Del brazo y por la calle

Grietas, hoyos, registros abiertos y numerosos obstáculos dificultan caminar por las banquetas. Envíanos una foto de la acera que consideres menos caminable (sic) en la Ciudad y señala su ubicación exacta. Le daremos seguimiento.

Las banquetas de esta ciudad capital,  mis valedores. Hace algunas semanas el periódico Reforma emprendió una campaña para denunciar el mal estado de  las banquetas más estropeadas de la ciudad, en la que invita a los quejosos a enviar fotos que evidencien los tales desperfectos. Yo, víctima de hoyancos, lozas sueltas y canteras fuera de su lugar en las calles de la colonia que habito, héroe como soy de la Héroes de Padierna, en la Magdalena Contreras,  para mi denuncia no dispongo de cámara fotográfica, por lo que el siguiente retrato hablado constituye mi participación en la campaña del diario Reforma. A propósito:

¿Si el matutino realizara una campaña para ubicar ruidajos, droga y licor por los rumbos de esta colonia donde “la mano del cuico nunca ha puesto el pie”? Mi colaboración a la campaña de las banquetas en mal estado:

Eran las cinco y media de la mañana cuando dí mi brazo a torcer, con todo y costillas y rodilla izquierda. Levanté aquel papel para limpiarme la mancha en la ropa y válgame, era un recado póstumo. Leí: “Son las seis de la mañana (de algún día anterior, por supuesto). No se culpe a nadie de mi muerte”. Ájale, la sorpresa me forzó a acercarme al farol, y en leyendo el papel. aquel frío que me produjo espeluznos. “En la hora del alba me resigno a un suicidio inminente. De mi muerte hay algunos responsables…”

Escalofríos y espeluznos me produjo la lectura del papel que recogí del suelo para tratar de secar la pernera del pantalón,  empapada por el agua estancada en la banqueta. ¡Y resultó ser la carta póstuma de un suicida! Un recado sin fecha. Pensé: ¿llegaría la muerte para ese infeliz? Mientras leía el manuscrito me sobaba una costilla y  esta rodilla lastimada,  miren, que lloraba un hilillo de sangraza. Pero,  ¿y eso? ¿De dónde venía aquel mal olor? ¿De mi sangre? Dios, yo cuándo iba a pensar que soltara aquel tufillo a boñiga. ¿Pestilencia provocada por asuntos de mi genio dificilón, mis ironías y sarcasmos, lo sangrón que soy? ¿Así apesta por culpa de ser lo que soy, un vil pseudo-neo-comunistoide? Pero aquel documento me sollamaba las manos. Seguí la lectura. (A los edificios, tigres dormidos, llegaban sus primeras víctimas, los empleados de la limpieza. Ah, esos pobres encarcelados, los guardias de seguridad.)

“Que no vaya a morir frente a T.V. Azteca, cuyos terrenos ando pisando. Que mi sangre no sea ese alimento espiritual del mexicano que representa la nota roja. Si llega mi muerte cosa abominable será que mi deceso sea morboso festín de los zopilotes de la pantalla de plasma”. Yo, la torcedura del tobillo izquierdo. Y es  que cuadras atrás me había tropezado con uno de los tubos que gente inconsciente coloca para que gente inconsciente no trepe sus coches a la banqueta.  Y antes, el resbalón en un montón de basura y desechos de perros y humanos, y los trastabilleos en charcos de agua corrompida, y baches y desnivel de la banqueta, y postes de luz, y postes con señales de ductos de PEMEX, y los postes de anuncios, y cráteres por placas de cemento que se rajuelearon, y yerbajos y botellas y frascos y pomos y lata rodadas en la banqueta. Todo esto cerca del bosque de Tlalpan, no lejos del templo católico más horroroso y grotesco que mis ojos han contemplado, un adefesio que… (Mañana.)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *