Decenas trágicas

Porque la Historia no es eso que enseñan los libros de Historia, mis valedores. La Historia es una gigantesca zopilotera y un gran hedor. La de Decena Trágica, pongamos por caso.

Fue un día como el de hoy, pero de hace 100 años. A Francisco I. Madero y J. Ma. Pino Suárez les restaban 24 horas de vida. Aquí la versión de Henry L. Wilson, embajador de Estados Unidos en nuestro país y en cierto modo autor intelectual del magnicidio.

“Cerca de la hora señalada, bajo la protección de la bandera norteamericana, se presentó el general Félix Díaz, acompañado de funcionarios de la embajada y de dos o tres personas escogidas por él. Al entrar me agradeció muy encarecidamente que pretendiese yo lograr la paz mediante mis buenos oficios. Después de presentarlos a algunas de las damas y otros amigos en la embajada, acudí a la puerta principal para recibir al general Huerta que justamente llegaba escoltado oficialmente por la protección de la bandera norteamericana.

El escenario afuera y adentro de la embajada era impresionante al intercambiarse los saludos oficiales. Se había instalado la iluminación eléctrica adicional y ella permitía visualizar plenamente el tinglado.

Había probablemente veinte mil personas apretujándose en las calles contiguas a la embajada, y la embajada misma estaba atestada hasta el desbordamiento de norteamericanos, de diplomáticos y de oficiales de Díaz y Huerta. Eran momentos trágicos; con todo, no era una escena sombría: el resplandor de las luces, la gallardía de los uniformes y la presencia de las mujeres abrillantaba y vivificaba el cuadro…

No perdí tiempo en llevar a los dos generales, Díaz y Huerta, a la biblioteca de la embajada donde, para mi consternación, ambos se hicieron acompañar de numerosos asistentes y consejeros. Los ‘asesores’ no tardaron en enfrascarse en conflictos verbales que prometían tener duración desconocida e infinitas posibilidades. No era este el propósito de la reunión y me vi finalmente obligado a solicitar que todos se retirasen, a excepción del general Huerta, el general Díaz y mi secretario”.

Los embajadores de EU en nuestro país, desde el intervencionista Poinsett hasta el actual, pasando por un  “Tony” Garza que en los tiempos en que Bush buscaba cómplices para perpetrar su genocidio en la carne de Iraq, se atrevió a formular la advertencia al entonces presidente mexicano Vicente Fox:

 No estamos pidiendo a México que le haga un favor a Bush. El se va a reducir a preguntar: ¿dónde estabas cuando yo te necesité?

Intolerable osadía. Hablé ayer, a propósito, de ese Henry Lane Wilson al que la historia señala como el autor intelectual del asesinato de Madero y Pino Suárez, muy por encima de los conjurados a quienes empujó al magnicidio: Huerta,  Mondragón, Félix Díaz y Blanquet. Sigue aquí el testimonio del intrigante cuando decidió que “esta situación es intolerable, y yo voy a poner orden”:

Aquel 18 de febrero de 1913 determiné que yo debía adoptar bajo mi propia responsabilidad una medida decisiva para restaurar el orden en México”. Y que entonces mandó llamar a Huerta y Díaz. El testimonio que rindió años después, ya como dipsómano caído de la gracia de Washington:

“No perdí tiempo y llevé a los dos generales a la biblioteca”. A los dos los había llamado con el exclusivo propósito de que terminara la situación que prevalecía en México durante los últimos diez días, situación que había significado la destrucción de diez mil vidas y de una enorme cantidad de propiedad pública y privada”.

(Mañana. el final.)

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