El hombre y la masa

En una sociedad “masificada”, dije a ustedes ayer, el individuo se uniforma: modas, dieta y lenguaje que impone la televisión, una tabla de valores ajena y unas aspiraciones al éxito y la bonanza económica imitadas de las  sociedades del primer mundo.

La masa: machismo, violencia intrafamiliar, vidas destruidas, rutina en la pareja, parejas destruidas, hijos viciosos, embarazos prematuros, una religión de ritual, de pura apariencia, rito, ceremonial. La masa:  sedentarismo, obesidad,  neurosis, depresión.

Esas masas no ejercen el sentido crítico, ni la autocrítica, los juicios, el raciocinio. Ellas bailan al son que les tocan sus manipuladores. Piensan con cabeza ajena. Se uniforman. Se identifican. Se preocupan sólo por este día, y que pase rápido para morirse unas horas antes del momento angustioso de enfrentarse un día más a la realidad. No existe en las masas, como sí en el individuo, el gusto por el vivir, tan sólo se esfuerzan por la sobrevivencia. Lóbrego.

La multitud: impulsiva, versátil, irritable, que se deja guiar sólo por lo inconsciente, que obedece a impulsos del más vario valor moral, nobles o bajos, valientes o cobardes. Hasta el instinto de conservación se anula en los tales. Tímidos, cobardes, crueldad y heroísmo dentro de una muchedumbre que es de valientes o de cobardes, según.

Los pensamientos del individuo son los de la multitud, pero multitud no  sabe pensar por cuenta propia. Es fácil hacerle creer todo y nada. En ella no existe lo inverosímil. Es crédula. Por eso el éxito de los oradores. Simplista es la masa, y el individuo pura complejidad. La adhesión de un hombre no se consigue fácil; sí la de la multitud.  La psicología de la multitud es semejante a la del niño. Odia y ama fácilmente. Tiene ídolos y villanos. Quiere ser subyugada por la fuerza, por la violencia. Tener amo. No así el ciudadano;  ni siquiera el individuo. Son las  masas, sin más, en contraposición con el individuo que razona, discierne, decide y que, al metamorfosearse en la masa, se despoja de  individualidad, personalidad e imperativos morales, frenos religiosos, temor de (su) Dios o de la ley para adoptar la ley de la masa, que es  la de la selva,  del instinto,  del salvaje, del irracional. Contemplen ahí, a prudente distancia, a una masa desbocada, enardecida, en estampida, suma y síntesis del instinto desbozalado y la ciega animalidad. Siniestro.

Disolución de la pareja sentimental, matrimonios desintegrados o que, unidos por la rutina, cayeron en la violencia intrafamiliar,  y embarazos prematuros y madres solteras,  y los hijos que huyen del hogar, y el consumo de drogas, comenzando por la más insidiosa, la más nefasta de todas y que, por accesible y aceptada socialmente, es la de mayor peligrosidad: el licor.  Y de ahí al delito, al reclusorio, a la incidencia de suicidios entre la población adolescente.

Todo esto, mis valedores, en una sociedad que hasta en un ochenta y cinco por ciento se confiesa católica y que, como católica, cumple  (¿cumple?) con los diez mandamientos de la ley mosaica. Grave para los mexicanos soportar  un país donde imperan un clero político y un gobierno religioso, televisivo y proyanki,  que así deprime, oprime y, en su caso, reprime a unas masas que no imaginan otra manera de contestar que el reniego y la exigencia. Y no más. Tlatlaya, Iguala. Mis valedores:

¿En dónde se encasillan Peña, su Casa Blanca y las otras, su esbozo de declaración presidencial, su Angélica, sus..? ¿Y las casas de Videgaray y congéneres? (Uf.)

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