Compañero asaltante

Esta vez la nostalgia, mis valedores, que casi siempre ataca a traición. Yo ayer tarde, ya al pardear, cargaba encima una tristecilla sin desflemar, con una sensación de errabundaje, de falta de arraigo, que algunos cargamos a flor de pelleja cuando noviembre se nos echa encima. Memorioso mes, ceniciento, a la medida para arrimarme a la advocación de mis fieles difuntos, cuando  en la entrañable compañía de Aída (tú, la de todos los días) y Mayahuel (tan hermosa ella que en ratos creo que lo hace a propósito) me avoco a levantar la ofrenda de muertos que testimonie la presencia de nuestros fieles ausentes, comenzando con don Juan, mi padre. Noviembre.

Fue así como me atacaron corrimientos de tristuras novembrinas. Ayer mismo tomé el estorboso celular, revisé la lista de nombres y números telefónicos, pero nada, no di con el Simón cireneo femenino que me ayudase a cargar el madero de la soledad. Me enfilé entonces y entré en la bodeguilla donde guardo los trebejos que va acumulando el diario vivir y abrí la caja de cartón que hace años habilité de archivo personal y, mis valedores: ahí fue el ir examinando los objetos que allí se quedaron olvidados el tanto de años, lustros, décadas, pero lástima grande, que la tristura, por descarapelárseme, más se me vino a hincar entre cuero y corazón, y qué hacer sino seguir a lo desalado el  examen de mi biografía personal, ilustrada, de hace años, lustros, décadas, y el suspirar. Qué joven fui una vez…

Es que ahí la foto desleída de los viejos amores, con todo y sus marchitos pétalos de alhelí, sus rizos castaños, las misivas donde se invaden terrenos de Dios o del infinito: “Te amaré siempre, siempre. Nunca, nunca te he de olvidar”. ¿Cómo se llamaría aquella inolvidable? Seguí, a lo desalado, examinando mi biografía personal de hace años, lustros, décadas…

Buscando, las manos enguantadas de polvo, daba luz al altero de señas telefónicas: de seis, siete dígitos, que aluden a figuras femeninas a estas horas ya fantasmales, olvidadas ya más allá de un nombre, un apellido, un alias cariñoso. ¿Quién vendría a ser La Bicha, quién “tu fervoroso amor”? Y el suspirillo…

Y fue entonces. De repente, aquel mi artículo periodístico publicado en los días primerizos del difunto periódico Unomásuno, del que fui fundador y que nunca me liquidó los centavos que iba a cobrar por mis fabulillas, que ahí fueron a nacer. Desarrugué el rectangulillo de papel, lo fui leyendo, y en ese momento supe todo lo que este país ha cambiado desde tiempos añejos hasta los tiempos de Tlatlaya, de Iguala,  de Peña.  Veo, por lo escrito, que más antes coexistían con nosotros los asaltantes, casi siempre nocturnos; que existían los criminales, pero solapada su forma de actuar, no como el cínico y descarado del crimen organizado. Al terminar su lectura decidí transcribirlo para plantear a ustedes este ejercicio: calculen cuánto ha cambiando el talante del capitalino frente a los bergantes que toman por uso diario asaltarnos. Para leer entre líneas:

“Compañero asaltante, permítame saludarlo con mi comprensión y respeto, porque en el ejercicio de su profesión arriesga la vida, la integridad física, la dulcísima libertad. Porque ejerce su oficio con todos los riesgos, sin valimiento alguno. Porque su vida avanza de modo arrastrado, entre zozobra y desazón, siempre a salto de mata y con la conciencia en un hilo. Porque ya habrá caído alguna vez en manos de los de uniforme, y habrá comprobado sus métodos punitivos. Porque la vida…”

(Esta nostalgia termina mañana.)

 

Un pensamiento en “Compañero asaltante

  1. EL asaltante que se encuentra en el poder, ya sean el gobierno, los uniformados, industria, comercio, partidos políticos, medios de desinformación, iglesia; mientras no tomemos conciencia, asumamos y nos organicemos siempre nos van a asaltar. El asaltante de la 22, el que se la juega, es producto
    de los asaltantes que se encuentran en el poder, para éste hay que traer $ 50.00, para matarle el ambre.

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