Oh dolor…

Salir con la frente en alto a pesar del dolor. La vida continúa..

Leí la frase, me estremecí, venteé la tragedia del héroe, su temple, bizarría y estoicismo, su serenidad ante el infortunio. A la mente se me vinieron las levantadas figuras de la epopeya clásica. Si Eneas, en la hornaza de Troya, a la que el triunfante Odiseo conmina a abandonar con tan sólo lo que lleve encima. El héroe vencido, hijo amantísimo de su padre Anquises, por no abandonarlo a su suerte en las ruinas de la ciudad se lo echa sobre los lomos: “es lo único que llevo encima”,  y se retira con él.

“A pesar del dolor. La vida…”

Si un gemebundo Aquiles ante el cadáver de su amado Patroclo, o si el héroe rebelde por excelencia, un Prometeo encadenado a la roca del Cáucaso después de hurtar del Olimpo el fuego divino para con fuego convertir en divinos a los mortales. ¿Qué personaje, enfrentado a los dioses, al hado, a la Moira, pudo, al caer al hachazo del insobornable destino, levantar la frente y “salir con la frente en alto a pesar del dolor?” Lean, si no las conocen, esas tragedias clásicas, conmovedoras. Antígona…

Frente en alto a pesar del dolor, empresa vedada a nosotros los débiles, los del corazoncillo de jericalla, sensibleros que a flor de pupila cargamos esa furtiva lágrima que en ocasiones no logramos domeñar, y que de improviso salta, rebelde, a la vista de todos, nos descompone los rasgos del rostro y lo colorea de vergüenza. Las lágrimas que la muerte nos vino a exprimir cuando se llevó a la madre Tula o cuando la vida, insensible, se raptó a mi Nallieli, que ya está fuera del mundo; y al retorcimiento de la dolencia cómo clamar, simplemente: la vida continúa. ¿Es vida la nuestra o sólo su apodo, su alias? Tula, Nallieli, mi juventud, yo mismo…

Y ya a la orilla de todo -medito enloquecido- en lo que he sido- en lo que es ido

Por ahí va el poeta. Y qué hacer. ¿Salir con la frente en alto? Miro las fotos de los dolientes, intuyo el drama. ¿Qué trecho de tu vida puedes haber caminado tú, que te desmoreces al dolor, con tus veinte años apenas, a penas? Tú, el de barbilla incipiente, que con lágrimas sin veda, pudor, intimidad, asperjas los cuatro rumbos de la rosa, ¿eres, acaso, más joven que ese de junto que miro levantando a los cielos unos puños crispados, tanto como los rasgos de un rostro distorsionado, contorsionado, charamusca del dolor que se expresa a aullidos? Ah de esos ojos remachados, de esa boca abierta de par en par,  de los puños que encaran los santos cielos y amenazan con derrumbarlos, acabar con ellos, y con todo y con todos, y así dar muerte al dolorimiento. Con la frente en alto. Trágico.

Acaso más me impresionen las expresiones faciales de ese otro en la foto, imagen expresionista de un dolor que va metamorfoseándose mientras que el ceño se frunce, las cejas se tornan colas de escorpión y de la lágrima que se reseca emerge una ardida exasperación, una árida rabia en esas fauces que se erosionan mientras los dientes parecen a punta de morder, triturar. A tarascadas…

El anciano de junto: volcán que se apaga, sus grietas aún rezuman lloraderos de humedad, grietas resecas por las cataratas, contrasentido patético. Y qué será más de impresionar: la lágrima viril, el rabioso llorar, la pena ya sosegada, cansada del áspero oficio del diario vivir, o el sacudirse en sollozos del niño que comienza a saborear el amarguísimo sabor de la humana dolencia. Miro las fotos. Duélome al verlas. Yo, reblandecido al ajeno dolor… (El lunes.)

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