El evangelista

El caso patético de Mateo el evangelista relaté a ustedes el pasado viernes, con la aclaración de que no me refiero al Mateo del Nuevo Testamento sino al viejo solitario que tenía por oficio redactar cartas en la Plaza de la Corregidora, allá por el Centro Histórico.

Solo y su alma en el mundo, según el relato de Rojas González,  al evangelista no se le conocía más vida propia que la vida ajena que columbraba en las cartas que sus clientes le mandaban escribir. La misiva de amor, la del joven que suplica a sus padres le permitan volver a la casa paterna o la de aquella anciana que suplica le escriban a su hijo, «que está en la peni».

Las vidas ajenas hacían vibrar a Mateo y aun alguna le exprimía una furtiva lágrima. Y qué de anhelos estrangulados, de ilusiones sumergidas en una charca de años estériles. Achaques, vejez, recuerdos desencuadernados. Polvo, sombra, nada. Una vida inútil, o casi, doliente y  aplastada de soledad. Frente a sus ojos de conjuntivitis enrojecida y bolsudos  párpados transitaba la vida: el hombre apresurado, la pareja de enamorados, la sota moza de saleroso andar. Mateo, de codos en su mesa de trabajo. Entre él y la vida, una vieja Oliver de teclas descoyuntadas.

(Viandante que tal vez pasaste frente a la Oliver de Mateo: ¿perteneces tú también a la humana ralea de quienes cargamos sobre los lomos el fardo del áspero oficio del diario vivir una vida arrastrada, carga pesada de soportar? ¿A estas alturas de tu vida arrastras tú también la tensión, la depresión, el sentimiento de minusvalía y la neurosis que añora el sepulcro como solución placentera? Porque mal podrás resistir a estas horas la burla de la gente, su mofa y desprecio, su vituperio, que te  hacen sentir un  humano redrojo. Tú, el despreciado…

Si tal es tu estado de ánimo, si tu ánima se frunce y contrista ante el mal fario del cotidiano vivir cuando ya tu vida se te ha tornado vida  aborrecible, y abominable comprobar cada mañana que, veneno dentro del pecho, aún sigues con la vida encima, y que la Moira te impone sobrevivir un día más en un mundo que te desprecia, que hace mofa de tu persona, te veja y te befa y de ti se averguenza e intenta arrojarte de sí como un desecho orgánico; si a ti, infeliz, esa Moira te ha arrumbado en cualquier rincón, entre los trastos inútiles. Tú, el malquerido del mundo, de la pequeñez de tu mundo, en el que mal sobrevives, ánimo. No ir a tomar el vericueto que tomó el evangelista.)

Porque  le llegó la fecha funesta. Fue la tarde de un día ceniciento cuando la Moira le pintó una raya que no iba a pasar. Esa  tarde  vivía su propia existencia, y la examinaba, y la encontró  tan vacía de sentido como colmada de abandono, desaliento, soledad…

Parda era la tarde, y macilenta, muy en consonancia con el ánimo de aquella alma magullada por el choque repetido de mil ajenas aflicciones, exprimida de lágrimas por los  dolores ajenos y el infortunio de los tantísimos desdichados; y fue entonces. Hasta su mesa llegó un cierto individuo sombrío, de impresionante catadura. “La tragedia se columpiaba en sus pestañas y había en su porte un aire macabro. Casi en secreto dictó unas palabras. Por la espalda de Mateo corrió un calosfrío. Pero siguió tecleando».

Después del velorio los compañeros remataron la vieja Oliver en la que el difunto Mateo había tecleado para el cliente sombrío: “No se culpe a nadie de mi muerte».

Mateo el evangelista  llegó a su casa y…

Vacío, soledad, abandono, desesperanza. De Mateo, de ti, de mí, de…      (Humanísimo.)

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