De los mendigos les hablé el viernes pasado; del río de necesidad con que vengo a toparme cuando voy y vengo de la estación del Metro a la estación de radio, y viceversa. Yo, corazón de malvavisco, me aprovisiono de monedas que voy sembrando en la mano abierta con la vagorosa esperanza de cosecharlas en un cielo más vagoroso todavía. Y esta moneda a la anciana que engarruñada y a puro valor soporta fríos, calores, ventarrones y lloviznas tempranas, y esta otra en el de hojalata del desafinado violín, y una más en la guaripa que aguarda boca arriba, boca abierta en el escalón, mientras el ciego nos jura que Gabino Barrera no entendía razones andando en la borrachera. Y allá va la monedilla sin más valor que la buena intención, que ya con una moneda de diez qué puede mercarse, que no sea la ilusión, pobre ilusión de pobre, de ganarse el cielo. “Dios se lo ha de pagar…”
Escaleras del Metro capitalino. En aquel escalón, el viejo de la guaripa ofrece al viandante la única alegría a la medida y al alcance del pobre, que en México lo somos todos si exceptuamos a los ricos:
– Alegrías de a peso.
Toda la alegría que puede caber en un peso; alegría de amaranto…
Pero ándenle, que ayer, muy de mañana, la novedad: una parejita de nuevos pedigueños engrosaba el rastrojal y la cofradìa de la mano extendida: “Animas caritativas…”
La aparición del par de arrimadizos acuclillados en el andén del metro Copilco me sorprendió porque yo a todo el almácigo de menesterosos ya lo conozco como a la palma de su mano extendida, que cada mañana paso revista a semejante sembradío de penurias. Pero esos allegadizos, con su aire patético. Y yo, ya sin monedas qué repartir…
El alto, vejancón; el bajito, cochambroso, lamentoso a cual más. Su aspecto me acalambró las fibrillas íntimas del corazón. Ah, el aspecto del par de mendicantes, esas miradas de súplica, ese su aspecto de necesidad que…
Los reconocí entonces. ¿Con que eran ellos? Así pasan las glorias de este mundo. Humillados y ofendidos me los vine a topar, sin el tanto de autoestima que puede caber en una moneda. Los vi y me miraban, la mano extendida, que extendida me apachurraba el corazón, qué contrasentido. Y yo ya sin un cuproníquel (sé lo que digo) para poner en sus manos, ya sin nada que ofertarles que no fuera mi humana compasión, tan inútil si no se acompaña de las acciones. Ellos, frente a mí, con sus pupilas de animalillo aporreado, unos labios temblorosos que, todavía novatones en el oficio, como que aún no se atrevían a oficiar el rito del pedigüeño. Los observé de reojo…
Quién te mira y quién te vio: haber sido y no ser. Cuán cambiantes los devaneos de la tornadiza fortuna, de la que el prudente nunca se fía, porque cuando y cuanto más altos encarama a algunos, más bajo y hondo los deja caer. ¿Así que estos son los que fueron ayer triunfadores, los que refulgían ante el halago, la lisonja, la envidia y la admiración de las muchedumbres? Lóbrego…
Frente al enanín me hurgué en los bolsillos. Basurilla, una moneda de a peso, lo único. “De algo le puede servir”, y puse el pesito en la mano del peso mexicano, el que una vez fue de plata 0.720 y hoy es eso pequeñín, devaluado, minimizado y a punto de encogerse otra vez si el gringo no lo remedia. Me miró, húmedas sus pupilas. Tragué saliva. El otro, sol que apagaron a escándalos y redujeron a la miseria. Pobrín Strauss-Khan, y la monedita en su mano. Suspiró, suspiré. (Qué más.)