¡Otra cañonazo!

Intentó hacer amigos  a sus enemigos. Sólo consiguió transformar a sus propios amigos en   enemigos.

Crédulo como fue el presidente Madero, e inhábil para gobernar un país que levantó en armas, su exceso de buena fe lo iba a llevar hasta un terreno baldío donde la noche del 22 de febrero de 1913 recibiría un tiro, uno solo, en la nuca. Y ahí se inició una nueva etapa de la revolución.

Los Madero, Pino Suárez, Mondragón, Reyes, Díaz, Blanquet,  Henry Lane Wilson, Victoriano Huerta,  y una Ciudadela en llamas. Zopilotera y hedor, esa historia…

La historia de la Decena Trágica. Una mala decisión de gobierno, el complot de un quinteto de traidores y una zona de la ciudad que se incendia entre derramamientos de sangre. A 97 años del holocausto y ya con el juicio incontrovertible de la historia, escuece reconocer que  iba ser un manso  Madero y no Ricardo Flores Magón,  ideólogo y luchador civil, quien llevase al país a dar el salto de calidad. Más allá del calificativo de mártir no pudiese resistir ningún otro ese al que a su hora nombraban Panchito Madero.

Tú qué adalid vas a ser – te lo digo sin inquinas – gallo bravo quieres ser – y te falta, Chantecler, – lo que ponen las gallinas”.

Hasta allá permitió Madero que sus enemigos, al pretexto de una mal entendida “libertad de expresión y de imprenta”, perpetraran verdaderos delitos civiles en contra de la investidura presidencial. Uno de quienes más irían a zaherirlo fue José Juan Tablada, personaje de claroscuros: excelente en cuanto poeta y hombre de ingenio, reaccionario en su ideología, su odio al vitivinicultor lo llevó a vituperarlo con burletas sangrientas, sobre todo en la polémica que sostienen un perico y el gallo Chantecler, sainete al que pertenece la cuarteta anterior, vitriolo quintaesenciado.

Este mismo Tablada nos dejó la crónica exacta de los sucesos que detonaron la Decena Trágica. De su diario, fechado en 1913:

«Domingo 9 de febrero – De México me telefonean que la guarnición se ha sublevado al grito de ‘¡Vivan Félix Díaz y Bernardo Reyes!’, que se oye el tiroteo en los barrios y que el Presidente está en Chapultepec, en calidad de preso, por los alumnos del Colegio Militar (cadetes de la Escuela de Aspirantes, de Tlalpan, sublevados contra Madero por obra de Mondragón, mis valedores); que por las calles corren caballos sin jinete y que el tiroteo continúa. Coyoacán, sin comunicación de tranvías con la capital.

11.30 AM – J.M.A. me habla por teléfono. Dice que están tirando con metralla sobre la ciudad desde la Ciudadela, donde hay  tropas leales al Gobierno.

10.50 AM – Pretendo volver a hablar por teléfono y me contestan de la Central que están rompiendo las líneas y que ya no hay en servicio más que una sola…

12.10 AM – El mozo al que mandé para que comprara una pequeña despensa en previsión de probables escaseces dice que es imposible ir allá, pues el tráfico de tranvías continúa interrumpido.

5.20 PM – Telefonean que Mondragón ha intimado rendición al Presidente Madero encerrado en Palacio, dándole como plazo hasta las 6 de la tarde. Cualesquiera que sean los cargos al Gobierno, al hombre civilizado le repugnan estos brutales procederes de la fuerza bruta, que ya parecían proscritos de nuestra dinámica social.

5.50 PM – Que la Prisión Militar de Santiago y las redacciones de El País, La Tribuna y El Heraldo, han sido incendiadas por el populacho. Que llueven los proyectiles y la ciudad está llena de cadáveres.

“¡Un cañonazo! ¡Otro cañonazo!’”

(Esto sigue después.)

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