Amor amantísimo

¿Y ustedes, mis valedores? ¿Aún habrá alguno que caiga en la trampa de esos comerciantes corruptores de un sentimiento sublime como es el amor? ¿Un regalo adecuado al tamaño de ese amor, o del vil consumismo, de la aviesa manipulación? Yo, que detesto tan sucias campañas para enganchar pobres de espíritu,  prevengo a algunos: dejen de obedecer al mercachifle. A la Unica digan su amor leyéndole quedo los fulgores de un arte que ha sido capaz de trovar ternezas, pasión y el erotismo del sentimiento amoroso. Para ello aquí envío a ustedes estos relumbres de aurora boreal. Díganlos a su Unica quedo, de boca a oído, de boca a boca, a sangre, a entraña, a espíritu. Aquí los siempre, siempre y los nunca, nunca, del amor que se enciende, fulgura y, si no se le aviva cada día, termina por erosionarnos el corazón con su llovizna de cenizas. De la abundancia del corazón habla el poema oriental:

Maldije la lluvia que caía sobre mi techo y me impedía dormir. Maldije el viento que sacudía mi jardín. Pero llegaste tú, y di gracias a la lluvia porque has tenido que quitarte tus ropas mojadas, y di gracias al viento, que apagó mi lámpara…

Habíamos agotado las palabras de amor. Callamos entonces, y al igual del silencio que se establece entre dos ejércitos que han de librar batalla, hubo un silencio profundo entre nosotros. Y libré la batalla de amor. El ruido de los sables estaba en nuestros besos. Los suspiros de los heridos en nuestros estertores. La algarabía de los carros de guerra estaba en las arterias.

Y te conservé contra mí como un estandarte destrozado…

Recuerdo esa mañana de Damasco y el silencio del jardín donde tú te adormías. La sombra de tu cuello era azul. Tus senos subían y bajaban con ritmo de fuente. Tus brazos, en abandono, eran dos arroyos de plata en la hierba; las mariposas se posaban sobre tus uñas, tomandolas por rosas. ¿Contemplaría mi padre, en ese instante, vírgenes más bellas en los jardines del Paraíso? Me extendí a tu lado, como un mendigo a la vera de una mezquita…

Aquella noche nevaba sobre el jardín. Yo tenía frío y tú no lo advertiste. Contemplabas los grandes árboles bajo los que antaño te esperé tantas veces. Aquella nieve caía sobre nuestro pasado. ¿La promesa que me hiciste bajo la acacia en flor? ¿Dónde está el rocío que empapaba las flores de la acacia..?

Dejaste caer en el polvo el tulipán rojo que yo te había dado. Lo recogí. Ya era blanco. En aquel instante había nevado sobre nuestro amor…

Yo había suspendido en la puerta de la amada una guirnalda de flores de manzano, haciendo exhalar a mi laúd un canto de amor. Al otro día la encontré. Unos claveles del jardín de mi vecino adornaban su traje. Me encerré en mi morada, rompí mi laúd, lloré…

Una canción a lo lejos. Es un mendigo. Puesto que canta ese viejo que nunca ha poseído nada, ¿por qué lloras tú, que posees tan hermosos recuerdos?

Sus manos. La mañana de nuestro primer encuentro fue la mano derecha de mi bienamada la que me envió en gracioso saludo su corazón y sus labios. La tarde de nuestro primer encuentro fue la mano izquierda de la bienamada la que abrió su túnica para que mis besos se posaran sobre sus senos. Así, y por todo lo que les debo todavía, cantaré a las manos de mi bienamada.

 Dolor, ¿por qué despiertas? Mi bienamada partió, y cómo recordar algo más que sus dos manos sobre sus ojos en lágrimas…

Issa, mi amor amantísimo. (Tú…)

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