Qué joven fui una vez…

Los eufemismos, mis valedores, a los que acudimos por el miedo que nos inspiran ciertas palabras y el temor que profesamos a la verdad. Ahora resulta que alguien ya no mata su perro; “lo sacrifica”, y a la carestía se le llama “turbulencia económica”,  y a empobrecerse aún más, “apretarse el cinturón”. Son los huevos “blanquillos”, y el culantro “cilantro”, ¿Ir a orinar o defecar? “Ir a polvearme”, y que ese borracho, “anda alegrito”, y la joven que yace con varón, “dio su mal paso”.

¿Carestía? “Ajuste de precios”. Ya a nadie expulsan de su fuente de trabajo. Fue “reajuste de personal”, y “reajuste salarial” la rebaja del sueldo. ¿Lo expulsaron? “Lo invitaron a retirarse”. ¿Prostituta? No, “sexo-servidora”.  Ya el inválido dejó de serlo cuando pasó a la categoría de  “individuo con capacidades diferentes”, como el desdichado infante que sobrevive en la alcantarilla ahora es “niño en situación de calle”.

Los eufemismos. El desgraciado que perdió la vista ya no es un ciego, sino un  “invidente”, y quien tiene la desgracia de dejar su libertad en la puerta de una crujía de la cárcel ya no más va a ser un preso, sino tan sólo un “recluso”, un “interno”, aunque lo tengan muerto en vida en la cárcel de la cárcel (el apando).  Fácil.

¿Qué se murió? “Se nos adelantó”, ¿Qué es un anciano? Ya no, ahora es un “adulto mayor”, un “adulto en plenitud” que vive en la “tercera edad”. Los eufemismos. A propósito:

El domingo anterior me enteré de que la ONU, de los 365 días del año, concedió todo un día, un día entero, el 28 de agosto,  a la celebración del Día del Anciano, y que se festeja a los “adultos mayores” desde 1982. Edificante.

Pues sí, ¿pero así nomás,  Día del Anciano? Un momento. Ahora, en honor del eufemismo, se trocó en el “Día del Adulto Mayor”. Así si.  “La población se ha  dado cuenta que cada vez son más los ancianos en nuestro país. La fecha se ha hecho sustancial pues no deja de ser significativo el hecho de que se recuerde y  festeje a ‘los viejitos’ por lo que representan en la vida de una familia y de la comunidad”. Enternecedor. Yo, más allá de oropeles, hojalatería y festejos de sololoy, escribo, a propósito:

Senectud, divino tesoro que te vas para no volver. Mis valedores: los accidentes fortuitos. Marinero que a medias del mar se topó con el mensaje de auxilio en la panza de una botella, en aquel viejo ejemplar de viejos poemas que de la librería de viejo rescaté alguna vez, un viejo pedimento de auxilio me he venido a encontrar. Años de polvo y vejez en la librería se prolongaron en mi biblioteca. Hace tres, cuatro días, una tarde lluviosa que enlaciaba el ramaje de pinos y pinabetes…

¿Cómo fue? Casualidad, porque desde en la mañana, por la oscura maldición que se cierne sobre mi país desde que uno chaparrito, peloncito, etc.,  lo empapó de sangre, luto, muerte y destrucción, arrastraba yo una indefinida depresión (ella me arrastraba a mí), y ya ustedes pueden imaginárselo: me aferré al clavo ardiendo, que para unos es la botella, para otros el rezo, para Fox el Prozac o alguna otra forma de dependencia (para el actual invocar el auxilio de Ratzinger, el milagro de una beata ampolleta de sangre (¡esa fijación!) y a no sé qué sustancia que alegra los corazones). Yo, por mi parte, me fui a acunar en mi biblioteca, y la casualidad: ahí el vetusto volumen. Apenas abriéndolo, a penas me remitió. Las tristuras, por conjurarlas, se refinaron.

 Y no quiero morir. No quisiera morir -Amo la vida porque está colmada de poesía-Y de crímenes, y de odio y rabia y lágrimas…

(Mañana.)

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