Chaquetazo

Que la señora Martha regresa al barroso terreno de la política, dije a ustedes ayer. Que si en el primer intento no pepenó el sillón del gobierno ahora viene por la revancha y dispuesta a robar cámara con todo y micrófonos, y atragantarse de protagonismo y fuegos y juegos  fatuos. El mensaje se lo dediqué en el intento fallido; hoy, debidamente actualizado, se lo dedico una vez más.  Señora Martha:

Flor de un día, en un tiempo soñó usted con encaramarse en el sillón del gobierno, y ya sus dos reales en él darse entera al derroche y los lujos desaforados, al saqueo de las arcas públicas y a aplacar la delirante ambición de todo mediocre, arribista y logrero: por no ser,  tener. ¿Para quién? Para usted y toda la parentela, de aquí a la quinta generación. Señora:

¿Pues qué sueños de opio me la llevaron a imaginar tal desmesura? Nada era usted, y a la nada había vuelto. “Conócete a ti mismo”, exhortaba el oráculo de Delfos, y Sócrates recogió aquella frase y la tomó de divisa.  “Conócete”. Y usted nunca tuvo conciencia de su pequeñez, y cuando el remolino cesó vino el porrazo. El hechizo se esfumó. La carroza tornó a ser lo que siempre fue, calabaza. El onanismo mental de gloria, poder, lujos y derroches: todo se tornó un montón de ceniza, la de los sueños de opio que incinera la realidad. Y a volver a lo oscuro, a esa mediocridad que es el santo y seña de usted, y a desandar lo andado, a recular, como tarde o temprano recula la fauna de los trepadores, los arribistas, los oportunistas, los oficiantes del rastacuerismo. Señora:

¿Ahora a qué se dedica usted?, le preguntaba al finalizar el sexenio de su marido. ¿Qué oscuras actividades la mantienen ocupada  en su refugio provinciano? Después de que vivió en el cogollo del poder y aspiró los humos de ese avieso copal que a su hora le quemaron  los serviles que nunca faltan y siempre salen sobrando, ¿qué fue de sus lambiscones? ¿Cuántos de esos cortesanos siguen alimentándole su vanidad y devaneos de frustrada estadista? Por mantener vivos los amarres concertados en sus tiempos de influencia y poder, ¿mantiene usted una copiosa comunicación telefónica?  ¿Por internet? ¿Tiene un íntimo circulillo de amistades? ¿En algún club, lonja, cofradía o asociación religiosa consuela su frustración? ¿Mira por su familia? ¿Le ha dado por  cultivar su jardín, criar pájaros, tejer chambritas para los nietos? Pero cuidado, no le dé por escribir, que últimamente personas de muy baja estofa, fabiruchis de la coprofilia televisiva, han abaratado mi oficio de escritor con mamotretos que al atizar el morbo de unas pobres masas adictas a los chismes, recámara y excusado, de las estrellitas gran canal, con productos de excusado han terminado por alimentar el espíritu de esas masas. Doña Martha:

Miré satisfecho que volvía usted a su mundo minúsculo, cortado a la medida de su propia mediocridad, ese que usted merece y del que nunca debió haber salido. Que ahí permanezca, deseé por aquel entonces; que nunca ventolera ninguna  la regrese al juego y rejuego politiquero, que es decir a maniobras, concertaciones, amarres e intereses oscuros de politiquería barata, que a los paisas nos sale tan cara. En fin.

Es cuanto, señora Martha E. García, frustrada aspirante a suceder a un Antonio Echevarría Domínguez, marido de usted,  en la gubernatura de Nayarit y que hoy día, perredista de corazón, públicamente muda de chaqueta, refajo, o corpiño,  y disfrazada de panista (¿de cuándo a acá?) se arroja a jugarse la de Nayarit. (¡Puagh!)

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