Saliva negra

A las aberraciones psicológicas de personajes creados por la literatura universal me referí ayer porque intento entender a uno de esos engendros que de tanto en tanto suele malparir la grilla política. Sí, a ese Vicente Fox de la bífida lengua que al engaño del “cambio” (que se convirtió en “lternancia” que se convirtió en humo y agua de borrajas) trepóse a Los Pinos para desde ahí inventar, segundo marido de una esposa segunda,  la “pareja presidencial.” Aquí un esbozo del perfil psicológico del boquiflojo de marras.

Yo atajé a Chávez. Con el retiro de la embajada mexicana en La Habana mandé un mensaje fuerte a Fidel y Hugo para que se quedaran fuera de nuestra política. Que   Chávez no estuviera tentado a enviar dinero del petróleo a su candidato presidencial favorito. Fidel y Hugo querían ver al Peje convertir a la democracia mexicana en un régimen de un solo hombre.

A Fox no voy a pedirle que al modo del cervantino Licenciado Vidriera viva su vida creyéndose de vidrio y por lo tanto temeroso de que alguno de los tantos damnificados de su negra saliva, desde el Fidel comandante hasta López Obrador, le vaya a romper su vidriosa humanidad.

A Fox cómo pedirle que a la manera de Simón el Estilita (no estilista, por favor) se encarame hasta la punta de una columna y ahí se engarrote, en silencio y oración, hasta que levite y lo recoja su Dios. Al Fox de la lengua larga no le voy a pedir que como el personaje de Poncela decida no alzarse más de su cama y desentenderse del transcurso de los episodios nacionales, con lo que él y este país saldrían gananciosos. No le habré de suplicar que se encarame en algún armatoste volador como el personaje del Mascaró de Conti,  porque desde allá arriba seguiría emporcándonos con sus desechos corporales. No. Yo, de él sólo hubiese deseado…

Que los cubanos se pongan a trabajar, que  no anden limosneando dinero. Cuba es un país chupacabras. (Fox.)

De ese sólo hubiese querido, lo querría hoy mismo,  que al modo de Bartleby, a cuya estatura no le llega ni al dedo meñique del pie derecho –de ser el izquierdo embonaría con Calderón, ese zurdo siniestro, pleonasmo vil, que ahora regresa al país al pretexto de la sucesión del dirigente panista, y nosotros como si nada-, tuviese los riñones que de repente le brotaron al escribano, de modo tal que cuando el gringo  impuso a Fox, como a Calderón, esa serie de medidas violadoras de lo que nos queda de soberanía para rematar con la Iniciativa Mérida, esos contratos de riesgo en PEMEX que tanto lesionan al país y tanto nos lesionan a los mexicanos (y ahora, con el sucesor del sucesor, las reformas laboral y energética. ¿Y nosotros?), que Fox, de repente varón de tamaños en su nidal, a las exigencias de Washington hubiese replicado, y no más: Preferiría no hacerlo.

De Fox quisiera, mis valedores,  que al contrario de El barón rampante se bajara ya de la copa, me refiero a la de Los Pinos, y que  dejara de andarse por las ramas. Que emulando a los monjes cenobitas  intentase hablar con neuronas, no con  glándulas salivales. Que dejara de hablar a lo pentonto y ventoseando ataques hepáticos;  que pensara para hablar y no hablara para darnos a todos en qué pensar, escandalizarnos y detestar, despreciar, esa salivosa diarrea que a todo y todos salpica. Fox,  después de befarse al intentar la befa de un país hermano, ¿pudiese, ya en su vejez, adquirir el recato del varón de vergüenzas en su nidal? ¿Decoro, pudor, dignidad, autocrítica? ¿El Fox de la lengua bífida y la negra saliva? ¿Ese? (Bah…)

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