Feo, católico y sentimental como el Bradomín de Valle Inclán, ante el pleno del Consejo Nacional de su partido, el PAN, lo afirmó: “México era un país en que la ley ya no es verdad, y la verdad todavía no es ley; es decir, en el que no se puede salir sólo legalmente de situaciones a las que se llegó ilegalmente”.
Pues sí, pero a contracanto de tan altivos conceptos, Castillo Peraza (murió entre hoy y mañana, pero del 2000) nos resultó pragmático y dado a las concesiones; por ejemplo: su lealtad al PAN, su partido, no le impidió “legitimar”, junto con Luis H. Alvarez y Diego Fernández de Ceballos, el “triunfo” presidencial de Carlos Salinas en 1988 a cambio de varios puestos políticos, como el de Ernesto Rufo (Baja California), el primer opositor que en este país llegaba a una gubernatura. Seis años más tarde el yucateco iba a elogiar las medidas políticas de Zedillo, el Dr. Frankenstein del Fobaproa:
– Está tratando de hacer las cosas diferentes, y suponer que con él no hay mando es caer en la tentación nostálgica del autoritarismo, con lo cual estamos llevando al país políticamente hacia atrás.
Pues sí, pero los bandazos políticos del polémico polemista, maestro y filósofo de la historia y de la religión, periodista y autor de libros como El ogro antropófago, título que parodia El ogro filantrópico, de Paz, tan escandalosos resultaron que su apoyo a Zedillo mereció rudas críticas de Fox y Fernández de Ceballos y el retiro de todo acuerdo del PAN con el gobierno. La maniobra significó un triunfo para Fox y su grupo y una derrota más para quien ya había fracasado como candidato a la gubernatura de Yucatán. En 1997, y esto algunos de ustedes lo recordarán por la polvareda que levantó, se produjo la debacle del yucateco cuando de forma estrepitosa fracasó en su intento de alcanzar la jefatura del DF. El desastre según Alvaro Delgado o algún otro periodista:
“La campaña de Castillo Peraza fue un rotundo fracaso por su falta de carisma, lo que se agravó porque adoptó vestimenta y maneras supuestamente populares pero ajenas a su personalidad real por lo que lucían (sic) falsas; su trato fue poco amable, aun para los reporteros que cubrían su gira; inclusive, desde que contestó a la periodista Pilar Ávila con palabrotas se le puso el mote de “Leperaza”. Además, empleó la propaganda negativa: a mediados del mes de mayo de 1997, la página web del candidato Castillo Peraza, desplegaba la siguiente leyenda:
«Adquiere tu copia de la escritura en la que Cuauhtémoc Cárdenas, candidato competidor del PRD, le vende un terreno del Estado de Michoacán a su familia».
Un infundio, ¿lo recuerdan ustedes?, que el periodista Jacobo Zabludosky difundió en su espacio “informativo” de Televisa.
Castillo Peraza perdió en las elecciones frente a Cárdenas. Su derrota llevó al PAN al tercer lugar de las preferencias electorales en el Distrito Federal, aun por debajo del impopular candidato priísta Alfredo Del Mazo.
A propósito, mis valedores: algo semejante le iba a ocurrir años más tarde a otro panista mediocre y ayuno total de carisma, un Felipe Calderón discípulo de Castillo Peraza al que a su hora iba a traicionar, y acerca del cual el yucateco se hizo eco de la voz pública:
– Se ha revelado como un ser inescrupuloso, mezquino, desleal a principios y a personas.
Y uno de sus colaboradores: “está más solo que nunca, pero él ha querido estar así porque no confía en nadie”.
Castillo Peraza iba a reprocharle su afición etílica.
(Esa acusación, mañana.)