando cestas de frutas que haga de cuenta nuestros chamacos. Así los verá todo el santo día (¿qué diablos tiene de santo?) zanqueando los carromatos, sólo que en lugar de mieses, chicles, y en lugar de frutos, tarugaditas de plástico. De racimos, sólo los que Madre Natura les colocó en su nidal. Y claro, en lugar de tan rotundo nalgatorio (aguayones de niñez bien cebada), unas limas exprimidas; traserito de mestizo, de tercermundista deudor del agio internacional. México.

Porque a diferencia de los nalgoncillos de bronce de su escultura, los nalgoncitos de carne (poca) y huesos, muertos de hambre y criadores de lombrices y otros bichos,  pero orgullosamente mexicanos, son felices acunados, posición fetal, en la entraña de la democracia, como nos juran 50 millones de carísimos spots (así, a lo gringo), que los nalgoncitos pagamos a los Peña y congéneres. Porque, señora, no olvidar el país al que la vinieron a tirar. ¿Cuándo me iba a imaginar que tantos de estos muertecitos de hambre iban algún día  a posar sus dos reales en el sillón de Los Pinos, y desde allí el que no nos resultó bandido nos salió dipsómano,  y el que no, vendepatrias. (Esto por más que en su tierra, señora, de rey para abajo las corruptelas son reales y van de padres a hijas, yernos, cuñados, sanchos, entenados, en fin.)

Por la magnificencia del grupo escultórico deduzco que viene usted de una tierra próspera, no tan diatiro como la nuestra. ¿Pues qué, vuestras reformas os resultaron más de provecho que a nosotros las nuestras? ¿Me guarda el secreto? Nuestra  democracia nos ha valido lo que se le unta al queso, cuando queso tenemos. Pero eso sí: cómo nos la mientan, que a mentadas democráticas nos traen esos del discurso oficial.

Esto termina mañana. (Vale.)

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