¿Santo Juan Pablo II?

Sacerdotes y religiosos, en proporción cada vez mayor, buscan participar de manera más activa en las decisiones pastorales de la Iglesia. Buscan que ésta rompa sus solidaridades con un orden injusto y que, en una renovada fidelidad al Señor que la convoca y al Evangelio que ella predica, comparta su suerte con la de aquellos que sufren miseria y despojo.       Espléndido, porque hoy mismo, en  la crisis actual de la Iglesia Católica, donde filtraciones del mayordomo vaticano dejaron al descubierto pedofilia, pederastia, lavado de dinero, complicidad con el narcotráfico y planes de asesinato por rebatinga en los cotos de poder, qué bocanada de aire purificador significa el reconocimiento (reticente, pero en fin)  del Papa Francisco al apostolado de los sacerdotes que ejercen su ministerio dentro de la Teología de la Liberación, que es decir dentro del Evangelio no sólo en su letra, como lo predica la Iglesia tradicional, sino sobre todo en su espíritu.

Teología de la liberación. Satanizada apenas ayer  por los Ratzinger y Wojtyla, en la crisis actual resurge con fuerza mayor esa corriente viva de la Iglesia Católica que intenta hacer realidad la palabra viva, la buena nueva del Evangelio.

Liberación de las masas. Surge el foquismo guerrillero, que a corto plazo pretende movilizarlas. Nada. Se intenta la cuestionable vía electoral. Nada tampoco. Surge entonces la opción de un apostolado que con frecuencia empuja a  los teólogos a  la fricción y confrontación con obispos locales y nuncios apostólicos,  situación que  tiende a agravarse porque “consideramos un derecho y un deber denunciar como señales del mal y del pecado la injusticia salarial, las privaciones del pan cotidiano, la explotación del pobre y de la nación, la opresión de la libertad. Un hombre nuevo y una nueva sociedad no pueden buscarse a través de vías capitalistas, porque los móviles inherentes a todo tipo de capitalismo son el lucro privado y la propiedad privada para el lucro”.

– Nadie debe dejarse intimidar por esos  celosos de la “pureza” y la “dignidad” de la acción sacerdotal religiosa, que tachan de “política” tal intervención de la Iglesia. Tan falso celo encubre la intención de imponer la ley del silencio cuando urge prestarles voz a quienes sufren la injusticia, y es apremiante desarrollar la responsabilidad social y política del pueblo de Dios,  a quien hay que ayudar a liberarse de todas las esclavitudes a que les tiene sujetos el pecado y la injusticia, la ignorancia y el odio,  el hambre, la miseria y la opresión.

Por eso mismo es prioridad separar la Iglesia del Estado, para liberarla de las ataduras temporales y de la imagen que exhibe de su vinculación con el poder. La hará más libre de compromisos y más apta para hablar, y mostrará que para realizar su misión confía más en la fuerza del Señor que en la  del poder, y podrá encontrar la única vinculación terrena que le corresponde: la comunión con los desheredados, sus inquietudes y sus luchas.

Y que cuando un Poder,  por privilegiar el interés de unos cuantos,  desdeña el bien común, es deber ineludible de la Iglesia no sólo denunciar la injusticia sino atenerse al espíritu del Evangelio. Y pensar que en la crisis actual de la Iglesia Católica Ratzinger motejó de  pseudo-teólogos a los Cámara, Boff, Gutiérrez, Casaldáliga y Vera. Siglos atrás ese inquisidor  los hubiese quemado en la hoguera. Leña verde. Hoy, por fortuna, el combustible se le ha agotado. En tanto, mis valedores,  Juan Pablo II, ¿santo?

Dios!)

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