Justicia

Amado Yánez Osuna, dueño de Oceanografía, defraudó a Banamex con 5,234 millones de pesos. Aquejado de algún quebranto en su salud, el hospital lo dio de alta y Yánez fue trasladado a su casa.

Brenda Magali  Marrón Ruiz, policía de la SSP, con su patrulla mató a un ciclista y dejó lesionadas a dos personas más. La PGJDF consideró que el delito no es grave, y la dejó en libertad.

Sergio Barraza Bocanegra asesinó a Rubí Marisol Frayre, la descuartizó y  confesó su crimen ante tres jueces que por cuestión de una “duda razonable” lo exoneraron de culpa.  “Sólo contamos con su confesión”, argumentaron.

Sólo con su confesión. Mis valedores: el presente es un relato de Gonzalo Fortea que aquí sintetizo con dedicatoria para la justicia de mi país. En primera persona:

– Sí, señor fiscal. Soy un asesino.

Se alzó mi defensor, indignado: “¡No se reconoce culpable!”

– Pero maté a la víctima.

El juez: “Demuéstrelo. ¿Tiene testigos?” Yo: “No se buscan testigos para cometer un crimen”. El juez: “Quizá a usted le hubiera convenido tener uno. ¿Dónde está el arma homicida?”  “La perdí. Puede que la haya arrojado a una alcantarilla”. El juez: “Toda la zona se registró en su día y el arma no apareció. Tendrá usted que demostrar su crimen”.

El fiscal estaba nervioso. ¿Perdería este juicio? Lo tranquilicé. El juez: “¿Los motivos del crimen?” “Robar, naturalmente. Me encontraba en una situación muy difícil. Desempleado, necesitaba dinero para comer. Creí que el piso estaba vacío, pero de pronto apareció la señora. La maté para que no fuese a gritar”. Mi defensor: “¿Gritar? Paralítica, no podía emitir sonido alguno”. Yo: “No lo sabía. Tuve miedo y la maté”.

– No nos convence, dijo el juez. “¡Ustedes no estaban ahí, y yo sí!”. “Demuéstrelo”, y el abogado defensor: “Usted afirma que penetró en la casa con intención de robar. ¿Qué fue lo que robó?” “Nada, no encontré nada”. “Sin embargo, la anciana señora guardaba una importante colección de joyas en su cómoda, que estaba sin llave”.

– Nada encontré.

– ¿Nos toma usted por imbéciles?  La cómoda no fue registrada. No había huellas dactilares.

– Utilicé guantes.

– No se observaba el menor desorden.

Mi abogado defensor: “Señor juez, señores del jurado: el asesinato conlleva pena de muerte.  ¿Vamos a consentir que el acusado se ría de la Justicia y  nuestras sagradas instituciones, y que utilice el dinero y el prestigio del Estado para consumar lo que sería su suicidio? ¿Somos idiotas, acaso, para creer en su desmañada sarta de absurdos? Observen su rostro cansado. “Es que estoy aburrido. (Me levanté.) ¡Ya está bien!”

El juez dio un golpe en la mesa: “¡El acusado se abstendrá de alzar la voz!”. Dije: “¡Soy culpable!” “¡Cállese, no invente que es culpable!” “¡Protesto!”, gritó el fiscal. “¡Denegada la protesta!”, replicó el juez. “Puede retirarse el jurado a deliberar”

– No es necesario, señor juez. Todos estamos de acuerdo.

– Levántese el acusado.

Cuando salí a la calle un tipo se me acercó sonriendo. Era mi abogado defensor, con la diestra tendida. “Enhorabuena”.

El fiscal, en cambio, hundida la cabeza mientras se dirigía al automóvil.

– Maté a la vieja,  le dije.

– Claro, ¿y eso qué importa ahora?

Subió al automóvil. Yo metí las manos en los bolsillos del saco y me fui a vagabundear hasta que abriesen esos lugares en donde dan sopa gratis a mendigos y desempleados. Estaba a punto de llover”.

Mis valedores: este es el país, estos sus estafadores, sus jueces, sus asesinos y descuartizadores.  Son sus Romero Deschamps. Es México. (Nuestro país.)

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