Una red de agujeros

Fue a la salida del metro Revolución De repente ahí, en la orilla del arroyo vehicular, el desdichado aquel derribado entre esputos y basurillas.

De reojo lo observé: sucio, astroso, venido a menos, en total desvalimiento. Hacerme el desentendido y seguir mi camino, mi primer impulso; pero no, que pudo más la humana compasión y la certidumbre de que ambos, él y yo, somos víctimas del mismo depredador. Le tendí la mano.  ¿Pues qué, el redrojillo este no era, él también, como todo el pobrerío y toda la indigencia de este país, una víctima inerme de esos  tecnócratas reaccionarios que medran en la almendra de la injusticia y la insensibilidad? ¿No es, él también, víctima directa de un Sistema de poder que conjunta medro e ineptitud que, como los crudelísimos malparidos de cualquier signo y símbolo politiquero, pura pobreza y miseria pura nos han legado a modo de heredad, que bien pudiésemos decir con los dolientes mexhicas que cayeron, manchón de plumas y cuajarones de sangre, ante la pólvora del conquistador y la maza de sus aliados aborígenes:

“Y era mi herencia una red de agujeros…»

Fue entonces, mis valedores. Venciendo la repugnancia me hice el ánimo y me incliné frente el desdichado, le tendí mi diestra y lo alcé del arroyo vehicular. De ahí lo traje a mi propia casa y frente a mí permanece mientras tecleo esto que ustedes están leyendo. Lo observo de reojo y en su abandono total me parece percibirle una sonrisilla de agradecimiento, y aquí un mensaje al altísimo autor de la fabulilla (la parábola) del Buen samaritano. Señor:

Tú bien sabes que éste al que rescaté de la media calle nada vale, como tampoco la acción de ponerlo a salvo  de micros, metrobuses y tolerados. Pero, Señor,  si algo de mérito le ve tu misericordia a mi acción, ¿a mí y al que rescaté nos darás a valer algún día? ¿Nos darás sapiencia, voluntad y valor para nosotros darnos a valer, que es a quienes corresponde?

A mí me auxiliaste cuando desempleado en la radio (a medias, que me agenciaste un espacio para el ejercicio de mi periodismo, pero sin sueldo. Tres años.). ¿Y a éste cuando, Señor? El es también una víctima inocente de los descastados proyankis que cargan encima la maldita aspiración de portorriqueños de segunda, gringos de cuarta.

¿Que exagero? Señor:  ¿qué resta del México de tu madre guadalupana después de que semejantes mediocres que se han apoderado de mi país, y sañudamente lo enajenan al gringo? ¿No lo han degenerado, no lo han desnaturalizado hasta convertirlo en una segunda versión de Falfurrias,  Texas? Y si no, ¿cómo viven, en qué piensan y en qué lenguaje se expresan, si no es en el del dólar? ¿Estás enterado, Señor, de lo que en cuanto a justicia sucede en México?

La justicia. Miré al ñengo, encanijado, atacado de avitaminosis, y pensé en el culpable de tal postración. Entonces me alcé, y la rabia entre lengua y encías, grité: “¡Toda la culpa es de 117 millones de pasivos y dependientes porque permitimos que todavía a estas horas el PRI  vuelva a Los Pinos.

¿Que exagero? Señor:  ¿qué sobrevive del México de la de Guadalupe después de que los mediocres que se apoderan de mi país? ¿Castigo a los tales? ¡Desde Salinas, Fox, todos los hijos de su reverenda Marta, Montiel y su Peña pariente y administrador, hasta Calderón?

¡Calderón! Y excesos de una imaginación atorrenciada. Al grito de ¡Calderón! Me pareció que el devaluado al que rescaté empalidecía y le acometía un leve temblor. Pobre de ti y de mi,  pesito mexicano que recogí a la salida del metro. (México.)

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