Gótica

Las leyendas de horror, mis valedores. Copio de una obra maestra del género: “El verano de 1816 fue en Suiza excepcionalmente lluvioso y desagradable. Lord Byron y Percy Bische Shelley los dos mejores poetas jóvenes de Inglaterra, estaban por entonces en Ginebra. Entretenían su tedio de las noches contándose cuentos de fantasmas. Byron propuso que cada uno de los asistentes a aquellas reuniones escribieran una historia de terror. Luego conversaron acerca del principio de la vida y la posibilidad de volver a infundírsela a un cadáver.

Mary, la joven esposa de Shelley, subió a acostarse, pero no pudo dormir. Con los ojos cerrados vio mentalmente las imágenes que más tarde iba a desarrollar en su novela Frankenstein, o el Prometeo moderno…”

Y sería la tormenta que se aplanaba afuera de mi ventana, sería la novela de Mary Shelley que estuve leyendo, o tal vez una cena sobrecargada de grasas, especias y condimentos. Lo cierto es que la noche del domingo pasado tanto me sumergí en la lectura de aquellas escenas de escalofrío, y tanto me impresionó la historia que tantos de ustedes conocen por el libro o el cine, que esa noche viví la aventura de la novela de horror, y la viví de la siguiente manera:

En sueños me vi encerrado en aquel caserón sombrío. En la pesadilla me observaba caminando por un corredor penumbroso y a la luz del hachón que sostenía con su mano sana el engendro aquel, jorobado de torcido mirar que me conducía escalones abajo. “¿A dónde me lleva?” Me atreví a preguntarle.

– Al sótano -me contestó en un gruñido. El lo está esperando…

– ¿El? ¿Y quién es él? -el espanto me hacía tembloriquear.

Con un gemido me respondió, y al silencio volvimos, y yo seguí al contrahecho. Intolerable me resultaba el tufo a humedad, a rancio, a corrupción, a orines de las ratas que infestaban el castillo. Y aquella taquicardia. Intenté despertar. Todo inútil.

De repente y sin apenas darme cuenta de su presencia: ¡el personaje aquel que se arropaba en la penumbra! Su voz, el sentido de sus palabras me hicieron estremecerme:

– El Valedor, yo suponer.

– ¿Quién es usted? ¿Qué lugar es este? ¿Quién me trajo hasta acá? ¿Para qué me trajeron…?

Distinguí su rostro, imposible. Hundido en aquel sillón de alto respaldo, el personaje se oscurecía en la penumbra. Su voz, su acento extranjero:

– Please, sentarse usted. Serr bienvenido.

– Sí, pues, ¿pero quién es usted? ¿Cuándo, dónde, de qué nos conocimos? ¿Dónde estamos? ¿En qué país…?

– Mi serr científico. Parra mis colegas yo serr un fool, un loco. Yo saberr que usted tenerr interrés (interrés, no me corrijas, computadora estúpida, ¿no ves que era teutón?); interrés, decía, en adelantos de la investigación científica. Que usted querrer conocerr mistemos de la vida y la muerrte.

Toqué madera mientras lo oía rreirr (reir, perdón) entre dientes. Me estremecí en sueños y miré en torno. Era aquel un laboratorio en penumbra, con los muros tapizados de tableros y estructuras que hervían de matraces y retortas, tubos en serpentina e instrumentos de medir, todo punteado de luces intermitentes. Un suave ronroneo, que supuse de algún generador de energía eléctrica. Intenté despertar, y aquellos latidos desaforados, y aquella arritmia y aquella voz… (¿No los estoy aburriendo? ¿No se me han asustado en demasía? Sigo, pues.) Aquella voz: “Así que venirr usted a conocerr a la crriatura. Mostrrársela tú, Miquelángelo.

¿Miquel qué? El cual, entre gruñidos guturales, me condujo hasta el otro extremo del laboratorio, y con aquel garfio, o sea su índice engarabatado, señaló hacia la cortina marrón. Lo vi dudar. El hombre de la penumbra:

– Tú tenerr valorr. Tú jalarr la corrtina y descubrrirr la sábana.

Obedeció el baldado. Recorrió la cortina y con gesto dubitativo fue descubriendo la sábana que cubría el camastro de hierro, monumental, y entonces… ¡horror! Con la diestra contra los labios, muy a lo dama del cine mudo, ahogué el grito de espanto. En el…

(Esto, mañana)

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