¡Compatriotas!

De Chapultepec y sus pinos hablaba a ustedes ayer, y de una familia de osos que acaparaban la curiosidad de los visitantes, los Pe-Pe, Chía-Chía, Tohuí y congéneres, que a diario tenían sobre sí micrófonos, cámaras y reportajes. Los visitantes dominicales, aquella fascinación. Pero así pasan las glorias de este mundo…

Pepe-Pepe  de súbito se nos frunció, y de inmediato la jaula vino a ser  ocupada no por otro oso panda, sino por un oso irremediablemente gris, y tanto, que en el zoológico mal se recuerda, y de malas, al que nos resultó gris rata porque no se fue con las garras vacías, sino que de inmediato  cambió sus garritas de recién llegado por casimires gris Oxford. Color gris rata, precisamente.  ¿Su nombre, su alias? A saber. Lo que recuerdo de él es que toda su personalidad se enfocaba en una de las cejas alacranadas. Fue toda la gracia del oso gris, primer nopalito y el primer mediocre que intentó la trascendencia con el puro recurso de arquear una ceja. En reculones perito nos resultó tiempo después. Que el panda Salinas se robó la mitad de la cuenta secreta, pero que no me hagan caso, porque ya mi cerebrito lo tengo estropeado. Trágico.

Después del gris rata, ¿se acuerdan ustedes?, hasta la jaula mejor del  zoológico nos acarrearon al  que más tarde iba a alzarse con la mitad de la cuenta secreta, el panda más desagradable de ver, uno pelón, orejón y cascorvo, como comprado en barata de saldos, mother-nizador. Así anunció el matutino la llegada del nuevo plantígrado:

El gran movimiento en el aeropuerto fue motivado por el arribo del oso panda Chía-Chía, que llegó en un vuelo comercial desde  Chicago.

(¿No desde Dublín? Sabríamos después que de Chicago se acarreó la mafia y las mañas más perniciosas de los Al Capone y compinches. ¡Solidaridad, compatriotas!)

“La comitiva de recepción del panda estuvo encabezada por la directora del zoológico de Chapultepec, quien comentó que Chía-Chía viene a México para contraer nupcias con Tohuí, la osa mexicana” (¿A contraer nupcias? ¡A violarla, a vejarla, a saquearla el tanto de seis años, a ensombrecerla todavía más, padrotillo esperpéntico, valido de la ocasión, no olvidar la memoria histórica!)

“Chía-Chía fue transportado inmediatamente al zoológico de Chapultepec, donde fue colocado en un albergue aislado en tanto se aclimata y se acostumbra a sus nuevos compañeros».

(Los que no se pudieron aclimatar ni acostumbrarse al nuevo plantígrado fueron Colosio, Ruiz Massieu, más de 400 perredistas y cosa de 100 millones de mexicanos que mal soportaron la presencia del espurio impostor entre los pinos de Chapultepec. Hoy, encuevado en su cubil, sigue agitando el pandero de la grilla politiquera. Pregunten, si no, a su ahijado político, ese panda de copete padrotón que amenaza con ocupar una jaula en los pinos.)

Desde que Chía-Chía se enjauló en el zoológico veterinarios y guardabosques agarraron por su cuenta imagen y fama pública del espurio invasor y ándenle, a delinear en el engendrillo un halo de Divino Rostro y a arrodillársele al milagrero de pacotilla. Semejante fantasmón fachendoso, figurón de utilería, gesticulador del lenguaje, veneno dulzón, se alzó en el zoológico sobre serpientes y cocodrilos, orangutanes y dinosaurios y jilguerillos cantores, y fue rey del bosque y reinó sobre garras y picos, uñas, colmillos y lenguas bífidas. Tiempos calamitosos: Chía-Chía tuvimos todos los días y en todas partes, menos en la sopa, que nos la  escamoteó. ¡Solidaridad, compatriotas! Lóbrego.

(Más pandas, en breve.)

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