Los placeres solitarios

Yo, mis valedores, a mi edad, acabo de proporcionarme uno de estos placeres, aunque poco tuvo de placer y mucho de solitario desencanto, frustración y ridículo. ¿Y saben por qué? Nada, que fui sorprendido con las manos en la etc. Cuando me dispuse a experimentar la agonía y el éxtasis no tomé las debidas precauciones. La crónica:

Silencio en la noche, ya todo está en calma Una vez comprobado que la casa dormía yo, aquellas fotos a todo color escondidas entre las hojas de un inocente Playboy de fecha atrasada (y qué conque: el material gráfico no había pasado de moda porque no vestían ropitas cuyo estilo envejeciera), me escurrí hasta cierto lugar excusado y vamonos a la acción. (¿Quizá estoy siendo demasiado extrovertido?) Al claror del de veintitantos watts del que cuelga del techo ahí me tienen ustedes mirando las fotos hasta bizquear, hasta sentir que al esfuerzo me salía una cierta humedad (de las pupilas); observándolas a lo largo y ancho, dándome pasones (con los puros ojos) en tales valles umbríos, carnazas y rinconeras, montículos, hondonadas y remolinos en fruncimiento. Comencé a acezar; a resollar así, oigan: gordo, gordo…

Por que ustedes no caigan en tentación y a lo estéril saliven imaginándolas, ahora mismo he de transmitirles la descripción de las fotos, con el desenlace fatal. Ocho, diez, ¿cuántas eran? Perdonen la imprecisión; el horno no estaba para ponerme a contarlas, pero una de ellas, desagradable de ver, mostraba un rostro como desbastado a hachazos. Lo vi, lo volví a ver, y esta vez la humedad no procedía de los ojos, sino del gañote Mirando tal rostro del Chucho de Nueva Izquierda, de procedencia talamantera, una salivilla amarga me subía, una desabrida me bajaba y una acida y otra aceda se me estacionaban en el galillo. Lo miré a los ojos y parece que le escuchaba su pregón: «¡Nunca con el espurio, siempre con nuestro Iíder moral!» Y al decirlo rájale, la puñalada trapera contra López Obrador. El estilo de Los Chuchos…

Acá, la vera efigie de un individuo verdeón, inmaduro; un metrosexual que muestra tenerla toda adentro, la vida, y tanto su rostro como su alzada son los de un arrogante sobrón. Me quedé viéndolo: galán, pero lástima: no puede ocultar la oreja, y qué talla de oreja, esa de madrileño castizo. ¿Estas orejas qué andan haciendo por acá, qué se les perdió en mi país, cuánto de mi país habrá de perderse por culpa de ésas? Yo, resollando recio, el vientre encabritándose a los calambres, y entonces descubro las fotos de esa mancuerna tricolor que integran Manlio y Pancho Labastida, oportunistas del momento político.

Válgame. ¿Y ésta qué hace aquí? Sí, la foto de alguien al que en el 2006 Manuel Espino, por entonces presidente del PAN, calificó de: «uno chaparrito, peloncito, de…» etc. Me puse a mirarla, observar esos labios gruesos, esos gruesos mofletes, ese rostro redondo de todas partes. Miré la foto hasta sentir la crispación en los músculos de la cara, y ya cuando a tanto bizquear comencé a lagrimear, que feo se oye, dejé esa foto y tomé la de otro que tal…

Ájale, ¿habrá rostro que mejor retrate la mediocridad que este mofletudo, anteojudo mirar de besugo? Las lenguas perversas lo señalan de sucesor del que tanto se le parece en lo físico. ¿Viviré para tener que llamar señor presidente a Germán Martínez, que de llegar llegará, también él, sólo por una estridente imposición del gran dinero, la industria del periodismo y la sotana y la capa pluvial? ¡Dios! Y ante las fotos manoteaba, frenético, porque miraba la de mi país, el de los recursos naturales. ¿Los destinos de la nación se apalancan en este catálogo de entreguistas, pragmático-utilitaristas, profesionales de la derrota, traidores, mediocres y picaros de la corrupción lucrativa e impune? ¿Mi país en manos de Chucho Ortega, Manlio y Pancho, el gitano señorón, Germán Martínez y el de Los Pinos? Ahí aquellas manos y la voz en susurro: «Los vecinos encienden sus luces, cálmate. ¿No oyes ladrar los perros? Bebe esto, mi amor, no grites». Tila, borraja. Mi única me secaba sudor, lagrimones, babas y mocos. «No lo tomes tan a pecho, mi amor».

– ¿No? ¡México está en manos de estos, y quienes pudiesen y deberían evitarlo viven prendidos a Origeles y fabiruchis, telenovelas y Niurkas y el clásico pasecito a la red!

– Cálmate. Ven, te entibié tu lado en la cama. (Yo, un zombi sonámbulo. Mis manos estrujaron y arrojaron al agua a Chuchos, Mouriños y Cía.) «Mi amor, dice mi única, que vas a tapar la cañería…» (¡Dios!)

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