Los accesos de rabia, mis valedores. ¿A alguno de ustedes, por estos días, no les ha atacado alguno de esos repentinos ataques de un furor extremo, que los fuerzan a morder, patalear y destruir todo lo que encuentren al alcance de su furor? A Diego el barbón, por ejemplo, o a Emilio Gamboa, promotores del tajarrazo del pasado «jueves negro», con la reforma a la Ley de Radio y Televisión. Ah, pues uno de tales ataques me cimbró ayer, y no fue por culpa de los 81 senadores de la República que reformaron la Ley susodicha, sino a otros horrores. Del escenario de mi intemperancia me arrojaron a empellones. A rastras. Denigrante. Y qué hacer, si no pude contenerme. Pero sí, voy a barajárselas más despacio.
Fue ayer tarde, ya al pardear, a esa hora indecisa en que se oscurece la claridad, o la sombra no alcanza el tinte de tenebra. Una hora que me parece muy a propósito para el ejercicio del miedo, del horror, de lo que exhala aliento vaporoso de ultratumba En fin.
A esa hora de entre dos luces deambulaba yo por callejas de algún arrabal sombrío, tachonado de funerarias y zocos de antigüedades, horóscopos, amuletos del buen humor, conjuros contra la mala fortuna y avisos de sospechosos facultativos que curan toda clase de enfermedades venéreas, aparte del sida, leucemia y demás versiones del cáncer. Yo, novelero que soy, íba bebiéndome el paisaje de cenicientas casas y arbolillos a medio marchitar, piqueras con boca llagada de teporochos y unos muros cuyos grafitos resultan códices del alma barriobajera. Yo, al caminar, leía: «Warriors», «Alex, te amo». «Puto el que lea». Hice como que no había leído (ustedes hagan lo mismo), y a seguir mi recorrido por el entrañable arrabal. De repente, mis valedores…
De repente, en el frontispicio de aquel jacalón, en letras de color magenta y estilo barroco tardío: «Museo del horror». Ájale. Mi primer impulso: pegar el reculón, reculón que no fuera. Pero ándenle, que se impuso mi vocación, mi segunda naturaleza de novelero, y cómo iba a resistir la tentación. Disimuladamente me la persigné, no fuera a ser el Diablo, y vámonos a sacar boleto. Para ello tuve que despertar a la vejancona que, en la taquilla, babeaba su tejido color de rosa, rosa mexicano. Boleto en mano penetré en el horror. Y aquel escalofrío…
Y así fue, mis valedores: de entrada, a recibirme vino el tufo aquel a formol y cadaverina, que arropaba aquellas figuras de cera, yeso, cartón y madera. De repente válgame, que siento el toque en mi hombro, y que alzo la mano y percibo una mano como tejuela de hielo: «Virgilio, para servirle. Soy su guía, sígame».
Virgilio. Alto, flaco, pomuloso su rostro, y amojamado; de garfio la nariz. Yo, ¿por qué aquella flojedad en las corvas? Lo seguí, lo tuve que seguir, y de repente, a veinte centímetros de mis niñas -las de mis ojos-, unos ojos amarillentos, unas fauces abiertas, pelos, garras. Reculé.
– El hombre lobo -un índice sarmentoso lo señalaba Y siguió la visita guiada por un pasillo en penumbra. A ambos lados, vitrinas con foquillos de 60 watts que iluminaban a los consabidos. Nerón, Barba Azul, Frankenstein. Avanzamos, y el tufo a humedad, a carcoma, a orines de rata, a pudrición. Durante un tiempo que en el «Museo del horror» pareció congelarse, Virgilio me guió entre vitrinas en las que me hacían guiños Landrú, Rasputín, Calígula, y al pie, sus víctimas, gestos cambiantes, gestos sobreactuados. ¿Que eso no puede ser? ¿No, cuando el cristal era de fabricación nacional? Ahí un Jack el Destripador difuminado en una niebla no londinense, sino de polvo, telarañas, abandono, decrepitud. Un soterrado rumor que tomé por melopea de armonio desafinado: alguna fuga de gas, de agua, algún chiflón de viento en alguna lumbrera, a saber. Mis pupilas en las congeladas de Drácula y el estremecimiento en la nuca, ñañara de ultratumba. El sacón, el manotazo. Virgilio me destraba algo del cogote:
– Una viruta, cálmese Quiero decir: una capulina. ¿No le picó..?
Dije, impaciente: «Oiga, estos son los monstruos de cualquier museo de barriada. ¿No tiene algo más novedoso? A Caletri, al Mochaorejas…
Cavernosa, su voz: «Esta sección del museo tiene por objeto templar los nervios del visitante. ¿Ya se siente preparado para la segunda sección…?»
Mis valedores: ¿por qué no reculé, por qué no abandoné la visita y el jacalón, por qué no gané la calle? ¿Por qué fui a experimentar la vergüenza, el bochorno, la ira impotente ante aquel abyecto catálogo de malparidos engendros del mal? Seguí a Virgilio hasta el siguiente galerón Tufo a naftalina. «Aquí, nuestra segunda sección». La vi, la examiné, y de repente:
– ¡Oiga, estos monstruos yo los conozco! (La identidad de los tales, mañana.)
No hay que ir lejos para hallar espantajos, en casa hay una cajita con luces y sonidos, que tiene la magia de tornar agradables y simpáticos a los horripilantes entes que dentro de ella balbucean. El aparato de marras: la TV; los engendrillos, ahí les van: Bisogno, La Chapoy, Origel, Faittelson, Orvañanos, Ramones, Chaparros (sobre todo de cultura), Marta en América y demás etcéteras. Quieren mas: «Si seguimos por este camino, mañana México será mejor que…» Espeluznos y calosfríos. Que Valverde nos proteja. Aso mecha.