A alzar la Peña

«Me quedo con buen ánimo sobre lo escuchados el día de ayer sábado», afirma el comentarista del matutino, porque, asegura, «una vez lanzados tales compromisos  será difícil que la sociedad mexicana, cada día más exigente, renuncie a reclamar su cumplimiento».

Y una vez más, a la manera de Sísifo, las masas sociales a cargar el piedrón sexenal, que ya en la cima de la montaña caerá a plomo para que todos nosotros volvamos a levantarlo a lo largo de seis penosísimos años, y una vez en la cresta de la montaña alguien nos venga a decir: «ahora sí, esta fue la última vez que se cae la Peña. Se terminó para ustedes esa maldición».

– Lo que me recuerda el cuento de Los mensajeros, dijo el maestro en la tertulia de ayer.

Oímos. El relato describe el episodio que vivieron ciertos desdichados de alguna villa miseria obligados por el Sistema de poder a financiar un programa de vuelos espaciales. Parte integral del Sistema, la televisión juraba a los lugareños que eran ellos mismos, por medio de sus astronautas,  los héroes conquistadores del cosmos. Los payos se la creían y pagaban dobles impuestos.

Los pobretes, así manipulados, sobrellevaban miseria, avitaminosis, enfermedades y analfabetismo, y al sentirse héroes del cosmos copulaban con bríos renovados mientras sus mujeres imaginaban que un astronauta se las llevaba más allá de Venus y el hambre,  de la desesperanza, el sufrimiento y se empobrecían aún más.

Pues sí, pero de repente sucedió que herida de presunción y arrogancia la nave espacial en la que los desarrapados habían puesto su esperanza irracional se desplomó entre las malolientes cabañas, desperdicios y cartón. “¡Cómo dimos de alaridos! ¡El sordo terremoto nos hizo llorar a millones de ilusos y dependientes. Fueron acres y tristes nuestras lágrimas de decepción. En pocos minutos, nuestro  ángel de la esperanza se había reducido a un gusano herido de fierros retorcidos».

Y que “chapoteando en el fango de la explosión nos fuimos acercando,  rodeamos cadáveres y metales. Fue horrible  nuestra pena, amargo el llanto por el ángel destronado y la promesa incumplida. No habían sabido estar a la altura de nuestra dignidad. Nos acercamos en círculo. ¿Por qué caía entre nosotros, en vez de perderse en algún asteroide? ¿Por qué se insultaba nuestra fe en esos en los que habíamos delegado? Injusto. Decidimos saquear el templo de la esperanza frustrada, para que la ira divina cayese sobre nosotros, eternos pecadores. Con furiosa energía saqueamos todo. Al amanecer sólo quedaban cenizas de lo que fue nuestra nave espacial…

Ya no seguimos con la mirada a los héroes conquistadores. Hemos vuelto a la vida de antes: rebuscar desperdicios, robar a transeúntes, fornicar toscamente. Despreciamos a nuestros héroes. Les hemos perdido la fe. No  han tenido la dignidad de quienes delegamos en ellos. Y cada vez que sorprendemos a uno de nuestros niños mirando, inquieto, hacia el cielo, le pegamos con odio y sin misericordia”. ¿La moraleja, contertulios?

El mexicano pasa su vida delegando siempre en sus astronautas,  decidido a nunca crecer, madurar, asumir. Delegar en Echeverría, y venga la desilusión, y retoñe la irracional esperanza con López Portillo. Desencanto rotundo. Ah, pero con De la Madrid sí. ¿Que no? Ya el Sistema nos apronta a Salinas y Zedillo. ¿Tampoco? Y qué importa. Con Fox, ¡al cambio! ¿La desilusión? Pero ahora nuestra esperanza es   “uno chaparrito, jetoncito, de lentes». ¿Que empobreció y ensangrentó el país? ¡Pero ahí llegó Peña! (Ah, México.)

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