Yo soy macho dondequiera

El mexicano, mis valedores. El incidente ocurrió en el consultorio de mi amigo el oncólogo. Observé al paciente que con dificultad abandonaba el consultorio: en la medianía de su edad, pero macilento su rostro, amarilla la piel, abatidos el mirar y los lomos.  Al pasar a tres pasos de distancia, vacilantes pasos, me azotó su aliento cadavérico.

– La próstata, aclaró mi amigo.

– Una dolencia menor, con los avances de la ciencia médica.

– ¿Y esos avances qué pueden contra el machismo de un paciente enfermo más de su mente que de su próstata? Ignorancia, falsa hombría, prejuicio. Como tantos otros machos muy machos, este acaba de rechazar el tratamiento médico.

(Más café.) – Cáncer de próstata. Para iniciar el tratamiento le solicité  varios exámenes. Sanguíneo, para empezar. Se indignó: «¡A mí  ningún Drácula de sanatorio me la va a chupar!» Su sangre.  ¿Este mexicano que así rechaza una insignificante sangría estará enterado de la sangría de miles de millones de dólares que yo, usted, él y 118 millones de mexicanos hemos venido aguantando tan sólo en lo que toca al Fobaproa zedillista?  ¿Sangría tan brutal ha dolido a este canceroso mexicano? ¿Se lamentó, protestó? ¿Se enteró, tan siquiera? ¿Y los gasolinazos, y los impuestos, y la carestía de la canasta básica?

Que le pidió un examen coprológico, y la indignación: «¿Yo, doctor, con tales inmundicias?”

– El, que día, tarde y noche, se atasca hasta el cuello (¡hasta la mente, hasta el espíritu!) con inmundicias que traga en la TV. Le hablé de un electro. Que cómo iba a estar enfermo un corazón que le ha salido tan querendón. Querendón con la vecina, la «criada», la oficinista. Con todas, a excepción de la esposa. Al puro examen con el estetoscopio –sobre la camisa, que a un macho ninguno le anda por las tetillas-, soplos, arritmias.  “Se requieren algunos otros exámenes”, el oncólogo.

“¿De mi qué? ¿Mi semen? Recato, doctor, qué desfiguros.

El cual, recatado, es macho promiscuo que se vive regando semen debajo de cuantas faldas, faldillas y minifaldas se le paran por enfrente. Y a desparramar preñeces, abortos, contagios venéreos.

El oncólogo se atrevió a sugerirle un examen más.

– A golpes me hubiese atacado, de no impedirlo su extrema debilidad, cuando le insinué un posible daño en su izquierdo, con la eventualidad de operárselo. “¿Y atentar contra mi virilidad?” Que uno de su condición se para frente a la vida con la frente muy en alto y toda  la hombría en su nidal. “Yo con ella soy hombre cabal, y con ella me van a enterrar. A mí la hombría nadie me la corta, doctor”.

Una hombría que permite que ahí nomás, frente a su testículo canceroso, los gobernantes de este país, tan faltos de testículos cuanto sobrados de indignidad, aguanten que Obama, al pretexto de narcos y similares, siga espiando el país y metiéndonos CIA, DEA y FBI en  zonas estratégicas del país.  Los gobernantes  se agachan ante las desmesuras del gringo, pero un mexicano se niega a extirpar de su organismo un foco de infección cancerosa. No, pero lo que faltaba…

“¿Tacto rectal? ¿A mí? ¿Que me baje los pantalones y me empine ante usted?  ¿Yo, dejar que me viole la hombría? ¿Soy un maricón al que le puede meter el índice?»

– El, que en el 2006 se dejó hurgar no por el índice, sino por la mano entera de un impostor. ¡Y la chueca!  El, mansurrón que el tanto de 70 años se dejó gobernar por un PRI al que ahora permite volver a Los Pinos. ¿Ante mexicanos de ese calibre qué puede la ciencia médica, valedor?

(Pues…)

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