Museo del horror

El segundo marido de Marta, mis valedores. Habló. Volvió a hablar. Lo hicieron hablar en reciente entrevista de prensa, y apenas abrió la boca, para abrir boca vaticinó el regreso del PRI a Los Pinos. Yo, escuchándolo, pegué el respingo y toqué madera (melamina). Luego me di a meditar. En un ejercicio de remembranzas pasé lista de quienes desde el gobierno propiciaron, y aun encabezaron, las comaladas de millonarios que, lo afirmo en su momento Portes Gil, presidente interino, produjo cada sexenio. Fue el de la remembranza un ejercicio  agridulce. Qué tiempos aquellos, los del Revolucionario Ins…

Suspiré. Agridulce la remembranza. A la mente se me vino la torva figura de aquel Díaz Hordas carnicero que hizo la plaza de las Tres Culturas un almácigo de cadáveres y un puro cuajarón de sangre derramada, sangre joven, inocente. Agridulce el recuerdo de un Echeverría matancero por vocación, que a estas horas carga en su conciencia no sólo Tlatelolco, sino el halconazo del 10 de  julio y todo un sexenio que tiznó de pólvora con su guerra sucia, guerra de baja intensidad. Agridulce fue el recuerdo de un López Portillo garañón, que antes de derrumbarse en el desván de la historia dejó los puros huesos la economía nacional. Agridulce evocación fue la que experimenté con la mafia Salinas, el capo de la cual, rapaz, se robó la media cuenta secreta, según lo acusó más tarde el primer mediocre de las cejas alacranadas, quien después de su dicho dio el reculón. “Lo acusé porque tengo demencia senil”. Porque no tengo cojones, debió aclarar.

Agridulces los tiempos del error de diciembre, con un  Zedillo milusos que nos enjaretó los 100 mil millones de nuestra moneda nacional (dólares) de un Fobaproa cuya factura estamos pagando hoy todavía. Mis valedores:

Oí la voz del ranchero de San Cristóbal, medité en su afirmación de que el Tricolor va a volver a Los Pinos, y luego del espeluzno que me provocó el lengua larga medité en los tiempos, qué tiempos, de la “pareja presidencial”. Ya escucho al renegón: “¿Qué pudieron tener de agridulces los tiempos de tales hampones?” Y yo le contesto:

“¿Se ha puesto usted a pensar en lo que las malas artes de esos tales significaron para la historia del país cuando los compare con los cuarenta, cincuenta, ochenta mil, alucinante cifra de muertos, de viudas y huérfanos, de mutilados y  desaparecidos, de familias deshechas o desplazadas, pueblos fantasmas y el  duelo descomunal, el temor colectivo y esa herida nacional que nunca habrá de cicatrizar? ¿De Díaz Hordas al zafio del Centro Fox cuál de todos ellos se podría comparar con  el que ha convertido México en ‘una vergüenza mundial’?”

Agridulce evocación  esta que me provocan la “pareja presidencial”, sus hijos, hijastros y parientes tan rapaces como ellos. Fox, Atenco, un aeropuerto nonato y la violación a los derechos humanos. Fox, una enciclomedia inservible y aquella incultura que Marta y él mentaron a la Gran Rabina Tagore y a José Luis Borgues. Y ya que aludí al escritor argentino, ¿conocen ustedes su relato Un muerto? Aquí, de memoria:

Los protagonistas: uno es  Benjamín Otárola, joven de edad,  ambicioso por naturaleza y rijoso de vocación, cuya vida pendulea de taberna en taberna, en la diestra el puñal. El otro: Azevedo Bandeira,  que capitanea cierta banda de facinerosos. En medio la impredecible, la desdeñosa mujer, cabello rojo encendido, a la que Otárola sorprende descalza y a medio vestir en la cama de Bandeira, y ahí el principio del drama. (Sigo mañana.)

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