Señor Peña

Aquí empiezo a relatarle, por si de algo pudiese servirle, la fabulilla del Ave Fénix y un tal Poldero, zafio y codicioso dirigente no de un país, sino de un zoológico, que en tantos sentidos vienen a ser semejantes. Vale, pues, y el relato:

Ocurrió, señor Peña,  que el tal  Poldero manejaba uno de los más rentables negocios de la ciudad, un zoológico surtido de toda suerte de mamíferos y aves de uña y garra traídos de muchas regiones del continente,  pero incompleto, situación que ocasionaba en Poldero un sentimiento de frustración. Y es que para que fuese completo el dicho zoológico echaba de menos un solo ejemplar: el Ave Fénix. Así fue como Poldero se dio a la tarea de ubicar el pajarraco y a cualquier precio acarrearlo al zoológico, empresa en la que  empeñó esfuerzos, dinero y emisarios que a una orden de su jefe  se dieron a la tarea de recorrer diversos países en busca del ave exótica y a indagar, explorar, examinar durante años, hasta que se llegó el día aquel, día señalado…

¿Fue en Egipto, en Arabia, en dónde fue? Lo importante, señor Peña, es que el exótico pajarraco había sido encontrado y traído desde algún oscuro rincón de alguna oscura selva ubicada en algún oscuro país, y amaneció encerrado en su jaula de lujo. El Ave Fénix. Ni más ni menos, señor. He ahí al codicioso Poldero, que ha iniciado un vigoroso despliegue de propaganda en la que invita a curiosos e interesados a adquirir su boleto y conocer al ave exótica de las plumas doradas. La campaña para incrementar la venta de boletos comenzó en medio de promisorios augurios. (Tomar nota, señor Peña.)

Fue una campaña exitosa, sí, pero sólo al principio. A la expectación del Fénix los curiosos se agolparon ante la jaula de un pájaro que permanecía quieto, como indiferente a la expectación de los visitantes que se detenían a verlo, observarlo y examinarlo, pero que nada de extraordinario detectaban en él. Fue así como los curiosos terminaron por aburrirse de un pajarraco nada espectacular. La jaula del Fénix quedó abandonada.

– Lo que ha ocurrido es que los visitantes admiran changos o al cocodrilo que se tragó a una mujer, no a un ser tan pacífico y apacible como el Ave Fénix”, dijo el administrador.

Al negociante le urgía recuperar el dinero que había invertido en el animalejo, y  qué hacer.

– Nada, decidió entonces, sino cambiar de inmediato este animal anodino por un Ave Fénix más atractivo, uno que cuente con un pasado hazañoso, espectacular, para que despierte interés de quienes compran boleto.

Pues sí, pero lástima, porque eso era imposible, según le informó el administrador.

– Imposible, sí. Sólo éste existe en el mundo y no tiene pareja ni la desea. De viejo se prende fuego y emerge milagrosamente renacido. Tal es el Fénix.

«Con que así está el asunto», pensó Poldero, y se dispuso a actuar.

– Siendo así, rápido, tenemos que envejecer ese pájaro.

Entonces (fijaros bien, señor Peña) Poldero comenzó por disminuirle a la mitad y luego a la cuarta parte su ración de carne, pero el Fénix no envejecía. Más tarde le suprimió la calefacción, pero nada. Le atascó la jaula con pájaros belicosos, que lo picoteaban. Nada. Metió a su jaula gatos de callejón. El Fénix voló sobre sus cabezas y sacudió sus alas doradas. Poldero dio por vejarlo, maldecirlo, vituperarlo. El Fénix, impávido. El codicioso investigó que el clima de Arabia es seco. “¡Ajá!” Y a colocarle una regadera en el techo. Agua helada. El Fénix comenzó a toser.

(¿Tomó nota, señor Peña? Que mañana el final le sea de provecho.)

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