Quijada profunda

Aquí termina, mis valedores, la crónica de mi fracaso en el intento suicida de volver a una sala de cine después de que unas quijadas en hervor me expulsaron del mágico recinto. Los cambios que advertí tras una década de ausencia:

Los asistentes: ya no la plebe que morralla en mano devastaba la dulcería: paletas, pepitas, muéganos, sorbetes, palomitas de maíz. Eran ahora billetes los que adquirían la obligada provisión de popcorn, refrescos de cola, chocolatines de importación. Se me encogieron. Por eso, por no convivir con la plaga de los traga-guzgueras  había desertado del cine, mi gran amor…

Y un cambio más: en la nueva sala de cine ya no el ruidajo de los comentarios con acento de arrabal, sino el ruidajo con sonsonete de pirrurris. ¡Y de repente el celular! ¡Un enjambre de celulares en brama!

“Les apagas la tele, les das su merienda y que no se duerman sin llevarlos a hacer. Si llega el señor le dices que yo, con una amiguita…”

Por fin. Se oscurece la sala y enmudece el ponchis-ponchis importado de nuestra metrópoli gringa. En la pantalla, y qué fidelidad de imágenes, la chorrera de anuncios comerciales que,  pregonados a 10 mil decibeles durante hora y media, protesta cual ninguna provocaron en los traga-guzgueras. La sala tornó al silencio. En la sala se escuchaba tan sólo, como preludio de tormenta, el rumor de quijadas que remuelen, lenguas que chupan, gañotes que eructan,  Traté de recular. Mi adulterina me oprimió la mano: valor, compañero…

Ya con el mundo en plena oscuridad se oscureció mi ánimo con la reventazón del drama, la explosión de la tragedia adulterina, las rasgaduras del triángulo pasional. Ella, la adúltera, aquella forma de sufrir casi tanto como el amante que dentro de un momento se va a suicidar, y con ellos yo a padecer tanto o más que la casadita infiel que por aquel tiempo me concedía sus favores de intimidad. Por entrar en el mundo mágico del arte trataba yo de salir del mundo ramplón de las  quijadas en hervor. Imposible; los ávidos trapiches a lo estridente remolían pistaches y eructaban aguas negras. Mis valedores:

¿Cómo se puede alimentar con el arte el espíritu y al propio tiempo la tripa con palomitas? En mi nuca rugía la molienda de papitas, gansitos y chocolatines de importación, cuando en mero enfrente se vivía la pasión y los quebrantamientos del triángulo pasional. Mi ajena compañera, por darme valor, me oprimía la diestra y, tal si tratase de amenguarle temblorina y sudoración, se la colocaba aquí, allá, acullá, sudorosas también, y también angustiada.

Noche de la tragedia pasional. En la pequeña y apartada cafetería noruega donde los amantes tuvieron su postrera entrevista, una mesita con florero, tazas de  café, cenicero, unas galletas y esos rostros de ansiedad que proyectan el drama del rompimiento inminente y suicidio del tercero en el drama pasional. Ahí, rostros desencajados, unas bocas que en un susurro pronuncian las frases definitivas. Yo, mis húmedas manos  aferradas a las coderas, me atraganto de emoción, ¡y fue entonces!

¡Entonces fue! La frase de aquella voz femenina que en su tono traslucía el mismo estado de  ánimo que le hubiese provocado La pulquería, del Güero Castro me estalló en el cogote:

– Mira, viejo, ¿te fijas?  ¡Galletas marías!

Magia, tensión, emoción, angustia; todo se me chorreó, todo se lo llevaron las galletas marías. ¡Niña, escapémonos!

Huimos. Juré que cine nunca más. No en el tenga que resistir chicotazos de  zafiedad, mediocridad, insensibilidad, popcorn, aguas negras, chocolatines. (Vale.)

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