¿Qué onda?

Todo estreñido, mis valedores. Repetitivo y sin creatividad. Así escucho el lenguaje verbal de unos “chavos” cuyo vocabulario abarca del “¿qué onda, guey?” al “me cái” y al “no manches”. A fe que generaciones atrás: qué riqueza de expresiones ideaban y creaban en su comunicación lingüística. ¿Alguno de ustedes habrá leído El Periquillo Sarniento, como evidencia de mi afirmación?

Pues siendo cócora en los juegos, tenía yo que vigilar al montero para cogerle un zapote o verle una puerta o arrastrar un muerto.

Ahí una muestra  de aquel lenguaje secreto  que utilizaba el gremio del mal vivir en el México del siglo XVIII,  que Fernández de Lizardi recoge en la novela más representativa de la picaresca mexicana en vísperas de la independencia del país.  Y qué lenguaje rico y sonoroso, siempre creativo y siempre en constante renovación, con el que de maleante a malandrín se comunicaban sus asuntos al margen del orden público, que se iba a prolongar hasta las décadas primeras del pasado siglo para más tarde morir en olor de formol y cadaverina. Hoy, la juventud, abundosa en sus formas de comunicación verbal:

-¿Qué onda, guey..?

A toda hora, con todos y para todo: “¿qué ondón?” “Chale”. A cual más de constipadas pregunta y respuesta. “No te manches”. Esto, cuando no permanecen enajenados en la pantalla del celular.  Yo, incómodo con ese pobre lenguaje siempre empedrado de disparates,  muletillas y cantinfleos, muestro aquí (anécdotas y relatos) el grado de creatividad de aquel  que denominaron caló, que allá por el primer tercio del siglo anterior exudó el barrio bajo en la cofradía del  corazón bandolero a modo de cable cifrado para  evadir a extraños al clan, sobre todo si se acercaban luciendo chaquetín azul y al cuadril el arma reglamentaria. Entonces, el que primero venteaba el peligro:

– ¡Aguzadéis afanes fu, la jara se aplacera por el chante, los oclayos a sus mentolatos!

Y el silencioso desparramarse por la calleja y el callejón, y a la guarida y al escondrijo…

Esa jerga de hampones conoció su Siglo de Oro hace ya muchos ayeres, y hoy suena anacrónica y sin trazas de resucitar. Cumplió su ciclo vital aquella forma de secreta comunicación de la cofradía de maleantes, dialecto de trasmano entre caifanes y raterillos, rameras y proxenetas y demás vividores del áspero oficio de la vida arrastrada que mantenía la carne de presidio siempre en alerta, siempre aviruza por si la jara…

¿Y si en un parpadeo de mala suerte su mala estrella los refunde en La Grande? Suspires son del afane, o dicho en cristiano: gajes son del oficio, sin más.

Pos sí, mi ñero: qu’l afanador le jurnia la luz al gil ese que s’envolvía en un jando varil. ¡Puro quemador salido del horno! ¡Y clarines, que lo’speranzas que se botara del ratón, pa’macizarlo!

Lean estos retazos de cierto relato que firma un  Fuentes Zapata, con su respectiva traducción:

“Solicitó de boleto una sersia bien muerta ¡y poninas a pastorear al Gilberto! Como afanaba dia soledá, ¡por niguas quien lo batiera en la desgrase! Y el ruco ya tostonero… media astilla y canasta del adobe, pero cubriendo un resto de luz…

Y que se aplacera una´ndadora de forro chido y se cotejan una vidriosa de tecitos d’ándosela de chaquira en la bellerina. Lo chamucó guaracharse un purrúm bien sonado: maletón pa´l guarache, pero como ya´staba coconoco, por ni color de las regadas…”

“Qué onda con ese pedro, guey?”, me dirá alguno de ustedes en llegando a este punto, y yo le contesto: calma; la traducción y algo más, el lunes. (Vale.)

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