No quisiera más ventura – ni más dicha merecer – que de tu boca a la mía – no cupiera un alfiler…
Miro la foto en el matutino del pasado sábado. Veo a la pareja trenzada de brazos, sonriendo al mirarse a los ojos, pura mielecita en penca. Observo en sus rostros ese amor senil, y tan joven, que es el de Fox y la Marta. El amor en los tiempos del cólera. De la cólera, más propiamente, esa que en todos nosotros rebulle ante la sensación de que fuimos robados por la vieja «pareja presidencial». Vamos, México…
A mí me gusta hablar del amor. Declarar el amor. Proclamarlo, gozarlo, sumergirme en él. Fue por ello que hace años, cuando el presidente Fox se casó con Marta Sahagún y vi en las fotos sus bocas unidas, quise alabar cumplidamente al varón. Sin asomo de sarcasmo, sin ironía.’ «Pero no azozobrarse», aclaré para evitar suspicacias. No me he vuelto de los intelectuales orgánicos, inorgánicos, que viven de culimpinarse. Yo nunca Mi loa sin reticencias, dije, va para ese varón que, según todos los indicios, padece de cierta dolencia en su corazón que de corazón le alabo, dolencia común y tan poco común entre los humanos. El hombre Fox está enamorado hasta el tuétano, y vive ese estado de. gracia que es el amor. Yo, y por esto ya puedo morir en paz, años y felices días he padecido semejante achaque en la carne viva de la viva entraña de cada telilla del corazón. Cómo no entender los desplantes de Fox frente a su amantísima..
Lo entiendo y aplaudo: a mí, como enamorado, campo y tablas me faltaban para gritar mi adoración, en público y en privado, que de la abundancia del corazón hablan mis fabulillas. Así miro a Fox a estas horas, y alabo al varón enamorado, sin más. Pondero aquí a ese amador al que el fervor amoroso le brota en el rostro como esplendorosa erisipela, y lo canta a los cuatro rumbos: Ay, malhaya, malhaya – vengo diciendo – que me quiten el gusto -de estarte viendo…
¿Motivos para exaltar al Fox enamorado? Pienso en esas historias de amoríos clandestinos, sórdidas historias, de tantos de sus antecesores. López Mateos: un garañón que, carisma, juventud, coche deportivo y buen físico, para negocios de cachonderías le echó de ribete el prestigio de la figura presidencial. Luego eso sórdido, grotesco, que fueron los amoríos de un adefesio todo dientes y jetas, un Díaz Hordas que a espaldas -a lomos- de doña Guadalupe se refocilaba con los silicones, las cirugías y lo todo postizo, incluyendo los lunares, de cuanta bataclana accedía a soportar, por amor al billete, que el hocicudo me la dejara toda embijada de sangre fresca (Tlatelolco) donde hubiese puesto las manos: tetas, glúteos, entrepierna y anexas. Grotesco.
¿Alharaquiento el amor de Fox? Compárenlo con el miserable del que en vida y ante familiares y públicos funcionarios se vació en una descabellada compulsión por todo lo que oliera a pompa(s) y circunstancias, ese López Portillo que de Los Pinos hizo leonera, con el teléfono rojo como instrumento para enlaces de pantaleta según me contó con inexplicable confianza don Jesús Reyes Heroles; que de su tiempo vital hizo un alardoso currículo de garañón y padrillo, de morueco y burro manadero. Y que a familiares y colaboradores se les caiga de vergüenza Ajena. (No voy a profundizar, porque no me consta, aunque los conozco, en los chismarajos que acompañaron a De la Madrid cuando ocupante de Los Pinos. Pesqueira, Salinas, etc.)
Feo, pelón, chaparrín, orejudo y cascorvo, tipluda vocezuca de pito de calabaza como aspirante a las Mes de amor, ¿habrá ente más desdichado que el mothernizador? Pero qué maquillista no será el dinero para una ambiciocilla que a la hora de la intimidad cierre los ojos y las apriete, refiérome a las quijadas. ¿Cuánta estrellita de buen canal (el de las estrellas) no se involucró con el que se decía de Agualeguas? De culiprontos tales reflexionó en aquel entonces la inefable tía Conchis, conserje del edificio:
Pior es chile y Agualeguas, han de decir.
Frente a tanta indignidad y cachondería de compra-venta y trasputín, mis valedores: ¿no son de admirar las públicas muestras de genuino amor (hoy en La Estancia como ayer en Los Pinos), por más ostentoso, por más estentóreo, que nos parezca? Al hombre aludo, no al atrabiliario que usara de taparrabos la investidura presidencial. Tal dije entonces, y rectifico, de plano, y me la muerdo Qa lengua): ¿cuándo me iba a imaginar a dónde lo conducirían, a dónde nos conducirían (a usted, a mí, a México) unos amores que así se salieron de madre? Mis valedores: los amoríos de los crápulas de anteriores sexenios sólo nos costaron joyas, viajes, el catre de alguna emperatriz. Pero Fox…
Si Vicente quiere a Marta – y ella es todo su querer – ya la besa, ya la exalta -ya no sabe ni qué hacer.
¡Ya supo! ¡Vamos, México! (Dios…)
Pues no sé , pero a mí todas esas «muestras» tan alharaquientas de amor me parecen sospechosas, yo creo que nada más era para dar la impresión de … pues quién sabe.
dime de que presumes y etc.