Gaviotas, para empezar

Tarde friolenta, con amagos de llovizna, que me contristó el ánima y la orilló al suspirillo, la laxitud y el oficio de los viejos (no “tercera edad”, no “adultos en plenitud”, no practiquemos el arte hipócrita del eufemismo); tarde, decía, que  fue la del sábado pasado, pizarrosa y con bandazos de viento. Tarde que me orilló al oficio de recordar, entre pesadumbres. A mi oído Bach. Y aquella tristura…

Allá, por los rumbos de Chapultepec, unos vapores neblinosos que difuminan el verde y los ocres. En silencio contemplé los álamos enhiestos, los ahuehuetes vetustos y unos pinos ya atacados de un mal incurable, ya irremediablemente decrépitos y carcomidos de polilla por culpa de algunos animalejos a punto de ser expulsados del bosque, y a hacer  leña del árbol caído (en desgracia). A la mente se me vino cierta evocación, al ánimo la tristura y al pecho el suspiro –tengo ese don, el de los suspiros-.  Contemplé los pinos ya cancerosos, y resfriado el espíritu dije entre mí con el clásico, ensombrecido el  ánimo:

“Así pasan las glorias de este mundo…”

Sí, que entremirando el zoológico y los pinos en ruinas, carcomidos de corrupción, depredación impune, un descrédito total y ese lago de Chapultepec que sería insuficiente para contener la sangre que ha derramado el más feroz de los habitantes del bosque, a la mente se me vino la evocación de ciertas familias de animalejos privilegiados a lo demencial: la de los osos panda, que en su momento disfrutan de la tumultuosa popularidad que les otorga un paisanaje manipulado, y una atención, unas honras, un protagonismo y unos gastos de mantenimiento que en forma alguna merecen, según la mediocridad de semejante recua de  Pe-Pes, Tohuís y congéneres. Así pasan las glorias…

Muchas familias de pandas ha habitado entre esos  pinos a cuerpo de rey, de caudillo, de sátrapa, de dictador, de autócrata Quetzalcóatl y Quinto Sol, diosecillos de pacotilla, algunos de ellos sometidos a su Primera Panda (pareja de pandas aquella que de quedar una migaja de Justicia en el mundo, de la jaula de oro que ocupó hasta el 2006 debió ser cambiada a la que se merecen y se han ganado: la de  El Altiplano.  Con todo y panditas depredadores. Pero  estamos en México.

Uno es el primero de la runfla de pandas que se me viene a enjaular a la mente. El Pepe-Pepe mentado, ¿lo recuerdan ustedes? ¿Lo habrán podido olvidar? Al que  hicieron creer Quetzalcóatl. Y se lo creyó.

Musito ese nombre y me llega la evocación del berraco que en derredor congregaba torrentes y contingentes de Rosa, Luz, Alegría y mafias de periodistas que le aplaudían dichos, gracias y carantoñas de irracional. En el zoológico los Ratones Verdes no tendrían delanteros, pero sí el Pepe-Pepe muchos traseros a su disposición en los pinos, traseros aquellos que se tornaron andancia con sus andares de gracia, salero y fiebre hormonal. Pompa(s) y circunstancias se nos volvió aquel zoológico. Los visitantes, en tanto, semejante fascinación. Oh, qué estatura de estadista la del licenciado Pe-Pe. Con él «ya la hicimos». (aturdidos que no fuéramos.)

Pues sí, pero de repente, lo previsible: el panda se nos pandeó; la embolia le torció los belfos, le engarrotó los músculos que antes tuvieron movilidad y le inmovilizó los que se vivían engarrotados por fuerza de Rosa, de Luz y Alegría, y fue  entonces.

Qué tiempos aquellos, que amenazan con volver, ahora con otra clase de fauna. Gaviotas, para empezar. Sin el carisma y la gracia de las Tohuís, pero…

            (Sigo mañana.)

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