Paisanos, tengan presente, no se les vaya a olvidar. No se les olvide que fue un 22 de febrero de 1913 cuando se perpetró el asesinato de Madero y Pino Suárez, y que el autor intelectual del magnicidio fue Henry Lane Wilson, embajador de Estados Unidos en nuestro país. Ello viene a poner en evidencia la clase de diplomáticos que el gobierno de Washington arroja contra su vecino del sur, desde Joel Poinsett hasta el actual Tony» Garza. A propósito…
Ahora pronto, cuando el genocida de la Casa Blanca buscaba cómplices para su mortandad en Iraq, el entonces inquilino de Los Pinos, por no comprometerse ni con Dios ni con el Diablo, corrió a esconderse bajo las sábanas de un hospital. «Tony» Garza, entonces, se permitió la amenaza:
El gobierno de Fox podría pagar un alto costo político en las relaciones bilaterales si en el debate sobre Irak vota contra los deseos de la Casa Blanca…
Porque así de insultante para gobiernos débiles, cómplices o entreguistas, resulta la intromisión de los diplomáticos gringos de la clase de aquel Henry Lane Wilson de muy ingrata memoria que tras de su gestión depredatoria, que culminó en el magnicidio, y una vez caído en desgracia de Washington y en excesos de licor, intentaba justificar su conducta como protagonista en las convulsiones de la Decena Trágica. Aquí, en la versión del propio Wilson, la crónica de los hechos que preludiaron el magnicidio.
«Aquel día 18 de febrero de 1913 determiné que yo debía adoptar bajo mi propia responsabilidad una medida decisiva para restaurar el orden en México. La situación era esta: dos ejércitos hostiles se encontraban en posesión de la capital y toda autoridad civil había desaparecido…
En varias calles de la ciudad comenzaban a aparecer siniestras bandas de salteadores y ladrones, y a lo largo de las vías públicas desfilaban hombres, mujeres y niños al punto de inanición. Alrededor de 35 mil extranjeros, a los que el desarrollo del bombardeo puso al parecer bajo la protección de la embajada, se hallaban a merced de la chusma o expuestos al tiroteo indiscriminado que en cualquier momento podía iniciarse entre las fuerzas de los generales Huerta y Félix Díaz, involucrando así de nuevo las vidas y la propiedad de quienes no eran combatientes.
Sin habérselo consultado a nadie, decidí pedir a los generales Huerta y Díaz apersonarse para deliberar en la embajada, territorio neutral que podría garantizar buena fe y protección. Mi objetivo era hacerlos llegar a un acuerdo para la suspensión de hostilidades y para que conjuntamente se sometiesen al Congreso Federal.
Cerca de la hora señalada, bajo la protección de la bandera norteamericana, el general Díaz se presentó acompañado de funcionarios de la embajada y de dos o tres personas escogidas por él. Al entrar me agradeció muy encarecidamente que pretendiese yo lograr la paz mediante mis buenos oficios. Después de presentarlos a algunas de las damas y otros amigos en la embajada, acudí a la puerta principal para recibir al general Huerta que justamente llegaba, escoltado oficialmente por la protección de la bandera norteamericana.
El escenario afuera y adentro de la embajada era impresionante al intercambiarse los saludos oficiales. Se había instalado la iluminación eléctrica adicional y ella permitía visualizar plenamente el tinglado…
Había probablemente veinte mil personas apretujándose en las calles contiguas a la embajada, y la embajada misma estaba atestada hasta el desbordamiento de norteamericanos, de diplomáticos y de oficiales de Díaz y Huerta. Eran momentos trágicos; con todo, no era una escena sombría: el resplandor de las luces, la gallardía de los uniformes y la presencia de las mujeres abrillantaba y vivificaba el cuadro…
No perdí tiempo en llevar a los dos generales, Díaz y Huerta, a la biblioteca de la embajada donde, para mi consternación, ambos se hicieron acompañar de numerosos asistentes y consejeros. Los ‘asesores’ no tardaron en enfrascarse en conflictos verbales que prometían tener duración desconocida e infinitas posibilidades. No era este el propósito de la reunión y me vi finalmente obligado a solicitar que todos se retirasen, a excepción del general Huerta, el general Díaz y mi secretario…» (Esto sigue mañana)