Redrojo histórico

Eso, y no más, es y ha sido usted, señor ex-presidente: un redrojo que al finalizar su mandato cayó a plomo en el desván de la historia, para nunca más.

¿Un recuerdo positivo para la ciudadanía mereció su paso por la presidencia? ¿Un busto de bronce, un óleo, o al menos el retrato hablado?  Desde su caída del poder  ya para nada se habla de usted. Ni para mal, señor ex-presidente, que tal es el destino de los mediocres, y usted lo es de tiempo completo, sin un asomo de carisma y magnetismo personal. Usted, encuevado en algún escondrijo de la Unión Americana, en silencio devora a estas horas las utilidades que le produjo su paso por los dineros públicos, que su gobierno fue el de la corrupción, la sinverguenzada y el predominio de mega-ricos que se sirvieron de usted como de un monigote para medrar. ¡Y lo que dio a ganar a los tales, que a su real antojo lo manejaron, dándole a usted tan sólo la vanidad de las primeras planas! Lo que a sus espaldas se habrán reído ésos que «haiga sido como haiga sido» instrumentaron una transa monumental para que usted afianzara su mandato y ellos sus ganancias ilícitas…

Execrado en su momento, despreocúpese: ya nadie se acuerda de usted. Si acaso llevó a cabo alguna acción meritoria para el país, ¿qué vale, si fue bautizada con sangre? Porque con sangre escribió usted su biografía personal, y como carnicero va a pasar a la historia. Porque pequeñajo como es, y rencoroso y empecinado (mixtura horrorosa),  apenas llegado a la presidencia decidió, a modo de compensación, enseñar la mecha corta y  exhibir el postizo poder. ¿Qué reportes le llegaban cada día a su escritorio?  Catálogos; muertos y heridos. La cosecha sangrienta, señor, a diario dejaba comaladas de viudas y huérfanos, de padres sin hijos e hijos sin padres, de familiares desaparecidos y familias desintegradas en medio del luto, el dolor y las lágrimas. Atroz, horroroso. (Por allá,  duelo y clamores, se aleja el éxodo colectivo.)

Centenares de pueblos fantasmas, en llamas algunos de ellos,  generó su carnicería. Cada  mañana, señor, su despacho sudaba sangre. Era usted el soberano de la nota roja. La industria del periodismo le vivía agradecida porque las cotidianas acciones de usted fueron la materia prima, chorreante de hemoglobina, del condimento con qué alimentar a unas víctimas enfermizas de sadismo, de morbo y crueldad. Para los noticiarios era usted una especie de Laura en América, pero a lo bestia…

Pero eso sí: misticoide y dogmático, en el oficio de matancero siempre supo invocar a su Dios. Que su Dios aprobaba la carnicería, lo juraba besando la cruz.

¿Malo, perverso, sanguinario por naturaleza? No, sus tamaños no le alcanzaban. Dipsómano, y ya. Es usted un adicto al licor que durante los años de su gobierno bien que supo disimular su enfermedad, pero a nadie pasaba inadvertido que borracho activo o pasivo, sus medidas de gobierno parecían obedecer siempre a los consejos de la botella, impartidos de boca a boca.

Y ahora permítame la desmesura del rencoroso: tantos magnicidios han ocurrido en la historia del mundo, y usted tan campante. Destrozó comunidades, provocó duelos y lágrimas, forzó a poblaciones enteras a emigrar, y a usted nadie lo ha agredido físicamente, si no fue el licor a sus hígados. Injusto.

En fin, allá usted, pero yo, cándido que no fuera, desde acá le pregunto: ¿duerme tranquilo en su cama, en la compañía de una esposa nada agraciada físicamente, por cierto? Por cuanto a mí eso fue todo, ex-presidente G.W. Bush. (Vale.)

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