De perros y huevos

Señor presidente: para ser ganador como empresario y buen líder se necesitan huevos, ¡muchos huevos!

Así en su momento reclamó a Fox el empresario C.S. de Anda. Hoy México anda sin huevos, situación que  me lleva al tema de la lucha libre, deporte que requiere muchos y muy bien puestos. Un día de aquellos me extravié en la sección deportiva, y aquella cursilería:

Una vez más el bien triunfó sobre el mal, y la joven sensación, Místico, volvió a pasarle por encima al rudísimo Averno. El aficionado disfrutó de un recital de alternativas en tres caídas.(¡!) El Místico ejecutó su valentía (sic) y tomó ventaja.

Y que “el arlequín boricua se acercó a los aplausos al dejar con vuelo afuera del ring a Warrior». Tropecé con los alias pintureros: Nitro, Sayko, Boy, Pierroth, El Sagrado, Black Warrior, en fin. Cerré el periódico y me puse a pensar en los tiempos de mi primera juventud, qué tiempos.

Aprendí aquellos nombres: Gori Guerrero, El Santo, Blue Demon, Rayo de Plata (a este táchenlo, era un caballo), y en épocas más recientes Konan, el Mil Máscaras, Fray Tormenta (sacerdote él, creo). Hoy, por lo visto, ya contaminó a los luchadores  la plaga de los nombrecitos que endilgan a los pobres escuincles: Vivían, Yinyer, Yeneviv, Cary, Yónatan. Ustedes, los aficionados, ¿simpatizan con los técnicos o se inclinan ante los villanos de las mañas arteras? Rodillazo, descontón, el chile en los ojos (chile en polvo) o la estrangulación directa, por no andarse con rodeos y, ojos desorbitados,  el aullido del “respetable”:

– ¡Mátalo, al cabrón!

Dije huevos, y en diciéndolo rindo homenaje a dos de los rudos más rudos, corazón bandolero:

– ¡El Perro Aguayo! ¡Cavernario Galindo, para el que quiera algo de él!

Ah, crispaciones faciales de fieras en brama, de bestias en paroxismo, sedientas de sangre! ¡Ah, esos tomates inyectados de coágulos enrojecidos, belfos espumosos de baba sanguinolenta, caninos y premolares mascando los hígados!

Perro y Cavernas fueron varones honestos en su profesión y respetuosos con un respetable que en la taquilla pagó por ver sangre derramada (de dos fieras del cuadrilátero, no de 95 mil mexicanos víctimas de una guerra particular que juzgará la Historia). Porque Perro y Cavernas desquitaron los pesos pagados para atestiguar cómo los dos se bañaban en sangre  en el encordado de la Arena México. Bien haya…

Esos fueron el Perro y el Cavernario: virtuosos en todas las malas artes del costalazo, del madruguete, del descontón. A pujidos, sudor y sofocos, en cada contienda subieron a partirle toda la suya a los Gori Guerrero y demás guerreros que personificaban el bien. Porque Perro y Cavernas eran villanos, y como villanos se esforzaron por ganar así fuese con recursos permitidos, si no había otra opción. Nunca en lo suyo mediocres, bien haya ese par de rudos, y a esto quería yo llegar.

Perro y Cavernas lidiaron a la pura verdad. Auténtica fue su rabia de contendientes como auténtica la sangre con que jaspearon el encordado. Ni un engaño en el cuadrilátero, ni una balandronada, que no fueron valientes de lengua, saliva y gargajo. Cara a cara defendieron su causa, cara a cara se agredieron y fue la cara la que mutuamente se partieron. Bien hayan.

Ellos dos, para sus contiendas, fueron limpios, leales. Ellos ni mecha corta ni caprichitos, ni venganzas de mala ley. Ellos exentos de esos rencores del carácter débil que se satisfacen de forma tangencial y torcida desde la alevosía, la ventaja y la Sota de bastos, Alejandra. Bien por el par. (Vale.)

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