Amaestrados

Mis valedores: reseca está la pradera y harta la masa social de las desmesuras del Poder. Porque (un ejemplo) en tanto sinverguenzas como Granier y Gordillo están en la cárcel, muchos otros presuntos saqueadores de los fondos públicos siguen sueltos y en su libertad. Los Fox y Bribiesca,  Montiel y Sahagún, los Salinas, los… en fin. Es México.

¿No temerá la burocracia política que en un movimiento espontáneo (que es decir efímero) pueda reaccionar de forma violenta esa masa social? No, que para mantenerla mansa, dócil, pasiva y domesticada, la saturan de los consabidos opiáceos: radio, cine, futbol, televisión. ¿Que por ahí quedan algunos descontentos? No hay problema, que van a acudir a los recursos de siempre: el plantón y la mega-marchita. Ya nos tomaron la medida. Nos vencen por nuestra pura ignorancia. Para qué leer, para qué estudiar, para qué aplicar el ejercicio de pensar, si ya en materia política todo lo sabemos desde que Echeverría nos troqueló en la mente el cuerpo de tres catálogos:

El gobierno es malo. El gobierno debería ser bueno. Exijámosle. Y no más.

Esto me remite a un relato que juzgo a la medida del tema: El elefante encadenado, del que cuenta su autor, Jorge Bucay:

–  Cuando niño me atraían los circos, y de ellos los animales, sobre todo el elefante. La bestia, durante la función, hacía exhibición de peso, tamaño y fuerza descomunal. Pues sí, pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo, un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Aunque la cadena era gruesa y poderosa era obvio que ese animal, capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría con facilidad arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente:

¿Qué lo mantiene atado? ¿Por qué no huye? Yo, niño aún,  pregunté a alguien por el misterio del elefante, y ese alguien me explicó que el elefante no se escapaba porque, con toda su fuerza, estaba impedido para huir;  estaba amaestrado. ¿Si está amaestrado por qué lo encadenan? No recibí respuesta.

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca, pero de repente alguien me dio la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca desde que era muy pequeño.

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse, y que a pesar de su esfuerzo no pudo lograrlo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Me puedo imaginar que el elefante se  durmió agotado, y que al otro día volvió a probar, y también al otro y al siguiente, y así hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. (¿Vamos captando la moraleja, mis valedores?) Poderoso y enorme, el elefante del circo no escapa porque cree que no puede. (Digan: ¡Sí se puede!, clamaba yo desde la radio, pero oigan en lo que vino a parar mi pregón.) El elefante tiene el recuerdo de su impotencia, la que experimentó a poco de haber nacido, y  lo peor es que jamás intentó de nuevo poner a prueba su fuerza. Mis valedores:

¿Seremos capaces de entender el “síndrome del elefante encadenado?” Porque si no, entonces qué otro remedio: a seguir renegando, exigiendo, forjando mega-marchitas y confiando en promesas del gobierno (¿verdad, Sicilia?) Todo esto per secula seculorum. (México.)

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